Allá, el viento.

Allá el viento sopla para impedir banalizar la montaña. Es el espíritu que marca los límites, la voz que intenta alejar de sus entrañas a los que nuncan saben que hacen ahí. En un sólo instante, las alturas, se convierten en los lugares más inhóspitos, y a pesar de ello, nos adentramos en ellas, igual que en los pensamientos desapacibles, nos adentramos y navegamos. Ante ellos; el viento y esos pensamientos; nos resguardamos, huimos al abrigo de un abrazo o de una roca,  creamos así una forma más de continuar uniendo o sincronizando nuestra esencia con aquello que guarda relación directa con la tierra sin otra interferencia que pueda desvincularnos de la libertad, de una razón de ser, la lucha por ello y por el dominio de uno mismo, un ejercicio donde el límite de lo corpóreo y de lo incorpóreo puede llegar y asomarse a los vacíos insondables de la existencia, a lugares donde el poder no quiere que llegues. Ese viento cuando se derrama sobre la piel descubierta, cuando impide dar un paso más y se adentra acompañado de los cristales helados entre las rendijas de la ropa, deja una cicatriz que siempre permanecerá. Navegar sobre sus alas extendiendo los brazos es un paso más para salir en busca de voluntad capaz de deshacer la banalidad. Los que conocen las alturas siempre viajan en contra de los torrentes eludiendo los miles de signos que los impostores botan como buques insignias sobre sus aguas, ahora turbias, antes de nosotros cristalinas, ahora confusas. Nuestra pérdida de arraigo a la naturaleza nos lleva a lugares remotos donde aún perdura la pureza porque la nuestra quedó atrapada en las bodegas, a bordo de aquellos navíos y, decidimos no crear nada más semejante a esos limpios santuarios. Vimos salir el sol desde un agujero cavado en la nieve, ahí permanecimos toda la noche, a la gélida interperie, mirando al cielo tumbados boca arriba mientras se congelaba el agua del bote y las ráfagas de viento nos llenaban de estrellas de simetría hexagonal por encima de la ropa y sobre los helados pómulos de la cara que asomaban fuera. Ahí dejamos de oir las palabras que todos quieren escuchar, entramos en un diálogo que sería indescifrable para aquellos navegantes de los torrentes que perdieron el rumbo de sus propios botes. Bajo las constelaciones encontramos apartados rincones de la mente pura donde se debatía sobre la existencia, apartados de los fenómenos materiales que satisfacen  un modo de vivir y que no es otra cosa que lo que abduce e induce por y para una vida prefabricada, ahora insostenible, devoradora de lo ancestralmente primordial. Quizás buscábamos la vida de nuestro principio o un origen que nos diera unas pautas para continuar y, seguramente lo encontramos porque nuestra visión, en aquel momento y en adelante, de la vida real e incluso de la artificial o virtual es bien distinta a la que se impone mediante engañosos discursos y por las desdichadas leyes de esta época. («¿Por qué me interrogas sobre mi origen? Las generaciones de los hombres son como las de las hojas. El viento esparce las hojas por el suelo, pero el fecundo bosque da nacimiento a otras, y así vuelve la primavera; de igual modo la raza humana nace y pasa» -Iliada, Canto 7)
Surgió allá la esperada luz del amanecer, fría, muy fría, azul; nota Si (B) según Alexander Scriabin, y fué sonrojadose, anaranjado (do -C- y sol -G-) hasta llegar al blanco gélido, al que lo contiene todo. Entre ese murmullo de luz y color, del sonido cuando crujen los pies sobre la nieve dura, de búsqueda de calor, murmuró, ronroneando el agua que hervía tras derretir nieve para hacer una cálida infusión, para calentar las manos y el aliento, de nuevo abrimos camino hacia las afiladas crestas. La roca y el hielo, un debate más de días marcados en la memoria, un debate sobre la belleza de la existencia. Mientras caminas, ese rítmico crujir de las pisadas se asemeja a un mantra que sobrevivió a los tiempos, que cruzó continentes, es la interfaz entre la tierra y el ser, y, así, por un tiempo navegamos hacia otro, inmersos en una nave que había zarpado sobre los secretos de aquella humanidad de la que hoy somos su futuro. ¿Qué pensarían hoy de nosotros aquellos seres que también cruzaron cordilleras heladas? También les invadió el viento, también les cayeron desde las nubes mágicos cristales, también fueron capaces de impregnar la tierra de una sabiduría innata, también lloraron ante la belleza, también pensaron que se les escapaba de las manos. Pero no me hagas mucho caso, esto no es más que un relato mágico, es una traducción de la sensación que produce sentir el viento caminando sobre una tundra meridional a tres mil metros. Son palabras que el viento también se llevará, son sólo signos codificados que algún algoritmo con vida propia ocultará. Mientras balbuceaba estas palabras, ocultaba a los pies de los jóvenes frutales el estiércol de las gallinas y, encontré los restos del otoño que va avanzando paso a paso abonando la tierra y, las primeras luces y brotes de un invierno, tardío e inexacto en el sur, apareció un trozo de la hoja de un libro y pensé, y, me dije; son los restos de una civilización, quizás ese sea otro aviso.

