Traducción de la observación

Las longitudes celestes alinean las galaxias terrestres bajo el sol, bajo su cenit construyen ciclos desapercibidos para los que viven en otras latitudes que, son tesoros naturales imposibles de poseer. Cada latitud es una esfera que gira gravitando en dimensiones paralelas sobre el vientre azul de la tierra. En una de ellas está todo lo que se puede tener y, en la otra, lo que no. Piensa que ésto es un monólogo perverso y en este instante puedes pasar la página y seguir inmune a la otra realidad, pero sé que aquello que se puede tener ya no lo es y que es necesario llenar ese espacio sólo de lo que se puede dar.

Antes de escribir el panegírico de uno mismo habrá que redactar el del resto de los seres para comprender los males que aquejan, alejan y esclavizan las libertades y el cambio de ideal que pueda sustituir al afán incontrolado de dominio, para ello basta con observar su forma de proceder y relacionar sus actos con los propios y, para lo cual, es imprescindible detenerse y observar exhaustivamente la fotografía de un instante en cualquier lugar habitado. Así pues, detenerse, es el poderoso verbo contrario a tener, capaz de transformar los axiomas sobre los que se sustenta parte de nuestra actual existencia.

Vivimos una sociedad diezmada por el pensamiento ajeno y deterioro de propio, como una franquicia que se instala en las raices culturales de un pueblo para vender desechos industriales como si fuesen los frutos naturales de la latitud donde se aloja y, mientras paseamos delante de sus puertas, confundimos la dignidad con la opulencia como también la verdad y la mentira. La certeza es aquello que sucede mientras suena el Walc a- moll de Fryederyk Chopin y, cierto es el nuevo verde que lucen las hojas recién estrenadas, las que regaron las últimas lluvias de días pasados, las de abril, la lluvia de abril. También es cierto el silencio que la acompaña cuando se derrama sobre la tierra y aminora el ritmo de la respiración al contemplarla, es cierto ese silencio porque lo contrario es la lluvia, es cierto porque el tiempo se detiene entretenido entre sus gotas evitando ser arrastrado por el remolino que se forma en los sumideros, es cierto que esto y más ya fué dicho por malditos poetas que hablaron de lo que realmente nos conmueve y que, siempre está y siempre es diferente al igual que el tiempo que se hizo barro con el que Hefesto hubiera querido moldear un ser en forma de criatura del universo que supiera de nuestra llegada para ofrenda a los dioses terrenales.

Si, llegamos un día que nadie sabe, ni siquiera los que creen creer en su única sabiduría y verdad, ni los que creyeron que somos barro, ni tampoco los que pusieron sus designios bajo las alas de criaturas mutantes de blancos plumajes que un día son ave y otro el confesor de las culpas. Entre los que llegamos, antes de que Hera engendrase a Hefesto, nacieron del mismo fruto los más apresurados y dispusieron crear los lavaderos de conciencias, ofreciendo para ello, recipientes donde depositar las dádivas correspondientes para salir así indemnes de los peores actos humanos cometidos lucidamente, y, sin que aún supiesen que la educación es el arma más poderosa y temida por los poderes, que al mismo tiempo es la antítesis de la creencia y que ésta última se sustenta tras trampantojos literarios apócrifos persuasivos de la certeza, capaces de desplazar lo conocible, la realidad que existe por si misma hacia sustratos donde sembrar convincentes adoctrinamientos, basados éstos sólo en dogmas dificiles de abjurar por su calado, y que, le asignan a la certeza, un halo eufemistico de desconfianza, por lo cual, lo conocido adherido a la mente se distorsiona. La mente humana, en ese sentido, no ha cambiado nada, continúa en un estado de somnolencia, tras miles de años, con las palmas de las manos hacia arriba a la espera de que se cumplan las profecías de los augures predilectos de los poderes, a los cuales, les fué encargado su diseño.

Los contrasentidos en los que se basan los actos mas irracionales de la humanidad, lo ponen en evidencia el resto de seres que nos acompañan, a través de su forma de interactuar con nosotros que somos la otra parte. La belleza es el resultado, su lenguaje proviene de ella, Afrodita, y de esta manera, esos seres mágicos, esculpen la luz roja y la energética azul sobre sus hojas para que se refleje sobre ellas el verde que quedó incrustado en nuestra memoria desde que abrimos por primera vez los ojos. Al mismo tiempo, dejaron derramarse por sus tallos y hasta sus raíces, recorriendo todo su cuerpo,  absorbiendo hasta sus entrañas a ese otro ser que es el agua y, ella, a su paso fue dejando casi ingravidas gotas cristalinas sobre su piel como brillantes astros recién nacidos que se convirtieron en los ojos claros y diáfanos de las plantas y los árboles, sujetos en una maraña trasparente en la que se alojan los brillos de la luz y donde las aves acuden a beber la sabia milenaria, la que viajó al principio de todo entre la broza del cosmos después de leer los textos secretos donde estaba escrito su destino, que, era estrellarse en nuestra tierra. Así nació el primer olor, la tierra mojada, ella habló y entró por las ventanas de las cavernas buscando el calor de las ascuas. De su conjunción surgió el eter y en esa esfera; el pensamiento que, a lomos de los vientos, cruzaron los pétreos continentes hasta llegar donde las nubes conversan con los cuerpos celestes a la espera de incrustar sus raíces en alguna página en blanco.

Y aún siguen repletos de vida los nidos en los que nacen las portadoras de las semillas, limitadas inteligencias que transcienden de las adversidades para cerrar con éxito y a la perfección los círculos donde se debate la vida y la muerte. Entablaron conversación con las Ninfas al borde de los arroyos y entre la música de los manantiales, y, ahí, tradujeron el lenguaje de las burbujas en signos que la humanidad descifrará como descifró los lenguajes secretos de otras civilizaciones lejanas a la micénica y a la minóica, y también, los jeroglíficos que las ramas dibujan sobre el cielo o, los que dibujan los rayos de las tormentas y las lineas sinuosas que navegan sobre las aguas en calma.

Así nacen las lenguas del nuevo mundo y desde ahí el principio de la poesía que aún nadie dijo ni escribió, ni siquiera imaginó su existencia porque desde hace tiempo la trasmisión oral fué suplantada y, ahora permanece y pertenece a las voces de las aves como símbolo, éstas, del resto de seres que se refugian de nosotros y que dialogan entre si desconcertados. Así pues, todo lo anterior son signos indudables, palpables en muchos casos, evidencias empíricas de que nuestra presencia no es la única y que la negación de ello provoca la terrible soledad del ser ante el universo que nos acoge. «Pero», (la maldita conjunción adversativa), contiene un antídoto; sin embargo, las benditas soledades son lugares donde confluyen los equinoccios y solsticios humanos que inspiran la comprensión y la razón, capaces de dar el verdadero protagonismo a toda la naturaleza que nos rodea, incluso a la inherente de lo humano que emerge desde el pensamiento y su interacción con el resto de las formas de vida, lenguaje y comunicación.

A walk with the umbrella by Ramón Sánchez

La tercera oja.

Empezar es un verbo que lleva a olvidar. De cada estación parte un viaje en el que se inicia algo nuevo desde algún tumultuoso origen hacia la incertidumbre de lo desconocido que conduce al cosmos de las soledades. En la naturaleza las estaciones del año son algo así también, sus soledades transcurren sujetas al rigor del tiempo, es decir, a la magnitud subjetiva con que se mide, pasado, presente y futuro y a la estación climática que objetivamente transcurre de igual manera paralelamente. Entre ambas estaciones existe una sutil divergencia que progresivamente avanza a medida que la forma de vida sembrada sobre un estado de bienestar conformista, impreciso, continúa construyéndose sobre unos pilares arraigados en la materia finita extraída de la tierra. Una buena parte del mundo vive refugiado de los extremos climáticos en una burbuja de temperatura constante en cualquier época del año haga frío o calor, viajando física e inmaterialmente a bordo del confort físico y mental mientras que, la otra parte, no tiene tiempo ni motivos para plantearse algo que pueda distanciarles de lo estrictamente esencial y elemental para sobrevivir diariamente. Como consecuencia de esto y, durante el transcurso de ese viaje en el que se olvidó lo recorrido, entramos en la desnaturalización de la experiencia humana, en lo desvirtuado y desviado del origen que marcó un destino claro desde el que la existencia humana cobraria su sentido.

De esa base ignorada ya habló G. Gurdjieff que leyó a W. Whitman y que tradujeron el lenguaje del exterior a nuestro interior. Nos dijeron que la actitud de ser humano hacia cierto tipo de implicaciones mitológicas y espirituales se traducen en una variedad de rituales y tradiciones que, impresiona, y al mismo tiempo, engendra una sociedad nociva. Pero, saliendo de ahí puedes subirte a la cola del viento hacia las alturas, a lugares donde traducir las caligrafías arboreas, donde en otro tiempo hubo una dura vida en mágicos lugares que, la necesidad de necesitar lo que se hizo necesario, transformó en abandono. Allá, uno a uno, cada grafema de madera, de brotes recién nacidos, se superponen sobre el azul nítido, sobre la primera luz, anotando olorosas caligrafías que dibujan el origen de la belleza aún sin conquistar por el afán de lucro.

Nuestro núcleo está construido sobre la convergencia, en una única estación, de los caminos en los cuales discurren en ambos sentidos las estaciones que marca el tiempo, del antes más ancestral y del después más lejano que viajan en un circulo eterno, el ir al futuro y volver al presente, o, al contrario también y, aunque sea recorriendo la misma senda en ambos sentidos de ida y vuelta, nada será igual. Nuestra eternidad consiste en convertirnos en árboles que extiendan círculos de raíces entretejidas bajo la fértil tierra y entre todas las otras, al mismo tiempo que las hojas hablan entre si de los vientos y las brisas, del agua y el sol porque así es posible entender que nuestro espíritu colonizador y expansivo no tiene sentido si no se extiende y difunde sumergido en el mutualismo más considerado, es nuestro sino, así tambien somos plantas, verde hierba que flexíblemente combate las tormentas y las riadas, los vientos y las calimas, y se tumban al sol de abril, de agosto o de diciembre, desgranando los pensamientos uno a uno como si fuese una fotosíntesis cuántica capaz de convertir en realidad lo más cercano a nuestro propósito de existencia que, también, incluye el legado. Somos árboles que beben de las aguas donde brota la sabiduría y los ocultos designios que llevan a ella, a su descubrimiento vamos a bordo de naves que ruedan ruidosamente desde ésta estación ciclópea a la que se dirigen los caminos que partieron de aquellas otras como una red tejida por Aracne, la hija de Idmón de Colofón. Ahí es el punto de encuentro entre nuestra biología y el mismo sustantivo cosmopolita de la naturaleza capaz de esparcir sus distintas especies sobre la piel de la tierra. Difícil esto de comprender si sólo nos satisface momentáneamente aquello que carece de vida propia y que sólo representa gráficamente parte de una identidad alejada de la concepción más terrenal de lo humano. Mientras todo ello sucede en otra dimensión paralela, circulamos navegando en busca, siempre, de la libertad y, mientras hablábamos de ella, nos hicimos esclavos dependientes unos de otros y de la propia esclavitud -acomodada- en el sentido de todas sus acepciones del participio inexorablemente asumido, hasta que, volvamos a entender que los campos son nuestros, que la tierra dejó el alimento extendido sobre la faz de la tierra sin nombre.

