Impresiones II

El hombre para defender sus intereses dictó las Leyes, bueno, realmente fue una pequeña parte de la humanidad, los pueblos consintieron que las hubiera porque entonces su visión cosmogónica no iba más allá de la tierra que labraban.. Leyeron el génesis y no se dieron cuenta del error, si en el sentido teológico tuviésemos la misma imagen y semejanza que el supuesto creador alude, el principio de proporcionabilidad que citan las leyes no existiría, siendo esto último también un error de los legisladores. La proporción que esgrime la ley se mide respecto de las capacidades, sobre todo económicas, que posee cada sujeto, lo que indica que existe una limitación de la libertad porque ésta queda sujeta a esa capacidad exigua o abundante según cada ser y no a la naturaleza de cada individuo y el lugar en el mundo que ocupa. Esa capacidad viene relacionada intrinsecamente con la forma de extraer y apropiarse de los bienes comunes que la tierra posee para nuestra supervivencia en ella. Mas rico es, en esta era del capitalismo, quién más se aprovecha de esos bienes. Así que, la igualdad y la equidad que acompañan a la proporcionabilidad son meras quimeras de este mundo que existen solo para pensarlas pero inalcanzables pues, son fruto de la propaganda y de una manipulación sin precedentes al igual que la máxima que dice: «el trabajo dignifica», no hay nada más indigno que en un trabajo mal remunerado y con pocos derechos.
Sin embargo, hay quienes se mantienen férreos a la creencia de que tales cuestiones son válidas porque mantienen el mundo tal y como es, y les sirven para defender los intereses que su cómoda ficticia vida les dota. Mientras tanto pasan la vida corrigiendo los errores de los demás sin ver los suyos y, para evitar reflejarse en ello, husmean en la historia intentando averiguar qué fué antes, si el huevo o la gallina, descifrando a su manera las moralejas que contienen las fábulas relatadas por una complaciente y acomodada burguesía que arrasa con todo lo que no le pertenece, sin importarle un ápice lo sensibles que son los bienes comunes de la naturaleza a nuestro paso. Para ellos nunca ha existido el anhelo de un mundo mejor pues en el que habitan tienen todo lo que necesitan para alimentar su ego y mantener eso que llaman mundo.
Vivimos en una irreflexiva era en la que nada se tiene en cuenta salvo lo relativo a lo material que es lo que empuja a esta civilización para mantener sus sueños, sin darnos cuenta que a veces los sueños de unos son la pesadilla de otros.
Muy llamativo de esta sociedad es la manera con la que se obtiene provecho de los demás mediante una encubierta nueva forma de esclavitud en la que se puede observar que, lo mismo de esclavos son los que se aprovechan del resto de siervos a través de una absurda lucha, a veces tiránica y otras sangrienta, para conseguir poseer lo que nadie posee. Mientras sucede esa lucha hay otros que aún sacan más beneficio de ello además de fomentarla, en definitiva, todo está incardinado en una forma de esclavitud que rige el mundo y que consiste en quedar sujetos en su seno ante una forma de vida desprovista de las características más humanas que van siendo poco a poco mecanizadas para ocupar un lugar privilegiado en la escala de valores, proveyendo dicho lugar de sólo deseos materiales como si fuese una nueva sustancia.
Así, rodeada toda esa calamidad de una guerra continua entre la información y la desinformación perfectamente diseñada que, entraña otra cualidad más del hombre moderno, convirtiendolo en un pasivo observador que se alimenta de esa carnaza con la que siente la satisfacción que ilumina sus días.
Sin explorar el porqué, el hombre siempre tiende a caminar hacia el oeste o, sobre la superficie blanca de la nieve, bajo una espesa niebla a caminar describiendo un círculo por tener más fuerza en la pierna derecha si es diestro, asi mismo nos inclinamos sin oponer resistencia y tendemos a creer todo aquello que nos relatan como si fuese cierto sin serlo y, hacemos mitos de los hombres opacos y oscuros y a los seres de luz los abandonamos a su suerte. La observación de todo aquello que nos rodea y de lo que nos contiene como seres casi está mecanizada y convertida en un espejismo en el que parece que nos reflejamos y que, cuando se le presta atención ya ha desaparecido como una especie de fugaz maligno espíritu. Tras ello se esconde el empleo de la robótica como herramienta disuasoria de las emociones que provocan las verdaderas percepciones a lo largo de nuestros dias. Un invento más de la humanidad para ejercer el poder de unos sobre otros, capaz de solapar y tergiversar la verdadera realidad extendiéndola en un segundo plano, entendiéndose ésta como la que enmascara el primer plano que guarda la realidad que nos afecta y no alcanzamos a ver o, en otro caso, a comprender. Terrible es vivir como lo hemos hecho hasta ahora, buceando diariamente bajo una realidad inventada intentando descifrar los símbolos que la reprentan, trabajando para los demás y para aquellos que en nombre de la libertad se enriquecen oscenamente, convierten la belleza en otra mercancía más y arruinan la tierra haciendo política con ello.
Abandonamos nuestra intuición de la cual parten muchas certezas, incluso la verdad subversiva que le hace frente a la verdad ilusoria y, nos quedamos a cambio con las mentiras que nos sirven en bandejas de oro que son los cortafuegos de las revoluciones. No existen verdades absolutas en nuestro pensamiento pero, existen las que son capaces de cambiar nuestro destino para bien o para mal, según la elección que hagamos de ellas. Cada cual elige pero, a veces las alternativas están sujetas a una especie de catálogo en el que se relacionan las opciones disponibles que las sociedades, desde su pobre visión del mundo, ponen a disposición para la «libre» elección, de las que, en ocasiones, resulta algo así como ponerse a descifrar el Manuscrito Voynic.

Así, conocer el pasado implica ponerle riendas al futuro. El pasado más inmediato es el que hemos vivido, es la fuente de la sabiduría de cada ser. El más lejano es sólo una interpretación de quién, de alguna forma u otra, lo transcribió para que cruzase la barrera del tiempo. Pero, hay algo cierto en el mundo que desde un lejano tiempo, sin historia quizás y desde su existencia viene sucediendo; los árboles siguen orientándose y a su vez nos proporcionan tal sentido de orientación, lo hacen mostrando su cara más húmeda hacia el norte, algo ya casi olvidado para el hombre porque la tecnología suplantó tal sensibilidad. Ellos no escriben historia alguna, sólo existen y esparcen sus semillas como forma de supervivencia, filtran a través de sus hojas los rayos de sol, contienen la luz y el color, bajo su sabiduría siempre han dado cobijo a los pueblos y alojamiento a otros seres, no hacen historia, viven cada segundo de un tiempo que no les importa nada.

