Nos empeñamos en actúar desde que nacemos reproduciendo modales y formas aprendidas, las mismas que otras generaciones ya adquirieron y, a su vez, transmitieron y fijaron en la memoria desde aquél entonces para con sus descendientes, de tal manera que, las propias, las de cada cual, las que se adquieren o alcanzan a lo largo del transcurso de la vida para definirse, al final quedan suplantadas por aquellas, quedan como meras anécdotas induviduales que, en otro caso, podrian, poco a poco llegar a formar parte de si como algo nuevo que pueda transmitirse y servir de cambio de paradigma a las siguientes generaciones. Si nuestra naturaleza fuese contraria a como es y, nuestra capacidad de engendrar nuevos seres sucediese en las últimas instancias de nuestra vida, esa transmisión sería posible, pero no es así, procreamos en edades tempranas, sin aún haber adquirido el suficiente conocimiento transmisible que sirva como punto desde donde partan futuras generaciones y, seguimos obstinados en aquello que nos enseñaron sin dejar del todo que lo nuevo se sobreponga y que sirva para eludir todo aquél dañino aprendizaje que, de alguna manera, fue inculcado sin maldad, una herencia siguiendo cánones y valores que desde su incicio han estado siempre caminando hasta llegar a formar parte del fracaso de toda una civilización que llega hasta el limite de cohartar las libertades y, no porque eso nuevo no tenga fuerza, si no porque aquellas primeras formas, están construidas sobre una poderosa visión de una realidad errónea, desde mi punto de vista, por constituirse a base de relatos infantiles, sin evidencias y con los argumentos de una autoridad impositiva.
Cuando por circunstancias extrinsecas que inciden en el subjetivo mundo interior de las personas, motivado esto por las percepciones que no son comunes por cuanto que no son accesibles a la mayoría, se produce un cierto avance que influye en el mundo físico del sujeto acercándolo a una visión cosmogónica más amplia y, por ende, extensiva al resto del mundo que habitamos. Esas emociones no son las que precisamente, ahora en este siglo, nos rodean, en otro caso, de ser así, serían determinantes para ordenar nuestro sino o nuestro destino y establecer un nuevo inicio desde donde comenzar a construir otra humanidad más cercana a su propia idiosincrasia.
Así, cada conciencia crea una realidad en su mundo físico y, al mismo tiempo, es capaz de crear distintas realidades dependientes de las percepciones a las que cada individuo esté sometido en un momento dado, paralelamente, las realidades que la conciencia crea desde el mundo interior obedecen sobre todo a la influencia del mundo subjetivo. Bajo todas esas influencias, dejó de interesarnos el relinchar de los cabaĺlos cuando acercan su enorme hocico perforado por su profunda nariz desde la que resoplan sobre la hierba anidada en la tierra y, observan su propio vaho y escuchan el rozar de su exhalación sobre la hierba mientras piensan que quieren ser unicornios, sucedió allá, donde los vapores impregnados del olor quieto y tendido sobre los encames que las cabras labran encima de la tierra, en pequeñas hoyas orientadas a la salida del sol y al resguardo de los vientos, allá son los lugares donde habitan los seres que no sostienen ni están sujetos a ninguna teoría que los haga cómplices de algo o que coaccione su propia libertad. Bajo la atenta mirada de algún zorro que los vigila escondido tras la esquina de algún errante bloque pétreo, anclado en la tierra desde la última convulsión del mundo, piensan que saben que muchos hombres dicen las cosas que realmente no sienten, poseídos por un diablo egocéntrico que nunca escuchó el suave batir de las alas del quebrantahuesos, ni vió, ni se fijó en el color blanco de sus plumas sujetas en su cabellera como una isla en el océano, convertidas en tonos naranjas cuando se levanta el sol y las grajas saludan al nuevo día. No saben que pronto llegará la lluvia que se hará nieve, convertirá aquello en inhóspitas y gélidas tundras y tendrán que marchar siguiendo el camino de la belleza.
Allá, el estío, siempre marca su tiempo mientras pasea sobre los colores aceitunados que salpican los pastos que la primavera ha ido tejiendo y extendiendo sobre los guijarros que dieron forma a las atalayas que contuvieron el empuje de antiguos glaciares y, camina sobre los regueros de las aguas que corren desde los acantilados que aún guardan a la sombra los hielos que fueron, alguna vez, eternos, cerca de las trincheras que los hombres construyeron para defenderse de sí mismos va a lomos de la música de su cálido viento, del roce del agua con la tierra, descubriendo las armonías que pronto crearán otra estación, sin tener en cuenta a las personas que compran a otras para satisfacer su orgulloso ego, pero, ésto ya no le interesa a nadie.
Aún así, siguen en la noche centelleando desde el lejano cosmos los mismos astros con los que otros orientaron y alumbraron su camino y despejaron a través de ellos la incertidumbre desgajándola con la más pura visión epistemológica de lo que va aconteciendo sin ambages, pero, nuestra imaginación y el pensamiento que la acompaña, desde entonces hasta hoy, se ha ido transformando caminando persiguiendo una forma de estar presente en este mundo que, se reduce a, sólo actuar bajo los fundamentos que exigen las reducidas reglas de la fútil tecnología que manejan los poderes ocultos, construida bajo sus normas que sólo impulsan la vanidad como forma de inspiración para esa existencia de los individuos a cambio de los rendimientos económicos de unos y otros y, con el poder de extinguir la complejidad y la diversidad.
Quién se sobrecogió alguna vez ante la magnitud que encierra la naturaleza en todas sus formas, no puede entender esos sucesos. Las auténticas emociones no son las que se producen como efecto de lo que el sistema arroja envuelto con su embaucadora característica sutileza, son, ni más ni menos, las que siempre nos han llegado desde registros ancestrales que aún perviven en nuestra memoria. Lo que alberga la vida y la muerte, las que se originan cuando abrazas la tierra. Hay un sinfín de emociones que son meros productos sometidas a la oferta y demanda, que se compran y se venden como satisfactorias mercancías que unos construyen y otros destruyen, al igual que las teorías, lo mismo que las ideologías y las creencias y la desobediencia y la rebelión. Mientras ello ocurre, los irreales mundos mágicos proliferan y los verdaderos sucumben al igual que los jardines de Babilonia.
Me rodearon las chovas sobre mi cabeza, jugaban con el aire allá, al borde de los acantilados, sobre los riscos, anotando con el crocitar que emiten desde su pico rojo intenso las notas que la brisa no contiene, negras notas suspendidas sobre los pastizales que tapizan antiguos glaciares, asustadas quizás por la cercanía de las garras de algún águila que las vigila o, motivadas por el continuo tintinear del alambre que forman los campanillos pendientes del cuello de las ovejas, las que bañan sus balidos en las gélidas aguas nacidas en el pasado invierno, las que ahora riegan los pastos y abonan la tierra, en bandada van llenando el horizonte con sus siluetas aladas, entrecortando los antiguos ecos que, aún, desde entonces, resuenan, remolcados por el cierzo que refresca los musgos, las alas de los insectos estupefactos por el brote del hielo fósil, adagio convertido en agua milenaria. Ahí, los tímidos ungulados que nunca conocieron humano alguno, se acercan y mojan sus barbas en el tiempo que una vez quedó sepultado, beben cuando aflora fresco, cuando aún flotan los témpanos, al unísono de los aleteos que entre las verticales paredes pétreas se incrustan en sus grietas, donde la luz naranja resbala, donde la incandescencia de los astros se asoma cada noche. A veces pienso, como es posible que, tanta belleza escondida, ignorada e ingenua, dueña de si misma, donde los únicos seres extraños somos nosotros, sea manchada y deshonrada con la espada y el simple epítome de nuestra desmesurada soberbia que hace de ello la existencia de muchos seres. La mansedumbre y la confianza reina en esas bandadas de aves y en aquellos lugares, debía ser otro ejemplo con el que aprender a fíarse de aquéllos con quiénes nos juntamos. Desde aquella atalaya, cerca de sus nidos, con más de cien metros de vacío bajo los pies, se ven aún correr las mermadas aguas que, en esas latitudes, marcan el final del verano. Se distinguen con claridad, desde allá, los brillos y los reflejos que desprenden las lajas que salpican como diminutas estrellas terrestres los verdes y amarillos borreguiles y, los que las recién nacidas aguas desprenden cuando la primera luz de la mañana se posa sobre ellas. Alrededor de todo aquello, el silencio, tan solo roto por la tenue brisa del estío, el esquileo del ganado, los entonados graznidos de las chovas, el discurrir de las aguas, lo inhóspito que en esa hora temprana se vuelve placentero, va construyendo su propio espacio en el que da cabida a toda la posible existencia.