Concentramos nuestra evolución y nuestro crecimiento en manos de aquellos que dejaron de abonar la tierra por pura comodidad, y que, crearon desde esa postura, herramientas para defenderse de las inclemencias naturales y de la errónea forma con la que se le fertiliza asumiendo que lo finito no existe. Quizás observaron ingenuamente demasiadas veces las incalculables e ilimitadas galaxias que giran sobre nuestros hombros y,  cuncluir así, que el fin sólo existe en la última página de imaginarios libros que soñaron leer alguna vez, que no es signo de lo humano y que el origen mágico de todas las tribus de la tierra será quien corrija, en caso de existir, los hipotéticos errores. Así se construyeron opulentas pirámides cubiertas de oro, se transformaron ingentes montañas de piedras en templos capaces de traducir los deseos  y los designios en rotundos ruegos a deidades mutantes en diferentes formas durante el transcurso de los siglos, se desviaron los cauces de los ríos, las selvas; campos de cultivo y los esclavos; mano de obra especializada. Pero, alguién se olvidó de quién piensa, a pesar de que el pensamiento consciente se ha convertido en un ente proscrito que, los futuros arqueólogos de lo humano indagaran, sigue existiendo y pertenece a la eternidad porque se transfiere incluso con la mirada, imperceptible para el poder, hercúleo por su resistencia, noble por su origen e indemne por las aguas donde bebe, porque le roza el viento en la cara, porque se le llenan de hielo las cejas y las pestañas cuando busca el horizonte entre la ventisca, capaz de dejarse caer y posarse ligero e incandescente como una pavesa sobre la piel. Es el explorador de los propósitos y de la finalidad y al mismo tiempo otra vez eterno. Tan ancestral que está enquistado, pero al mismo tiempo, olvidado. Sirviéndose de ésto, los entrenadores del desarrollo personal, manipulados sirvientes y engendrados por un sistema fracasado, aluden siempre al pensamiento de actitud positiva y resilente que,  paradójicamente, desemboca sobre el acatamiento y la obediencia de antagónicas normas sociales y culturales ya caducas e inservibles para los fines de la existencia en un nuevo mundo.

Another spring by Ramón Sánchez.

El reverso de la hoja.

Como especie, en su conjunto, somos un cúmulo de naturalezas distintas y complementarias, cada único ser lo es también individualmente y dentro del mismo espacio que comparte a la vez con el resto, cada pensamiento de cada uno de nosotros una amalgama por influjo de las anteriores y del espacio físico que ocupamos, por lo tanto, el pensamiento, es un bien común transferible y no impositivo. Ello constituye la diversidad capaz de expandirse y de reproducirse en una perfecta simbiosis que crea vida y parte desde una partícula elemental. Nuestra presencia global en el hábitat natural está marcada por las sensaciones que nos produce éste y, nuestro razonamiento ante ello es lo que nos hace ser y el cajón donde recoger las respuestas a nuestras preguntas. Si bien, ante esta obviedad, nuestra propia intervención sobre nosotros mismos como grupo o individualmente, sirviéndonos de cualquier tipo de poder para imponer pensamientos, ideologías, sistemas o formas de vida, propaganda para hacer enemigos, así como, la creación de herramientas destructivas, desvirtúa sensiblemente aquél principio desde donde nace todo y la tendencia a buscar respuestas en la naturaleza que es la base primordial de nuestra existencia. Todo este conglomerado forma parte, evidentemente, de la diversidad inherente de lo humano. El poder, el saber y la libertad de elección son, entonces,  los vértices de un triángulo que contiene en su interior el conocimiento y la información, ambas, en buena parte de su extensión y contenido se traducen y dispensan a través del arte en su más amplia extensión, extrapolando con éste sensaciones hacia diferentes disciplinas capaces de elaborar un discurso sin equívocos donde encontrar motivos y respuestas suficientes con las que ignorar los contenidos que provocan nuestro distanciamiento y que los sistemas imperativos extienden. Nuestras naturalezas son el pensamiento, el acto, los sentidos y el sentimiento, producto de una química que se desarrolla biológicamente a través de nuestros componentes orgánicos con los cuales tenemos capacidad suficiente de transformar la materia física y la impalpable. A nuestros actos le precede la razón abastecida por el pensamiento que bebe en las aguas de la naturaleza que, con su elocuencia, desde siempre, ha sido capaz de capturar la atención y disuadirnos de ánimos extrínsecos que conducen al epicentro de lo material que nunca llega a satisfacer cuando se le presta desmedida atención, y aún más, cuando esto está avocado a la deshumanización que provocamos en nuestra contra, los actos se vuelven violentos y crean desamparo y distanciamiento, incluso de uno mismo. Siempre hay quiénes también transforman esa naturaleza para su beneficio, recogiendo el arte, que también es un bien común, envuelven con él sus mensajes, patrocinan sus macabros eventos y venden lo prohibido; el bien común. Este acto que, es un hecho, genera la disputa entre los que aún conservan su naturaleza y los que fueron transformados por sí mismos bajo la influencia y el dominio de la «autoridad». ¿Y qué es la autoridad? pues el ente ideológico, económico, político y religioso que en antiguas civilizaciones gobernaba los pueblos.

Nosotros ya somos otra distinta civilización emergente, nacida desde la profusa información que nos brindó la tecnología y las revoluciones silenciosas, los dominios que sólo entienden los libertadores de si mismos, los que redujeron las distancias y han puesto ante nuestra vista todo el conocimiento y el saber de aquellos que nunca se conformaron con lo peligroso y ominosamente correcto. Sorteamos, en nuestro viaje, los peligros de la desinformación gracias al discernimiento, a la capacidad y, voluntad también, de confrontar el mal. Las civilizaciones renacen tras las hecatombes, nuestra catástrofe es la injerencia de la desinformación y nuestra propia ignorancia de la cotidianeidad que lleva a sus víctimas al cadalso para su sacrificio ante los que empuñan una confusa verdad dañina, ante los que, en oscuras mazmorras, encierran a los Arcontes para que no juzguen las injusticas que se producen en nuestro plano material. Quizás actuamos y asistimos, silenciosamente asombrados, al nacimiento de ese otro futuro sembrado sigilosamente con paciencia para no despertar a ese monstruo que quiere invadirnos creyendo que somos infelices e ingenuos, futuro en el que ya sabemos que otro mundo es posible sin distancias sociales y sin banderas que pongan fronteras a las culturas y a los pueblos, un espacio en el que se supla el anticuado y anacrónico sentido patriótico por el humano, por el pensamiento moderno amparado por el sentido común que aún sobrevive en este nuevo siglo y, sobretodo, el ejercicio del pensamiento con el que se construyan los nuevos imaginarios que definan los espacios de convivencia y la calidad de vida de las nuevas generaciones. Así es posible empezar de nuevo tomando como base aquella hecatombe para distanciarse de esa mendaz globalización y reducirnos a lo que contiene el recinto local, la cercania de la naturaleza, las gentes y todos los seres que la poblamos, reduciendo así los intereses creados por las élites del poder y menguando de ésta manera tan opulentos y desmedidos beneficios con los cuales tiranizan a sus propios pueblos

Habitamos en una era de espacios repletos  de soledades que trae consigo el tiempo que se devora a sí mismo, que nos arrebata los días con una incesante e insistente actividad y ajetreo que nos incomunica de nuestro ser, corremos en una deriva de monótona supervivencia que, no es más que, la necesidad de necesitar lo que se convirtió en necesario, y, en esa elocuente enloquecida búsqueda nos ensimismamos y abrazamos a otra distinta razón que sólo es un imperfecto pretexto para cumplir lo exigido por el modelo demagógico de sociedad que elegimos libremente, que, convierte todo lo que toca en meras mercancías de distintos géneros y que, exclusivamente, su fin es acumulador de riqueza y excluyente de lo que no obedece a su fin. Esas soledades nada tienen que ver con las que nos hacen viajar a nuestro cosmos interno donde se encuentra la realidad que nos empuja hacia lo más vital y nos distingue del resto de seres, un área desde donde fluye el conocimiento (entendimiento, inteligencia, razón natural) que aquél otro modelo, sin abonar empatía alguna, oculta para sí y así continuar su subsistencia obviandolo para que nada influya en su devastadora  presencia y su influencia no se desgaste.

Pero de aquellas estirpes nacen otras realidades, a través de su arte en todas sus facetas y, el arte de vivir en el que están incluidos todos los actos que acentúan la existencia racional en la cual se unifica el ser con su entorno natural, capaz de desenmascarar aquella otra realidad manipuladora, sin monetizarlo como si fuese una espuria mercancía, a través de los sentidos, que son, los que perciben los estímulos y que traducen en sensaciones que perduran para siempre en la memoria, y que, al mismo tiempo pueden transformar, sanar el error humano, lo erróneamente aprendido en afortunados beneficios para todas las comunidades. Pero para ello, abrir nuevos senderos es acogerse a la existencia de lo más simple y comprender su lenguaje para entender su mensaje, a su admiración, a su escucha, a lo más cercano, a la lluvia, a las hojas, a la hierba, a la mañana de sol, a ti y a mi, lejos de los predominantes poderes, quizás como una abstracción y mirar hacia el lado opuesto de donde están anclados los caminos que recorren los imperios de la sinrazón, quizás si se quedan solos ya no tendrán a nadie que mandar, quizás será un éxodo masivo que lleve a la soledad a los tiranos. Un cambio de paradigmas y criterios es necesario si de verdad pensamos que nuestra vida es inteligente, solo un paso, la vida habita en la frontera entre el orden y el caos.

Nuestro modo antrópico de pensar y de actuar está sujeto a la observación, hemos llegado a concebir que el mayor objeto físico que conocemos es el universo a través de la observación del comportamiento de las ínfimas particulas. La biología de nuestro pensamiento parte también de ese minúsculo espacio hasta llegar a esa opulencia tan suntuosa que se asienta ahora y desde siempre en todas las civilizaciones, enquistada, sin ni siquiera aparente evolución hacia los estratos más cercanos al orden natural, pero, a pesar de todo ese conocimiento, lo único que transformamos ha sido la naturaleza en nuestra contra, quizás porque somos proclives a la manipulación y lo único que nos interesa es tener la nevera llena. Esto no es más que un truismo para unos y un desconocimiento para otros muchos. Si fuese al contrario, nuestras leyendas hablarían de cuando llovió agua y tierra, de cuando pasaron nubes viajeras de barro, de otro continente, sin fronteras, con el sólo propósito de alimentar lo desnutrido que dejamos a nuestro paso. En todas las leyendas que leímos y, las que vimos sobre la lucha del bien y el mal, siempre venció el bien porque se supo comprender el mal. Y los nuevos linajes hablarán de la roca inerte y silenciosa, de las cicatrices que dejaron los tiempos sobre ellas, de lo aprendido oteando los horizontes desde esas atalayas ancladas en el mar de tierra, de las nubes que quisieron ocultarlas y de las aguas que pacientemente fueron disolviendolas. Y redescubrir cómo de nuevo las semillas brotaron, agradecidas por el sol y el agua, teñidas del color extraido de la tierra dormido a los pies de Deméter, congeladas de invierno y, destilaron el eter aletargado en esencias originarias.