Debería haber grandes bosques alrededor de las cuidades capaces de absorber a toda esa inconsciente humanidad que pulula por el mundo en busca de alguna sensación que le abstraiga de su cotidianidad como si fuese una nueva diáspora, en los que corra el agua y puedan ver en ella reflejados sus rostros, donde el aire sea otro distinto al de todos los días. Y, así, entre ambas cosas, puedan purificar y dignificar su espíritu y por un momento ser ecúmene y alguien diferente a lo que la sociedad impone que sea. Sería el modo de abandonar para siempre los pensamientos y actos inocuos que las sociedades persiguen y reemplazarlo todo por la revolución que cada ser contiene dormida en su interior. No todos, vivimos en una civilización llena de seres vacíos que, encima de ser semejantes a un botijo seco desprecian a cualquier otro que sea distinto a ellos. Utilizan lo que saben para despreciar a los demás como un acto reflejo para no enfrentarse a ese vacío en el que están atrapados. Somos seres de luz porque vivimos de ella, del color que impregna todas las estaciones del año y la música que ello genera porque, el aire roza con todo y con nosotros que estamos ahí, con la luz que absorbemos, con las partículas que nos atraviesan y su sonido, en un acontecimiento sinestésico. Los seres de luz son aquellos que conservan la capacidad de observar, de ver cómo se filtra la luz entre las hojas y se derrama limpia sobre el suelo donde de nuevo comienzan a crecer los acantos, protegidos por el intenso aroma del arrayán. No es algo baladí, si no, otra de las grandes magnitudes que pueblan la tierra, oculta para aquellos seres que se esconden de todo en sus rincones oscuros pasando polvorientas páginas en busca de una razón que le de sentido a su pobre existencia.

Deberíamos imponernos parar por unos instantes; recorrer nuestras diminutas soledades, mirar al cielo e intentar contar cada una de las estrellas que lo pueblan en ese momento. En ese mismo acto dejar de mirar a uno mismo y sentirse parte del todo, de aquello que nos rodea mientras el tiempo se detiene y llena con tal magnitud los vacíos que los días han ido horadando bajo la piel. De eso trata la verdadera virtud de la humildad que no lleva implícita la sumisión. Entre unos y otros hemos construido un mundo en el que el sometimiento y el acatamiento de las reglas son el eje que pone límite a la libertad que queda enmarcada como una mera apariencia y que los integrados en el sistema acogen con una cortés obediencia, sólo para defender su posición o su estado social, importándole poco la huella de sus desechos que tras de si van dejando. Seguramente no tengan una clara imágen de si mismos y menos aún del mundo que les rodea y que, a la vez, les sustenta. Es la paradoja de la humanidad que se ama y desprecia al mismo tiempo.


Quaerendo venti by Ramón Sánchez.

Impresiones I

En nuestra cultura la admiración por todo aquello que forma parte del pasado, los vestigios de otras civilizaciones que quedan aún en pie y resisten al paso del tiempo, se ha convertido en un objeto más con el que obtener beneficios más que, considerarlo como restos vivos de una civilización o un baluarte tangible de la historia, un libro abierto donde en sus páginas quedó anclada la sabiduría de otros pueblos. Hemos conseguido transformar lo que generaciones han venerado en algo superfluo, en una mercancía sin sustancia, incluso, le hemos puesto precio a la belleza apoderandonos de todo lo que no nos pertenece para hacer con ello más provechosos nuestros beneficios materiales y, en algunos casos enriquecerse oscenamente con los bienes ajenos con el beneplácito de la mayoría silenciosa y obedientemente. Nadie entiende que, hasta nuestro propio pensamiento no nos pertenece, que nuestro pensamiento forma parte de ese enorme organismo que constituye la humanidad y que, aprovecharse de él para congregar fieles con los que lucrarse o adoctrinar a los pueblos para utilizarlos es otra de las actitudes más ruines que el ser humano enarbola bajo diferentes palios. Ante tal visión no es posible una rebelión.

La revolución que nos queda por hacer consiste en ensalzar la belleza en una diáspora que desprenda nuestras mezquindades y que vague y gire sin fin alrededor de nuestro universo, flotando sobre los aromas que desprende la tierra, los que inducen profundizar en el pensamiento.

La reflexión es enfrentarse a la duda mirando de frente a la realidad más próxima, la que nos rodea a diario, la que al mismo tiempo que la miramos se descompone en otra que es la que contiene nuestro espíritu, desgranar ambas estimula el pensamiento. En ese acto de cribar lo que nos rodea hasta acercarnos a lo esencial está la reflexión. En la duda que entraña, nos encontramos con una disyuntiva tras la percepción de ambas realidades con la cual surge la pregunta de si debíamos mantener su existencia o no y, a cambio, imponer lo que siempre hemos soñado, como si fuésemos seres de doble personalidad, la que ejerce el trabajo por la mañana sumida en un enloquecido devenir y la que sueña con lo que debería ser, lo que nos sitúa ante dos antagónicas realidades al mismo tiempo.
Pero, parece que no queda claro que la exclusión, la explotación y la pobreza e incluso la pérdida de dignidad que contiene la primera realidad es fruto de ella misma y que nos empeñamos en mantenerla y considerarla como la única existente, sin que dejemos darle alas a lo que nuestro espíritu contiene en esa segunda parte de nuestro ser.

Así surge el enfrentamiento entre el ser capitalista y el ser solidario que llevamos dentro, un enfrentamiento en el que la razón debería inclinarse hacia el desarrollo de las utopías. Podemos compararlo con las Araucarias, pues, nos inclinamos como ellas que lo hacen en el hemisferio norte hacia el sur y viceversa.
Nuestra civilización emana desde teorías ancladas en un mundo casi ancestral ya, parte desde dogmas capitalistas que tergiversan nuestro espíritu convirtiéndolo en un ser abominable capaz de dejar dormido a aquél otro ser solidario sin dejarle posibilidad de inclinarse hacia un distinto horizonte del que lo hace.

Nos hemos acostumbrado a reflexionar en términos económicos caracterizados por partir éstos de una ética y una moral sonrojante, pensamos con fríos cálculos sobre un camino que lleva hacia un destino inflexible marcado por una forma irreflexiva que permite asumir las diferentes creencias e ideologias creadas a propósito y que, indican la dirección a seguir como si no hubiese otro camino y, cuyo fin, es limitar las libertades incardinándolas en el sistema de oferta y demanda que abarca todo sin casi dejar espacio para salir de ahí,  en definitiva, una civilización que basa su credo en una economía extendida bajo el yugo del capitalismo, cruel por la indiferencia con la que trata a la humanidad que rige, a todos los bienes que posee la tierra, a sus vegetales y sus minerales, a sus seres vivientes. Quizás, cuando dejen de existir la ideologias y las creencias que forman parte del sistema masivo de doctrinas y dogmas, encontremos nuestra madurez, ya no necesitaremos ondear banderas en los balcones de los edificios y prescindiremos de los sentimientos patrios como símbolo de reconocimiento personal, nos acercaremos entonces a las ficciones literarias mezcladas de leyendas y tradiciones como las que Homero dejó. Sólo hay que ser pobre para darse cuenta de esto.