A veces la belleza de la Naturaleza se manifiesta y se comporta de forma inusualmente extraña ante nuestra visión y ante nuestra forma de entender las cosas, puede que sea un signo o un aviso más, una llamada de auxilio dirigida a una decadente civilización, probablemente, ello sea también una visión intuitiva ante una futura inevitable extinción o, quizás una forma de llamar la atención ante nuestro descuido para velar por ella, por desidia quizás o, porque los pueblos decidieron favorecer obstinadamente una comodidad que se mira sólo a si misma sin ninguna visión de futuro, lejana a la naturaleza, como si, al mismo tiempo, no existiese un tercer ente axiológico que nos permita ir más allá. Desde el confort de nuestros hogares presididos por la televisión, seguramente, sea muy difícil comprender qué clase de belleza existe en el exterior de ese ficticio bienestar, de qué está compuesta y para que sirve, excluyendo de ello la que vive en nosotros y le da forma a las artes y a las que a estas suplantan. Hablamos de la belleza que no pertenece a todo aquello que nosotros hemos creado desde que existimos. En su búsqueda, numerosas ocasiones han sido y son en las que hemos llevado nuestro cuerpo a su límite físico para encontrarla y comprenderla, adentrándonos allá donde se alzan las enormes magnitudes milenarias que dan forma a la tierra y desde donde nace toda la belleza, donde el pensamiento adquiere la capacidad para absorberla y describirla haciendo de las palabras poesía, donde las más puras percepciones y emociones se originan. Allí y ello, nos transporta a esas otras esferas que siempre han estado ahí, desapercibidas o ignoradas por quienes jamás alzaron la vista hacia otros horizontes, nos adentramos en esa otra dimensión desde la que poder observar desde fuera nuestro mundo cotidiano y nuestras conductas para juzgarlo por uno mismo, así, de la mano de la belleza, nos trasladamos a lugares en los que, la tierra desde que comenzó a latir, dejó marcado su límite para siempre con ella misma y para con nosotros, y allí, sus latidos nos hablan de nuestra ignorancia, nos transfieren el sentido de nimiedad de nuestra forma de existir y nos pregunta cual es la extraña razón que existe para que nos conmueva su presencia, en ella sus silencios son enormes, tan sólo rotos por las nubes que rozan las rocas de verticales e inexploradas paredes, al mismo tiempo, las sonoridades que viajan con el aire que transporta las esencias mas antiguas, atrapadas desde hace miles de tiempos distintos, desde que salieron a lomos de algún cometa o a bordo de extrañas ondas intemporales, se estrellan sigilosamente entre las grietas pedregosas y caen sobre el espesor de la hierba.
Al filo de aquellos límites, al borde de los abismos, con los pies colgando sobre los inmensos vacíos que van dando forma a los valles en los que la eternidad lucha contra el tiempo para no desvanecerse, donde los ecos del crocitar de las grajas de pico amarillo navegan por el aire impregnado del olor que desprende el suelo del mar de Tetis cubierto de verdes prados y salpicado de errantes moles pétreas, ahí, aunque nadie lo sepa, se guarda desde siempre el poder que contiene la inteligencia para la comprensión ante la incomprensión subsiguiente al razonamiento que, sin prisa de ninguna clase, indaga entre terrenos inexplorados a lomos del escombro que quedó amontonado cuando se hizo el mundo, ahí quedaron para siempre, entre los enebros manchados de nieve, las palabras dichas por quienes hablaban con las cosechas, quienes acariciaban sus hojas mientras vigilaban con atención el vuelo de las águilas y los quebrantahuesos que avanzan livianos sobre el aire como si no existiese un mañana. En ese instante, todo eso que va sucediendo, se traduce al silencio y al acto de contemplar que, al mismo tiempo, generan una doble sensación sólo a quiénes prestan atención a ello: la admiración por todo el hallazgo y el descubrimiento respecto de la inequívoca belleza que nos circunda, el placer de dialogar con el propio pensamiento que también forma parte de ella y, por otro lado, la sensación de pérdida provocada por el encuentro con una realidad prefabricada que, se inclina a ocultar las cosas verdaderamente valiosas pertenecientes al mundo de los que no son fieles a los nuevos cannones diseñados por cerebros carcomidos, por nuevas adicciones sociales tendidas sobre valores que nada enriquecen a las personas, reunidos, además, ante la inmoral forma de actuar de quienes las crean y que son capaces de esquilmar nuestros bienes comunes sin escrúpulos y sin ninguna visión de futuro. A ello habría que sumarle la arraigada y quizás, excéntrica aceptación social de todo ello y de los adoctrinamientos que poco a poco se imponen marchitando el uso de la razón, pues sólo sirven como semillas que nunca paran de germinar en el sentido opuesto al que marca lo universal, avanzando sobre un camino trazado hacia un crecimiento erróneo porque es lejano al acorde con las verdaderas, justas y saludables posibilidades de la humanidad.
Así, todas las creencias, todas las ideologías y todo aquello que reúne a los seres bajo un mismo crisol, no son más que los asideros para las almas que no encuentran otro signo distinto como base para extender sus capacidades, para aquellos que optan por no usar el discernimiento como capacidad con la cual es posible desgajar de ese enjambre lo autentico y todo lo que lleva el deseo verdadero sin atadura alguna por las imposiciones que la sociedad ejerce. Esos sistemas masivos no sirven de ninguna manera para distanciarse de las imposiciones sociales con las que se adiestra el comportamiento y se fulminan libertades. Debía imponerse en todo orden de cosas los actos de rebeldia ante la ineptitud, la hipocresía de gobernantes y de quienes los hacen, ante la desfachatez de esgrimir banderas y trazar fronteras, ante la lesa cultura que se usa como estandarte del desconocimiento y la sin razón.
Ahora, en un ejercicio de necesaria lucidez social, usamos la razón y con ella desgranamos las certezas solapadas bajo lo incierto, tras las mentiras, (Jesus Ferrero nos dice: «Las convicciones son más enemigas de la verdad que las mentiras», decía Nietzsche. Sirve para todos los que ahora enarbolan sus convicciones en detrimento de la verdad, que se ha convertido en una estructura ausente».), nos debatimos buscando una fórmula para sustituir los actuales conceptos que estructuran nuestro crecimiento social y económico y el pensamiento contemporáneo que lo acompaña y sobre el cual navegamos, por algo que sea más racional, menos excluyente con nosotros mismos y nuestro entorno y, al mismo tiempo más cercano con la naturaleza que habitamos y la tecnología que creamos como servicio para que nos asista, no como una herramienta para dominio de la esclavitud, ni como medio disuasorio de la libertad y, sobre todo, por algo más justo con todo orden de cosas. Pero nos obstinamos en continuar ejerciendo el dominio del hombre sobre el hombre de forma cada vez más sutilmente sofisticada. Ya hemos llegado a un punto en el que, entre otras cosas, sirva como ejemplo, que, para observar en la noche el firmamento que nos rodea resulta imposible dado que nuestra observación queda aturdida ante la intensidad y cantidad de luces y focos que apuntan hacia los diferentes monolitos, obeliscos, catedrales, pirámides y demás arquitecturas que sólo son signos de nuestra arrogante decadencia antropocénica y, cuando acertamos salir de ese enjambre y levantar la mirada, vemos surcar por el espacio las caravanas de satélites que los magnates pusieron en órbita para su obsceno beneficio, iluminadas como si fuesen astros nacidos en el cosmos. Algún día serán vestigios de nuestro paso que los futuros arqueólogos quizás no lleguen a comprender.
Asi, inducidos por toda esa pompa que nos aprisiona, sin remedio, las viejas estirpes elegimos vivir dentro de un sueño tan profundo y tan alejado de lo cotidiano que hace de él la única realidad existente, tan distante de aquella otra realidad diaria que se convierte en un refugio donde encontrar amparo y una razón más de existencia, como si fuésemos sobre el camino contrario en el que deambula el mundo que fue hecho para aquellos otros que sólo son productos de la propiedad y que consideran justificables las injusticias sociales con las que convivimos diariamente.
En ocasiones el pensamiento adquiere una intensidad que traspasa las dimensiones que nos contienen. Pero, según H. Marcuse, vivimos en un universo unidimensional producto de la represión social (-la interferencia de los estados, por medio de un sistema legal en cooperación con grandes empresas sobre los movimientos sociales contrarios a sus intereses-), que consigue transformar nuestra visión y nuestros actos para que queden sujetos a falsas necesidades, reduciendo así nuestra inteligencia espacial, como si vivieramos sobre un papel, en un mundo unidimensional del cual nuestro cerebro acaba aprendiendo que su verdadera realidad está formada por puntos y rayas marcadas sobre un infinito plano blanco, algo, al parecer, seductor para todo aquél que tan solo ha usado en su vida la cabeza para llevar sombrero. Bajo éstas premisas, desde tiempos remotos, los truhanes que ya comenzaban a poblar el mundo, atrajeron, con sus triles y promesas que jamás cumplieron, a todos aquellos seres que habitaban dispersos por el mundo para habitar las ciudades que fueron construyendo mientras que, las tierras de donde provenían aquellos quedaban abandonadas, de tal forma que, se abrió camino a la posibilidad de apoderarse de ellas y de todos aquellos bienes y recursos que alli quedaron a su suerte, seguidamente, convertirlos en moneda de cambio y hacerse de ejércitos de esclavos cosmopolitas ya sujetos por los grilletes del consumo, incluso, se hicieron fuertes tegiversando la historia de los pueblos, saltándose las páginas en las que se describían sus crueldades para darle un sentido distinto consecuente y cercano a sus fines de poder y de deshonesto beneficio. Así construyeron una sutil forma para lavar su oscuro pasado y crear un estado aparentemente amable en el que; las libertades se miden o tienen sus fronteras dependiendo del número de dependencias a que cada individuo está sujeto o, a la capacidad económica que cada sujeto puede alcanzar.