Don’t look at Sauron

Un solo instante.

A single instant

Al abrigo de una roca, bajo sus entrañas, nos refugiamos de una tormenta, sus ecos rebotaban entre sus pliegues, sus aristas y sus grietas. Aquella roca asomaba como una visera a la intemperie, allá donde los vientos formaban círculos de agua iluminada por los relámpagos. Sus ecos, a la vez, retumbaban al estrellarse con los abismos y la noche agrandaba más aún aquella magnitud. Aislados del enorme mundo en un minúsculo rincón rodeado de riscos y paredes casi inaccesibles, de un horizonte vertical. Descubrimos que sólo hay una vida y que está en las manos de cada cual. Que los designios fueron marcados por uno mismo y que, lo ajeno, el poder y las sombras pertenecen a otro mundo. Que; allá son insignificantes las palabras que salen de los telediarios. Allá prendieron dos tonalidades; la blanca luz y el sonido hercúleo que la acompañaba, un todo capaz de recoger en un sólo instante los límites de lo humano. Desciframos otros códigos; los que marcan el tiempo de la existencia y los que llevan a la base donde se asienta el pensamiento y la forma de actuar. Y hoy, los escombros y los residuos que han quedado tras todo lo que se construyó, sepultaron esa sólida base. Allá amaneció, lo vimos a través de los reflejos púrpura sobre las aguas cristalinas de la laguna, las verticales paredes quedaron tendidas en sus nítidas aguas como dentro de un espejo y al tocarlas con la punta de los dedos se desvanecían como si de un sueño se tratase, las feroces nubes también, la fina hierba de los prados que rodean alquel enorme cristal, se levantaron buscando el sol, su luz y calor y su verde se transformó en una sonatina, (Clementi – Sonatina Op. 36 No. 3 in C Mayor).



Desde aquí, desde estas encrucijadas marcadas por el tiempo, al borde de mar, acogiendo los vientos entre las palmas de las manos para lanzarlos sobre las olas y levantar sus crestas convirtiendolas en cumbres heladas y, cuando rompen en miles de cristales me sumerjo en ellas con el tiempo en los bolsillos. ¿alguna vez lo pudiste guardar? Mientras todo se sonroja, las nubes se confunden en las alturas con las nieves, allá no tienes nada, cuando no tienes nada, nada temes, sólo miras el azul, cómo se convierte en blanco mientras suben por los valles las eternas nubes, las que ya llovieron al principio del todo.


También estamos en ellas, también somos un principio, como el abono. Hay otro alimento esencial; mirar en diciembre al sudoeste, allí se deshilachan las nubes y marcan lineas púrpuras que señalan pasadizos secretos para viajar a Ítaca, serás el argonauta, serás el pasajero del viento y el abono de los que te preceden. A la noche mirar hacia el este, donde vive Orion, el amante de la diosa del amanecer, rodeado de cristales colgantes como fanales que iluminan el mar, incrustados en la bóveda que puedes abarcar con una sola mano. Así de simple es el mundo y tan complejo que ya no podemos datar las faenas agrícolas.



Seguimos sobrecogidos ante los muros a la vista infranqueables, marcados por corredores helados que descienden desde sus cumbres a sus pies como llagas, vestigios pétreos de las tremendas luchas entre las fuerzas de la tierra extendidos sobre la piel que nos acoge. Su belleza, y a la vez, lo enigmático que encierran, supone un poderoso imán capaz de atraer los pensamientos más profundos que nos acompañan desde que somos para que circulen entre el color azul del aire helado. Ante ello marcamos senderos hacia su encuentro, y como kavafis relata, no para llegar a su cúspide, si no, para sumergirse en todo lo que les rodea y les hace grandioso.



Volvimos, tras cruzar senderos helados, al abrigo de las ramas, hacia los refugios donde converge la sabiduría y la esencia que nos engloba sobre raices cubiertas por el tiempo y extendido sobre ellas como una alfombra de miles de hojas que amortiguan el paso de los pensamientos de lo consustancial que emerge de un sistema apartado de la naturaleza. Sobrevivimos todos los dias marcados por un poder ciego que intenta disover y disuadirte de todo ello y, sin embargo, cuando las nubes se desploman sobre las calles vemos un signo más que apunta hacia otro destino.