El ser maduro debe actuar de forma integra, honesta y respetuosa consigo mismo y con el resto de seres pero, su existencia es escasa dado que casi todo está bajo un tupido velo o, envasado tras el precinto de la manipulación que una parte de la humanidad ejerce, utilizando y tegiversando el comportamiento, las emociones y las relaciones con los demás para beneficio de esos pocos, añadiendo a todo ello la extendida creencia de que el origen del hombre está literalmente en la encina y en la roca de Hesiodo.

Entendemos la vida como un acto pero no podemos entenderla sin que éste no exista. A todo acontecimiento le precede un acto de la forma que sea y, si esto es así, al igual que el contrario de la noche es el día o de la vida es la muerte, también puede suceder un acontecimiento sin acto que le preceda, así también es el espíritu que nace en un preciso instante al que no alcanzamos a conocer porque, hemos perdido la relación con el cosmos, con las estrellas y las constelaciones, con los planetas, con el movimiento de las galaxias, ya nadie mira al cielo en la noche y si lo hace no puede adivinar que hay más allá de las luces que alumbran las calles. Así la humanidad va derrotándose así misma a medida que avanza observando sólo su propio ombligo, asumiendo como cierta la mentira y como inevitable la desdicha de los demás. Hemos construido una civilización normalizada y sujeta a un sueño difícil de mantener y, paradójicamente, sin nada que pueda quedar como vestigio de nuestro paso salvo montañas de ladrillos.

Todo lo hemos llenado de víctimas del mercado infectadas por la propaganda, en poco tiempo seremos huesos fosilizados cubiertos de una pátina de tinta indeleble y envueltos en un, para entonces, plástico ya gelatinoso revuelto entre amasijos de hierro, alambre y petrificados ladrillos de barro, sin el olor de los tilos ni de los arrayanes, tendidos en el lecho de un arroyo seco que alguna vez discurrió con agua fresca corriendo sobre el oro escondido entre la tierra. Sin los mirlos que saludan la fresca mañana de julio o, del momentáneo silencio que presagia el calor que resistirá el bosque a medio día. Quizás lo único que resistirá el tiempo serán nuestras voces y la música que en extrañas ondas surcarán el espacio rozando las estrellas, imitando la geometría de la naturaleza de donde partieron, portando a lomos de los vientos estelares las semillas del padre de todos los arrayanes del mundo, su profundo aroma que residió tras las murallas y las altas torres, el que expandió su aroma al unísono con el glayar de los vencejos que vuelan rápido para beberse cada segundo que contiene el aire, el que cuando sopló el viento a su favor, supo que era hora de partir.

En este camino hemos olvidado preservar los entornos y las maravillas del mundo de la codicia, hemos olvidado oler el aíre fresco, escuchar el agua correr. Caminar sin sendero donde pisar, andar como lo hicieron nuestros ancestros sólo sobre los cascajales en los que se saluda uno a uno a todos los guijarros que salen al encuentro, conocidos y no conocidos. A cambio hemos contaminado hasta la vista, instalando pasarelas, vallas, monolitos que enturbian los paisajes primigenios y, hemos vaciado las ciudades para darle cabida a las tribus depredadoras, a los enjabres de seres procedentes de una civilización sin linaje y de pensamiento homogéneo que se distribuyen por el mundo a través de pestilentes aeronaves que espantan las aves y que empobrecen el aire por el que navegan, transportando seres que mañana habrán olvidado todas las historias que les contaron y, después seguirán pensado qué hacer con la suya propia, si pactar o no con su propio diablo.

Ahora voy a desplegar las velas como enormes alas y sobre las espaldas cargaré la linyera, porque sé que es hora de partir, porque el viento sopla a mi favor, saldré en busca de los perfumes de la tierra, al cobijo de los árboles, de los nogales y los castaños centenarios para acompañarles cada día y cada noche al amparo de la bóveda que forma el cosmos sobre sus ramas. A raíz de este pensamiento decidimos ir a constatar la existencia de la leyenda que dice que sobre los filos del viento se puede caminar. Comprobamos que a veces el viento acaricia la tierra y mueve los pétalos de las flores que crecen entre los guijarros de lo más inhóspito de la tundra, por momentos azotada por fuertes rachas capaces de desnivelar nuestro paso alternando con suaves ráfagas que transportan olores milenarios, desconocidos para todos aquellos que, por una u otra circunstancia, perdieron el sentido de la orientación y dejaron, al mismo tiempo, de observar su entorno y de donde procede su alimento y menos aún profundizar en sus raíces e, incluso de observar y percibir sus propias entrañas para discernir sobre todo ello. Todos aquellos son gentes apartadas ya de la visión del cosmos y de la naturaleza que siempre fue de la mano acompañando a la humanidad, gentes que erigen templos a las mismas moscas que relató Neruda en su Canto General e hicieron y levantaron con ello una cultura de las moscas muy lejana a la Teogonía que traza la historia del mundo desde su creación, gentes que nunca supieron interpretar el significado de las palabras de Hesíodo a pesar de empuñar el estandarte de su sabiduría y publicar a los cuatro vientos el absurdo de su conocimiento que de nada les sirve porque son incapaces de aplicarlo a la cotidianidad de su vida.

En el seno de ésta civilización que ocupamos y que hemos construido a lo largo del tiempo, aún existe la verdadera autosuficiencia que sería la libertad en toda la extensión de la palabra porque, el ser libre no necesita nada de ésta civilización. Tan sólo necesita sumergirse en el ocio de la observación, en dejar que los olores de la naturaleza refresquen todos los sentidos y los pensamientos e, incluso, traigan otros nuevos como un soplo fresco en una tórrida tarde de verano cuando la canícula arrecia. Quizás no necesite saber nada más porque en ésta sociedad el conocimiento se ha convertido en un signo de distinción al igual que el cultivo de su opuesto que es la ignorancia. Ambas cuestiones sólo son una elevada sutil forma más de evadirse, de abstraerse del mundo que no nos gusta y, lo peor aún, de apartar hacia un lado nuestro verdadero ser para poner en su lugar a ese otro casi divino en la cúspide de la pirámide del universo. En esa tarea hemos olvidado una buena parte de las cosas esenciales para el hombre, dejando en su lugar una cómoda prisión sin vistas a más allá, sin olores ni fragancias que nos recuerden la tierra que pisamos.