La diversidad de culturas, de la misma forma y desde entonces, se encontró expuesta a las fluctuaciones y volatilidades de los mercados que los crecientes sistemas económicos han ido tejiendo hasta hoy para eternizarse en el tiempo y seguir ostentando el poder. Así podemos ver cómo se va convirtiendo la cotidianidad de los centros históricos de las urbes en parques temáticos, concentrando en ellos y en el resto de la ciudad que los rodea un conglomerado de culturas ininteligibles aliñadas por un pensamiento común, único, idóneo, para poco a poco, disolverlas en ese mejunje donde, ahogadas por la invasión de insostenibles teorías neoliberales, que, finalmente, terminan reuniéndose en una sola cultura, sostenida y dependiente de y por un obsceno crecimiento compulsivo basado en lo inhumano que contiene lo puramente económico. De esta forma surge el error más grande que consiste en el destierro y el abandono, las soledades más solemnes y el dominio del hombre sobre toda la naturaleza, para así, establecer nuevas formas de existencia humana.
Hay una razón por la que los intereses dominantes que utilizan la fórmula represiva, anulen con ella las necesidades intelectuales de los pueblos y sus culturas. Obedecen a argumentos hechos a su medida para ejercer el dominio -enquistado- dentro de un sistema que favorece complacientemente la compatibilidad con el pluralismo de partidos cuyo objetivo es, crear a la medida y en cada estrato social, una ideología que represente a un conjunto (encubriendo y justificando al mismo tiempo, así, sutilmente la forma de actuar del propio sistema) a la vez establece diferencias entre cada uno de los seres que habitamos la tierra. Así mismo, el propio sistema se encarga de tener a su disposición la mayor parte de medios de comunicación y, por otro lado, mantener a la población en un estado de ignorancia y desinformación respecto de sus intereses para llevar a cabo sus propósitos. Resulta aterrador que a estas alturas, desde la Grecia de Solón, de Pericles, de Demarato, allá por el siglo VI a. C., sigamos debatiéndonos sobre lo mismo, que las ideologías, las religiones y demás sistemas masivos de creencias continúen aún siendo sostenidos por una dudosa y manipulada verdad. Resulta también inquietante que, ante la decadencia que nos asola y el deterioro de todo nuestro entorno, incluso, de lo más puro del pensamiento humano, no germine todo aquello que sólo queda en propósitos, lo que verdaderamente debe impulsarnos de forma coherente con nosotros mismos a navegar a través del espacio a bordo de ésta nuestra nave que es la tierra.
En esta civilización, en esta sociedad industrial avanzada, está en boga viajar, quizás sea una simulación a aquellos románticos que lo hicieron visitando países lejanos en su búsqueda de distintos conocimientos, de culturas intactas, con el fin de descubrir lo desconocido para ellos y dar fe de ello. Hoy, gracias a nuestra tecnología, nos resulta familiar hasta el último rincón del mundo, la forma de habitarlo por sus gentes, igualmente nos es conocido, sus costumbres, su forma de ataviarse, sus campos y cosechas y sus alimentos, hasta sus ideas que no son muy diferentes de las nuestras. Todo ello se ha convertido en un atractivo que el capital ha sabido aprovechar para sacarle el mayor rendimiento posible. Así, hoy, nos encontramos ante una global masificación que lleva consigo un turismo convertido en una mera actividad más, propulsada por un capitalismo feroz, excluyente, devorador, que perturba enormemente, en todos los sentidos, la arraigada vida de las ciudades, que nada tiene que ver con la cultura y lo que es capaz de producir ésta y que, ni tan siquiera mira hacia el futuro más inmediato. Es excluyente porque depende del poder adquisitivo del sujeto que lo practica, feroz porque devora todo aquello que tuvo su significado y que se mantiene en pie desde siglos. Devorador porque, como una plaga, se adentra en todos los lugares que siempre han sido santuarios de la humanidad donde la magia estuvo al servicio de quienes los habitaron, de quienes dieron de beber a las aves, de quienes supieron escuchar la música de las aguas que resbalan rio abajo, de quienes nunca estuvieron distantes de los límites de su entorno natural, de los marginados poseedores de la capacidad para resolver los verdaderos problemas que asedian a la humanidad.
Pero, en nuestra evolución hacia una sociedad cada vez más industrial, nuestra complejidad disminuye y aumentan los parámetros desde los que se guia la libertad como poderoso instrumento de dominación, lo cual nos lleva a pensar que existe cierta relación complementaria entre la verdad y la libertad, si bien, no hay que olvidar que, al margen de ello, cada cual ostenta su propia verdad y su propia libertad pero, sólo ateniéndose al poder crítico de la razón en el caso de que lo haya. No obstante, todo ello, queda sujeto, enmarcado, influido y dependiente en el seno de las dominadas sociedades en las que nos desenvolvemos, rodeados de toda clase de artificios que impiden romper su siniestralidad sin resultar defenestrado hacia otra clase de marginalidad y poder ver otra distinta realidad que contenga otra verdad y otra libertad. Pero todo ello no obedece a un error de los mecanismos de funcionamiento de las sociedades, si no, a algo totalmente premeditado que interpone obstáculos para que esa otra latente realidad siga quedando oculta.
Desde este mundo que nos rodea podemos pensar, después de todo lo anterior, que el saber si ocupa lugar, que lo cierto, la otra verdad que se opone a la propia, el descubrimiento de los dañinos entresijos que manipulan al hombre moderno, incluso la represión de lo espontáneo, ocupa un doloroso espacio que, a la vez, se llena de todo aquello que emana de ese sistema complejo y hostil, de ideologías sublimes con que combatir la rebeldía y las rebeliones, capaz de aprovechar para su propio beneficio el saber de los pueblos descomponiendolo para hacerlo nuevamente suyo.
El estado natural del ser humano debía de ser el de felicidad o lo más parecido a ella. En el nuevo orden de cosas que hasta hoy hemos ido creado parece imposible mantener ese estado que debía ser espontáneo. Las cosas hoy son distintas a todo aquello por lo que se rige lo que genera vida, lo que nos hace ser, el conglomerado que da forma a lo humano puro y sin manipulación de ninguna clase, lo humano que describió Margaret Mead, ahora distante del entorno que nos vió nacer, no exento aquél de dificiles incidentes y vicisitudes al mismo tiempo, muy diferente de lo que hoy perseguimos porque, tal orden origina esclavitud, dependencia e infelicidad y señala hacia un horizonte desconocido y, posiblemente, devastador social y climaticamente, sirviéndose el propio sistema de tales sometimientos y cautiverios para sostenerse, para seguir sembrando con ello la servidumbre hacia él. No existe en este nuevo orden una verdadera simbiosis con la que establecer una correspondencia entre el sujeto y lo que le rodea porque, el sistema que rige nuestra vida está cargado de sutiles dependencias sociales, políticas e ideológicas, incluso de emergentes culturas dañinas. Para que todas éstas sigan subsistiendo y den forma y moldeen al distraído pensamiento, paradójicamente, surgen atractivas teorías encaminadas a dirigir y congregar a los fieles servidores captados desde su distracción y alrededor de la búsqueda de algo con lo que sentirse cómodo como es la felicidad, basándose para ello en otro concepto de características similares que termina desembocando en una momentánea felicidad insatisfactoria a la que le acompaña la función de encubrir a la verdadera, a la que brota de forma espontánea, tomando para ello como base todo aquello creado bajo fines lucrativos y meramente productivos y que produce satisfacción y sensaciones similares a la de aquella felicidad. Ello se genera en el seno de nuestras sociedades, en las que para su existencia, crece de forma exponencial el afán de posesión de bienes materiales y las sensaciones que estos momentáneamente nos producen a lo que se acompaña, un pensamiento premeditado que disuelve hasta los entornos en los que tales sociedades combaten las soledades que producen las insatisfacciones. De tal manera que, todo ello, sepulta y deja en el olvido una buena parte de nuestra sabiduría, de la que nos hace ser y nos distingue.
Tenemos algo semejante a lo que contienen de forma pura y genuina los árboles cuyas raíces se levantan hacia el horizonte escribiendo en el aire las caligrafías que hablan de ella, que construyen la música que gravita alrededor de las esferas del cosmos en armonía con los átomos, las moléculas y los cristales que forman el polvo de las galaxias. Y, navegamos rozando los miles de soles que continúan danzando inmersos en una secuencia similar a la que un día Fibonacci tradujo y describió, al son de estructuras armónicas aún no descubiertas que navegan iluminadas por gigantescas estrellas recién nacidas, ávidas de mostrar su belleza y su poder y, al mismo tiempo, ensimismadas por la música del universo.