Otra hoja

Los sueños, la esperanza, la utopía y el futuro son cuatro elementos inmateriales que configuran de alguna manera una paradoja anclada en el tiempo y que a la misma vez forman parte del presente. La iniquidad de este sistema es la causa de que esto sea así porque fabrica realidades materiales distintas a las que aquellas persiguen, que son propias de la naturaleza humana y válidas para el desarrollo de la esencial convivencia con el resto de seres. En ausencia de aquellas y en su lugar queda atribuido un concepto de éxito al que ahora se dirigen aquellos cuatro elementos cambiando así su significado y destruyendo los arquetipos que le daban el valor más humano y por lo tanto terrenal. (Cabría distinguir lo terrenal de lo virtual, que aunque éste último lo es también fruto de la tierra no deja de ser artificial).

Podemos encontrar la belleza en las alfombras que forman las hojas multicolores caidas a los pies de los árboles, mientras que en las hileras de hojas que quedan en el reguero de agua que discurre hacia la reja de una alcantarilla no la encontramos, aunque, si sabes mirar con ojos de poesía, podrás encontrala también en ese lugar. Una belleza es natural y la otra artificial, ambas contienen poesía, por ello, aquellos elementos resultan paradójicos, constituyen la contínua búsqueda del ser humano en dos dimensiones opuestas, la que rige las leyes de la naturaleza y las que rige las leyes de los sistemas.

En este siglo lo virtual abre horizontes para que los sueños, la esperanza, la utopía y el futuro se encaminen hacia lugares hoy aún desconocidos y el pensamiento se encuentre debatiéndose entre las encrucijadas que fabriquen los futuros algoritmos. Quizás por ello nos encontramos ahora en un momento de discordia con nosotros mismos, luchando en masa contra la propia masa, como colectivo contra nuestras propias sombras más allá de la cosmovisión milenaria que hasta ahora hemos mantenido en nuestro interior.

Ya hemos cruzado las antiguas fronteras que nuestro pensamiento trazó, llegamos a una parte de lo impensable que durante siglos permaneció en silencio tan sólo en la mente de los visionarios, y ahora ante el drástico cambio que va llegando como consecuencia de la pérdida de biodiversidad, del deterioro ambiental del que aún desconocemos sus proporciones, toca plantearse donde está nuestro destino, que pasa con lo que construimos y que vamos a construir, o, si son necesarias ambas cosas, para ello el pensamiento no puede ser único, para ello la pluralidad y el entendimiento, la bondad y el respeto a todo, la empatía y la solidaridad son esenciales.

Dejar de crecer es dejar que nuestro entorno crezca, dejar que nuestras bodegas queden repletas para un nuevo viaje. A veces hay que dejarse rodear por la bruma, por su silencio tan sólo roto por las gotas de cristal sideral que se estrellan sobre las hojas expandiendo su sonido de madera, entre el eco que sale del hueco de los troncos y el pestañear de la fina lluvia. Es preciso que el agua que moja tu frente, tu cara, también lo haga en tu ropa, los hombros y los pies mojados, rodeados del barro de la tierra, con tallos verdes sujetos en las suelas embarradas y quizás con el sudor mezclado con el líquido de la bruma y el canto de las aves.

Luego te acercas al fuego, a su cálida caricia mientras rebanas el pan y la seca longaniza con vino fresco, y, entonces diras; así es la tierra. Esto no es una forma de huir, si no, un encuentro para mirar hacia dentro y, cuando se sepa hacerlo, mirar hacia fuera. Así sabrás que fuera existe un insidioso organismo semejante a ti que acecha constantemente burlando todas las leyes que durante milenios se fueron palabra a palabra, hecho tras hecho, incrustando en la memoria de la humanidad para su bien, derrumbando las murallas que protegían lo común, la propiedad de las tribus, raptándolo para venderlo a mejor postor, a los vendedores de humo que aguardan ávidos ante la ignorancia. Quizás la peor ignorancia es la de no querer aprender, la que te sujeta exenta de voluntad, la soga que te amarra donde atracan los navíos de la desesperanza y la abulia, y, así olvidar que tus pies son raices bien arraigadas, que tu propia sombra engendra el humus de la tierra, el alimento, que tus brazos son las ramas que señalan los puntos cardinales y desafían los vientos, que se llenan de verde y se otoñan de belleza, de la química y la savia que te hace.

