
Los sueños, la esperanza, la utopía y el futuro son cuatro elementos inmateriales que configuran de alguna manera una paradoja anclada en el tiempo y que a la misma vez forman parte del presente. La iniquidad de este sistema es la causa de que esto sea así porque fabrica realidades materiales distintas a las que aquellas persiguen, que son propias de la naturaleza humana y válidas para el desarrollo de la esencial convivencia con el resto de seres. En ausencia de aquellas y en su lugar queda atribuido un concepto de éxito al que ahora se dirigen aquellos cuatro elementos cambiando así su significado y destruyendo los arquetipos que le daban el valor más humano y por lo tanto terrenal. (Cabría distinguir lo terrenal de lo virtual, que aunque éste último lo es también fruto de la tierra no deja de ser artificial).
Podemos encontrar la belleza en las alfombras que forman las hojas multicolores caidas a los pies de los árboles, mientras que en las hileras de hojas que quedan en el reguero de agua que discurre hacia la reja de una alcantarilla no la encontramos, aunque, si sabes mirar con ojos de poesía, podrás encontrala también en ese lugar. Una belleza es natural y la otra artificial, ambas contienen poesía, por ello, aquellos elementos resultan paradójicos, constituyen la contínua búsqueda del ser humano en dos dimensiones opuestas, la que rige las leyes de la naturaleza y las que rige las leyes de los sistemas.
En este siglo lo virtual abre horizontes para que los sueños, la esperanza, la utopía y el futuro se encaminen hacia lugares hoy aún desconocidos y el pensamiento se encuentre debatiéndose entre las encrucijadas que fabriquen los futuros algoritmos. Quizás por ello nos encontramos ahora en un momento de discordia con nosotros mismos, luchando en masa contra la propia masa, como colectivo contra nuestras propias sombras más allá de la cosmovisión milenaria que hasta ahora hemos mantenido en nuestro interior.
Ya hemos cruzado las antiguas fronteras que nuestro pensamiento trazó, llegamos a una parte de lo impensable que durante siglos permaneció en silencio tan sólo en la mente de los visionarios, y ahora ante el drástico cambio que va llegando como consecuencia de la pérdida de biodiversidad, del deterioro ambiental del que aún desconocemos sus proporciones, toca plantearse donde está nuestro destino, que pasa con lo que construimos y que vamos a construir, o, si son necesarias ambas cosas, para ello el pensamiento no puede ser único, para ello la pluralidad y el entendimiento, la bondad y el respeto a todo, la empatía y la solidaridad son esenciales.
Dejar de crecer es dejar que nuestro entorno crezca, dejar que nuestras bodegas queden repletas para un nuevo viaje. A veces hay que dejarse rodear por la bruma, por su silencio tan sólo roto por las gotas de cristal sideral que se estrellan sobre las hojas expandiendo su sonido de madera, entre el eco que sale del hueco de los troncos y el pestañear de la fina lluvia. Es preciso que el agua que moja tu frente, tu cara, también lo haga en tu ropa, los hombros y los pies mojados, rodeados del barro de la tierra, con tallos verdes sujetos en las suelas embarradas y quizás con el sudor mezclado con el líquido de la bruma y el canto de las aves.
Luego te acercas al fuego, a su cálida caricia mientras rebanas el pan y la seca longaniza con vino fresco, y, entonces diras; así es la tierra. Esto no es una forma de huir, si no, un encuentro para mirar hacia dentro y, cuando se sepa hacerlo, mirar hacia fuera. Así sabrás que fuera existe un insidioso organismo semejante a ti que acecha constantemente burlando todas las leyes que durante milenios se fueron palabra a palabra, hecho tras hecho, incrustando en la memoria de la humanidad para su bien, derrumbando las murallas que protegían lo común, la propiedad de las tribus, raptándolo para venderlo a mejor postor, a los vendedores de humo que aguardan ávidos ante la ignorancia. Quizás la peor ignorancia es la de no querer aprender, la que te sujeta exenta de voluntad, la soga que te amarra donde atracan los navíos de la desesperanza y la abulia, y, así olvidar que tus pies son raices bien arraigadas, que tu propia sombra engendra el humus de la tierra, el alimento, que tus brazos son las ramas que señalan los puntos cardinales y desafían los vientos, que se llenan de verde y se otoñan de belleza, de la química y la savia que te hace.
No ruegues entonces ante el miedo de sucumbir pues el futuro se construye ahí, en ti, en los apartados rincones donde la inexactitud no existe, donde el poder no llega y donde se puede eludir su influencia. El poder no se derrumba en las urnas, si no con la razón y el pensamiento, con la forma de actuar, con el acto de dar y recibir. Con nuestros actos configuramos el futuro, como los tilos cuando se desprenden de sus hojas amarillas, lo hacen con belleza, poco a poco, dejándolas caer como copos de nieve que se posan sobre el suelo formando un manto que será parte del alimento para el cercano invierno, creando al mismo tiempo una tonalidad sinestésica que transporta música y color. Cada golpe de cada hoja teñida de toda clase de amarillos sobre el suelo es una nota que suena en una sinfonia que acentúa una cosmovisión de dos tonalidades; la del color y la del sonido, la frecuencia de la luz y la del sonido, una percepción subjetiva inducida por la belleza. Ello nos hace libres y también cambiar la plata y el oro por hojas de ginkgo como en la antigüedad.
En el bosque cada hoja pone su música, cada color es una nota diferente, el sonido de las verdes es contrario al de las secas, las ocres, en sus respectivas escalas cromáticas llegan a encontrarse con la tesitura del sonido que emana de cada tono en un bucle que gira al igual que la tierra. Sólo son percepciones desde otro lado de la vida, percepciones ancestrales hoy escondidas en lugares concretos y apartados. Las megaurbes, en una exhibición de poder, se levantaron sobre esos lugares, los que aún hoy perviven son santuarios donde habita el espíritu de la naturaleza abandonado a la espera del reencuentro.
Cada atardecer es como una hoja más que se desprende de un inmenso árbol, conduce a los límites de la sinestesia, donde se enlazan tonos de luz y sonido; el cromatismo de los colores con el de del silencio o la música de la tierra abren otra puerta donde encontrar otros paradigmas. Un espacio de reencuentro con lo más íntimo del ser que es todo aquello de lo que nos hemos desprendido para abrazar el silencio que viene después de tener todo lo que no pertenece a lo inherente. También en nuestra memoria existen galaxias escondidas, apartadas como santuarios remotos plagados de lugares que visitamos cuando deseamos. En lo consustancial está todo que nos hace y nos define, pero, los espejismos que crea la vorágine que desprende el poder entra ahi devastador aprovechando que piensas en él.
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