T h e  r e a l i t y  l o o p by Ramón Sánchez

Esto es otra historia.

Comenzaron a florecer los laureles de la plaza mientras que, a estas alturas de la estación, de los tilos aún penden las hojas que quedaron secas tras los meses de invierno, supongo que cuelgan por la falta de lluvia y viento. Al trasluz del primer sol de la mañana brillan, sobre sus troncos y sus ramas negruzcas, con un blanco pardo asidas a la espera de los nuevos brotes. En tiempos lejanos le llamaron philyra, nombre de la hija del océano convertida en tilo por Rea, seguramente sean descendientes de aquellas estirpes que los plantaron, los pobladores de la Belel el Nindiluz o de los que desde la Oróspeda viajaron hacia el suroeste en busca de la belleza. En su camino, Xolair se interpuso, sonrojada a la tarde y azul en la mañana, inaccesible entonces, enigmática y desconocida antes de que llegasen los emigrantes que huían de Damasco y que, a su regreso, convertidos ya en exploradores, pusieron en conocimiento las maravillas de las que allí fueron testigos.

Más tarde, sobre el 711, llegaron otros ejércitos enviados por el poder para hacerse con tales tesoros y convertirlos en símbolos de su influjo, entonces no era nada nuevo, otros antes hicieron igual y, quizás anteriormente se repitiese lo mismo pero en menor escala sin que de ello queden fieles vestigios o anotaciones. Hubo entonces un lapsus en el tiempo en que el acto de vivir, la vida y la muerte, se hallaba extendido sobre el manto de la pureza, la sombra quizás aún no se había adueñado de nadie, los demonios vivían en los lugares más profundos y desconocidos y, por ende, el desconocimiento era el único ser maligno, la luna y sus cambios de volumen y luz vistos desde la piel de la tierra, los rayos que se estrellan con ese sonido indescriptible y el fuego que desatan, las mareas que con sus fauces engullen los colosos cabos rocosos,  la vastedad de la tierra y los precipicios que se intuyen en el horizonte, los eclipses y la oscuridad súbita. El opuesto al entonces desconocimiento sería la ingenuidad, condición que es la puerta que abre paso a las batallas, a las ideologías y creencias fabricadas y cosidas con hilo de oro sobre los estandartes que encabezan los ejércitos y las legiones de ilusos.

Los signos sagrados que aludían a los cinco elementos; Tierra, Agua, Fuego, Viento y Vacío que al mismo tiempo sobrevuelan sobre la quintaesencia o el éter, el Wu Xing, a lo largo del tiempo, y hasta nuestros días, todo el significado que encierran se ha ido transformado en logotipos comerciales dando forma a banderas e insignias que congregan multitudes aprovechando aquella ingenuidad.

Los que entienden esto, fueron engendrados por seres de otro linaje, también por el tiempo que, esencialmente, estuvo detenido, dormido, anclado en la roca de san Galgano que, Atenea, depositó a la espera de que sus descendientes encontrasen el tesoro del conocimiento y del saber, de una inteligencia capaz de engendrar una nueva cosmovisión opuesta a la que posee la arrogancia humana. Y quizás, los de Nabucodonosor llegaron muchos años antes, de Fenicia, de Tiro y Sidón y se llamaron Mauros, poblaron la costa y la de África, las ciudades Libias y Fenicias y las nombraron Mauritanias, Tingilania y Cesariense y fundaron Illipa y también cosieron con hilo de oro letanías en las banderas, y, en los muros enumeraron insistentemente el único nombre de su creador. Así los pueblos, ante esas grandezas cosmogonicas, se reunieron en torno suyo con la esperanza de obtener las mejores cosechas por el favor divino que se les prometió. Pero, entre ellos, hubo siempre alguién que no dejó de escuchar la lluvia cuando se desliza y cae sobre las lajas metamórficas donde las raíces de los enebros se atan para sostener el largo invierno, algunos de ellos serían, sin duda, naturales de la tierra que está en lo llano, entre los rios que llamaron Salón Darro y Singilo Genil asentados sobre una fértil vega plagada de frutales, de arboledas y frescuras regadas por las aguas de la Sierra mayor que descienden durante todo el año, donde beben las aves al compás de los cencerros del ganado.

Entonces las arquerías se convirtieron en ciudades que cercaron con muros y torres de argamasa y quedaron sujetos ahí los labradores, menos aquél. Él se detuvo contemplado la belleza con que los frutos iban transformándose exhibiendo colores que avisan que ya cruzaron sus fronteras, que llegaron a otra estación y que fueron dejando atrás la anterior, y, cómo la lluvia y el sol enaltecieron el significado de su existencia. Era igual que tú que comprendes todo eso a la perfección, una historia que Borges ya escribió sin intención alguna de que fuese también bordada con hilos de plata y oro, si no, para comprenderse, para discernir en los pensamientos que ocultó lo prohibido, lo que se escondió tras aquellos muros defensivos.

Nunca interesó al poder el desafío, no con armas, si no con pensamientos contrarios que le hicieran sombra, ocultando, por ello, toda la belleza contraria. Les llamaron los conquistadores de la dorada paz y edificaron un castillo fuerte sobre un cerro al que llamaron Hizna Román que quiere decir el Castillo del Granado, allí, con extraordinaria belleza dibujaron sobre los muros geométricas figuras con grafemas de escayola que aludían sólo al creador de sus vidas, al conquistador de sus pensamientos y que guardaron tras los muros de argamasa defendidos por altas torres y fosos. Quizás lo hicieran para defender su contenido de la vorágine de otros pueblos porque llegaron a la conclusión de que la belleza se defiende hasta la muerte, todo ello en un inmenso jeroglífico filosófico con la amenaza de tomar las armas. Pero, es contraria a la realidad, el poder se nutre, además, del arte, de la creación de otros para transformarla en mensajes que contengan sus intereses con fines disuasorios, de dirigir o de mandar.

Así, cada una una de las distintas realidades, se desarrollan y se expanden sobre si mismas, creando una nueva en un eterno bucle que constantemente va traduciendo la cosmovisión milenaria en lemas y consignas capaces de provocar y crear en las poblaciones la docilidad suficiente para, con ellas, recaudar así de las servidumbres toda clase de bienes que suplan a los diezmos. Mientras todo eso sucedía y va sucediendo, aquél, subió allá desde donde pudo ver como las gentes que vinieron de África poblaron aquél llano situado bajo el barrio del Cenete y de la parte de la vega hasta la plaza Nueva donde están aquellos tilos que dije, pero allá, donde también dije, desde las laderas paleozoicas descarnadas por la intemperie, cubiertas de nieves que fueron eternas, su visión se desvió hacia los rincones entre las lajas que pueblan Hofarat Gihema que quiere decir valle del Infierno, y los bloques errantes entre los que la vida se abre paso en un hábitat hostil para el ser humano y, donde desde una pureza extrema, brota y rebrota también a lomos de un circulo eterno otra vida desconocida para aquellos pobladores.

Su pensamiento voló sobre las pavesas que la brisa levantaba de la hoguera que le abrazaba a la intemperie en la fría noche, mientras, los astros se confundían con la espuma de las aguas que corrían cercanas y, que, rio abajo llegan cerca donde residen los habitantes de Mauror, los del barrio de los Aguadores, donde vivían hombres pobres que llevaban a vender el agua a la ciudad. Él encontró allí los aromas de las riveras, de las fuentes que resurgen al borde de los caminos, al margen de las acequias donde bañan sus pies nogales, robles y encinas que traspasaron el tiempo, hasta que la arrogancia, altivez y soberbia creó de ellos esencias que fueron vendidas a los que compraron el agua a los de Mauror, creyendo, así, en un nuevo descubrimiento. Ajeno a los tráfagos de las multitudes aisladas tras bellísimas torres que escondían tras sus muros, frutales, plantas aromáticas y olores desconocidos llegados desde oriente, seguramente para distraer aquellas fatigas de sus pobladores, se anegó su pensamiento con aquellas otras esencias que se iban adhiriendo a la piel, allí, en Hofarat Gihema es donde pudo desprenderse de su ego, que herido, lo abandonó y voló para unirse junto con el de aquellos otros seres y que, al juntarse con ellos, se hizo aún más grande, engendrandose así un enorme animal alado que exhalaba fuego de sus fauces  y emitía rugidos magmáticos y que a su paso los iba confinando uno a uno en pequeñas estancias con ventana y balcón poblado de geranios, con un mueble aparador presidido por el gran hermano y ante el florero de claveles que adorna la mesa central. Así pues, él buscó las aguas cristalinas, frías, llenas de burbujas como perlas transparentes que adornan aquél silencio sobrecogedor, roto por el zumbido de algún insecto y las esquilas del ganado.

Mientras, en éste y en ese camino, me sorprendió las ondas de Aphex Twin Syro con su «Aisatsana [102], me volví a diluir en aquellos silencios, buscándole, y allá, sobre las escarpadas rocas depositadas por antiguos cíclopes de fuerzas inconmensurables, capaces de sostener las ventiscas, de derribar muros, de embaucar con los pensamientos obscenos que como una pasta viscosa nos rodean, estaba aquél, allá, viendo, oliendo y oyendo, sin arrendarse de sus orígenes, con las agujas de la hierba secreta que sólo conocen los que cruzaron fronteras prohibidas entre los dedos de los pies, con el crujir de los hielos que se desgajan de la tierra llenos de viento y de silencios rotos, de la ausencia que atrae una nueva vida, dedicó su escaso tiempo a observar y discernir, a sentir todo lo que la rugosidad y los márgenes de los caminos trasmitía y, a ascender por empinados corredores de hielo donde nada existe para aquellos que no ven más allá. El reino del silencio lo atrapó porque, cuando se detiene la brisa y la fría temperatura se conserva estable, mientras que, las aves están en otros quehaceres propios de sus alcurnias, sólo suenan los latidos, la respiración, solo uno entre azul, blanco y marrón rojizo, lo más cercano a la nada, a aquello que lo contiene todo y nada a la vez, a ti, a mi también porque somos un conglomerado de cosmos y paja.