Sin darnos cuenta hemos comenzado a escribir o más bien a redactar una nueva geografía sonora, es decir, de los sonidos del mundo, de la tierra, y para ello hemos dejado en la cúspide grabados el sonido de la cotidianidad, de la goma rodante sobre el asfalto y de las maletas rodantes, de las máquinas infernales escupiendo  hollín al aire que respiramos, del crepitar de las llamas en los infiernos, del golpear de la cama sobre la pared colindante, del rozar de los vasos, los platos y los cubiertos sobre la encimera o en el seno bajo el grifo. En última instancia hemos dejado el roce de las hojas en el otoño o cuando acompañan a las cigarras durante la canicula mientras una extraña brisa intenta callarlas, el sonido del oleaje y el buen augurio del fuego de San Telmo, todo ello enmarcado con divagaciones teológicas. Primero llegó Prometeo que era considerado como el titán protector de la civilización humana, luego San Miguel Arcangel que con una sola espada libró a la humanidad de los infiernos, seguramente, para lavar las conciencias ante el legado que vamos a transmitir que es un auténtico fracaso y un fiel reflejo de la realidad que hemos inventado. En la misma pirámide desde su cima hasta su base dejamos envasados sus correspondientes olores, incluso los que la belleza contiene, todo revuelto con las mercancías y los enseres, con lo superfluo y lo inútil, con la arrogancia y la vanidad, con el sentido doctrinal del ser egocéntrico mientras que, como otras veces dijimos; «aplaudido ello por la masa rítmicamente al compás de la Marcha Radetzky de Johann Strauss».
Con la música pasa algo igual. Existe la música que se escucha con el corazón y la que se escucha con la cabeza. Luego está aquello que se considera música y que manejan las corporaciones y la industria de la información para situarla en la cúspide de la pirámide que acompaña a todos aquellos enseres inertes colocados ahí también que, no son más que otro signo que refleja la decadencia de una civilización. Algo que no contiene ni mente ni corazón, sólo impulsos repetitivos capaces de manipular y orientar a los pueblos en alguna dirección concreta. De las dos primeras formas, la segunda es la que intenta descifrar cada acorde, cada nota y cada ritmo para, poco a poco, transmitirlo al corazón o reescribirla en otro sentido. La primera es la que emana de la naturaleza, del canto sinuoso de los ríos y de las caricias que las aves hacen al viento o a la brisa. La que surge desde los sueños, la que nos hace por un momento libres, la que guía la reflexión y asienta el pensamiento. Existen tonalidades que ascienden hacia el firmamento y nos llevan de la mano para explorar y abrir las puertas a las percepciones que suscita la visión del cosmos despertando también una inquietud por el orígen de todo, que profundizan al mismo tiempo en nuestras raíces y despiertan las actitudes dormidas por el paso del tiempo y el prometeico devenir cotidiano. Esto no es algo nuevo, ya pensábamos en ello cuando escuchábamos detenidamente el sonido de Pink Floyd, de King Crimson o de Tangerine Dream bajo la bóveda celeste de los cielos de verano en aquellas alturas, donde se podían contar las estrellas una a una y describir la nitidez del firmamento. Seguramente Pitágoras lo hizo numerosas veces y pudo desarrollar su teoría de que «el universo está gobernado según proporciones numéricas armoniosas» en sus relatos sobre «la armonía de la esferas». Ahora, entre la contaminación lumínica que impide ver con claridad el cosmos y este mundo tan docilmente confundido, parece imposible detenerse en esa cuestión. Pero, nosotros aún vemos estrellas que nacieron, quizás, antes de que existiese el tiempo, muchas de ellas ya no están y seguimos viéndolas, igual que algunas de ellas a nosotros, lo que, produce una gran sensación de soledad, pensar que mucho de lo que vemos ahora en el universo ya aconteció, se esfumó en otro tiempo desconocido, no lineal, quizás un tiempo tridimensional y, lo que acaba de suceder ahora mismo, quizás nunca lo veamos.

Visto así, el universo que conocemos es un símil de nuestros árboles genealógicos o viceversa y, el que no conocemos, seguramente resida estático, sin tiempo porque siempre estuvo ahí, en algún lugar desde donde abraza a todo el resto del cosmos para sostenerlo.
No hagas caso a esto, es pura fantasía, no soy astrónomo ni siquiera aficionado, sólo de vez en cuando miro al cielo. Durante años muchas noches han transcurrido explorando el cielo, contando las estrellas fugaces que lo surcaban a velocidades increíbles. A veces las chispas incandescentes de la pequeña hoguera, en su ascenso liviano hacia la noche, se confundían con los astros lejanos. Los autillos y las aves nocturnas ponían el eco a aquellos fugaces bólidos. Mas arriba, sobre los tres mil metros, el silencio tan sólo roto por la brisa que se incrusta entre las grietas de las rocas, impregnaba aquellos lugares del misterio que el hombre siempre ha intentado desvelar. Aún así, muchos han dedicado su vida a escribir panegíricos de si mismos o de las frivolidades y vanalidades que componen la vida de consumo, haciendo de ello épicos relatos que nunca servirán para cambiar el mundo pero, que con el tiempo formarán parte del resto de los incomprensibles vestigios que esta civilización va dejando a su paso.
Estamos asistiendo a una humanidad ontologicamente extraviada que diviniza y levanta altares a todo tipo de productos y enseres incluso a la ciencia más avanzada y al mismo tiempo deshonra a la naturaleza de donde provienen, como si todo tuviese su orígen divino en aquel bíblico maná que relata el libro del Éxodo.


Habenas in posterum by  Ramón Sánchez.

Murallas

Cada río tiene su propio lenguaje, su manera de expresarse, cada uno es reconocible por su sonido, por las vegas que riega, por su mansedumbre o su bravura, por su forma de moldear los riscos y por su olor. Aquí, cerca de este, habitan los naranjos, los granados, algún tejo, chopos, castaños de indias, saúcos, almeces, plátanos de sombra, acacias, avellanos, arces y laureles. Beben del agua que trajo desde el río del oro Muhammad I, sultán y fundador de la dinastía Nazarí que, habitó estas tierras atraído, quizás, por el brillo y la magia de sus aguas. Las almacenó en albercones donde crecieron los nenufares traídos desde Asia y, los rodeó de altas murallas y defensivas torres para resguardarlos de la codicia de algún otro sultán y, mantenerlos a salvo como si se tratasen de un tesoro. Desde esa fortaleza, construida sobre una colina roja extendida sobre la tierra como un lingote de oro, pudo oler el aroma que hasta allí llegaba y que desprenden, allá abajo, los tilos crecidos en las orillas arenosas del río. Pero, seguramente nunca tuvo en consideración que todo aquél paraiso era fruto de la generosidad del agua y del sudor de los esclavos, fruto de una errónea interpretación de lo que nos acontece, de lo que la Naturaleza pretende que traduzcamos, de lo que dejamos escrito a través de los textos a lo largo de los siglos, desde que aprendimos a expresarnos.

En las decoraciones caligráficas de escrituras cursivas y cúficas que cubrían muchas de las estancias que guardaban tras de si aquellos muros, se podía leer «sólo Dios es vencedor» lo cual se puede interpretar haciendo varias lecturas porque tal expresión, no sólo posee un sentido religioso si no, también, un sentido existencialista marcado por una realidad anterior al pensamiento o, un sentido que forma parte de otra visión cosmogónica teniendo en cuenta que, entre aquellas gentes había magníficos astrónomos y, quizás mejores pensadores que hoy en dia. Es vencedor en el sentido teológico porque gracias a su divinidad y la motivación que esas palabras suponían para las tropas, era posible conseguír la victoria bajo su protección y a la cabeza de los ejércitos pero, por otro lado diríamos que; «es vencedor» porque, es el causante en el sentido figurativo, es el organismo sujeto a la eternidad por las leyes de una quimica, una física y unas matemáticas desconocidas. Irremediablemente en nuestro universo todo siempre tiene un final y, en nuestro caso, esa causa final, sería nuestra propia muerte vinculada a esa figura de naturaleza extraordinaria, incognoscible, no teológica y que dicta las leyes, quizás metafísica por pertenecer a la causa primera de todo lo existente, de lo intangible y de todo aquello que desconocemos porque nos supera en el tiempo al que, no está sujeta. Por lo que respecta al universo que nos engloba, quién sabe de su fin o de su vencedor, tan sólo queda esperar que llegue la noche.