Y allá, sobre nuestras cabezas, gigantes alados van descascarillando el mundo y convirtiendo los restos en más y más espacio, surcando el cosmos a bordo de colosales cortezas que desprenden el fuego que Hefesto quiso poseer. Ante tales magnitudes, asombrosamente, concebimos la idea de abrir un agujero para llegar a él y vaciar todo ello en las entrañas del Averno, por donde las aves jamás cruzarán, y, así, poner de manifiesto la habilidad para manejar y ejercer el poder que cada hombre posee pertrechado de afiladas espadas forjadas por Völundr padre de Durandarte, con filos capaces de segar cosechas enteras para apoderarse del grano y guardarlo en enormes templos erigidos para satisfacer la ira de Heracles y, la que pueda contener, en algún momento, quién gobierna los rayos, las águilas, los toros y los robles e, intentar apoderarse de los cuerpos celestes que creó Artemisa.
De aquellos de los que siempre hablaron los poetas como los causantes de muchos males, de los portadores de la avaricia, de aquél al que Jheronimus van Aken le dió muerte, de aquellos infames, de sus manos trajeron los Cíclopes para que levantaran murallas y, con ellas, ensombrecer el firmamento, empequeñecer al resto de la humanidad y silenciar el canto de los astros cuando rozan el espacio en su girar. Quizás desde entonces comenzó a germinar lo que después, entre el Tigris y el Eufrates, dejó escrito sobre un cono de arcilla Urukagina, Ensi de Lagash, gobernante de la ciudad que lleva su apellido, para así, iniciar un nefasto sistema del que aprender que hasta hoy llega y, con el que la humanidad empezase entonces a creer en la libertad.
Durante el transcurso de tales hechos, los pueblos que habitaban la tierra, se reunían entonces en la noche alrededor del fuego, al calor de una pureza hoy ya desconocida desde la que seguían con la mirada el ascenso de las pavesas que desprendían las ascuas hacia el firmamento hasta confundirse con los astros incandescentes sostenidos por hilos invisibles. Sus conversaciones versaban sobre el canto de las aves, las luces púrpuras del ocaso, sobre el frescor bajo los árboles que bañan sus raíces en la húmeda tierra, sobre las huellas de los ungulados impresas en el barro que termina adentrándose en las orillas de los rios. Hablaron entonces sobre el olor de los tilos en primavera y el de la tierra recien mojada tras la lluvia, en un ancestral rito del que ya casi no quedan vestigios de su existencia, tan sólo las marcas sobre superficies pétreas donde, dejaron estampados los signos de su lenguaje, conteniendo en ellos, mensajes para la humanidad venidera, las incógnitas que surgen antes de la muerte, la eclíptica para la siembra y las armonías que escriben a su paso los ganados. Pasaron noches enteras poniendo nombre a cada una de las estrellas para luego nombrarlas antes del alba, para surcar los mares bajo su amparo y encontrar algún camino perdido. Sembraron el conticinio de enigmáticas percusiones impulsadas por la energia de la Luna llena, por los influjos que se adentran en la órbita de la tierra en plena conexión con su girar. Quizás, desde aquél entonces, los poderes que gobiernan a su antojo la vida de los pueblos, aún dormían esperando brotar y captar únicamente la atención hacia ellos como el ojo de Sauron.
A nuestro alrededor la belleza del mundo físico hace de este una sola realidad para habitarla, pertenece a los minúsculos espacios y a las grandezas donde las hermosas soledades giran con un único sentido, sin artificio posible que las deformen, por lo que, en ello no existe el pensamiento económico que nos aturde y, allá todo se desenvuelve bajo las Leyes básicas de la naturaleza sin rodeos. Sin embargo, nuestro espíritu transformador boga hacia un cambio en el que las cosmovisiones más arraigadas no trascienden a la unicidad desde donde parte la sabiduría, alimentada esta, por el descubrimiento, sino, hacia un mundo impasible e ingrávido, hacia una transformación donde todo lo más transcendente se disuelve para dar a luz otra visión diferente en el universo del que formamos parte y que nos rodea, pero sin caer en la cuenta de que, nos sostenemos sobre un alambre por el que deambulamos entre un mundo para adentrarnos en otro sin aún haber desgastado las zapatillas, presos de los sobornos al Oráculo y, sin que la incertidumbre que da paso a lo nuevo nos condicione. Así consentimos que anide en la civilización una ciega ignorancia que favorece a los constructores de nuevos idearios no exentos de picaresca, carentes de honestidad y que perjudica a la claridad de la mente.
Pero, aunque la arrogancia que nos asedia constantemente cuando pensamos en la exclusividad de nuestra existencia y permanencia en el vasto cosmos, cuando las creencias vertidas en los libros apócrifos como algo absoluto que la fe de unos cuantos guardan como tesoros en los que se detalla nuestro supuesto nacimiento, aún seguimos siendo y perteneciendo a otra absoluta circunstancia sin quizás saberlo con certeza, pues de lo contrarío nada hubiera quedado impreso, seguimos sujetos al fruto de una aún incomprensible inteligencia que continúa, desde quién sabe cuando, alumbrando los guijarros que cubren el manto pétreo que pisamos, a las corrientes oceánicas que magnetizan las nubes que luego esparcen sus partículas convertidas en agua sobre los campos que impregnan nuestros sentidos de todo aquello que su olor transporta, refrescando la remota memoria que comenzó a navegar dibujando una elipse cuyo final es el principio. Un inicio casi olvidado por el paso del tiempo que, guarda en su existencia, los secretos y el antídoto contra la mediocridades que asumimos en el transcurso de nuestras vidas.
Así nos convertirnos en una expectante parte más de ciclos que se superponen unos sobre otros deshaciendose estos durante su camino de todo lo inservible, bastándole para ello tan solo de la pureza para trazar su propia hipérbole fijando un inicio y un destino siempre distintos. A pesar de disponer de aquél espíritu transformador y, al mismo tiempo, creador, nos encaminamos en busca de aquello que se esconde tras horizontes que, finalmente, resultan ser espejismos que la propia soberbia humana dibuja como si se tratase de alimento esencial o de un nuevo culto encaminado a sostener una raíz pagana e inestable, de naturaleza mística alineada a todo aquello que alteró el orden natural de las cosas. Por ello, ya no se consideran sabias a las personas que hablan con el fuego, ni se tiene en cuenta a los ermitaños que lanzan sus mensajes encriptados en botellas de vidrio en las que se contuvo el vino que pisaron sus pies y que detuvo la furia de Polifemo.
Partimos de los actos y los hechos que siempre han pertenecido y establecido un idéntico principio, el inicio de la misma senda que en algún momento concebimos como lecho para nuestro viaje y por la que continuamos obstinados, sin tener en cuenta aquel espíritu transformador y, en manada, sobre ella, nos adentramos con la inocencia de estar en el camino adecuado, sin tampoco tener en cuenta lo que la historia o el pasado conocido pueda enseñarnos, ensimismados por el contínuo arrullo de las tórtolas y sin adivinar qué se esconde tras las cortinas de humo que encierran y asedian a la realidad, a aquello que luego se llamó libertad, porque, antes de ello no existían dependencias ni subordinación hacia estas, (después fueron protegidas y defendidas ambas por los aguijones de los látigos y el dolor y el hedor de su poder), ni tan siquiera, entonces, se había alumbrado el afán de lucro ni la ignominia para conseguirlo, no se hablaba de ella, de la libertad, tan sólo se contaban estrellas y se dibujaban parábolas y trayectorias, se llenaban las mesas de los cafés de transcripciones que bordeando las manchas transparentes sobre el papel simulaban galácticos océanos, dimensiones desconocidas tras nubes de gas, de mares hechos de polvo cósmico, de pensamientos oceánicos gravitando entre las redes que forman nuestros átomos, todo ello bajo la búsqueda del conocimiento.
Ante esas turbulencias sin certezas me resguardo del aguacero, bajo las esencias que desprenden los árboles donde la lluvia finalmente se tiende, donde nacieron las esencias, los perfumes que dan forma a la tierra, las palabras hechas de fragancias, la elegancia característica de todo lo humano, la creencia de no creer, la ignorancia hacia aquellos que prohíben acercarse a todo aquello que ellos mismos arrebataron de la tierra e hicieron sólo suyo protegiéndolo con primitivos e infames algoritmos. Quizás así tuvo su comienzo el asedio a la vida y, como defensa de tal sitio, dieron a luz seres mitológicos que escribieron describiendo entonces cómo caería sobre nosotros la maldad de los dioses y el infortunio que estos traerían, dibujando sobre extensos textos donde se hacian constar las reglas, los cadalsos y las monedas necesarias para calmar la ira de Caronte.
Todo aquello emergió bajo milenarios seres vegetales que poblaban la tierra y que, desde su alumbramiento, siempre estuvieron oteando los cielos levantando sus ramas hacía las alturas donde brillan las nebulosas y vuelan los cometas, agujereando las nubes para ver qué hay tras ellas, anotando con leñosos trazos, tan sólo legibles para los visionarios y los habitantes de los bosques, los enigmas que guarda el futuro, lo que después será la reinserción social de quienes quedaron cegados por los seductores resplandores que, como fuegos de artificio, lanzan al aíre los insensibles diseñadores del nuevo mundo. Quedaron en el olvido, aún hasta hoy, el olor de las hojas recién humedecidas por la lluvia y las palabras de las aves que atravesaron los océanos a bordo de líneas celestiales sobre las que quedaron impresos los logogramas y las estructuras armónicas de las estirpes fieles a la tierra y, hubo quién intersectó esas lineas formadas por ondas sonoras para construir con ellas la belleza que traspasa hasta el alma (y que se expande como lo hicieron los contingentes de naves de los Aqueos hacia Troya), sobre tablillas Micénicas o de Pilos que contuvieron ochenta y ocho símbolos al igual que las teclas de Gottfried Silbermann. Todo obedeciendo al espíritu luminiscente que la tierra labra sobre lo humano y que es capaz de revertir el destino hacia otro distinto.