No ruegues entonces ante el miedo de sucumbir pues el futuro se construye ahí, en ti, en los apartados rincones donde la inexactitud no existe, donde el poder no llega y donde se puede eludir su influencia. El poder no se derrumba en las urnas, si no con la razón y el pensamiento, con la forma de actuar, con el acto de dar y recibir. Con nuestros actos configuramos el futuro, como los tilos cuando se desprenden de sus hojas amarillas, lo hacen con belleza, poco a poco, dejándolas caer como copos de nieve que se posan sobre el suelo formando un manto que será parte del alimento para el cercano invierno, creando al mismo tiempo una tonalidad sinestésica que transporta música y color. Cada golpe de cada hoja teñida de toda clase de amarillos sobre el suelo es una nota que suena en una sinfonia que acentúa una cosmovisión de dos tonalidades; la del color y la del sonido, la frecuencia de la luz y la del sonido, una percepción subjetiva inducida por la belleza. Ello nos hace libres y también cambiar la plata y el oro por hojas de ginkgo como en la antigüedad.

En el bosque cada hoja pone su música, cada color es una nota diferente, el sonido de las verdes es contrario al de las secas, las ocres, en sus respectivas escalas cromáticas llegan a encontrarse con la tesitura del sonido que emana de cada tono en un bucle que gira al igual que la tierra. Sólo son percepciones desde otro lado de la vida, percepciones ancestrales hoy escondidas en lugares concretos y apartados. Las megaurbes, en una exhibición de poder, se levantaron sobre esos lugares, los que aún hoy perviven son santuarios donde habita el espíritu de la naturaleza abandonado a la espera del reencuentro.
Cada atardecer es como una hoja más que se desprende de un inmenso árbol, conduce a los límites de la sinestesia, donde se enlazan tonos de luz y sonido; el cromatismo de los colores con el de del silencio o la música de la tierra abren otra puerta donde encontrar otros paradigmas. Un espacio de reencuentro con lo más íntimo del ser que es todo aquello de lo que nos hemos desprendido para abrazar el silencio que viene después de tener todo lo que no pertenece a lo inherente. También en nuestra memoria existen galaxias escondidas, apartadas como santuarios remotos plagados de lugares que visitamos cuando deseamos. En lo consustancial está todo que nos hace y nos define, pero, los espejismos que crea la vorágine que desprende el poder entra ahi devastador aprovechando que piensas en él.

Contando hojas


Admirados por los símbolos de una nueva semiótica desintegradora olvidamos los que marcan los ciclos y nos arraigan a la tierra, la desconexión de lo esencial viene dada por ello. El admirar el ocaso, los brotes de las semillas o la maduración de los frutos es su antítesis, la de un paraíso perdido, la de un lugar sobrecogedor donde se guarda el pasado, el tiempo que vivieron otros hoy oculto para muchos seres bajo esa desintegradora conciencia que pone precio a todo y donde la mera apariencia es sobrevalorada.

Cuando llegas a un collado los límites del horizonte se abren a la vista y al otearlo escuchando el silencio abres la puerta del futuro, entonces eres el futuro y eres quién lo crea. Ante lo sobrecogedor de ese paisaje se detienen, sin lugar a dudas, las pisadas a la vista de esa magnitud que atraviesa nuestros poros dejando de ser una mera percepción y transformandose en el lenguaje más antiguo.

Sabes que la tierra habla y espera que converses con ella y, en su espera expande toda su belleza y obsequia con sus mejores frutos. Los poderes saben que esto es un entretenimiento, desviar la atención de sus arengas, que estas palabras son la heterodoxia de los convictos de este sistema y las ocultaran haciéndolas propias tergiversando su contenido para que sigas en el mismo camino.

La conciencia moderna dejó hace tiempo de conmoverse ante los sonidos de la mañana temprana, cuando huele a hojas secas humedecidas por la noche y cuando el silencio es roto por el rozar sobre ellas de la brisa y el canto de las aves que las arrullan. Ellas les cantan, y, también a los árboles que extienden su ramas hercúleas señalando el este. Dejó de conmover el olor del rio, su continuo latir porque otros signos marcaron una dimensión distintamente opuesta, sin olores y de señales ficticias, de signos embaucadores que intentan imitar aquella belleza.

Seguramente sabrás que los ejércitos del poder los integran seres con dos vidas paralelas, la primera es en la que se les concede la fortuna para apreciar la belleza que nos rodea. La segunda es en la que empuñan las armas con la que castigan a sus vecinos para el beneficio de aquellos. Mientras todo esto sucede se van encadenando una tras otra estas letras, estas palabras sin sentido para muchos, y, suena; «Prologue» de la Danza Macabra de Zbigniew Preisner. Asi, una vez en el interior de esas estructuras armónicas navegas en ese otro cosmos de la consciencia regado de fantasías que surcan el aire que llega desde las pétreas alturas. Luego, al compás del acordeón que suena en la plaza, ves de nuevo caer las hojas como presagio de otro nuevo inicio y vuelas allá, donde la gélida brisa se adentra en tus entrañas planeando sólo sobre los designios de la subsistencia mas antigua, donde sobrevivir a la intemperie es la única voluntad. Ahí no hay nada más, sólo una bendita soledad que disuelve todo lo inservible, la pesada carga que va amontonandose en el zaguán para dejarla ir y que la claridad se asiente en todos los rincones. Asi es la claridad, un espacio sin enturbiar, lo más terrenal, que es; preguntarle a los astros, saludar a las mareas y extender la cosecha bajo la luna, orientarse en la niebla y batir las alas para ver más allá, que no te impongan falsos horizontes ni falsas batallas.