Aquellos muros, sus altas torres descansan sobre el sudor de aquellos que no tuvieron más fortuna que la de moldear las piedras, arrancarlas de la tierra y unirlas unas con otras con argamasa. El tiempo ha ido borrando la huella de sus padecimientos que quedaron a los pies de esas murallas pero no el olvido, expropiados, quizás, de su tierra y de su hacer cotidiano y dedicados sólo a la obediencia impuesta por el monarca como único sentido de sus vidas, no en vano, a cambio, quedó la belleza que con sus manos construyeron. Aún continúan regados por las mismas aguas de entonces, los arrayanes, los rosales y los castaños, a las que también acuden la Curruca, Petirrojos, Jilgueros y Mirlos cada mañana donde mojan sus plumas. Son las mismas aguas que brotan de sus fuentes, las que llenan las albercas donde nadan los lirios y las ninfas de agua ante la mirada de los sapos. Todo forma parte de la música que inspiró tal oasis.

A orillas de la corriente la brisa es la respiración del agua, la exhalación que mueve las hojas de los helechos y los culantrillos. Es un acto de la naturaleza, es una conjunción de la física y la química que nos hace orbitar entre un preeminente cálculo matemático, nuestra mirada y nuestra piel y, como cada acto que es, va precedido de un espíritu que nunca fue descrito y al que, sólo conocen aquellos que dejaron refrescar el sudor por la brisa atestada de húmedas particulas e ignotas fragancias, conocido también por los que toman su descanso a la sombra de los alisos, junto al agua que corre ligera pero sin prisa porque, ha de humedecer el resto de las raíces y brillar más que el oro para que los vencejos, con su vuelo rasante, planeen ligeros sobre ellas, es su inspiración y lo que les hace volar alto.

Al anochecer, cuando abres de par en par el balcón entra el olor de la noche, las fragancias que destilaron durante la mañana los tilos de verdes hojas nuevas recien florecidos y los rosales cercanos a las torres, donde florece la sinestesia del olor y el color. Son los aromas que desde un lejano tiempo inspiraron a las aves para levantar su vuelo. El único lugar del cosmos donde se abre la ventana en la que la cautiva soñaba con mojar sus pies en las cristalinas aguas que abajo corren, ligeras, como si tuviesen prisa para desenterrar el oro dormido en su lecho, ligeras como su murmullo que hace eco en los huecos donde parecen estrellarse los vencejos buscando los misterios que, allá, entre las piedras y la argamasa se esconden. Y, a la noche, todo ello se levanta en el aire impregnando cada partícula que contiene de ese olor que nunca pierde la memoria.

Cuando se filtran los primeros rayos de sol entre las ramas producen incandescencias en las hojas que roza, en los más cercanos a las murallas se refleja sobre el verde nuevo el dorado de sus muros y, abajo, en el remanso brillan los reflejos aéreos de las torres que se alzan a lo largo de su ribera y, quién dice que no es oro.

Al filo de las magnitudes orbitamos sin descanso mientras se sucede el día a la noche, en un confín inexplorado donde todo vibra en secuencias armónicas cuyo origen está en la eternidad que nos precede y que, se producen con el roce de los astros con el polvo estelar, concentrados en su propio ritmo que se desenvuelve en cadencias imperfectas, sin fin ni término conocido, suspendidas en ondas armónicas semejantes a las que exhalan los aromas de la tierra, al igual que la mezcla del olor de la rosa y el tilo estimulados por los brillos anaranjados de las murallas que los rodean.

Así van los días, entre «el verde del prado para la escritura y el negro de la reluciente rueda de plegaria» que diría Byung-Chul Han. El dorado de las torres y las murallas de la Sabika, las teclas negras y blancas que traducen los pensamientos sobre el enjambre de una partida de ajedrez en la que nunca se sabe quién ganará, si ellos o yo, aunque siempre suelen dominar las emociones ante la razón. Las armonías que dictan esas emociones cuyas ondas, viajan como un eco permanente por el espacio, van en busca de algún lugar donde hacerse eterno remolino y orbitar alrededor del universo al que el hombre dotó de mente, se van convirtiendo así en una tonalidad sin dueño y nunca escrita.

Tan solo los seres necesarios tienen oídos para esto. Por eso no dejes de brillar como una estrella. No debes entrar nunca en la Derinkuyu que Jenofonte menciona donde habitantes de Anatolia vivían bajo tierra y, pensar a cambio que, pasamos por la vida labrando y sembrando para un futuro, que en ese quehacer dejamos pasar los días más hermosos sin casi prestarle atención, debería ser el viaje a Ítaca de Kaváfis. Nunca pensamos que la vida es ese trayecto. Piensa «memento mori» recuerda que morirás. Piensa a cambio que olvidamos hacer las oportunas reverencias cuando caminamos bajo el amparo de los árboles que son seres que viven cada segundo de su existencia, motivados por los profundos aromas que desprende el arrayan a sus pies, los que filtran entre sus hojas las primeras luces del día, los que dan su desinteresada sombra a los acantos que, exuberantes, florecen cada primavera y pueblan el bosque.

Nos empeñamos en seguir sin dar la importancia que realmente tiene e ignorar todo aquello que la Naturaleza desinteresadamente da, con lo que construye el mundo por si misma sin que nuestras presencia sea necesaria para ella. Ello, con la creencia de nuesrro origen divino lo cual nos lleva a pensar que; «las personas son el valor más importante de nuestra organización» sin tener en cuenta que somos naturaleza, un organismo en simbiosis que, curiosamente, se convierte en depredador de si mismo. Nos desarrollamos aferrados a nuestra propia creación, a nuestro inane cosmos, que, entre otras cosas, consiste en la extracción de los bienes comunes de la naturaleza para convertirlos en bienes de consumo como resultado final y, a la vez, en armas para luchar contra nosotros mismos, ello no deja de ser una actitud ancestral pero extemporánea y, cuando disponemos de todo ese armamento y de todos esos bienes, llegamos a la conclusión de que eso es el estado de bienestar. Nunca nos hemos parado a pensar que, ésta, nuestra forma de actuar y de llevar la vida, ahora, podríamos considerarla errónea, siglos atrás puede que tuviese sentido al no conocer las limitaciones de nuestro planeta entonces, pero ahora, cobra otro sentido que va enlazado directamente con nuestro ser más profundo y con la arraigada creencia de nuestra posición casi divina en el universo. Mirarse a uno mismo y descubrir que lo que hemos entendido hasta ahora como esencial no lo es, es un acto del ser humilde, del ser pensante y de la razón que éste lleva en sí. En las sociedades de consumo donde nos desarrollamos, la importancia de la naturaleza y del espíritu que ésta contiene e impulsa a la persona/sujeto pasa a un plano inferior rebasado por unos bienes que sólo sirven para clasificar los diferentes estratos sociales sin darle ninguna importancia a la procedencia de los mismos lo cual, pone de relieve el declive que asiste a esta civilización de actitud egoísta como principal valor.