Contemplar lleva implícito el silencio, la última palabra pensada que navega sincopada sobre la ausencia de todo, haciéndose permanente en ese prolongado lapsus que imagina la observación, contemplar es una burbuja donde gravitar, un sinsentido para los desconcertados que navegan sobre los fangos en los que se apoya el mundo. De ahí, de aquél admirar, se componen todas las dimensiones que forman parte del ser humano y que lo hacen único. Para apreciarlo hay que detenerse ante la vorágine de los días, ello, además de un acto de rebeldía, debe ser el acto diario para llegar a descifrar y comprender los males que nos afligen y todos aquellos, signos, señales y mensajes ocultos bajo ese profundo vórtice donde aún pervive el ancestral sentido de la vida, aquél que se perdió en los tiempos y que ya nadie sabe de él.
Buscamos un sentido distinto en y de las cosas incursos en el inexorable avance de las sociedades hacia lo insólito, hacia lo incierto, mientras, lo que atañe directamente a nuestra forma más humana de existir conocida hasta ahora, queda atrás, suplantada por un dispar orden de valores que afectan incluso a la forma de pensar, de ser, a la de formarse como individuos plenos y poseedores del fruto que siempre ha llevado consigo la libertad. Somos los que pensamos diferente, quizás también ahí estás tú, un reducto dentro de ésta impune humanidad que crea a nuestras espaldas sociedades ocultas que sirven al poder y reniegan de esa nuestra forma de entender subrayando que ya caducó. Existe una mayoría social conforme e inducida y sometida a seguir construyendo la homogeneidad global impuesta de alguna forma para deshacer la diversidad y, por consiguiente, la complejidad, otra, en su seno discrepa de tales condicionamientos, porque la discrepancia de ello es parte de una de las formas inherentes del ser, oponerse en la actualidad a la manera de entender las cosas es fundamental, tal hecho, connatural, nos sigue acompañando a pesar de esa radical actitud de otros con la que hacen que suceda todo a nuestro alrededor tan distante de esa naturaleza esencial, ello, debería llevarnos a confiar y practicar la destreza y la habilidad humana para hacer resurgir lo que quedó atrás, restituir todo lo usurpado donde crecía la libertad y, eludir así, la impotencia que generan las sociedades hostilmente avanzadas.
Son pocas cosas las que quedan fieles a la memoria, lejanas al absurdo y próximas a la utopía, sin referencia alguna para la distopia que se cierne y se pretende constantemente. Así nos debatimos entre lo que es ahora y en su lugar hubiese sido, lo que se perdió durante el camino y que nunca debió quedarse atrás, el error humano que nunca se reconoce y se diluye entre la prisa de los días, entre el avanzar hacia un destino imposible, entre lo inservible que da lugar al gran negocio de este siglo que es crear el sentimiento de culpabilidad en beneficio de la prosperidad y la historia mal contada. La verdad es escandalosa, pero, ante la pérdida de reflexión, se oculta. Bajo esa sombra no se puede desenmascarar ese auge por todo aquel estado de cosas que nos envuelve constantemente y que da forma a las sociedades basadas únicamente en la obtención de bienes cada vez más difíciles de mantener, como si fuese la verdadera o única verdad.
En ese debate, en este lugar, nuestra mirada debería estar atenta cuando florece el Mediterráneo a destiempo del mundo, cuando Orión gira al oeste, como siempre, en ese otro oasis de la tierra que se resiste y abre sus puertas al mismo tiempo que exhibe su belleza, no hay otra verdad que se sobreponga a ello, lo más parecido está en nuestros sueños y, a veces, estos se tergiversan para construir nuestros propios monstruos sin tener en cuenta aquello que algún día observamos con vehemencia y que quedó atrapado en el olvido como algo extraorinario, algo que, no es más que aquella verdad o aquella realidad que siempre perseguimos. Quizás deberíamos ser como el aire que se convierte en brisa y abarrunta la lluvia bienvenida que se sumerge en la tierra y le abre la puerta al tiempo que traduce todo en fruto, debería ser nuestra forma de entender lo que ya dejamos de entender y anidar alguna vez en el silencio que sucede a la rutina. Ahí, en ese estar, se forja lo imperecedero de lo que somos, de lo que estamos compuestos, la materia que abona la tierra, la razón que no se rinde ante todo aquello que no le pertenece. Nos convertimos, por libre elección, en peregrinos hacia un destino perfectamente diseñado, lejos de lo profundamente humano y cercano a los intereses de aquellos que siguieron las pautas de civilizaciones fracasadas, hostiles con sus semejantes, arrogantes y soberbios en su forma de actuar. Así nació el hombre que se enfrenta a otros hombres, siempre ha existido desde que perdió su pureza, y ha sido así por rehusar tácitamente a poseer el conocimiento pleno que origina las ideas, en el que no cabe la guerra ni destinos diferentes de los que han delineado los arquitectos de este mundo, los fieles a las doctrinas, los que piensan que son propietarios de tu destino y los conformistas que intentan adivinar el fin del mundo.
Así los días pasan, tejiendo y destejiendo la memoria, dibujando en el aire que circula entre las neuronas la última luz que hizo cristalinas mis retinas, días en que sólo buscas qué hay tras las gotas que se estrellan sobre las aguas pretendiendo descifrar su lenguaje tan antiguo como el mundo, quizás sean eternas porque ya surcaron todos los mares de la tierra, se desprendieron de las nubes que hicieron a lo largo de su levitar y bebieron sus aguas aquellas gentes que ya habitaron la tierra, no es más que un simil de la eternidad simulando al universo, donde los ejércitos de astros y estrellas campan sin murallas. Donde no es posible que los sueños se evaporen a los pies de los castaños florecidos que mojan sus pies en la tierra humedecida por las mismas aguas que llegaron desde alguna nube primitiva de gas y polvo errante en el espacio.
En ese cosmos surgió una diversidad que aún pervive y se hizo cualidad, se convirtió en algo universal que desde entonces ha sido un signo característico de la naturaleza, de nuestro entorno y, por ende, de nosotros mismos. Entre esa cualidad, nuestros sentidos afinados por la observación, desarrollan la creatividad cuyo concepto en la actualidad empieza a ser otro muy distinto al que hasta ahora veníamos entendiendo porque, las imperfecciones que dan fruto a la belleza desaparecen a medida que la inteligencia artificial se sobrepone a nuestro discernimiento empleando a cambio el suyo, el aprendido del sistema y, se apodera de nuestra imaginación alimentándose de la frivolidad humana que crece lejana al mundo físico del que siempre hemos dependido, construyendo a partir de ella una realidad distinta a la sombra de la antropocenica forma de actuar de las inducidas sociedades depredadoras de si mismas. Quizás ello sea el punto de partida desde donde comience a edificarse la frontera entre dos civilizaciones diferentes en la que, una de ellas, no tiene en cuenta que la verdadera prosperidad está en el mundo físico: el acceso al agua limpia, alimentos saludables, higiene, sanidad, clima, justicia social y todo aquello que pertenece a los bienes comunes de los pueblos. La otra, cada vez más se asemeja a otra especie de la lista de extinciones que, ante lo inevitable, sólo le queda esperar.
Más allá de los límites de la naturaleza están nuestros actos, son parte de ella también, pero, no en el mismo término, en ellos reside el fin más humano que consiste en custodiarla. Pero, en su defecto, cavamos sobre la inercia que instiga a abandonar la órbita que gira alrededor de tal propósito, que devora durante ese gravitar cualquier arqueología que pueda servir para restaurar todo aquello que quedó bajo la lápida que sepulta buena parte de nuestras vidas en las que, ahora, deambulamos sujetos a una ficticia verdad, como si todo lo que viésemos desde la ignorancia fuese cierto.
Somos una sociedad tan sabia en aspectos como la comunicación, la tecnología, la ciencia y el saber que encierra todo eso y, tan pobre en lo que concierne a lo que físicamente nos ocasiona nuestro más cercano entorno que tan abandonado tenemos, de todo aquello que define lo humano lejos de la materialidad con la que siempre hemos intentado seguir siendo, al margen de cualquier creencia social que nos congregue bajo signos y banderas. Y así nos situamos distantes de esa humanidad propia que nos apunta constantemente desde nuestro más cercano entorno; las pasiones que producen las emociones y la empatía que en silencio generan otros seres, el tacto y los olores, incluso, aquello tan sutil como es el sentido de la orientación ahora canjeado por la voraz tecnología. Todo esto último también es humano, pero, pertenece a otro orden de cosas, en la mayoría de las ocasiones irracional, en otras constituye una importante ayuda para el enriquecimiento de nuestros dones.
