Burbuja

La última luz de día, se extiende sobre el horizonte en el que convergen los presagios con lo acontecido desde que somos, nos sobrecoge envolviendo todo lo que nos hace existir con una única realidad que dibuja sobre el aire el color de lo que respiramos. La primera luz boreal que asoma en la gélida mañana es el Hiems, el reposo, la espera, no es la existencia social, si no, la de ser, la que filtra el aire entre las ramas, la que se hace bruma y se eleva a las alturas volviéndose de cristal nítido. Es Venus desde siempre, Eärendil el más brillante de los astros, en ella, en la luz, lo trivial de la vida moderna no tiene espacio, tan sólo cabe en su interior la magia como tal, como facultad o disciplina humana capaz de transformar lo tangible, quizás cuando alcancemos nuestra verdadera autenticidad, la poseeremos también, pero, en esa espera queda de forma palpable en la naturaleza sin influencia humana donde existe y es una razón más para alcanzarla. Mientras tanto, unos observaban aquello y otros creaban una forma social donde encajarse, desde entonces, en aquellas antiguas sociedades el sabio que, solía ser el más anciano, era el encargado de oralmente transmitir las historias, la potestad de comprender lo leído era un privilegio que tan sólo estaba al alcance de unos pocos y la producción de los libros (esos extraños seres) no era tan prolífica como en estos tiempos, seguramente sin tanta manipulación como ahora. Me imagino que no era ignorancia lo que abundaba en las sociedades de aquél tiempo, si no, los obstáculos que impedían encontrarse con el saber, con la ciencia, con algo distinto a la cultura que siempre rodeo a aquellos seres, entendiendo como cultura todo aquello relacionado con el saber que llevan en sí las tradiciones, las costumbres, el pensamiento y las ideas de un momento dado. La excasas oportunidades de poder acceder a los códices en una época, en otra, a las leyendas y las hojas donde quedaba inscrito para siempre el saber de los eruditos, de los libre pensadores, de los observadores, de acercarse a lo ocurrido ya o al porvenir, a los relatos de cruentas batallas o las premoniciones que apuntaban desde entonces a la definición de lo que hoy entendemos por el éxito, entonces abundaba la gentileza y el valor en todas sus acepciones frente a la inepcia de hoy. No todo el mundo sabía leer y escribir pues ello estaba reservado sólo para quienes pertenecían a los estratos sociales acomodados junto al poder. Entonces los juglares hablaban de los argonautas que llegaron a avistar Hiperbórea cuando navegaban por el Erídano, después de aquello, en nuestros anhelos seguimos buscando cómo conquistarla y, más desde que, Teopompo lo dejó escrito porque supo que sus habitantes vivían más de mil años en perfecta felicidad. Ahora a aquellos trovadores, el mundo moderno los transformó en guias de turistas a los que les siguen las hordas enajenadas por el imperioso consumo que les atrae y les lleva a internarse en los rincones que guardan los secretos que ya nadie desvelará para ahí hacerse una fotografía, así se establece otro símbolo más de la sociedad consumista en la que los panfletos sustituyen lo impreso por la sabiduría y la ciencia, atraídos por una parte de la historia que aquél poder quiso legar y que para su vanagloria dejaron escritos sus epopeyas y sus poemas de Gilgamesh, tan grandiosas leyendas crearon que ocultaron para siempre el hacer y el sentir de sus propios pueblos, la vida y muerte que acompañó sus vidas, ocultaron sus huertas bajo espléndidos tapices y realistas lienzos y los atardeceres que seguramente impregnaron las retinas de aquellas gentes.

El intercambio entre culturas, pensamientos, ideas, ahora sólo es una cuestión enraizada mayoritariamente en el quiste de la ignorancia que penetra hasta en el caminar sin sentido para encontrar asiento y tomar cualquier cosa que, para llegar ahí, a ese lugar, dió la vuelta al mundo, todo bajo el crisol que engulle la heterogeneidad para construir en su interior la servidumbre y la esclavitud moderna. Todo dentro de una asumida normalidad falazmente diseñada, pero que, no es más que una versión errónea de algo que parece imposible dejar de vivir a pesar de ser un mero disfraz creado por este sistema, sujeto a las ataduras impuestas a las convencidas sociedades semejante a la fidelidad de los soldados que sabían morirían en la siguiente batalla. Ante la necesidad de fortalecer su valentía, sus generales, trajeron desde lejos, desde la distancia, un arcángel mancebo empuñando una espada en una mano y en la otra una rama de laurel, sobre sus espaldas las alas agujereadas por las balas de la última guerra, de nada sirvió su presencia, quedó sujeto en la cúspide de una de las torres, defendiendo con su imagen amenazante a sus creadores sin importarle que bajo sus pies otros pueblos, también como el suyo, sobreviven entre las constantes búsquedas de lo humano, de la libertad, la verdad y la felicidad, una búsqueda truncada porque son tergiversados y  utilizados tales sustantivos para el dominio y el sometimiento por parte de aquellos que sólo defienden a toda costa lo más inhumano que posee el hombre, como si la vida del resto de los seres estuviese constantemente inmersa en una batalla sin fin en la que los cadáveres son los desposeídos, los que a su paso quedaron marginados del verdadero mundo, arropando esa vorágine con los brillos de una sutil manera de enmascarar la realidad más terrenal y ofrecer a cambio otra en su lugar en la que, aparentemente, no se perciban ligaduras, la verdadera verdad quede oculta y la felicidad sean un fin deslumbrante que las acompañe y las haga existir, convirtiéndose así en algo abstracto con lo que poder cosificar hasta el pensamiento.