La naturaleza humana se va transformando con el paso del tiempo y a medida que nos distanciamos de la Naturaleza, de la idea de Heráclito sobre ella, de Physis. Las cualidades esenciales que nos distinguen, ahora, parecen estar poseídas por un espíritu que esgrime un velo lo suficientemente espeso como para no dejar ver nuestras sombras, esas que alguna vez hizo alusión Jung. Cuando, en nuestras soledades, corremos hacia un lado esa cortina y nos encontramos con ellas, preferimos seguir soñando con pertenecer a una jerarquía del universo que, realmente no existe pero, la inventamos y adoptamos haciendo de ello una realidad que nos convierte en seres cercanos a una divinidad subjetiva, inamovible incluso por la ralentización de las corriente oceánicas, una realidad lanzada desde los altavoces mediáticos que escupen los sistemas de propaganda desde la antigüedad hasta ahora y, de esa forma, sortear así el encuentro con nuestra verdad, esa que siempre anda escondida. Así, despojado nuestro espíritu de aquella naturaleza, también de la empatía que lo personifica, que nos ha caracterizado y que es el primer signo humano, nos lleva hacia una espuria versión humana en la que, seguimos firmemente las teorías de los filodoxos para hacer de ello nuestro camino y, peor aún, sin haber físicamente caminado nunca porque tras los pasos está el pensamiento.

Expandentes alas by Ramón Sánchez.

Recolección

Es fácil desde este cómodo mundo censurar a las sociedades en las que vivimos, en su conjunto divididas por las líneas que marcan el norte y el sur y, terrible es transcribir frases alentadoras o, motivadoras quizás, recortadas de los libros que los eruditos dejaron escritos y, con ellas, utilizarlas para lavarse la conciencia ante los demás mientras se vive silenciosamente acomodado bajo las normas que rigen esas múltiples sociedades, basadas en la ley de la oferta y la demanda, en el producto interior bruto de los países, en la vida de consumo, en el desorbitado y despiadado crecimiento y en el poder, en definitiva, por valores impuestos en ésta era capitalista muy distintos de los que encierra el espíritu humano puro que nunca fue deshonrado por la sinrazón. Quizás aquél espíritu emergería de nuevo si el ser humano saliese de este falaz sistema, del propio egoísmo que ambas partes encierran y, por otro lado, se enseñase a dudar. Las normas al igual que la justicia fueron hechas por unos cuantos cuatreros para defenderse y las hemos ido aceptando porque sin ello no sabriamos vivir de otra forma, lo cual nos lleva a la conclusión de que vivimos bajo unas reglas que esclavizan a los pueblos. Pero aún hay quienes escriben, hablan, pintan y dibujan, hacen y anotan la música, las delicias que hacen la vida y, todos lo hacen para el alma, si no fuese así no tendría sentido, ellos son los espíritus libres, los demás, seguramente seamos parte de los restos o, de las impurezas o las limaduras que quedaron atrapadas por alguna razón en algún lejano rincón de este mundo después de una gran hecatombe que aniquiló la hipotética civilización que nos precedió y que, desconocemos porque no quedaron vestigios de ella. Los que sobrevivimos a aquella catástrofe hemos quedado rodeados de los petulantes, de los que se creen superiores a los demás, de los imbéciles, de los radicales que acumulan la riqueza para sí, de los que nunca escucharon el «suzukaze» al que llaman los japoneses como sonido del viento cuando pasa entre las ramas de los árboles, rodeados de los que nunca se fijaron hacia donde se inclinan las Araucarias, de los que derribaron los árboles que marcaban el punto exacto donde se encontraban los lugares mágicos para levantar en su lugar, enormes templos dedicados a emergentes deidades o, monstruosas estatuas de bronce o cubiertas de oro que representan a los nuevos profetas de las ideologías. Y, así, el vacío se hace enorme al igual que la angostura.

Desde entonces se desenvuelve todo bajo los efectos narcóticos que produce la fiebre del oro, bajo valores extraídos de la chistera de algún perverso mago que, con ello creó nuevos infiernos en los que a sus puertas sigue custodiandolas una criatura semejante a Caronte que exige el óbolo necesario para adentrarse en tan inhóspito lugar al que, cada ser que habita este mundo, contribuye diligente y amablemente engrosando así la fortuna de aquél. Alejados de todo ese mundo, de esa imperiosa realidad que no deja lugar a otra.

Como otra muchas veces anduvimos recogiendo las ramas secas, esas que muchas noches señalaron los caminos estelares que a otros les sirvieron de guía en la noche. Recogimos del suelo, de entre los guijarros mezclados con la hojarasca, las ramas que contuvieron alguna vez la seroja atrapada entre sus nudos, tras el viento, tras la ventisca, las cargamos una a una sobre la espalda y, en el camino pudieron ellas mismas contemplar la frondosidad que alguna vez tuvieron, el frescor que ellas mismas guardaron entre sus hojas las tardes de verano. Escucharon el sonido del viento cuando pasa entre ellas. Después, en agradecimiento, nos dieron calor en aquella gélida noche, salieron en busca de la ingravidez que permanece desde siempre en el firmamento y, quedaron suspendidas en forma de pavesas entre los fanales que como chispas incandescentes pueblan el espacio.

Le pusimos alas al pensamiento junto con las pavesas y, a continuación, observamos su ascenso liviano, vimos como se adentraba entre las energias que separan cada una de las esferas que pueblan el cosmos y pudimos adivinar que, cada uno de esos intervalos comparte semejanzas con la música y la matemática, vimos que la distancia entre dos planetas o dos estrellas y dos numeros es la misma que entre dos notas cualquiera de las que se compone la música y, comprobamos que el sonido que emite el cosmos que, es el que producen los astros cuando rozan con el polvo estelar, aún no está anotado en las tonalidades que dan forma a la música, seguramente, ese sonido, se encuentre oculto en alguna distancia exacta entre alguno de los semitonos que forman parte de todas las tonalidades o, quizás en todas porque es el todo, incluso, oímos que dentro de ellas está el sonido que emite el tacto, aunque el nuestro ahora es una mera pulsación.