Sping Volume 1 by Various

Nota: las referencias geográficas e históricas constan literalmente en la edición de la biblioteca virtual universal de la Historia de la Rebelión y Castigo de los moriscos del Reino de Granada por Luis de Mármol y Carvajal.

Inevitable

Los sobrevivientes de Ananké guardan semejanzas con nosotros, lo hacen también bajo lo inevitable, inspirando lo ominoso que trae el destino para transformarlo en la nobleza y generosidad que siempre nos hizo ser, ello lo da la tierra. Muchos hechos inevitables, los que la naturaleza engendra,  se desgastan por nuestro paso y van extinguiéndose con el del tiempo, son vitales para comprendernos y entender todo lo que nos engloba, lo inexorable nos acompaña desde que nacimos o desde que la memoria de lo humano existe. A pesar de ello, creamos situaciones o acontecimientos inevitables que los sustituyen y asi prescindir de aquellos, sólo por arrogancia, por poder, por dominación, que también el tiempo sepultará, pero nadie más que el tiempo. Inevitables son las tormentas que, con esta sequía, llevamos meses sin ellas, las riadas que ensanchan sus cauces y que riegan las fértiles vegas aún sin conquistar, también es querer en todas sus formas. Caminar también lo es, de ello no puedes desprenderte y, si lo haces, ya no habrá nuevos horizontes que divisar, ni rocas que sirvan de balcón a los vacíos donde, imaginar,  indagar en tus profundidades y seguir las estelas que dejaron los movimientos telúricos para comprender el hoy.

La nueva vida comienza cuando te desprendes de tus hojas, las que sombrearon y refrescaron la rivera de la acequia que llevó la savia a los rincones de tu huerto donde crecen las esperanzas que sembraste. Eso es lo inevitable que creamos, sin arrogancia, sin poder, sin dominar. También lo es cuando desciendes de las gélidas alturas y mojas los pies casi tullidos en los arroyos del valle, sería eludible si no hubieses alcanzado aquellas alturas, pero, quisimos atravesar las cordilleras para ver qué había al otro lado, recoger las fragancias de sus caminos y contemplarlas a todas horas, anotar la posición de los astros y dialogar con las aves nocturnas que conocen los secretos de los tiempos y las pócimas que curan los despropósitos. En la talega echamos el pan, el fiambre y el vino y cruzamos territorios deshabitados donde la ignorancia jamás pudo entrar, andamos y buscamos los enigmas de lo eterno, los mensajes de las rocas y las voces que aún rebotan en sus ecos, donde las palabras de confianza que sembraron esperanza se rozan entre el vergel de lo humano, las ramas y los musgos que tapizan sombríos rincones en los que, cuando se inundan de la luz solar, se vuelven verdes incandescentes. Es inevitable la intrascendencia de la que habla una inmensa humanidad que despojada del sentido de compasión vaga por allí, por allí donde el agua ya no corre, donde las orillas ya no existen, donde el resto de los seres que habitaban allí, ya no están.

Después de unas horas de paso pausado, lento entre pausa y pausa, arriba del todo, casi llegando, respiramos sobre otra roca amiga asomada al oeste, siempre mirando hacia allá, sobre ella la vista puesta en las copas de las encinas y los pinos, siguiendo las huellas que dejó el peso de la nieve sobre las ramas y las que dejaron los moriscos que en contingentes de prisioneros galeotes, por allá, cruzaron hacia la costa a las galeras para cumplir sus condenas impuestas por autos de fe del tribunal inquisitorial. Y, al emprender de nuevo la marcha, ascendiendo por la empinada vereda, podíamos desenterrar los níscalos con la inevitable respiración que iba descubriendo una a una las acículas que aún guardan su resina. Evitar que todo eso suceda, ni siquiera aquellos que habitan hasta en los más recónditos lugares de sus laderas, tendrían esa inclinación porque, es puro, forma parte del ciclo de la eternidad, al igual que tú, inevitablemente sin limites dentro de una órbita alrededor de la belleza como centro de búsqueda de otra parte integrante de lo esencial y que lo contiene todo, incluso, el alegato contra la violencia que nos separa, violencia capaz de detener y desterrar la bondad para que ella sólo exista.

Los seres vivientes que forman parte de las otras tribus de la naturaleza, a excepción de las humanas, se reúnen alrededor de la inevitable adaptación, al ambiente y al entorno donde crecieron y donde habitan, con absoluta integración entre la diversidad que compone esa urbe vegetal y les hace ser, sin señales ni ideologías que las congreguen, sólo la sabia supervivencia que culmina en frutos. Toda una latente enseñanza a nuestro alcance, a nuestro alrededor, y nos obstinamos en mirar hacia otro lado. Nos enseñaron lo contrario; reunirse en torno a creencias de toda índole y que para sobrevivir con lo esencial y todo lo que ésto encierra consigo, tendríamos que asumir un éxodo inevitable, abandonar las fértiles tierras como si de un destierro se tratase y acomodarse en regiones de desconocidos idiomas y culturas, opuestas, en ocasiones, al sentir de cada uno, y así, abonar una globalización inventada donde se erigen símbolos de poder en forma de extravagantes urbes de hierro y cemento, de artificios que, paradójicamente, intentan imitar a la naturaleza.

Inevitablemente tenemos, también, un parecido a la lluvia, abonamos territorios estériles cuando lanzamos al viento palabras que desprenden aromas a hierba seca mojada, con nuestras palabras, con ellas, asidos a ellas transformamos tormentas y calmas que, en estructuras mágicas, llegan a vibrar entre lejanas órbitas que rebotan entre un astro y otro hasta perderse en la lejanía del cosmos, llegan a inmiscuirse en el eco de los valles, y, cuando las aprendes, te adentras en la confabulación de la naturaleza, a lomos de las nubes que llevan sus marmitas llenas hacia otro hogar, puedes ver al mismo tiempo los frutos de la tierra junto a un invierno incierto y en las puertas de una nueva estación. Y así, hasta que los pensamientos se ensanchen en avenidas impetuosas donde quepa todo aquello que quedó atrás porque pasó desapercibido, aquello que entonces no le dimos importancia y que ahora descubrimos que realmente la tiene. Lo inevitable que pretendemos evitar circula silenciosamente a nuestro alrededor y a bordo de las naves que recorren la pétrea piel de la tierra, sobre todo en ti que eres su argonauta, también en el avatar subyacente anidado en nuestra piel capaz de transformarlo todo en beneficio de lo evitable. Quizás llegamos al punto de que ya nada importa, tan solo esquilmar para sobrevivir, sí, es duro; que ya casi nada importe; es dificil escribirlo, hasta las palabras se resisten y las letras se niegan a ello, es como si lo inevitable careciese de valor porque sobre ello se interpone el acto de la locura colectiva de eludirlo, pero no lo creas, no lo idolatres con panfletos ideológicos, bíblicos o coránicos, hinduistas o sin denominación, fascistas, comunistas o incluso anarquistas o de la ciencia inexacta que se reproduce infinitamente con genes mecánicos ante nuestra mirada.

Y, allá en los horizontes Solaris se viste de púrpura todas las tardes y lo inevitable es contemplarlo en la pantalla traicionando la lealtad a los principios racionales y haciendo existente la irrealidad que se asienta como una nueva sombra. Así pues, definir el contenido abstracto de conceptos basados en la ilusión de la libre elección ya lo hizo Jackson Pollok o Kandinski, creer o no creer, lo que tú percibes y lo que a mi me llega, ver o no ver lo impreso en esos lienzos y traducirlo, así es la naturaleza ante nuestros ojos, olvidada en el reino de lo evitable y presente en el de lo inevitable.
Ahora, inevitablemente, me diluyo entre las ondas de; Fjärsing –Appel A La Vie, Viken Arman con su Believe (con Jo.Ke), Christian Löffler y Parra for Cuva en Pigment, Olafur Arnalds, Nils Frahm con More o con Says y Madis con Moondust.

Mientras suenan, me sumerjo en el acto sagrado de inquirir sobre los sentidos que afirman reconocer la existencia de lo efímeramente inevitable que nos rodea y nos alimenta, lo sobrecogedor que encierran las nubes de mil formas coloreadas por la luz solar, el seguir con la vista el vuelo de las hojas secas y escuchar sus cantos al golpear el suelo, esas pequeñas magnitudes que atrapan la atención de los sentidos que son desconocidas para aquellos que decidieron no leer los trazos de Pollok o de Kandinski o de otros muchos más, o no ver en las sonoras estelas los dibujos ancestrales que los ríos van marcando en sus cauces sin que dejen entrar en ellos el sonido de poemas desoladores, rodeado de los grafemas arbóreos que sinuosamente dibujan al trasluz del cielo azul las ramas y que encierran mensajes que las aves traducen en melodías. En esas soledades, al abrigo de las rocas que cuelgan en perfecto equilibrio en los filos de la tundra y de los troncos incrustados y abrazados a su oceánico pasado escrito sobre su piel en arrugas que la luz va descubriendo como caligrafías pétreas, se disuelven todos los pensamientos en una respiración de agradecimiento que es el acto más puro que puede generar lo humano.

Let´s read the green by Ramón Sánchez

Lo tangible que se esfuma.

«Inmolamos al tercer mundo en aras de nuestra prosperidad y a las generaciones venideras a cambio de unos pocos bienes de consumo» -Jerry Fyerkenstad-

Los secretos que se guardan al amparo de los vientos, de las mareas, de las penumbras, escondidos bajo las raíces de los sobrevivientes que los hombres consideraron sagrados, los animales, las montañas, los árboles, el árbol de Hermes consagrado a Saturno, son vestigios de otro tiempo que sólo descubrirán aquellos que por » voluntad propia» se adueñen de sí y descubran que ellos mismos pueden desterrarse del sistema y proscribirse de su uso. Es una utopía predecible y realizable que anida allá, en el lugar de la consciencia dormida que forma parte de otra realidad en la que convergen sueños o añoranzas, actos futuros que fabrica el pensamiento y la certeza de que otro mundo es posible y que lleva a un comportamiento distinto al que nos conduce un sistema silencioso y poderoso encerrado en si mismo, en un circulo donde predominan teorías extemporáneas basadas en la competencia, el éxito y el enriquecimiento y que, de ninguna forma, tienen en cuenta el medio donde sobrevivimos diariamente impulsandonos casi exclusivamente a sobrevivir reduciendo las cualidades afectivas relacionadas con el medio natural.

El ser moderno posee un carácter global de pensamiento al que la diversidad de las culturas se acogen dejando a un lado sus propias identidades, desgastadas por la influencia de estímulos mercantilistas y de las silenciosas directrices que, por si mismas, ya que son asumidas voluntariamente, se abren paso entre la dificultad de poder decidir libremente y la imposición de normas afines a las oligarquías y contrarias a los pueblos, lo que trae consigo una interminable diáspora que gira y gira en busca de un lugar habitable que contenga el orgullo y la dignidad sin que estén sepultadas por aquellos intereses. Para llegar y entender esto, basta con analizar con atención y establecer nuestras propias semejanzas con la naturaleza y al mismo tiempo nuestras diferencias con aquello.