No obstante, abducidos por esa impetuosa fuerza, seguimos rotando indiferentes a la espera de que el ábrego haga germinar todo aquello que bajo aquella lápida quedó atrapado, mientras, en esa espera, sucumbimos a un adiestramiento con pleno convencimiento de ello y favorecemos la creación colectiva de todo lo irracional que abunda en nuestros actos, con la particularidad y a pesar de que, cada ser, cada individuo, navega en el piélago más recóndito.
En esas soledades transformamos y trasladamos como base de la civilización lo superfluo, lo innecesario, las impurezas más ásperas, todo aquello a lo que se le da un sentido que no es propio, distinto o erróneo a las cosas, erróneo porque viene dado por esas fuerzas invisibles que manejan quienes poseen el poder de hacerlo, realimentandose con ello procesos mediáticos que, sólo generan mundos ilusorios enfatizando y disfrazando una anomalía a la que, nos circunsbribimos con el fin de combatir la ausencia de la belleza que contiene la verdadera justicia que engloba a todos los seres en una sociedad coherente, la que contiene el amor y la amistad exentos de interés, algo imposible en la condición humana, la que existe en el sólo hecho de contemplarla, de escucharla, de impregnarse de sus olores, de sus colores, de los aterciopelados sabores, e, igualmente, de la belleza que somos capaces de crear con nuestros actos, con la forma de hacer mundo. No hacemos otra cosa que eso, mundo, hacemos mundo bajo una inercia ciega, devastadora, y, a pesar de ello, pensamos que ese mundo no lo queremos, no es nuestro, pero, lo habitamos inexorablemente cabalgando sobre sus lomos para domarlo como si fuese un caballo salvaje, sin caer en la cuenta, sin pensarlo, que las riendas que lo sostienen no son nuestras y que el destino que quedó escrito desde tiempos remotos, está oculto bajo los pies en un aquí que no se entiende. Pero, para entenderlo, es necesario renacer desde un origen remoto, perdido, es el hecho que llena el espacio con las fragancias y los colores de la tierra, un acto en el que no cabe la servidumbre, pues ésta sólo está sujeta a lo que creamos para que exista, es simbiosis también, nuestra esclavitud también lo es como una dependencia más inmersa en nuestra condición de poder sobre los demás para obtener la subsistencia, para diluir el pensar en grande, para darle alimento a la precariedad social y de pensamiento. En esos parajes la lucidez es un elemento aislado, protegido por altas torres diseñadas sin rendijas por donde pueda escapar, en su lugar dominan los arquitectos que derrumban la diversidad para que no exista la complejidad. En esos parajes, quizás alguien alguna vez, en un sueño lúcido, imaginó que a ciertas horas, a finales del invierno, las últimas luces de la tarde, sobre las seis, rozan las aguas del Darro y las convierten en un conglomerado de cristales ingrávidos que vuelan y navegan sobre el fondo brillante de ocres que aún recuerdan algún otoño pasado o por venir, o, el oro que contuvo alguna vez su cauce, más, los reflejos que se posan en las anaranjadas torres que lo custodian a su paso y que hacen que ese dorado aún siga vivo e ilumine con sus reflejos las blancas fachadas de Valparaiso.
También eso es una forma diferente de mirar las estrellas que dan forma a ese empíreo tan desconocido que nos rodea desde siempre, en todo ese cosmos aparece visible para algunos e imperceptible a los ojos de quienes nunca miran más allá; los secretos de nuestra existencia, lo favores cedidos por la tierra y los que quedan por conceder, en ese firmamento siguen brillando las monedas que alguna vez tiramos a la fuente como créditos a favor de Caronte y las caligrafías que ya nadie entiende con las que otros seres describieron y definieron exactamente con sus palabras todas esas órbitas, todos aquellos destellos desparramados por la tierra, incluidos pensamientos fugaces que se disolvieron en antiguas aguas.
Es somnoliento y gélido el invierno, pero por ello, no deja de tejer desde sus dormidas entrañas lo que después será, lo que tras su paso también seremos nosotros, es el disfraz del futuro aún dormido, en su interior no existe deliquio alguno, si no, una mirada capaz de navegar y alejarse hasta extenderse allá donde germinarán los pastos sobre los que correrán nitidas aguas a las que abrazarnos para seguir siendo. Siempre ha sido terco en su tarea, desprendiendo a la vez cierta nostalgia y fragilidad porque así es. Su camino es el nuestro también, tan necesario recorrerlo por ser una razón más, una verdad sin posibilidad de contradecirla, un destino único, inflexible, que abre paso a otra estación desconocida situada en el tránsito entre el Hiems y Perséfone, quizás una materialidad desapercibida que forma parte de un destino inamovible e ignorado por ello.
A medida que las sociedades avanzan, se convierten en enormes burbujas en las que, en su interior, anidan como objetivo para su existencia, dependencias que se convierten en vitales para obtener la comodidad quienes las habitamos, en ellas, las adversidades se establecen formando un doble enemigo; las que les afecta y posee la naturaleza por sí misma y, las que creamos para que subsista esa pompa. En ésta última, crecen las limitaciones que atentan contra las libertades que el tiempo hizo se hiciesen para formar parte de la inherencia humana y, ahora, esos límites, cumplen una función esencial para ese hábitat; el de reducir lo heterogéneo a un sólo pensamiento único universal y, poder así, seguir perpetuando al poder que luce desde su interior y escupe hacia afuera las más terribles de las soledades, no las soledades que elevan el alma y alimentan nuestros espíritus, si no, las que las destruyen, las que acaban con las pequeñas estancias donde guardamos los restos de nuestra libertad.
Y así, nos abrazamos a la modernidad, que quizás, pudo comenzar cuando el ingeniero griego Sóstrato de Cnido construyó el faro de Alejandría, encargado por la arrogancia del poder para eludir la fuerza de los mares y empequeñecer la valentía de los marineros, sin que entonces, Ptolomeo, cayese en la cuenta de que, la modernidad carece de aquella adversidad consustancial, que está llena de vacios y elude todo aquello que desde que conocemos acompañó siempre a la humanidad dejando en su lugar ficticios paraisos. Lo que hoy nos queda más parecido al paraiso, -que no es lo que nos enseñaron como tal-, son los habitáculos donde nos hacemos como somos, donde bebemos las contaminadas aguas como antidoto ante la impuesta resiliencia que nos ocupa el único tiempo que tenemos. Pero eso no es todo, a veces todos los sueños que soñaste se convierten en uno sólo, en una madeja que te contiene ingrávido, que rueda sobre el eter queriéndose deshilachar para expandirse como lo hizo el cosmos. En una espera constante que flota en los espacios aún vacíos donde se posa para hacerse fugaz, están nuestros días asaltados por la costumbre y la obediencia que ésta implica, sin revoluciones posibles que lo cambien todo porque ya fueron subastadas.
Haremos «coaching» como antiséptico y tendremos una mente flexible para seguir alimentando la distopia que nos engulle. Nada sirve si no eres dueño de tu tiempo y nada existe si no estás, salvo para el tiempo que carece de cordura y de pensamiento.
Mientras, los respiraderos de la tierra se abren bajo nuestros pies tras la lluvia, desde donde germina todo, las semillas y los restos, para luego hacerse visibles ante nuestros ojos a través de diminutos agujeros, pero, esto pasa desapercibido al igual que el sonido del buitre sobre la cabeza cuando se zabulle en el espacio. Nadie lo ha escuchado nunca mientras hacemos mundo, mientras nos sumergimos en ese quehacer con el rumbo fijo hacia el destino que otros trazaron y que nadie quiere ver. Ante esa incosnciencia nos antecede un espejismo que va abriendo camino a cada paso acompañado constantemente de nuestra propia crueldad con la que creamos las fantasías más imposibles para engañar a los demás, con las que dotamos de contenido las palabras que pertenecen a la basura que aviva los estercoleros del mundo, haciéndolo todo así sin fin. Lo verdaderamente duradero, sin embargo, sólo es un instante atrapado en el cosmos, transportado sobre las mismas ondas en las que sobrevuelan las águilas. Algo que se sostiene en el mismo alambre por el que transcurren nuestras vidas en el mundo externo y que dura hasta que cerramos los ojos para salir de ahí. A ese caos habría que añadir que «siempre» no existe ahora, que es el futuro que alguna vez se soñó y que, al mismo tiempo, pertenece a lo venidero y a lo que hace antiguo el pasado. Así, fluctuamos entre distintas dimensiones atrapadas dentro de una misma que nos llevan a sumergimos en las aguas de una semántica imposible, aún por diseñar, preguntándonos si nuestros actos fuesen otros, quizás más transcendentes, llegaríamos a retomar nuestro paralelismo con la naturaleza, a aceptar e impregnar nuestro quehacer con sus semejanzas, es la nobleza.