Más allá, llegué a mi propio infierno donde vi mis males y mis virtudes, donde mi débil espíritu manipulable se enfrenta al espíritu indomable que los hombres han creado para dominar su propia esclavitud, en vano siempre he intentado salir de ahí aplicando todo el conocimiento que encontré en el camino y que la humanidad extendió sobre la tierra mientras, en los ecos de esas vastedades subterráneas resonaban las palabras de Marco Aurelio que rebotaban una vez y otra entre las paredes hasta quedar sobre ellas inscritas en caligrafías cursivas y cúficas como salidas de la pluma de Ibn Zamrak en las que repetidamente e insistentemente decia; «Pronto habrás olvidado todo; Pronto todo te habrá olvidado a ti». Entonces pensé, con mi patria a cuestas, sin banderas de ninguna clase, sin nada que defender salvo a uno mismo, salir hacia un exilio siguiendo las palabras de Terry Eagleton: con «esperanza sin optimismo y con alegría sin autoengaño», imitando al espíritu superior que busca la soledad según Schopenhauer.

En ese camino encontré que nuestra dialéctica se ha convertido, en la mayoría de los casos, en un diálogo impreciso tras la interpretación de los diversos signos y emoticonos que nos rodean, fluyendo así una nueva cosmogonía, una nueva praxis que nos lleva a establecer un nuevo paradigma mientras que, una emergente y espuria inteligencia artificial toma el relevo a la humanidad y se integra en las economías, en las ideologías y hasta en las creencias de los pueblos para mercantilizarlos al precio más barato, sobrealimentando una crisis ambiental, de biodiversidad, social, de pensamiento sobre todo y relegando a un lado los valores inmanentes del ser humano. La creatividad y la experimentación es la base de todo conocimiento, sin ello vamos camino de convertirnos en otra clase de producto, a convertirnos en lo que podría llamar como «la enorme tristeza que embarga lo que nos hace ser humanos».

Desconectados de la verdadera realidad que contiene el todo, de la mente del universo que concibieron los filósofos herméticos y, sujetos a otra distinta realidad, humana también, pero, tan infecciosa que, adulterada y artificial se propaga en forma de bien de consumo dejándonos ciegos, de espaldas a los acuciantes cambios de nuestro entorno de los que somos cómplices, de nuestro medio y, hasta de nosotros mismos y de las futuras generaciones, situándonos frente a un camino marcado por quien sabe quién, quizás desde tiempos de Constantino, que se dirige hacia un destino marcado por un inmaduro y obsceno proceso de crecimiento que ha ido, pacientemente, generación tras generación, engarzandose en las profundidades de un modelo de vida en el que, la injerencia y la participación en ella de las ramas mas intolerantes, fanáticas y sectarias de las religiones y las ideologías que se asientan en las sociedades, más, la desidia humana, cambian la idiosincrasia y el destino de la humanidad, sumándose a esta enorme ola las doctrinas que encierran la vida de consumo capaces de convertir todo lo innecesario en necesario, empeñandose en cambiar forzosamente el destino del hombre siguiendo el viejo error de considerarse como ser superior.

La órbita de los astros y sus giros pertenecen al génesis de una vida superior nacida de una inteligencia que nos es desconocida y que puede que no lleguemos a comprender nunca, pero, en su esencia, esa armonía entre órbitas y giros son también un acto propio de la vida al que estamos sujetos, por lo tanto, poseen un espíritu cosmogónico aunque, desconocido. Sargón, Zecharia Sitchin, los Neter y los que sueñan ver de nuevo a Nibiru, son los que conocen de todo eso, nosotros ya lo hemos olvidado y los que nos antecederan nunca lo tendrán en cuenta. Hay una razón que impide sea esto de otra forma porque, hay quienes se empeñan en desviar el destino del hombre desde su condición de seres superiores, son los mismos que mezclan la teología con la filosofía, los que deifican la mente del todo y las fuerzas del universo aún desconociendo las leyes que rigen el origen de la naturaleza y que nuestra ciencia sigue buscando. Por eso erigen toda clase de templos desde donde se desprenden aromáticos perfumes de incienso, mirra, miel, vino, ciprés, uvas frescas, azafrán, enebro, cardamomo e incienso, de tan poderosas fragancias que cualquiera que se deje cautivar por ellas se olvida tanto de sí mismo que, cuando se despierta y se alcanza de nuevo ya será otro. En ese camino vamos perdiendo la sensibilidad que nos hace ser y, vamos adquiriendo otra distinta dominada por la que el sistema considera adecuada para permanecer en él, claro, partiendo de la base de que, la realidad es todo lo que es sensible a nuestros sentidos. No es muy difícil entender que cualquier sistema es capaz de crear todo aquello que pueda producir satisfacción ofreciendo para ello «bienes» ilusorios lo suficientemente atractivos para que el sujeto se deje cautivar y desarrolle una sensibilidad hacia ellos, creándose así otra realidad más fácil de manipular.

Habitáculo by Ramón Sánchez

Desapercibidos.

Nos pasa desapercibido el olor de la tierra salpicada de verdes, de oasis rocosos tapizados de musgos que filtran el agua hacia sonoros universos subterráneos, se nos pasa ver las sombras de los valles que dan forma a las inmensas lomas donde suenan las pisadas del ganado sobre los guijarros, se nos pasa fijar la vista en el azul tan sólo roto por las caligrafías que pintan las ramas. Se nos pasa contemplar el horizonte roto por las siluetas de las cumbres y adornado por el ascenso de las águilas suspendidas en corrientes que sólo ellas conocen. Se nos pasan las palabras esenciales. Se nos pasa escuchar el río y traducir aquello que sus aguas dicen. Se nos pasa observar cómo nacen las nuevas hojas desde la desnudez que dejó un invierno más. Se nos pasa escribir en el aire las letras arbóreas, las que nos sobreviven antes de que aprendiésemos a pensar.

La quintaesencia también radica en las enormes dimensiones que contienen las moles pétreas que dan forma a la tierra, que se alzan ante la sabiduría de los gigantes dendriformes que, como un ejercito, se agolpan acampados en masa a los pies de las cordilleras, en los rincones etéreos que dan sentido a todo lo que no lo tiene, a todo aquello que, escondido en la memoria, la carcoma, en forma de conocimiento social perfora. Decía Schopenhauer; «nuestro mundo no es más que una de las innumerables esferas que pueblan el espacio infinito y sobre el que se mueve una capa mohosa de seres que viven y conocen». Pero aún quedan vestigios de nuestra relación con la tierra que nada tienen que ver con los desproporcionados nexos que ahora nos sujetan a ella.