Ya perdimos el contacto y la habilidad de manejar el fuego del hogar y por ende a nosotros mismos, ahora huimos en busca de quimeras que llamamos bienestar basado en la abundancia y no la abundancia de la naturaleza si no la de los nuevos valores procedentes del comercio globalizado, de la inteligencia artificial dominada por incomprensibles algoritmos y del sueño de acumular lo ajeno.

Ahora puedes asomarte a la ventana y ver el mar, sus continuos cambios a merced de los vientos, la forma en que predice el tiempo al igual que las nubes que con sus formas gigantescas presagian también la lluvia, el frío, las tormentas. Asi son los días y así queda la vida incrustada en la memoria. En ocasiones puedes subir a lomos de los rayos de sol que entran por la ventana y llegar a aquellos espacios incorpóreos donde alguna vez ya estuviste, o, a aquellas alturas desde donde se ve otro mundo muy diferente al que nos contaron, son los refugios donde anida la verdadera soledad para protegerse del aislamiento que crea la propia humanidad.

Vivimos rodeados de simbolos que inducen hacia hábitos deshumanizadores, y hoy ya, extemporáneos para una inmensa mayoría, entonces deberíamos prestar más atención hacia otros más terrenales. El apartarse de todo ello nos lleva al abandono de lo más humano que es el pensamiento, sin él navegamos a la deriva recogiendo sólo los vientos que hacen soplar los desdichados que pretenden tener el mundo en sus manos, así todo se convierte en un olvido fugaz para dejar en su lugar lo material creado a propósito para evadir todo aquello que solo sirve para complacer de forma material abriendo camino a una perenne esperanza, de anhelos imposibles pero que se han de perseguir para dar sentido a los dias. (Erich Fromm en «La paradoja de la Esperanza» desarrolla ese concepto de esperanza).

La calma, la espera, también es fugaz, en el pensamiento sólo se asienta la fugacidad. El observar el viento con el lento movimiento de las nubes parece ser hoy en día un privilegio, fugaz también y al mismo tiempo, vehículo etéreo que lleva a los confines del interior donde desgranar una a una cada percepción de las miles que cada día nos llegan, distinguiendo así, en un monólogo interno, lo valioso de lo insignificante y vulgar, y, en ese instante ese acto deja de ser fugaz y pasa a ser parte de la razón que es una de las esencias fundamentales de lo humano. Asi, lo más humano, lo que más abunda en él es lo intangible y sin embargo nos obstinamos en perseguir todo aquello material que produce fácilmente placer, de este modo el no pensar se ha convertido en una cualidad más que nos distingue del resto de los seres. Realmente pensamos, pero no en lo más esencial que es en nosotros mismos y lo que extrinsecamente nos afecta para poder interactuar libremente sin interferencias, si no que contrariamente lo hacemos subyugados materialmente a valores puramente comerciales, anacrónicos para los tiempos que vivimos y radicalmente opuestos a los que nos brinda la naturaleza que es la esencia de todo.

Ahora detente y observa cómo la última luz se desliza trasmitiendo calma, con lentitud, se adentra hasta los últimos rincones de las enredaderas afirmando que ha llegado a otra estación. Necesitamos naturaleza para llegar a la nuestra, que además, también está compuesta de sedimentos «épicos» que son esos residuos de la parte sempiterna que nos precede, nos rodea y a la que seguimos perteneciendo y aferrados, los que han quedando para siempre marcando los senderos que recorrimos y los que por si mismos abren paso a los próximos, esos residuos son poesías que se extienden como una alfombra que forma parte de la base desde la cual se levanta la construcción del ser. Pero esto no es más que una forma distinta de definir los recuerdos o, lo que va quedando de nosotros, otra de las materias con la que nos construimos, y, al mismo tiempo, afirmar que sirven para algo, que ellos mismos abren camino a un todo. Puedes llegar a este pensamiento sólo observando las caligrafías arbóreas que aparecen como siluetas que forman las ramas desnudas de los árboles en el horizonte al contraluz de alguna hora de la mañana o de la tarde.