Una parte de la actual pérdida de libertad reside en la necesidad, para poder «existir», de acceder a las infraestructuras del sistema de forma casi obligada y en la mayoría de los casos, a través de las creadas por la tecnología del poder financiero y especulador, ante la tolerancia del político y que sólo beneficia a los gigantes tecnológicos, haciéndole sombra al resto de las opciones donde participa de forma activa y presencial la persona con el contacto físico y visual, con la empatía y la bondad que no tienen las máquinas, ambas alternativas están disponibles bajo la libre elección, pero,  entre un pobre abanico de posibilidades que se ofrecen como muestra y defensa de las libertades.

De la misma forma actúa el poder político y de creencias masivas que aglutinan a los seres en nuevas tribus bajo conceptos empíricos basados en espectrales textos apócrifos. Al aceptar esos condicionamientos se abren las puertas para la gestación de un modelo de sociedad basado en una fría y calculadora tecnología en la que el ser se sustenta sobre valores que el futuro determinará, pero, bien distintos a los consustanciales. Por ello, quizás, los visionarios de la antigua Grecia, no le asignaron a la diosa Eleuteria templo ni culto, en palabras de Eric Fromm; “El hombre actual vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, en realidad, desea únicamente lo que se supone socialmente que debe desear”. Es claro que nuestra forma de actuar se dirige siempre hacia donde el pensamiento pone sus horizontes, pero también lo es la forma con que somos persuadidos con la finalidad de acomodarnos a intereses masivos que den frutos mercantiles, aprovechándose para ello, de la falta de atención de una sociedad tecnológicamente seducida con contenidos banales y triviales y, hasta diría «tremendamente infantiles» que el sistema de transmisión de imágenes pone al alcance de cualquiera, para una sociedad supuestamente madura, no ayudan de ninguna de las maneras a activar el discernimiento.

Mientras, los ingeniosos algoritmos traducen su lenguaje binario en una frase que no es la coloquial; «si quieres arroz, toma dos tazas», cuando en realidad debía ser al contrario, «si ya conoces esto, toma esto otro que no conoces». Ante tanto contrasentido encontraremos caminando la exactitud, la magnitud y el equilibrio que emana de la tierra, los primeros brotes tras el invierno que los humanos traducimos en liricos poemas, las escarpadas rocas que forman inmensas paredes salpicadas de neveros, colgados en esas latitudes pétreas donde custodian el agua que, mientras duermen, anotan en extrañas partituras su canto, el sonido que más tarde atraerá las raíces, las aves, el sonido que impregnará de savia las semillas y correrá torrente abajo formando espumas que a cada salto atrapan los  granos de oxígeno y pequeñas partículas estelares donde el quinto satélite se asoma cada noche.

También existe, cuando la tierra se humedece, se empapa y el sol temprano se asienta sobre ella, la quinta esencia; la cosmología terrenal que se desgaja y asciende como éter sagrado, como un nuevo ser capaz de engendrar más vida, el quinto elemento indescifrable, el más fugaz, el que la sequía teme.

Y, vuelan las aguas y se posan sobre los nuevos brotes que asoman al mundo con la misma esperanza que impregna lo humano, se convierten en visionarios que predicen el equinoccio sobre la elipse que dibuja la órbita donde viven, la misma que la nuestra. Entre tanto, nos asomamos al mundo desde las pantallas que son reflejo de nuestra ínfima realidad, en ese momento el pensamiento se abre paso entre esos vastos vacíos que nada tienen que ver con las hermosas soledades, entramos en las inmensidades de lo desconocido que alguna vez quisimos alcanzar y enmudecemos buscando en ello una catarsis que se acomode como un guante. La rapidez con que surgen ante los sentidos tantisimos mensajes y comunicaciones que, quizás no tengan nada que ver con el sentido de nuestra vida y nuestra realidad, nos engulle en un silencio desintegrador en el que corren cientos de pensamientos y ninguno a la vez, convirtiéndose, al mismo tiempo, lo heterogéneo de nuestro alrededor en homogéneo, alejándonos y deshaciéndonos del hipervolumen multidimensional que nos engloba hasta uno sentirse lejano a la hierba como símbolo de naturaleza; el otro ser conviviente desde tiempos remotos y que para no olvidar, Teofrasto, dejó plasmado en sus tratados. Setenta mil años nos separan y seguimos siendo hierba, la clorofila y la hemoglobina son nuestras semejanzas, evolucionamos con ella. Entonces, déjate que te cultive el sol y beberás la tierra, así haremos revoluciones, Fukuoka comenzó la suya con una brizna de paja renunciando a una cultura que, desde su propio análisis, resulta ser dañina y enfermiza, al igual que nuestra enfermedad social contaminada e infectada de virus malignos que contienen en su interior mensajes binarios, algorítmicos y genéticos que se despliegan a capricho de sus creadores y que inducen mendazmente para navegar hasta la constelación de Aries en la nave de Jason para ocupar un asiento junto al trono de Yolco.

En el transcurso de ese viaje habremos perdido la huella que deja en nuestra memoria el olor del azhar y el canto de la tierra. El rastro de nuestras pisadas se habrá difuminado como todo lo impreso y tangible. Tangibles lo son las generaciones de Gutenberg, Goldmark, Matisse o Picasso incluso Banksy, los legados de la Alhambra, de Ibn Al Jatib, los nenúfares, el olor del Jazmín del abuelo y las aguas del Genil que eternamente se derraman, desde los borregiles que cirscundan su nacimiento, con cantos palpables que quedarán acuñados en la memoria de cualquiera que camine con rumbo distinto. Todo lo contrario de aquello que pertenece a lo tangible es lo que brota de los coexistentes de Zuckerberg; lo intangible; la ausencia del olor y el tacto, el roce de los pies con las piedras talladas por el tiempo, humedecidas por el agua, tapizadas del líquen de los esquistos.

Es imposible configurar en una sola dimensión una correlación y engalabernar ambos adjetivos (tangible e intangible) habrá que seguir existiendo en el ciclo del primero para integrar lo que somos en el mundo, en su órbita, donde la casualidad a veces pasa por la misma estación, y, después plasmarlo en el segundo como una posterior anotación de nuestro paso, y así es porque la primera quedará estampada en la memoria adornada de aquellos olores que bailan sobre las copas de las riberas sonando entre las ramas y ascendiendo desde las raíces hasta las nubes que adornan el cosmos diurno. Entonces te querré más aún y tus brillos serán los fanales que cuelgan en los océanos, las oraciones al viento de los cinco colores; azul (cielo – espacio), blanco (agua), rojo (fuego), verde (aire y viento), amarillo (tierra) que el sonido del viento hará ondear y navegar como una sonda orbital alrededor de los deseos, enfatizando los hechos, rindiéndose en las sábanas. Entonces aquellos secretos serán desvelados nuevamente en las páginas de los códices desde donde salgan a la luz los relatos de nuestras vidas y las imágenes de todo aquello que nos acompañó, escritas y descritas por la savia nueva de los que nunca se apartaron de la naturaleza, serán escritos por ti que volviste de ese destierro que impuso el tirano y el cacique y de los que dejaste impresos, en ellos, en esos extraños libros, sus injustos argumentos con la imagen de sus rollizas y rosadas caras, serán otros volúmenes plúmbeos a los que el sistema también condenará por sus ideas fabricadas para la ruina del capitalismo, los enterrarán y volverán a aparecer en Valparaiso junto con los huesos del último Papa.

Así quedará para siempre en «el diario del programador supremo» en las páginas que nadie quiso leer como una profunda espina enquistada en lo más hondo a la espera de que los arqueólogos de lo real y de lo digital desentierren el secreto de cómo y porqué llegó a esas profundas entrañas. Del mismo modo, esta página se convierte en un relato mágico que cruza las fronteras de lo que se puede tocar o no, de lo que es y lo que no, una evidencia de que ambos horizontes son uno solo, el presagio de la desertización mental de una sociedad que saca a la calle, para invocar la lluvia, los santos de palo inmóviles ante el sonido de la desgarradora saeta que, suspendida sobre el humo del incienso, rebota entre las paredes de la estrecha calle, en un ritual ancestral lleno de sentimientos de culpabilidad contagiados e infectados por las estructuras de un sistema imperativo que son traducidos en llantos y flagelaciones.

Nuestra opción reside en la elección, en la libre revolución que transgreda todos los símbolos que no representen nada de lo que esté incluido en la coherencia de la naturaleza, en lo innatamente humano tanto material como inmaterial, en nuestra verdadera versatilidad como seres creadores de espacios de convivencia donde todas las tribus existan bajo sus culturas libres de ser elegidas.

Y ahora me diluyo entre los sonidos de All the Unknown de Grandbrothers, Ambre de Nils Frahm y And I Love Her de Brad Mehldau, mientras, llueve y asciende el olor a mojado, de las hojas resbalan las gotas que viajaron desde quién sabe donde y desde que época hasta romper sobre el barro que las acoge, húmedo, versátil también como tú, mezcla de roca y agua que ya tradujo Zygmunt Bauman en su modernidad liquida, presente desde la infancia al igual que las hojas, que el filodendro de la abuela y que las escarchas que encogían los pies al caminar temprano bajo los robles, bajo los pinos que rodean el barracón cercano al Barranco del Aceral, y así, mientras llueve, se van desgajando de la memoria los pasos en tu compañía sobre los riscos helados, la búsqueda del camino más seguro y corto para huir de la ventisca, de su insistente sonido de gotas heladas que ocultan el valle y las cumbres y que tan sólo dejan verte los pies, es el lugar donde escuchar el logos de la naturaleza y no los discursos que se basan en apariencias, según Heráclito.

Y, las alas de los árboles se despliegan tras el aguacero, con el viento que lo transporta va levantando una a una las hojas caídas de las encinas que te vieron pasar a su lado mil veces por allí,  y por allí saludaste a Anaké escondida en el universo que Cronos creo para ella. Mil veces navegando, navegaremos bajo la sombra de las ramas en el estío de la mano del agua de la acequia, bajo los rayos que se filtran entre las ya desnudas del dormido invierno, recogiendo las hojas secas que el poniente arrinconó junto al corral de las gallinas que huelen a humo seco, a hogar de una estación que nuevamente se desvanece en su círculo mágico y eterno. Tuvimos la osadía de transformarlo cambiando las corrientes oceánicas bajo pensamientos infundados, ajustados al interés opuesto del que la naturaleza que nos acoge.

