
Las longitudes celestes alinean las galaxias terrestres bajo el sol, bajo su cenit construyen ciclos desapercibidos para los que viven en otras latitudes que, son tesoros naturales imposibles de poseer. Cada latitud es una esfera que gira gravitando en dimensiones paralelas sobre el vientre azul de la tierra. En una de ellas está todo lo que se puede tener y, en la otra, lo que no. Piensa que ésto es un monólogo perverso y en este instante puedes pasar la página y seguir inmune a la otra realidad, pero sé que aquello que se puede tener ya no lo es y que es necesario llenar ese espacio sólo de lo que se puede dar.
Antes de escribir el panegírico de uno mismo habrá que redactar el del resto de los seres para comprender los males que aquejan, alejan y esclavizan las libertades y el cambio de ideal que pueda sustituir al afán incontrolado de dominio, para ello basta con observar su forma de proceder y relacionar sus actos con los propios y, para lo cual, es imprescindible detenerse y observar exhaustivamente la fotografía de un instante en cualquier lugar habitado. Así pues, detenerse, es el poderoso verbo contrario a tener, capaz de transformar los axiomas sobre los que se sustenta parte de nuestra actual existencia.
Vivimos una sociedad diezmada por el pensamiento ajeno y deterioro de propio, como una franquicia que se instala en las raices culturales de un pueblo para vender desechos industriales como si fuesen los frutos naturales de la latitud donde se aloja y, mientras paseamos delante de sus puertas, confundimos la dignidad con la opulencia como también la verdad y la mentira. La certeza es aquello que sucede mientras suena el Walc a- moll de Fryederyk Chopin y, cierto es el nuevo verde que lucen las hojas recién estrenadas, las que regaron las últimas lluvias de días pasados, las de abril, la lluvia de abril. También es cierto el silencio que la acompaña cuando se derrama sobre la tierra y aminora el ritmo de la respiración al contemplarla, es cierto ese silencio porque lo contrario es la lluvia, es cierto porque el tiempo se detiene entretenido entre sus gotas evitando ser arrastrado por el remolino que se forma en los sumideros, es cierto que esto y más ya fué dicho por malditos poetas que hablaron de lo que realmente nos conmueve y que, siempre está y siempre es diferente al igual que el tiempo que se hizo barro con el que Hefesto hubiera querido moldear un ser en forma de criatura del universo que supiera de nuestra llegada para ofrenda a los dioses terrenales.
Si, llegamos un día que nadie sabe, ni siquiera los que creen creer en su única sabiduría y verdad, ni los que creyeron que somos barro, ni tampoco los que pusieron sus designios bajo las alas de criaturas mutantes de blancos plumajes que un día son ave y otro el confesor de las culpas. Entre los que llegamos, antes de que Hera engendrase a Hefesto, nacieron del mismo fruto los más apresurados y dispusieron crear los lavaderos de conciencias, ofreciendo para ello, recipientes donde depositar las dádivas correspondientes para salir así indemnes de los peores actos humanos cometidos lucidamente, y, sin que aún supiesen que la educación es el arma más poderosa y temida por los poderes, que al mismo tiempo es la antítesis de la creencia y que ésta última se sustenta tras trampantojos literarios apócrifos persuasivos de la certeza, capaces de desplazar lo conocible, la realidad que existe por si misma hacia sustratos donde sembrar convincentes adoctrinamientos, basados éstos sólo en dogmas dificiles de abjurar por su calado, y que, le asignan a la certeza, un halo eufemistico de desconfianza, por lo cual, lo conocido adherido a la mente se distorsiona. La mente humana, en ese sentido, no ha cambiado nada, continúa en un estado de somnolencia, tras miles de años, con las palmas de las manos hacia arriba a la espera de que se cumplan las profecías de los augures predilectos de los poderes, a los cuales, les fué encargado su diseño.
Los contrasentidos en los que se basan los actos mas irracionales de la humanidad, lo ponen en evidencia el resto de seres que nos acompañan, a través de su forma de interactuar con nosotros que somos la otra parte. La belleza es el resultado, su lenguaje proviene de ella, Afrodita, y de esta manera, esos seres mágicos, esculpen la luz roja y la energética azul sobre sus hojas para que se refleje sobre ellas el verde que quedó incrustado en nuestra memoria desde que abrimos por primera vez los ojos. Al mismo tiempo, dejaron derramarse por sus tallos y hasta sus raíces, recorriendo todo su cuerpo, absorbiendo hasta sus entrañas a ese otro ser que es el agua y, ella, a su paso fue dejando casi ingravidas gotas cristalinas sobre su piel como brillantes astros recién nacidos que se convirtieron en los ojos claros y diáfanos de las plantas y los árboles, sujetos en una maraña trasparente en la que se alojan los brillos de la luz y donde las aves acuden a beber la sabia milenaria, la que viajó al principio de todo entre la broza del cosmos después de leer los textos secretos donde estaba escrito su destino, que, era estrellarse en nuestra tierra. Así nació el primer olor, la tierra mojada, ella habló y entró por las ventanas de las cavernas buscando el calor de las ascuas. De su conjunción surgió el eter y en esa esfera; el pensamiento que, a lomos de los vientos, cruzaron los pétreos continentes hasta llegar donde las nubes conversan con los cuerpos celestes a la espera de incrustar sus raíces en alguna página en blanco.
Y aún siguen repletos de vida los nidos en los que nacen las portadoras de las semillas, limitadas inteligencias que transcienden de las adversidades para cerrar con éxito y a la perfección los círculos donde se debate la vida y la muerte. Entablaron conversación con las Ninfas al borde de los arroyos y entre la música de los manantiales, y, ahí, tradujeron el lenguaje de las burbujas en signos que la humanidad descifrará como descifró los lenguajes secretos de otras civilizaciones lejanas a la micénica y a la minóica, y también, los jeroglíficos que las ramas dibujan sobre el cielo o, los que dibujan los rayos de las tormentas y las lineas sinuosas que navegan sobre las aguas en calma.
Así nacen las lenguas del nuevo mundo y desde ahí el principio de la poesía que aún nadie dijo ni escribió, ni siquiera imaginó su existencia porque desde hace tiempo la trasmisión oral fué suplantada y, ahora permanece y pertenece a las voces de las aves como símbolo, éstas, del resto de seres que se refugian de nosotros y que dialogan entre si desconcertados. Así pues, todo lo anterior son signos indudables, palpables en muchos casos, evidencias empíricas de que nuestra presencia no es la única y que la negación de ello provoca la terrible soledad del ser ante el universo que nos acoge. «Pero», (la maldita conjunción adversativa), contiene un antídoto; sin embargo, las benditas soledades son lugares donde confluyen los equinoccios y solsticios humanos que inspiran la comprensión y la razón, capaces de dar el verdadero protagonismo a toda la naturaleza que nos rodea, incluso a la inherente de lo humano que emerge desde el pensamiento y su interacción con el resto de las formas de vida, lenguaje y comunicación.