Una hoja

                De entre muros milenarios brota como siempre, sujeta a los ciclos que marcó el tiempo, sonora y refugio de los sentidos, la que continuamente nos acompaña. Es ella el origen, es el agua de Alhamar, el surtidor de la Cautiva, la que discurre en busca del Darro por la Aikibía. Quien la bebió en aquellos tiempos sabe que es efímera y que al mismo tiempo eterna, sujeta a un continuo renacer, que sus gotas saltan y, en un instante, vuelan hacia abajo a regar el oro. Lo efímero vive en cualquier instante, nos rodea y nos recuerda que también somos igual, perecederos.

                En aquellas soledades y en cualquier rincón donde la naturaleza es la única protagonista, donde el vertiginoso silencio es roto sólo por las aguas, por las aves y los céfiros y hasta por el rozar del sol con la tierra hacen que se disipen las desventuras corpóreas y mentales atrapadas durante días inciertos de tiempos remotos, de hoy y de los que vendrán. Si alguna vez has observado con detenimiento como caen las hojas, cómo los árboles desprenden el tiempo pasado creando bajo sus pies un lienzo fugaz de pinceladas marrones con todo su espectro desde colores primarios, esparciendo una luz que no existe, una longitud de onda que no existe, y, sin embargo, ellos pasan una página más como si del libro del tiempo se tratase, ahí has encontrado ese otro mundo, has visto pasar la lentitud y el ciclo del tiempo, te has perdido en el cosmos que nos abriga y te deshiciste de lo superficial, de aquello que se hizo ver como tangible y esencial y que tan sólo era un espejismo más de creación humana para darle sentido a una vida inventada. Ese discurso brota a partir de algo tan simple como la caída de una hoja que desde nuestra mirada parece intrascendente y tan bello desde la forma secreta de actuar y trasmitir de la naturaleza. Así el origen de los mejores frutos está impregnado de fugacidad y de generosidad, pero, guárdate de esa bondad que pide algo a cambio. En aquellos lugares, donde siempre caminamos, tan solo existe el renacer continuo, los ciclos de la luz y la generosidad que solo hay una, la magnanimidad que crea las estaciones una y otra vez, siempre adornadas de brillos celestes, desapercibida para los ojos de quienes no miran más allá entre soledades imposibles de llenar. Tus raíces son poderosas como las de ellos que se yerguen sobre la tierra flexibles como el bambú ante los azotes de la intemperie, sin que tengan necesidad de demostrar continuamente su valía, estando sólo ahí, dando hogar a otros seres, empapados de lluvia, de barro salpicado, del frescor que guarda la hierba y que se filtra por las heridas que dejó marcadas el tiempo. Por eso caminar no es sólo caminar, es cruzar las fronteras de los espacios incorpóreos que no están presentes en aquellos para los que la belleza es simplemente una percepción como otra cualquiera. Los pueblos se desintegran, pierden su idiosincrasia cuando esos lugares son abandonados y la desorientación se adueña de los sentidos y de la libertad, vivir orientado es quizás el mayor de los estímulos en todos los sentidos y para ello sólo hay que prestar atención a lo tangible que ofrece la naturaleza. Lo humano en muchas ocasiones olvida la similitud o la simetría que existe entre nuestros nobles actos y los de la naturaleza, olvida levantar la vista hacia los astros, las constelaciones, lo que nos circunda en la noche y señala los rumbos posibles, y, en la mañana, cuando la vereda la oculta la niebla o la nieve recién caída, los musgos adheridos a las cortezas de los árboles, las ramas que apuntan al este o al oeste, las hojas caídas o el verde brillante de primavera. Se olvida también de la música de las aves, del aletear del viento y de la emoción que produce todo esto. Y todo ello parece ser que ha quedado reservado a una estirpe de linajes ancestrales que aún combaten contra la actitud deshonrosa de una humanidad rendida ante otros placeres que buscan superar el límite de la naturaleza.

Sound trace – Ramón Sánchez [music video]

ONDA SONORA

ONDA SONORA:

                La mañana ya es fresca y buscas el sol, que antiguo es eso, algo tan simple y tan poco apreciado con la prisa diaria, igual que sentarse a ver la tarde. La humanidad empieza a girar en torno a otros hábitos, tan distraída de lo esencial y tan inmersa en una cotidianidad de fino vidrio, de diminutas pantallas donde cabe todo.