Blessed loneliness by Ramón Sánchez

Señal en un pergamino

– Crónica inquietante, 7 de febrero, 2022, invierno incierto, las nieves no bajan de los 3.000 metros, quedaron colgadas allá, a pesar de ello exhiben su belleza, mientras, fuimos a descifrar los mensajes secretos de las caligrafías arbóreas.-

Ten en cuenta que esto sólo son unas líneas más de las muchas que han quedado impresas desde que comenzamos a imprimir trazos sobre la roca en las profundidades de la tierra amparados por la oscuridad allá encerrada. Las palabras, los lienzos y las sinfonías siempre emergieron de esas cavernas, de las hermosas soledades donde el sopor fantasea con la realidad, es el manatial de Castalia. Las aguas que descienden de ahí y también las que absorben las raíces del fresno Yggdrasil que sostienen los bancales donde anidan historias que el tiempo envejeció, donde fué creada la sabiduría, la inteligencia, la bondad y la maldad, los antagonismos que hacen que exista lo semejante. Lo que pertenece a la pureza como concepto al margen de la espiritualidad y lejos de las ideologías masivas, es quizás otra utopía residente en un cosmos contiguo, una cualidad escondida y que buscamos en lo más cercano que es la naturaleza, nuestras semejanzas con ella y asi beber de sus aguas como un antídoto que cura su pérdida y nos acerca a su reencuentro. Existen otras purezas; la de los metales, la racial que también reaparece en comunidades encerradas en emergentes fascismos, la virginidad, la espiritual…, pero no son estas el caso.

Podemos reflejarnos en ella, en la naturaleza también, buscarla en las aguas frescas y diáfanas, en los espacios limpios del afán de lucro, en aquello que aún conserva la ingenuidad y la dulzura, en la belleza; para encontrarlas – la pureza y la belleza – no es suficiente con sentarse y mirar imágenes una tras otra, hojear libros donde entre el color y el olor del papel aparezca y se hable de ella o, más sencillo aún, esperar a que llegue con el mando a distancia en la mano. Para su encuentro es necesario activar la voluntad, pero a pesar de ello, hay purezas y bellezas que siempre hemos soñado con alcanzar y que jamás llegaríamos a ellas, no basta sólo con la intención y el sueño de alcanzarlas, si no, con la disposición o el acto envuelto de ataraxia. En el medio de la naturaleza, para acceder a los «santuarios»  que construimos a lo largo del tiempo mediante la inacción que ha abierto paso a este deterioro ambiental al que asistimos, donde residen ambos conceptos, es preciso recuperar el equilibrio entre lo emocional y lo físico y ser consciente además. La mayoría de las emociones, al margen de las que emanan de la comunicación con nuestros semejantes, llegan a través de entornos alejados de la connaturalidad de nuestro ser, podríamos definirlas como «emociones espectrales» y son fruto de las percepciones diarias tras el bombardeo continuo de cortas secuencias con mensajes encubiertos que lanzan los medios suscritos al sutil poder con el fin de atrapar, y, las que en el seno del hábitat urbano, donde nuestro deambular transcurre entre señales acústicas, luminosas y dispares situaciones que nos conducen e inducen hacia otras esferas en las que no existe la conciencia de identidad inscrita en lo más humano. Una vez, consciente y vencido esto, se rompe uno de los obstáculos que interrumpen el poder acceder a aquellos lugares con el máximo respeto, pero aún queda otra parte, quizás la más importante, lo físico, y esto es la capacidad que pueda tener o no el ser para adentrarse en los inhóspitos lugares donde se encuentran los últimos reductos de lo más bello de este planeta. Ante aquellas carencias se recurre a la nefasta construcción de medios artificiales para llegar al corazón de la tierra, el uso de esos artificios conlleva la profanación y la monetización de los templos que contienen y exhiben sin nada a cambio la pureza y la belleza y nos adentramos en el reino del absurdo. Hay una definición que dice; «El absurdo es el conflicto entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de ese sentido». Nuestro sentido de la belleza está sujeto a canones subjetivos que aplicamos tras la sensación que produce la observación que puede ser ilimitada, pero, para acercarnos físicamente a ella no se tiene en cuenta que existen unos límites. La tierra los tiene además de una infinita regeneración, en el momento que nuestra ilimitada creación los sobrepasa, su infinitud regeneradora desaparece, por eso, el equilibrio entre las emociones que manejan al pensamiento y  los actos físicos guardan una relación holística. Así entramos en ese absurdo que por un lado ensalza los placeres de la naturaleza y por otro la destruye.

Es necesario traer la naturaleza a las urbes y no lo contrario, es imposible que todo el mundo pueda acceder a las montañas más bellas, a las selvas más profundas, a los mares más enigmáticos, precisamente por aquellas limitaciones físicas y mentales, quizás en futuras sociedades en las que la mentalidad sea suficientemente respetuosa con el medio y la actitud física suficientemente adaptada podrá acceder a esas lejanas purezas y bellezas con la suficiente pulcritud. Mientras tanto, en su búsqueda, creamos nuestras pequeñas obras a través del amor, las letras que de mil maneras la definen, la música que nos transporta hacia ella y las imágenes donde se refleja, sin límites.

Observamos las ramas de los árboles que dibujan en el aire las sinfonías que trae el viento atrayendo a todos los seres que componen las antiguas y las nuevas mitologías, aprenderemos de la sabiduría del lenguaje de los pájaros, las aves gigantes, las de fuego y las protectoras, las del bosque sagrado de Dodoma que ascendieron, según el oráculo, hasta aquellas cumbres inaccesibles y lejanas, donde un día pusimos la mirada y desde donde Ícaro cayó.
Y, mientras este pensamiento se va diluyendo, en la puerta, en la silla de anea con la espalda apoyada sobre las piedras amontonadas de siglos pasados y la mirada puesta en el horizonte incandescente, la leña cruje despojándose de su olor de antaño, esperamos la lluvia. A lo lejos se diluyen las nubes con el humo de la chimenea al mismo tiempo que las voces de las ramas cantan canciones que sólo conocen los depositarios del saber sagrado y profano, ante los valles, donde crecen las hermosas eternas soledades que atesoran el tiempo para siempre. A fondo el río, la espuma de plata que dirían los poetas, se estrella en cada recodo con los sedimentos pétreos del tiempo, adornada su ribera del otoño ya dormido en un sueño en el que fluye la sinfonía sincrética, con aves que baten las alas mientras silban, con hojas secas que arrastra la brisa en el suelo y en las ramas desnudas. Su olor asciende fresco rozando los cascajales que duermen bajo los escarpados tajos hasta llegar a los cinco cedros; los guardianes de la planicie y que un día lo fueron de nuestros sueños que dormían a sus pies,  allí, viviamos de vez en cuando, sobre el verde del suelo al calor de las ascuas y a su cobijo, con la única prisa de abrigarse a la caída del sol, sin sueño porque en la noche había que contar los astros y bajar a la escondida fuente para, desde allí, mirar la confluencia de los ríos a la luz de la luna. Ahí bajamos a por agua, con el tonel de madera enganchado en un palo seco sobre los hombros, cuesta arriba mirando los pasos y las cumbres heladas, sin gobierno ni nadie que dirija nuestros actos, y, ascendíamos con la lumbre cálida y las patatas recién sacadas de la tierra en el pensamiento, con la charla fresca y el vino de la tierra esperando en un hogar recóndito donde el sonido de los cascos de los caballos sobre las lajas y las pezuñas de las vacas rebotaban en el eco del valle mezclado con el bramar de las aguas lejanas. Desde la primera vez que aquello ocurrió no dejé nunca ninguna mañana de mirar las nubes por si acaso hubiera despertado allí, y si no es así, los pies me llevan hasta todas las músicas posibles que describen los espacios donde la memoria guarda los secretos de Afrodita. No es un cuento, ni tampoco mi panegírico, es un encuentro contigo, es una señal extendida en un pergamino que flota en el interior de una botella a la deriva en un cosmos paralelo.

Ahora miré el almanaque, quedó atrapado en la hoja inerte de un mes de junio, y pensé que; ya es hora de cambiar todas las festividades que venimos celebrando desde antaño por otras bien distintas; a las que el sutil y rancio poder no llegue.

Secret passage

Episodio de un navegante

Comenzó tímidamente a llover después de mucho tiempo y los operadores de las telefónicas rápidamente desde lugares remotos en países lejanos, se pusieron en marcha para hacer eco de tal hecho y traducir los datos de los satélites para ponerlos al servicio de la clientela. Esto forma parte de un sistema de bienestar al que llegamos con una mermada capacidad cognitiva en relación con nuestra comunicación con la naturaleza y la observación de la misma. Sería buen momento para comenzar un relato sobre ellos, pero claro, no sería una historia con un final donde la dignidad y la libertad triunfasen. La mayor parte de su vida transcurre de forma unidimensional en una reducida cabina acristalada, casi insonorizada, frente a un micrófono, rodeada de fotografías de sus seres más allegados, una maceta para regar diariamente, algún bloc de notas y los sueños esparcidos sobre la mesa, al igual que la mayor parte de aquellos que no pertenecen a la burquesia de este siglo. Espacios en los que el desarraigo y la soledad devastadora son el eje donde gira una humanidad libre de buscar su esencia pero, a la vez, prisionera, por un lado, de su propio descuido y el desinterés de ser dueño de su destino y, por otro, de la búsqueda diaria de sustento que al mismo tiempo implica deterioro físico y emocional. Bajo esas coordenadas todo sigue girando de forma que, por el materialismo que empuñan los actuales poderes y que contiene suficiente capacidad disuasoria, muchas de las cualidades innatas del ser son apartadas de esa rueda. A pesar de ello y entre ello surge hubris como un numinoso ente cargado de fetiches envueltos de papel de regalo donde, en su interior, se esconde otra realidad que, de la mano de numen, arrastra todo lo que encuentra a su paso. Pero hay algo que puede contra todo esto; la primera luz del día, los primeros rayos del sol de invierno que son el otro numen, el que marca el límite de la claridad entre los trazos que dibujan las ramas extendidas hacia los horizontes, imperceptible para muchos y esencial para otros. Imperceptible porque, con el rigor que se extiende por la piel de la tierra, el nuevo orden basado en teorías puramente mercantiles, impide ciertas percepciones vitales, y,  lo esencial reside ligado totalmente con la naturaleza en toda su pureza. El apartarse de ella implica aceptar aquellas reglas y al mismo tiempo una onerosa carga para la que el antídoto que lleva a la confluencia entre lo deseado y lo impuesto reside en el amor, los sueños, la música, la poesía, en definitiva, al intelecto creador. (¿Qué es un intelectual? Le preguntaron a Umberto Eco. «…Para mi, un intelectual es alguien que produce nuevos conocimientos haciendo uso de su creatividad. Un campesino, cuando comprende que un nuevo tipo de injerto puede producir una nueva clase de manzanas, está desarrollando una actividad intelectual, mientras que un Catedrático de Filosofía que se pasa la vida repitiendo una misma clase sobre Heidegger no tiene por qué ser un intelectual…»). La creatividad está asolada por la repetición masiva de cánones y estereotipos tejidos y difundidos en el sistema de informatización de la sociedad que funciona de forma similar a como Giacomo Rizzolatti definía el comportamiento de las neuronas espejo, un comportamiento imitativo, ahora, con poca empatía, lo que supone una  pérdida de aquella cualidad que queda aún mas arruinada cuando viene acompañada por el acoso doctrinal del que parte la «normalización», la clasificación asignando nombres a todo aquello que no lo tiene y que no lo necesita para asimilarla en los altavoces del poder y expandirla como la única verdad, como la única realidad existente. El poder no necesita empatía, sólo signos.