Sin embargo todo aquello dentro de mal que ocupa un lugar trascendente asolando a las sociedades, no son más que nuestros propios espejos. Ante ello, la razón debería actuar como Ulises hizo para evitar la muerte de sus argonautas, encantados y poseidos por el hermoso canto de las sirenas, mandóles introducirles cera en los oídos y atarle a él en el mástil de la nave. Pero, olvidados ya de aquellos hechos,  hoy persiste una inercia capaz de derrotar a la humanidad semejante a la que envolvía aquél canto, nos conduce hacia una obligada forma de actuar con connotaciones de libertad, sin las alamedas de Allende, que se impone en la vida que conocemos, no sabría decir si la creamos o nos la crearon, en la que las revoluciones son meros objetos mercantiles manejados por la manipulación emocional que necesitan ejercer sobre los demás para que sobrevivan quienes sólo persiguen poseer el cuerno de Amaltea, alejando de aquella razón todo lo que continuamente perseguimos, lo que supone abrazarse a la continua frustración que contiene en su poder, en sí mismo, el mal.

Quizás debamos dejar de considerar lo útil en el  sentido económico por algo más racional, más cercano a nuestra naturaleza, a la que nos sustenta y proporciona lo esencial, tan olvidada, tan útil. Seguramente sea más valioso dejar que el primer rayo de sol en cualquier mañana de cualquier helado invierno nos atraviese los poros y marque sobre la piel que queda descubierta los designios que marcaron aquél alumbramiento desde que comenzó su existencia y antes de que alguien pudiese apoderase del mundo. En ese mismo instante, su calidez es un todo que contiene la brisa helada, las aves invernales y las hojas aún pendientes de las ramas, sin prisa van cayendo hacia las raíces reescribiendo durante su camino en el aire las primeras palabras que la humanidad aprendió a descifrar para que no las olvidemos, y así van descendiendo, agarradas a la brisa, con sus bordes hechos alas rozando el aire, componiendo la primera música de los tiempos al unísono, con el pasado y su presente hecho futuro al mismo tiempo, hechas simiente y germen que serán el abono del bosque, de la vida que nos precede. Como manantiales se extienden sobre los senderos tejiendo alfombras de barro y madera sobre los caminos que otros anduvieron siguiendo su órbita milenaria, como si el tiempo no existiese y se hubiese detenido. Aquel rozar entre la tierra mojada, entre los guijarros, entre los tiempos ya olvidados, dió a luz el silencio que nunca transgredió nuestro pensamiento, se formó en él un santuario donde dejar navegar a sus anchas el espíritu siempre ignorado, donde lo inmaterial se vuelve tangible y alimenta la poderosa imaginación con la que se reconstruyen los paraisos perdidos.

Y ahora, en el interior de los lugares cibernéticos donde la ciencia, la sabiduría tan abrumadora que se cierne sobre nuestras vidas, desarrollada como nunca hubiésemos pensado, se construyen entornos en los que se dejan atrás muchas de las razones de nuestra existencia, quedando a merced de quienes la usan para difundirla aprovechándose de la tecnología, la inteligencia artificial, de forma negligente y puramente sensacionalista o exclusivamente con propósitos lucrativos, incluso dejando tendidas para el olvido las esencias que nos hacen ser, no ante los demás, si no ante nuestros propios ojos, y en su lugar, dejan otros sutiles imaginarios basados, entre otras cosas, en algo dañino, en inducir que la felicidad es el fruto del éxito, al mismo tiempo, nuestra atención sólo está enfocada absorviendo continuamente lo superfluo que fabrica una ciencia dominada por quienes no la crean, y más aún, ante la magnitud de lo que nos rodea, de los abismos que se abren paso silenciosamente bajo nuestros pies, quienes deben evitar esos males se miran el ombligo a la vez que infunden sentimientos de culpabilidad a sus pueblos, en ese tránsito, todo lo que está alojado en nuestro espíritu más primitivo de supervivencia, donde está todo lo que nos hace ser seres irrepetibles, se evapora entre esos entresijos que teje quien domina ese saber tan sublime, tan avanzado, tan ignorado al mismo tiempo y, a la vez, tan manipulado. El lugar perfecto para abrir las puertas de la sociedad a la más terrible esclavitud en la que, paradójicamente, la libertad sólo es de palabra, a partir de ahí nos adentramos en un mundo donde una nueva resiliencia impuesta se apodera de la vida diaria subyugada a una nueva forma de razonar globalmente homogénea, en la que una nueva adversidad anida dentro de una burbuja donde los hilos de nuestras vidas se mueven sobre una irrazonable asíntota que nos aleja de lo profundamente humano que contienen las emociones que produce la grandeza esgrimida siempre por la tierra que pisamos, que nos dota de la naturaleza que poseemos con su presencia y nuestra relación con ella, llenándonos de aquél espíritu tan reconfortante a veces, tan profundo y enriquecedor y tan oscuro en otras ocasiones.

Grass germ by Ramón Sánchez.

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