                Hablé con el agua mientras se filtraba a los pies del limonero, hablé con el limonero y lo agradeció, es como tú cuando la tierra te da. Después volví al apartamento, entre minúsculos espacios abrí los horizontes para buscarte. Con tres compases; sol menor, do menor y re mayor inicié un camino imaginario, una secuencia infinita, una estructura acompañada de respiraciones etéreas transformadas desde los recodos de lo virtual a perceptibles ondas sonoras que se entrecruzan con las notas del arpa que creó Orfeo y que porta Apolo, y, se convirtieron en armonías siderales que comenzaron a navegar al unísono de los sonidos de Gaia, a expandirse por el cosmos hasta quién sabe dónde, entre tañidos ciclópeos de otras galaxias que navegan hacía horizontes desconocidos.

                Quizás también se crucen por los oídos del barquero de Hades o circulen sobre las siluetas de los confines de la vieja Tesalia, tan cerca del mar, tan cerca de las montañas, ondas tan viajeras que parten sin rumbo como nuestra vida, entre bosques estelares plantados sobre orbitales astros que giran describiendo órbitas semejantes a la eternidad que nos precede y a la que se abre camino ante nuestras incrédulas miradas. A lomos de esa onda de vibraciones convertidas en armonías terrenales que gravitan desde siempre entre el espacio neural, desterramos las adversidades para convertirlas en naves capaces de surcar la eterna realidad y adentrarse donde los ríos braman, donde la belleza no tiene límites, donde el frío es el abrigo de los verticales horizontes imposibles en los que, colgados de ellos, vivimos la vida.

                Y aquella onda quizás también se transforme en una ola gigantesca de crestas onduladas que se confunden con el límite donde converge el cielo y la tierra, en el preciso lugar donde saltan al aire cristalinas gotas que se asemejan a brillantes astros que, difuminados en la bóveda, suenan como fanales mecidos por el viento. Ante ello, entonces, ya no persigues nada, destejes el sudario de Penélope, se detienen las horas y ves como la luz del sol resbala sobre las hojas caídas, marrones, ocres, ámbar, granates, cobre, miel, amontonadas en la ladera coronada de enigmáticas nubes que navegan al son de aquella onda sonora teñidas de púrpuras moléculas que vibran en cadena a su paso, y, así llega hasta ti, como un abrazo que transmite un todo que tangencialmente discurre entre la visión de lo que existe y la ficticia, desembocando en las soledades que te hacen ser, en la raíz profunda donde el tiempo se pierde recorriendo sus propias entrañas, donde en un impreciso instante surgió aquella sonoridad que hoy llega vibrante, viajante.

Water bank – Ramón Sánchez [music video]