Existen otros tejidos donde se entrelazan símbolos distintos a la cotidianidad que nos arraigan a la tierra y que nos define, viajan en la galaxia de la memoria como un todo que nos hace ser. Son las sinfonías que trae el color y que la brisa y el viento derraman sobre nuestros oídos y ante nuestros ojos, son mensajes que pertenecen a la analogía, nuestra semejanza y nuestro diferente origen con todo aquello que brota de la naturaleza, la que es capaz de disuadirnos, con toda su belleza, de aquello que nace bajo la búsqueda desenfrenada del lucro y que abre camino hacia la pérdida de irreemplazables emociones; las que causan las aguas cuando se derraman como una lluvia de astros incandescentes desde los verticales riscos, las que quedan atrapadas cuando atraviesas las hermosas vastas soledades de la tierra. Son los sentidos de la naturaleza que gravitan desde siempre sobre nuestro minúsculo esquema cósmico sobre el que se asienta la vida.

Todo esto comenzó con aquellos operadores que no son más que una parte de una desoladora estrategia concebida para inseminarla en un erróneo bien común, en el que, las personas son meras figuras de barro que en el momento que se seca son reemplazadas, que acceden y aceptan las reglas por necesidades imperiosas, ya sea por carácter voluntario; por convicción o una ideología dominante, o, impuesto; por una necesidad vital. Tales circunstancias enriquecen exponencialmente y sin sentido alguno a una sola pequeña parte del tejido social que sin escrúpulo recogen su ganancia y miran hacia otro lado.

No podemos creer que la riqueza reside solo en lo espiritual y en la felicidad como intentan convencer algunos movimientos o  ideologías, es cierto que en tales sustantivos la hay, pero, mientras nos distraemos buscándola, a nuestras espaldas, se derriten las nieves eternas, se llenan los campos de glifosatos y las industrias nos cargan con el sentimiento de culpabilidad mientras siguen proyectando al aire elementos insustentables, crean intereses que se convierten en doctrinas, en el eslogan de un perfeccionado orden al que tan sólo, para salir de él, queda abierta la puerta de la resiliencia. Tampoco en la acumulación de bienes materiales subyugados por el éxito social se encuentra la riqueza, es más bien una actitud consecuente con los actos y el pensamiento. Si éste último viene de la mano de la naturaleza nuestros actos serán enriquecedores y tal compromiso trae consigo la dignidad y la libertad.
Somos un elemento más de una aún desconocida creación, artífices, al mismo tiempo, de otras muchas creaciones que no dejan de ser neologismos inspirados en nuestras mismas fuentes y a la vez; irrepetibles, de la misma manera creamos el bien y el mal, pero, la naturaleza que nos rodea, que nos cobija y nos alimenta ya lo creó todo antes, incluso las divinidades a las que le asignamos los mejores tronos. Hades, Agathos Daimon o la diosa Fortuna. Luego llegó Jung que destapó el mal. Ya lo sabemos todo y no sabemos nada, o como dijo Shakespeare: «sabemos lo que somos, pero aún no sabemos lo que podemos llegar a ser». Y ahora me diluyo entre los espacios de Lab’s Cloud con El Despertar de Joel, Profondita – Dracarys en Psylen, Lambert Ringlage – Sun, Alveol – Oblivion en Darkdeep75, Eternell – Embrace (Waking Music) en Eternell, Yahgan – Alone in Unknown Lands en Cosmic Soundwaves, Proton Electron de Carbon Based Lifeforms, Schiller – Nachtflug – Night Flight en EccentricCar, Bleu de Worakls, Unravelling de Harry Escott, Nothing it can de Helios, Back Inside de Gulan, Star Glider de GMO y Dense, Grassland Blues de Black Hill y Cousin Silas, Bruno Sanfilippo, Stephan Mocco, Kai Engel o Philip Wesley. Mientras suenan, aún mis pies siguen, después de décadas, crujiendo sobre la helada tundra plagada de enebros milenarios sepultados por el invierno, donde bajo su manto guardan un aroma de tiempo semejante al del incienso que vaga por nuestros recuerdos. A la vez de esas sinfonías crujen también los chasquidos de las hojas secas y el rozar de la hierba escarchada y, suenan Alfred Schnittke y después Henryk Görecki y La Rêveuse de Marin Marais que son naves que transportan en su interior galaxias enteras hacia otros cosmos.

Aún ningún dogma nos prohibió discernir y al mismo tiempo percibir y sentir profundamente aquello que llega a nuestros oídos, a nuestra vista, a nuestros hemisferios, ni escribir palabras que dinamiten el sistema ni destruyan las promesas políticas que nunca se cumplen, y, sin embargo, ante lo anterior, enmudecemos y cerramos puertas y ventanas y en la penumbra prendemos velas a las divinidades de latón o madera bellamente policromadas y embadurnadas del olíbano ese que encierra misterios, para que nos concedan los favores que no son más que nuestras quimeras. Y paradójicamente, por otro lado, seguimos persiguiendo la libertad y la «riqueza» mientras sucumbimos bajo estaciones inexactas que anuncian una pobre existencia común.

Existe un pequeño círculo donde habitamos diariamente, sin empañar, en un axioma permanente, de olas de espuma que se filtran en la tierra dejando en la superficie todos los restos de tormentas que acabaron en naufragios. Un pequeño círculo donde podemos amar todo aquello que engrandece y eterniza la fugaz existencia en el que nada se desperdicia, ni tan siquiera el aire respirado en los empinados senderos que discurren hacia las cimas, siguiendo el olor, el discurrir del agua que baja sorteando los acantilados del Cenozoico. En tan pequeño lugar giran iluminados astros que en su órbita dibujan frases que siempre nos rondaron en los entresijos de la memoria y que al mismo tiempo definen y señalan los horizontes a los que un día fijamos la vista.

Asi que, no intentes entender la demencia que no conduce a la paz, la que desarraiga los sentidos, el interés humano, la que crea los desiertos, sólo vemos que ya no llueve como antes lo hacia, a raíz de ello las carencias se multiplican y la perfección que reinaba se desequilibra, la compasión y la bondad se suplen por otros conceptos creados y difundidos para el fácil manejo de las sociedades ya carentes de idiosincrasia, semejantes entre si, a las que les fueron conquistadas sus tradiciones, sus culturas y hasta sus creencias por vanales conceptos fabricados con tal fin. Aquella carencia, la de la lluvia, la que nos fué hurtada, aquella que nos mojaba en la infancia, la que levantaba la mañana con el olor de la leña del pan, esa carencia y otras nos aleja, nos distancia de la luz que se filtra en la mañana temprana entre el Praná que queda suspendido mezclado con el vapor vital que exhala la tierra húmeda.

Travel by Ramón Sánchez

Una página más.

Fuimos a otear los horizontes donde viven las águilas y los seres mitológicos, a llenar las retinas de azul y, de nuevo, allí, miramos dentro y afuera mientras una minúscula galaxia se abría bajo los pies.
Fuera de esos lugares la manipulación de las necesidades por intereses creados es lo habitual y dentro, en el lugar que ocupan y donde llegan las percepciones que emergen bajo los pies al pisar la tundra crujiente de hielo,  bajo ese cosmos y sobre el espejo azul de la tierra discernimos sobre lo que no nos rodea en la cotidianidad, como un eremita despojado de creencias vagamos por esos silencios eternos a la búsqueda de las soledades que fortalecen el ser, ese tan debilitado por aquellas necesidades que privan los pensamientos.

Allá nos convertimos en moradores de lo eterno donde lo fugaz es sólo nuestra vida y encontramos el silencio que lo contiene todo, incluso música que más tarde hurtará los pensamientos, y, nacieron allá músicos de palabras etéreas y sinfonías sigilosas que se adentran en los adentros donde se marginan las horas que nunca se persiguieron.

En la mañana puedes esperar los primeros rayos de sol, en el bosque sobre una roca o en un banco de la ciudad, en el seno de un invierno frío y seco, en un invierno inexacto de árboles desnudos donde la primera luz es un presagio más de aquello que se desea desde siempre y, su caricia, un lenguaje más para participar de nuevo en aquello que ésta civilización dejó a un lado, son palabras hechas tuyas también, palabras de aquellos que adoraban al sol porque es el inicio del día y quién alumbra las cosechas.

Y ahora, a la orilla del Marenostrum, enero emerge entre los restos del otoño mezclándose lo nuevo con lo viejo, una simbiosis sinestetica donde el color y el tiempo se hace uno solo. También brilla el gran astro que se tragó las nubes llenas de tormentas, de aguaceros tan necesarios para los tréboles que sin pensar y aprovechando la humedad que trepa desde la orilla vuelven como cada año a brotar, inmersos en una rueda hoy desconocida, donde el otoño es invierno y donde el invierno es otoño o primavera.

En la infancia, hace más de cuarenta años, la ciudad en enero se levantaba con charcos helados, el barro era duro y a la vez moldeable como la arcilla, se dejaba clavar la lima y marcar dibujos casi rupestres sobre sus espaldas. Quizás nuestra arrogancia espantó las nubes y apagó el brillo de las tormentas dejando en su lugar hermosos atardeceres de colores que hieren hasta las más imperturbables almas. Y así, seguimos sumergidos en la búsqueda de nuevos mundos en los que la contradicción no sea un muro más. Seguimos ascendiendo por empinados senderos entre inspiraciones que congelan la nariz y la garganta y pasos que sostienen el morral lleno de las migajas que quedaron, agua y una naranja, sólo para continuar siendo los que aún guardan esencias que sobrevivieron a los tiempos y que en esta época incierta de escasez de valores elementales son tan vitales para conservar lo que queda, y en ello, esparcir las semillas que los ejércitos dejaron abandonadas tras sus conquistas.

Son las tropas que se erigen como poseedoras de la única verdad nutrida de un pensamiento único y global encerrado entre las paredes del consumo sistemático y desproporcionado construido sobre la nueva filosofía patológica aún sin diagnóstico y que el propio poder exhibe en bandeja sobre la ficticia alfombra roja por la que caminamos. Ante esas tropas nos vamos haciendo sobrevivientes, y más aún, a la vista del metaverso que se avecina para infectarlo todo. Quizás ello sea el refugio de aquellos que ya no tienen nada, para los desposeídos de todo, los excluidos del mundo, incluso para los que ya existen sin pensamiento alguno porque les fué hurtado, para los que ingenuamente se convirtieron en clientes y entregaron su vida por ello. Y, una nueva razón entrará allá, nada parecida a la que nos guió de la mano del resto de seres que fueron y son testigos de nuestro paso.