La última luz de día, se extiende sobre el horizonte en el que convergen los presagios con lo acontecido desde que somos, nos sobrecoge envolviendo todo lo que nos hace existir con una única realidad que dibuja sobre el aire el color de lo que respiramos. La primera luz boreal que asoma en la gélida mañana es el Hiems, el reposo, la espera, no es la existencia social, si no, la de ser, la que filtra el aire entre las ramas, la que se hace bruma y se eleva a las alturas volviéndose de cristal nítido. Es Venus desde siempre, Eärendil el más brillante de los astros, en ella, en la luz, lo trivial de la vida moderna no tiene espacio, tan sólo cabe en su interior la magia como tal, como facultad o disciplina humana capaz de transformar lo tangible, quizás cuando alcancemos nuestra verdadera autenticidad, la poseeremos también, pero, en esa espera queda de forma palpable en la naturaleza sin influencia humana donde existe y es una razón más para alcanzarla. Mientras tanto, unos observaban aquello y otros creaban una forma social donde encajarse, desde entonces, en aquellas antiguas sociedades el sabio que, solía ser el más anciano, era el encargado de oralmente transmitir las historias, la potestad de comprender lo leído era un privilegio que tan sólo estaba al alcance de unos pocos y la producción de los libros (esos extraños seres) no era tan prolífica como en estos tiempos, seguramente sin tanta manipulación como ahora. Me imagino que no era ignorancia lo que abundaba en las sociedades de aquél tiempo, si no, los obstáculos que impedían encontrarse con el saber, con la ciencia, con algo distinto a la cultura que siempre rodeo a aquellos seres, entendiendo como cultura todo aquello relacionado con el saber que llevan en sí las tradiciones, las costumbres, el pensamiento y las ideas de un momento dado. La excasas oportunidades de poder acceder a los códices en una época, en otra, a las leyendas y las hojas donde quedaba inscrito para siempre el saber de los eruditos, de los libre pensadores, de los observadores, de acercarse a lo ocurrido ya o al porvenir, a los relatos de cruentas batallas o las premoniciones que apuntaban desde entonces a la definición de lo que hoy entendemos por el éxito, entonces abundaba la gentileza y el valor en todas sus acepciones frente a la inepcia de hoy. No todo el mundo sabía leer y escribir pues ello estaba reservado sólo para quienes pertenecían a los estratos sociales acomodados junto al poder. Entonces los juglares hablaban de los argonautas que llegaron a avistar Hiperbórea cuando navegaban por el Erídano, después de aquello, en nuestros anhelos seguimos buscando cómo conquistarla y, más desde que, Teopompo lo dejó escrito porque supo que sus habitantes vivían más de mil años en perfecta felicidad. Ahora a aquellos trovadores, el mundo moderno los transformó en guias de turistas a los que les siguen las hordas enajenadas por el imperioso consumo que les atrae y les lleva a internarse en los rincones que guardan los secretos que ya nadie desvelará para ahí hacerse una fotografía, así se establece otro símbolo más de la sociedad consumista en la que los panfletos sustituyen lo impreso por la sabiduría y la ciencia, atraídos por una parte de la historia que aquél poder quiso legar y que para su vanagloria dejaron escritos sus epopeyas y sus poemas de Gilgamesh, tan grandiosas leyendas crearon que ocultaron para siempre el hacer y el sentir de sus propios pueblos, la vida y muerte que acompañó sus vidas, ocultaron sus huertas bajo espléndidos tapices y realistas lienzos y los atardeceres que seguramente impregnaron las retinas de aquellas gentes.
El intercambio entre culturas, pensamientos, ideas, ahora sólo es una cuestión enraizada mayoritariamente en el quiste de la ignorancia que penetra hasta en el caminar sin sentido para encontrar asiento y tomar cualquier cosa que, para llegar ahí, a ese lugar, dió la vuelta al mundo, todo bajo el crisol que engulle la heterogeneidad para construir en su interior la servidumbre y la esclavitud moderna. Todo dentro de una asumida normalidad falazmente diseñada, pero que, no es más que una versión errónea de algo que parece imposible dejar de vivir a pesar de ser un mero disfraz creado por este sistema, sujeto a las ataduras impuestas a las convencidas sociedades semejante a la fidelidad de los soldados que sabían morirían en la siguiente batalla. Ante la necesidad de fortalecer su valentía, sus generales, trajeron desde lejos, desde la distancia, un arcángel mancebo empuñando una espada en una mano y en la otra una rama de laurel, sobre sus espaldas las alas agujereadas por las balas de la última guerra, de nada sirvió su presencia, quedó sujeto en la cúspide de una de las torres, defendiendo con su imagen amenazante a sus creadores sin importarle que bajo sus pies otros pueblos, también como el suyo, sobreviven entre las constantes búsquedas de lo humano, de la libertad, la verdad y la felicidad, una búsqueda truncada porque son tergiversados y utilizados tales sustantivos para el dominio y el sometimiento por parte de aquellos que sólo defienden a toda costa lo más inhumano que posee el hombre, como si la vida del resto de los seres estuviese constantemente inmersa en una batalla sin fin en la que los cadáveres son los desposeídos, los que a su paso quedaron marginados del verdadero mundo, arropando esa vorágine con los brillos de una sutil manera de enmascarar la realidad más terrenal y ofrecer a cambio otra en su lugar en la que, aparentemente, no se perciban ligaduras, la verdadera verdad quede oculta y la felicidad sean un fin deslumbrante que las acompañe y las haga existir, convirtiéndose así en algo abstracto con lo que poder cosificar hasta el pensamiento.
Sin embargo todo aquello dentro de mal que ocupa un lugar trascendente asolando a las sociedades, no son más que nuestros propios espejos. Ante ello, la razón debería actuar como Ulises hizo para evitar la muerte de sus argonautas, encantados y poseidos por el hermoso canto de las sirenas, mandóles introducirles cera en los oídos y atarle a él en el mástil de la nave. Pero, olvidados ya de aquellos hechos, hoy persiste una inercia capaz de derrotar a la humanidad semejante a la que envolvía aquél canto, nos conduce hacia una obligada forma de actuar con connotaciones de libertad, sin las alamedas de Allende, que se impone en la vida que conocemos, no sabría decir si la creamos o nos la crearon, en la que las revoluciones son meros objetos mercantiles manejados por la manipulación emocional que necesitan ejercer sobre los demás para que sobrevivan quienes sólo persiguen poseer el cuerno de Amaltea, alejando de aquella razón todo lo que continuamente perseguimos, lo que supone abrazarse a la continua frustración que contiene en su poder, en sí mismo, el mal.
Quizás debamos dejar de considerar lo útil en el sentido económico por algo más racional, más cercano a nuestra naturaleza, a la que nos sustenta y proporciona lo esencial, tan olvidada, tan útil. Seguramente sea más valioso dejar que el primer rayo de sol en cualquier mañana de cualquier helado invierno nos atraviese los poros y marque sobre la piel que queda descubierta los designios que marcaron aquél alumbramiento desde que comenzó su existencia y antes de que alguien pudiese apoderase del mundo. En ese mismo instante, su calidez es un todo que contiene la brisa helada, las aves invernales y las hojas aún pendientes de las ramas, sin prisa van cayendo hacia las raíces reescribiendo durante su camino en el aire las primeras palabras que la humanidad aprendió a descifrar para que no las olvidemos, y así van descendiendo, agarradas a la brisa, con sus bordes hechos alas rozando el aire, componiendo la primera música de los tiempos al unísono, con el pasado y su presente hecho futuro al mismo tiempo, hechas simiente y germen que serán el abono del bosque, de la vida que nos precede. Como manantiales se extienden sobre los senderos tejiendo alfombras de barro y madera sobre los caminos que otros anduvieron siguiendo su órbita milenaria, como si el tiempo no existiese y se hubiese detenido. Aquel rozar entre la tierra mojada, entre los guijarros, entre los tiempos ya olvidados, dió a luz el silencio que nunca transgredió nuestro pensamiento, se formó en él un santuario donde dejar navegar a sus anchas el espíritu siempre ignorado, donde lo inmaterial se vuelve tangible y alimenta la poderosa imaginación con la que se reconstruyen los paraisos perdidos.
Y ahora, en el interior de los lugares cibernéticos donde la ciencia, la sabiduría tan abrumadora que se cierne sobre nuestras vidas, desarrollada como nunca hubiésemos pensado, se construyen entornos en los que se dejan atrás muchas de las razones de nuestra existencia, quedando a merced de quienes la usan para difundirla aprovechándose de la tecnología, la inteligencia artificial, de forma negligente y puramente sensacionalista o exclusivamente con propósitos lucrativos, incluso dejando tendidas para el olvido las esencias que nos hacen ser, no ante los demás, si no ante nuestros propios ojos, y en su lugar, dejan otros sutiles imaginarios basados, entre otras cosas, en algo dañino, en inducir que la felicidad es el fruto del éxito, al mismo tiempo, nuestra atención sólo está enfocada absorviendo continuamente lo superfluo que fabrica una ciencia dominada por quienes no la crean, y más aún, ante la magnitud de lo que nos rodea, de los abismos que se abren paso silenciosamente bajo nuestros pies, quienes deben evitar esos males se miran el ombligo a la vez que infunden sentimientos de culpabilidad a sus pueblos, en ese tránsito, todo lo que está alojado en nuestro espíritu más primitivo de supervivencia, donde está todo lo que nos hace ser seres irrepetibles, se evapora entre esos entresijos que teje quien domina ese saber tan sublime, tan avanzado, tan ignorado al mismo tiempo y, a la vez, tan manipulado. El lugar perfecto para abrir las puertas de la sociedad a la más terrible esclavitud en la que, paradójicamente, la libertad sólo es de palabra, a partir de ahí nos adentramos en un mundo donde una nueva resiliencia impuesta se apodera de la vida diaria subyugada a una nueva forma de razonar globalmente homogénea, en la que una nueva adversidad anida dentro de una burbuja donde los hilos de nuestras vidas se mueven sobre una irrazonable asíntota que nos aleja de lo profundamente humano que contienen las emociones que produce la grandeza esgrimida siempre por la tierra que pisamos, que nos dota de la naturaleza que poseemos con su presencia y nuestra relación con ella, llenándonos de aquél espíritu tan reconfortante a veces, tan profundo y enriquecedor y tan oscuro en otras ocasiones.