Por las alturas

Siempre cuando caminas en las alturas lo haces recogido en tres dimensiones, una cuando observas las siluetas de los horizontes que fijan los puntos cardinales, otra cuando levantas la vista hacia el universo azul, y, la otra el inmenso espacio que se habre bajo los pies, si fijas ahí la mirada comprobaras que la tierra gira bajo la fuerza de tus pisadas. Mientras todo esto ocurre, la mente se vuelve a liberar. Llegan palabras sin querer a los labios y entre muchas de ellas; la solidaridad, su significado no sólo es una cuestión entre las personas, es extensiva hacia el resto de los seres y hacia los bienes que contiene la tierra in solidum de los pueblos y de la propia naturaleza que los contiene. Si la gestión y extracción de esos bienes se permite que esté sólo en manos de especuladores, es imposible que las sociedades vivan con plena libertad y que las culturas se desarrollen e interactúen de forma enriquecedora (no en el sentido material), los poderes hoy son totalmente intolerantes ante esto y luchan por la alienación de los pueblos. Unamuno decía: «La libertad no es un estado sino un proceso. Sólo el que sabe es libre. Sólo la cultura da libertad. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamientos. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura». Debemos seguir indignados como nos hizo ver Stéphane Hessel, esa indignación también es una arma casi apunto de evaporarse ante los destellos cegadores que han anidado en las sociedades deslumbradas por falsos profetas nacidos bajo contratos multimillonarios. No sólo se ha deteriorado la manera de interactuar entre las culturas a consecuencia de la invasión de un pensamiento único, si no que, además, las industrias que emergieron bajo ese pensamiento y en el marco de la globalización, invasoras también, deterioraron y continúan dañando nuestro medio ambiente, nuestra naturaleza, producen toda clase de enseres con materiales hoy imposibles de devolver a la naturaleza para su reutilización, se visten con piel de cordero y hoy de industria verde, de defensores de la naturaleza, y, encima, siembran el sentimiento de culpabilidad para que seamos nosotros quienes recojamos su basura aprovechándose de las necesidades de consumo que ellos mismos crearon premeditadamente, haciéndola llegar por medio de una publicidad violentamente engañosa. ¿Y porqué no interactúan hoy las culturas entre si como hasta hace poco entendíamos que era? Muy sencillo, se impuso una sola cultura para todo el mundo basada en un desmedido crecimiento sin límites, se impuso su predominio, pensamos que era buena y enriquecedora y la dejamos pasar y entrar en casa, pero, después, a la vista está, una cultura relacionada exclusivamente con el capital, negacionista en muchos casos y excluyente en la mayoría, fagocitadora y por lo tanto creadora de muchas miserias, una cultura que hace donativos para lavarse las manos y poder mirar hacia otro lado mientras mete la mano en las ricas tierras de los pobres y en los bolsillos de sus gentes. Son los mismos que patrocinan los acontecimientos que «debes» ver, escuchar y leer para que no mires ni prestes atención a quién se opone a ello, a los disidentes, y lo hacen con deslumbrante boato con ese fin, adueñándose y haciendo suyas la cultura y el arte y cualquier creación que pueda rivalizar con sus intereses. Son los mismos que invierten los ciclos de la naturaleza con toda clase de artificios mal aprovechando la tecnología y la ciencia sin límites y si tener en cuenta las posibles consecuencias. Pero en fin…
por fin llegó la lluvia tras meses de estío, nubes negras sobre el Sacromonte, más abajo los tilos, aún cargados de verde, hacen de paraguas y esperan el otoño pintando ya algunas hojas de ocres, los extranjeros se apresuran haciendo rodar sus maletas para subirse a los taxis que pacientemente les esperan, al mismo tiempo las pisadas de los neumáticos sobre el piso mojado en el que se reflejan las tenues luces de los automóviles se escuchan cansinas. Parece haber prisa, la lluvia hace que las gentes corran, pero debajo de los árboles no existe esa premura, basta con esperar que las gotas que caen sobre sus copas se deslicen entre hoja y hoja y te mojen levemente al unísono del romper contra las losas del pavimento. Es también la sinfonía de la naturaleza, el detenerse de la vida, el salir de la virtualidad y recorrer espacios eternos que siempre estuvieron ahí (sobre ellos construimos signos de otra civilización) Si esperas algo más, entre las mismas hojas, después del chaparrón, verás como se filtra la luz del sol y que cientos de espejos brillan sobre el verde formando otro diminuto cosmos, notarás que tu tiempo se detuvo y te sorprenderá que tu realidad se transformó diluyendo eso cotidiano que intenta disuadirte para que continúes sin tregua como argonauta de Argos. Incluso, si te abstraes por un momento en esos instantes, aquellos sonidos del rodar desaparecen y sólo queda el movimiento del agua, el rozar de las hojas entre ellas mismas y la brisa que acompaña la lluvia, y, quizás imaginar que en aquel lugar donde aguardas tu camino, por el siglo XI o XII se sentase a descansar algún hortelano a la orilla del Darro, en la misma orilla que tú, en ese momento el futuro de aquél personaje eres tú. Si eres capaz de diseñar ésto en tu mente, tu visión de este mundo abre una página más hacia otro futuro, comienzas a escribir un libro de la vida único difícil de encriptar en códigos binarios convirtiéndose en tu entropía creciente. No duró mucho y salió el sol entre las nubes. La tarde comenzó a brillar limpia y entre los Almeces las tórtolas, mirlos, herrerillos, el ruiseñor y alguna oropéndola ponen sus notas a la brisa que se vistió de lujo, la misma que abdujo a aquellos viajeros románticos del siglo XIX, Al-Sabika rodeada de las aves, el bosque y el agua, aún siguen ahí residiendo las Pegásides, las musas que trajeron la frases, las armonías y las ilustraciones de aquellos viajeros. Quizás esto sea una añoranza, pero se podría entender como una enseñanza que como todas son páginas donde se plasma la vida. La diferencia entre aquél antes y éste hoy reside en que, entonces se concebía la vida como un continuo aprendizaje, y, hoy como un extenso artículo de consumo, no es que haya cambiado la vida, si no que los parámetros y la cosmovisión que tenemos hoy son claramente prefabricados por los infames intereses del dinero. Aquellos seres mitológicos, aquellos lugares y aquellos viajeros quedaron en las páginas de los libros a expensas de que alguien los compre. Aún existen muchos lugares que exhalan por todos sus poros aquello que existió ahí, solo es necesario detenerse y abrir los sentidos para impregnarse de ello. Sólo pararse y pensar que en ese momento eres el futuro de aquello que hubo allí. Para ello hay que tomar el ritmo lento de la vida, tomar el pulso a cada latido.
Y, mientras tanto me pregunto donde estarán los faros que alumbran los caminos, en su lugar ahora hay fuegos artificiales, quizás se apagaron o alguien los cubrió con un espeso velo, o, más bien alguien los disfrazó para hacerlos suyos.