Así también, comienza a invadir todos los espacios una devastadora ignorancia escondida entre mensajes de códigos secretos disfrazados con intereses para la dominación y, que a pesar de ellas (la ignorancia y la dominación), seas feliz, ese es el mensaje del amo. Como seres conscientes que somos siempre andamos en el camino de la búsqueda, de encontrar sentido a los actos y a los mecanismos que nos llevan a realizarlos, pero, nos encontramos en nuestro deambular cotidiano rodeados continuamente de las mismas percepciones que se repiten obsesivamente una y otra vez al doblar cada esquina todos los dias, los mismos neones y los mismos reclamos publicitarios que únicamente cambian con la luz del día o la noche, y que, a pesar de que transcurren por ellos las estaciones de año,  siguen siendo los mismos signos, inertes, siguen estando ahí de igual manera, muchas de esas percepciones llegan de forma violenta por imposición de este brutal capitalismo en el que estamos inmersos, el que sólo trae consigo la ruptura y el distanciamiento entre la persona y la naturaleza en todos los sentidos para asi ser más fácil gobernable, y asi, los deseos y los fines por y con los que vivimos son los que marcan esas señales doblegando de esa forma el pensamiento que tras milenios dió lugar a una cosmovisión que sirvió como vehículo para la simbiosis y la vida en común, y ahora, así, las tribus y los pueblos, prisioneros de aquellos sustantivos inician un viaje hacia un universo donde la subsistencia se convierte en una agotadora lucha por obtener los preciados bienes que aquél poder creó.

Por eso mis pies me llevan donde siempre me llevaron, donde descubrir los engaños que traen consigo muchos días disfrazados con aquellos mensajes encriptados, donde apreciar con todos los sentidos el aire que se respira y corre limpio y cristalino es fundamental, donde todos los aromas que traen las distintas estaciones, donde amarte también, donde el frío o el calor se derraman sobre congeladas aguas o entre riveras frondosas de cantos que saltan de rama en rama entre las hojas. Muchas veces seguimos las pisadas blancas de los ungulados hasta perderse entre los riscos helados, rastreamos entre la niebla las enormes rocas ancladas sobre el hielo como buques escorados que sirven de señales que orientan el camino y, ascendimos por corredores helados casi verticales que morian arriba en la cumbre donde el sol congelado, envuelto por un hálito de gotas suspendidas en el aire, reflejaban el firmamento de la tierra, allá corrió en nuestra busca el abrazo de la llegada, el que reciben los viajeros tras su largo viaje. Y me siguen llevando donde la luna se mutiplica sobre los cristales de geometría hexagonal en millones de lunas congeladas bajo los pies, y que, con cada respiración se desvanecen tras la neblina que exhala la garganta en la noche glacial. De pronto bajas la vista a los pies y ves que caminas sobre un manto de estrellas y constelaciones y que la respiración va cargada de pensamientos ajenos a este mundo que habitas, donde aún el ideal caballeresco que indicaba el poder del espíritu sobre la materia existe y que Parsifal todavía persigue.

A menudo abstraerse del mundo oscuro que nos rodea es difícil porque, es un poderoso imán que nos atrae o nos envuelve con sus fauces abiertas de par en par, nos embebe, es un lugar donde no se encuentra alojada la realidad de la existencia que, con obsesiva insistencia, se busca en lo irreal que se esconde tras las pantallas en un sin fin de muestras que aluden a nuestro paso por cualquier lugar y, que sirve de constancia como un axioma permanente pero que sólo es un conjunto de códigos binarios en un espacio finito. En aquellos otros lugares, cientos de veces ascendimos sorteando la rugosidad de la tierra, las inclemencias del tiempo, e, incluso las del espacio-tiempo en el que recuerdos asombrosos, en esa misma combinación de factores y circunstancias, vagaban por la memoria ante tales rigores, superponiendose sobre los que nacen de la subsistencia en momentos tan vitales, y así llegamos donde la finitud no existe y donde reside Niflheim que es el reino del frío, el hielo y la oscuridad, la materia fría, un ser cosmogónico al que la humanidad siempre se enfrentó y al mismo tiempo veneró, y hoy, el estado de bienestar lo transformó en consignas para las divisas y los créditos. Puedes creerlo al igual que las elipses de las órbitas donde giran los astros, al igual que la redondez de la tierra y la planicie de los mares desde la orilla.

Scanning horizons by Ramón Sánchez

El bancal.

Las caligrafías arbóreas aparecen en el preludio del invierno, cuando aún quedan suspendidas en las ramas algunas hojas a la espera de la lluvia que las derrame a los pies, serán parte del suelo fértil y las ramas desnudas partituras de la naturaleza. El ritmo lo pone la brisa o el viento que hace se batan unas con otras en una cálida percusión de madera.

Es la magia del bosque, por ella y allá aparecieron seres y criaturas mágicas, historias de encuentros sobrenaturales, vidas de leñadores y dríades que son reflejo de confianza en lo presente y en lo venidero y el sueño de los habitantes que veneran la tierra, aquellos que saludan al sol en la mañana y despiden con reverencias el día a la luz de la luna, druidas que sanan las pesadillas con pócimas que exhalan las plantas que contienen el elíxir del tiempo y que alimentan las raíces que excavan la tierra formando hechizadas cavernas.

En sus recónditos senderos y entre los helechos que dominaron la tierra desde hace miles de años, los musgos señalan el norte y hablan de viajeros que descansaron al calor de las brasas que les brindó los brazos secos de heridos árboles por tremendas tormentas, consultando allá el oráculo para continuar su camino siguiendo las constelaciones. En ese mismo lugar también se reunieron las aves para crear sinfonías que ahora navegan sobre las aguas de los deshielos y, se entablaron batallas entre sus habitantes de las que aún resuenan ecos de vida y muerte.

En medio, al filo de los acantilados donde se asoman las arriesgadas raíces y donde sus ramas parecen volar, los dragones y las águilas hablan de nosotros, sus estirpes siempre fueron libres, pero las nuestras sujetas a los designios de una civilización extenuada de luchar contra sí misma. A veces su silencio compuesto por el roce de las hojas, el ser único que es el agua y los silbidos del amanecer, esparcen una armonía tan prodigiosa que es capaz de embaucar la arrogancia humana y al mismo tiempo marca las estaciones para no confundirnos. Y ahí surge como un manantial la gran orquesta de los ciclos, los del color y los del sonido que se unen en ese cosmos sinestetico lleno de movimiento, de leyendas, de caligrafías extendidas por las ramas de los árboles con mensajes que debemos traducir y que tan solo, hoy, sus criaturas entienden.

Sus olores acogen todas las luces, el barro y la escarcha que huelen a invierno, el olor de los musgos y los verdes tréboles que caminan al compás de la fragancias que disuelven las aguas que surgen cristalinas de los manantiales, las cortezas y la Lavanda que crece en el claro y, cómo no, el otoño, el olor del otoño, el que transformó los aromas de la primavera en frutos escapados de la paleta de Van Gogh, Monet o Matisse. Allá son cristalinos sus olores al igual que el aire y el agua, olores de todos los colores y aún más intensos cuando los acompañan los trinos o los martillos de los pájaros sobre la madera y, a la noche, cuando ya se esfumó la amarilla mañana cansada del  chirrido de las cigarras, en los veranos, se silencian, sólo el autillo, las lechuzas y los búhos ponen su luz con sus ojos brillantes y su refrescante sonido de tiempos remotos. Y huele a tiempos eternos, a tiempos que brillan por sí mismos, a fragancias de un tiempo casi olvidado.

Entonces viajé de nuevo, volví a aquel bancal tapizado de verde y rodeado de los robles que agitaban sus ramas saludando mi llegada. Al filo del barranco por el que trepaba una brisa disuelta entre el canto del río y el perfume de la roca húmeda, me detuve alrededor del círculo de piedras orientado al este para esperar la mañana, en la noche, ahí, fueron quemándose sus ramas secas esparcidas a sus pies, se levantaron otra vez las chispas de las brasas hacia el limpio firmamento y su calor me abrazó, me cobijó la tierra y me hice ser, dormí allá bajo esa intemperie recóndita sin miedo, sin pesadumbres, sin deseos porque allí estaba todo, incluso tú.

No era el reino de los cielos, ni tan siquiera una leyenda mágica, era y es la tierra, su música, su olor, su color, su frío, su magnitud, la incredulidad de no estar en ningún sitio y al mismo tiempo el arcano que el poder no quiere que encuentres. Pasaron las horas bajo los satélites que cruzaban veloces las órbitas de meteoritos que trazaban estelas silenciosas y se estrellaban contra las chispas que lanzaba el fuego al aire. Allí tanta belleza junta, tanto espacio para uno mismo, tanta riqueza en un sólo lugar y en un sólo instante. Ahora ya es un paraíso perdido atrapado para siempre en la memoria, donde el fuego, la noche, el frío, la escarcha y el amanecer era un todo ahora prohibido, vedado para protegerlo de nescientes muchedumbres perdidas  del hábito de manejar el fuego y venerar la naturaleza, incluso el sentido de la orientación, de seres que, además, dejaron transformar la belleza por pobres simulaciones. Si te asomas al filo de aquél bancal puedes observar estas palabras y recorrerlo sobre los brillos de las lajas tras la lluvia, otear los barrancos como un águila, beber su savia y a la mañana temprano tostar el pan en las ascuas.

Después de todo eso, llenar el morral otra vez y descender de las alturas para volver a la civilización, se asemeja a una despedida, de alguna forma allá se convierte uno en un ser diferente que forma parte de una minoría deshojada, por otro lado, quizás, en un inadaptado en el seno de una sociedad plagada de incoherencias que se manifiestan al observar el mundo desde allá, casi todo parece incongruente, inaceptable que los valores de una sociedad civilizada sean puramente materiales, por ello crece la marginalidad.

Un simple instante tiene tanto valor que es imposible medirlo y se va acumulando junto con otros como piedras preciosas llenas de magia, cada vez que llueve o les acaricia el viento o se llenan de luz con el sol, se convierten en galaxias que puedes llevar en las manos. Qué mayor riqueza puede haber que habitar la tierra, sembrar su eternidad y recibir su luz, la misma que navegó durante milenios desde recónditos lugares del cosmos. Dejar que los brillos estelares nos atraviesen en silencio y dormir bajo su protección. Con las manos vacías llegamos y así debemos irnos, con miles de instantes navegando entre las sienes. Y, acá, partió de nuevo el buque sobre el espejo rosaceo del mar en calma hacia otro destino fijado por alguna necesidad, quizás es otra forma de huir hacia algún paraíso desconocido. Mientras, corre la brisa de la tarde bajo nubes púrpuras haciendo bailar las copas como siluetas móviles del horizonte.

Marginal abstraction.