Caminamos muchas veces bajo cielos plomizos, tan espesos que escondían tras de sí los millones de astros que, desde su lejana existencia y su silencioso vagar, han ido escribiendo y marcando las páginas de nuestros días. Cielos pesados de nubes corpóreas, cíclopes alados que transitan livianos como las aves, que van dejando a su paso el elixir olvidado, quizás desconocido para aquellos que nunca levantaron la mirada para observar los horizontes que se desvanecen donde se junta el cielo con la tierra. En aquellas páginas quedaron impresas miles de leyendas, historias llenas de mitologías y fábulas cuyo contenido era para hacernos navegar a bordo de la mansedumbre de un enorme rio que desemboca allá donde se construyen todas las realidades posibles, las que, alguna vez, también fueron soñadas bajo las impresionantes soledades que forman el cosmos incalculable que nos contiene y nos distingue de la máquina. A través de la piel absorbimos los frutos regados por las aguas que llegaron frescas del Atlántico, entre ellos, los rayos de sol que aún se filtran entre las nubes y el olor de la tierra, sobre ella sostuvimos entre los dedos las bellotas mojadas y los frutos de los escaramujos casi congelados por la gélida noche y, mucho más arriba, anduvimos en contra del viento, entre su aspereza, sobrecogidos por su silbido sincretico que rozaba veloź las rugosidades de la tierra helada, las hojas cubiertas de hielo, los enebros durmientes, y presos de los delirios de una nueva humanidad, nos desmarañabamos de la ventisca, mientras pensamos al mismo tiempo, no seguir siendo espigas mecidas por el viento que transporta el veneno que enmudece la libertad.
Sobre las hojas del libro del conocimiento que contiene en su interior impreso la forma de combatir los actos y las palabras que esgrimen las otras estirpes que decía Tolkien y que habitaban las tierras de Annatar Gorthaur, navegamos como si fuese la alfombra de Tangu en busca de aquella nuestra otra parte de la que todos conocemos, de la que nadie sabe donde reside y, seguramente, ni de su existencia. En este grabitar, hay quienes pasaron sus páginas como si se tratase del manuscrito Voynich, como si fuese un acto épico acompañado de las mejores rapsodias del mundo, lo que constituye una prueba más de que nuestro paso por el mundo no es nada insustancial. En el fondo no son más que actos sujetos a la dictadura de la felicidad que la industria diseña para obviar lo que verdaderamente entraña convivir en sociedades en las que todo, e incluso, lo individual, se transforma en mercancía. Lo común, lo que nunca tuvo dueño, nuestro sustento, igualmente, se convierte también en mercancías que pasan a manos de quienes sin escrúpulo alguno se adueña de ello al mismo tiempo que se erigen como los poseedores de los antídotos con que curar nuestros males, que no son otros que los que ellos han creado con tal fin. Mejor entonces, no buscar la felicidad, si no, la belleza, todo aquello que compone nuestros actos más sinceros encaminados hacia lo exento de naturalezas artificiales donde encontrar de nuevo el placer de vivir.
Desde que dejamos de pisar tierra árida, húmeda o mojada tras días interminables de sol o de lluvia, nos acostumbramos a caminar sobre las losas de fisonomía amable que tapizan el manto pétreo que da forma a la tierra, el contacto con éste nos trasmite la seguridad de encontrarnos acogidos, abrazados a eso tan nuestro que nos alimenta, lo que genera todo lo perceptible y lo imperceptible, donde se acoge la vida y la muerte, donde el tiempo fija su residencia porque más allá deja de existir para tornarse en infinita eternidad y, cada vez que damos un paso sobre aquella lisa superficie que lo cubre, nos vamos adentrado en un mundo aséptico en el que todo es imprescidible menos el pensamiento, un mundo en el que los deseos se convierten en una terrible ficción como si de una eterna condena se tratase que, al mismo tiempo, se desliza sobre esos pavimentos bajo los que quedaron sepultadas historias que luego fueron contadas de forma distinta a como sucedieron en realidad y, se tradujeron a muchas de las lenguas que pueblan la tierra, aprovechando así que sus vestigios quedaron impregnados de cemento y asfalto, y que, de sus protagonistas ya no queda ninguno para contar la verdad, incluso, en lugares concretos, en los parajes donde después crecieron avenidas, en las esquinas donde habitaron los árboles, donde la magia dejó de existir y dió paso a realidades fundadas en el peor error humano, quedaron inscritos los nombres de los sátrapas que dieron a luz tales vilezas. Montaron enormes campamentos sobre las heces de los caballos y de los humanos desde donde partieron los cimientos hacia otra civilización y la hierba se volvió mustia, envenenada de mentiras atroces que justificaban embaucadoras guerras donde solo morían los que no debían morir. Entonces ya nadie pide nada para no tener que devolver nada, y, quién lo hace, es porque no tiene nada, porque tan sólo posee las soledades que nadie quiere compartir.
Asi se escribe el destino, sin quererlo, arrastrado por una vorágine de la que nadie sabe donde desemboca, algo que nada tiene que ver con los remolinos impetuosos que acompañan las tormentas rebosantes de la furiosa magnitud desde donde, clavan con sus rayos, los designios que viajan entre sus nubes vertiginosas en el corazón de los robles, conviertiendolos así en el heraldo del poder purificador. Porque el destino es así, impredecible, catártico, puro porque filtra lo que creamos indestructible haciéndolo camino, enorme porque asalta las murallas desvaneciendo los sueños que se asoman a la realidad que resurge tras haberse disuelto. No es más que otra parte oculta tras los destellos que desprenden los reflejos de las luces sobre el pavimento mojado tras la lluvia, donde se reflejan las luces que salen de las ventanas habitadas, de las farolas que siempre miran hacia el firmamento donde sus semejantes brillan. Etéreo y devastador al mismo tiempo que insodable, el que extiende el manto helado sobre las cumbres que marcan los horizontes donde siempre nos refugiamos a soñar, con el que construimos nuestra personal naturaleza, aquél que se asienta en las encrucijadas sin alimento alguno sólo esperando. Y así se va levantando, página a página, el mundo que alcanzamos a conocer y el desconocido al que no llegaremos, con sus brumas espesas alicatadas por el silencio de la primera hora diurna en las que las aves aún duermen en el regazo del último céfiro mientras a sus espaldas se cierne la incertidumbre. Así nos hacemos como uno mismo, como algo irrepetibe, como debemos ser, con el destino acuestas intentando relegarlo hacia otro estrato donde deje de existir para entonces poder orientar nuestro navío hacia el puerto soñado.
Viajeros seguimos siendo, embadurnados del polvo, untados del barro asentado en los senderos que conducen hacia el lugar en el que reinan extraorinarios seres llegados desde donde nadie nunca pudo arribar, partieron y pusieron rumbo hacia acá desde sus nidos milenarios concebidos con el primer vegetal que engendró la tierra, desde remotos lugares sin fortalezas que derribar, nos observaron y desde allá planearon livianos portando a sus espaldas las vasijas que contenían las aguas más puras, las que dejaron caer sobre la plaza que preside Neptuno, sobre los sufridos campos por el implacable estío, y bebieron de ellas nuestras aves, y quedó suspendida, blanca sobre las ramas, adherida a las cortezas que miran al Norte, a los refugios de las comadrejas, recogiendo en su seno los brillos de los astros que confunden a las luciérnagas. Revivieron el barro dormido y dejaron que corriese lentamente sobre sus lomos las aguas y los olores húmedos y barranco abajo, tras atravesar los regueros congelados, se hicieron río con aromas de madreselvas, de hiedras mojadas, de aire fresco encajonado entre los ricos, entre el primer sonido que existió, salpicados por las comunidades de los robles, los arces y los castaños. Así todo se fundió en un único ser que nos hizo ser, así quedaron unas cuantas páginas impresas sólo en la efímera memoria que también nos contiene, sin tinta ni señales de su presencia física, amarrada al olvido que un día vendrá lleno de todo lo imposible de olvidar y, sin aviso, se haga con ellas, con las hojas que ruedan y ruedan salpicadas de todos los rocíos que amamos, que quedaron brillando en las retinas, así somos, una esfera ingrávida hecha agua y memoria.
Horizon in a bottle by Ramón Sánchez
Cabecera: Drive – Lapiz sobre papel, 21 x 29,7 cm – A4 – 85 g/m2. #drawingfantasy #fantasy #pencilfantasy