Somos el hombre árbol, un ideograma que representa la analogía con los árboles que nos acompañan, que muestran su belleza y su silencio tan solo roto cuando el viento o la brisa pasa entre sus ramas o entre sus hojas, silencio que es semejante al nuestro cuando callamos y decimos con él, es la belleza. Desde su afonía escriben versos con sus raíces aéreas sobre el horizonte describiendo el equilibrio que nos une desde donde un día partimos. En su inamovible antiguo mundo derraman sombras y luces sobre la tierra y, marcan el rumbo de los senderos en la noche y en el día mucho antes de que el hombre erigiese templos orientados a los puntos cardinales para sentirse amparados, todos esos árboles señalan el camino para llegar a las puertas estelares de Zogoth y a las ciudades escondidas que el tiempo sepultó, y sobrevivieron junto a respetuosas civilizaciones con las que engendraron sus hijos para extenderse y crear las selvas que hoy el hombre moderno esquilma. Siempre han vivido acostumbrados a la niebla y al frio, al sol desgarrador cuando llega, a ser refugio de otros, madriguera de los sueños y a no rendirse, a dar cobijo al pensamiento y a no obedecer. Su savia creó el mundo y de hierba que fueron, se transformaron en la insignia de la tierra, en el calor y la sombra y, son los poseedores del concepto de que no hay un mundo mejor, ni un mundo distinto, de que sólo existe un mundo que el hombre ocultó edificando sobre él templos, monolitos de granito con impresas escrituras misteriosas, enigmáticas y tapizadas de joyas y aceites y, elevó toda clase de estructuras megalíticas y teorías increibles que trascienden al reino de la naturaleza.

Su identidad está forjada por la firmeza de sus raíces, por la fortaleza de sus primeros brotes que al aire desafían a los vientos y se abren cada mañana buscando la primera luz, son ramas mirando al cielo y raíces recorriendo la tierra. Son quienes carecen de la ilusión como arma preciada para combatir la angostura con la que llegan algunos días porque, sus días son sólo uno, ese uno, es el tiempo, un único espacio que habita y que lo contiene todo. Son quienes esparcen sus siluetas al trasluz y quedan inmóviles ante la visión más hermosa de las estrellas que componen las galaxias cercanas a la antigua puerta del mundo.
En ese espacio, a sus pies está tendido un manto de historia, de misterios y enigmas que el tiempo ha ido dejando oculto, porque así es el tiempo, así son sus días.
Un espacio donde se alterna la calma y la tormenta como las de los hombres que los admiran porque, los otros sólo son eso, los que sólo componen la parte banal de la humanidad.

Ante esa trivialidad, a veces quisiera ser una roca asida a una gran atalaya, observando desde ahí las nubes, dejando pasar la belleza hasta las entrañas de las grietas donde, la nieve del invierno se incrusta, donde los sonidos vocales de las aves anidan, donde resuenan cuando se derraman las aguas valle abajo y, contemplar desde ahí hasta los paisajes de Nashtifan con sus molinos milenarios de madera y caña y, allá, dejar que cada noche cada una de las estrellas del firmamento aterricen sobre mi cabeza. Y, así, permanecer en equilibrio mientras las ventoleras giran alrededor silbando con insistencia los cantos que una vez rodearon el Zigurat de Ur cuando Nanna, hijo de Enlil dios del viento y el cielo, sostuvo que no los habia más antiguos en la tierra salvo, los vientos que aprendieron a serlo cuando el génesis del cosmos aún no existía.
Ahora, en la tierra, desde aquella roca se divisan los palacios y las casas nazaríes de la Alhambra, los árboles desnudos que dejan ver sus altas torres y sus fachadas, incluso hasta allá, llega el perfume del arrayan humedecido por las aguas del Darro aún plagado de los destellos del oro sumergido bajo sus aguas. Hasta allá llega el olor de antiguos perfumes que se derraman desde las ventanas de la Torre de los Picos, de la Torre del Cadí, de la Torre de la Cautiva, de la Torre de las Infantas, de la Torre del Cabo de la Carrera y hasta de la Torre del Agua, rodeadas del olor de las huertas, de los frutales, del barro de los senderos y el polvo ocre de los caminos que otros anduvieron, los mismos que dejaron tales vestigios como prueba de su existencia o, como demostración de poseer la eternidad, el conocimiento de su alma y la osadía de pertenecer a otra dimensión donde, el saber no sólo está en el conocimiento de todas las artes que el hombre ha ido creando hasta hoy, si no, en comprender lo que concierne al cultivo o no de la empatía, a la compresión de los estados animicos, a la hermenéutica, las actitudes y virtudes metafísicas que caracterizan a cada individuo, en la sana y fructífera relación con los semejantes incluso con la Naturaleza, en la afectividad que nos impulsa a ser, todo lo cual, tiene su sentido y su finalidad, mientras que, el sólo saber carente de ese conocimiento es una disciplina más como tantas que, sólo otorga a quién la posee una pérfida posición social y una contribución más a la áspera humanidad que tiene su origen en tal vaga actitud. Los que sostienen esto son los mismos que compran personas para amarlas, para llenar su vacía existencia y sus carencias. Son los que sólo escriben versos de amor carnal para satisfacerse a si mismos, los olvidados de sí y, por ende, su creatividad y fantasía se resumen a citar todo aquello que bajo los efluvios de alguna clase de narcótico quedó grabado en su memoria durante el transcurso de sus días. Realmente vivimos en sociedades narcotizadas poderosamente por una manipulación sin precedentes, siempre, de alguna forma la hubo, pero, no tan voraz como en estos tiempos.

A la vista está que el ser humano viene evolucionando en un sentido opuesto al que por naturaleza debía ser, es decir, vamos adentrándonos en un mundo artificial, humano porque proviene de nuestras acciones, pero, por otro lado inhumano porque en ese trayecto olvidamos nuestra raíz y nos situamos distantes y ante un punto de partida que no guarda analogía ni relación alguna con nuestros orígenes. Nuestra época es radicalmente bien distinta a las otras anteriores lógicamente, no en el plano humano y en lo relativo a la búsqueda de la identidad que nos caracteriza, de la verdad que nos salve de todo y de nuestra posición en el universo, esa búsqueda es algo inherente y no ha cambiado. En la era del capitalismo los valores que rigen nuestra búsqueda son distintos, impuestos por una forma de vida nacida en un espacio de tiempo muy corto e, introducidos en las sociedades por un sistema cada vez más lejano y apartado de la Naturaleza, ocultando con una especie de conjuro aquellos otros valores que daban sentido a la vida, ahora basados en un banal atractivo que nos conduce a buscarlos en la superficie que lleva en si el consumo y lo que éste implica y genera. Las cosas que ya nos atraen son distintas, nadie piensa ahora como entonces lo hizo Sócrates cuando aludía a que, «el conocimiento y autodominio habrían de permitir restaurar la relación entre el ser humano y la naturaleza». Si hablamos del conocimiento de todo lo que nos rodea, nos afecta y, por lo tanto, condiciona nuestros actos, nos encontramos ante la posibilidad de conocernos mejor y, así determinar si nuestra actitud encaja dentro de las reglas que rigen la justicia y el bien. Pero, nadie desde nuestra aséptica vida se atrevería a enjuiciar de nuevo lo que antes no era justo y ahora si o, viceversa, y menos aún evidenciar lo que el bien antes era considerado o los argumentos con que ahora el bien se sostiene, porque, no existe bien sin justicia, cada ojo mira de forma diferente y, más aún ante los nuevos símbolos que desplazan al sol, a la luna, al fuego, al agua, al vuelo de las aves y que, con una vaporosa ignominia consigue que desobedezcamos las reglas por las que los hombres han venerado la naturaleza, apartando a un lado la gratitud que es la forma de expresar nuestro bien hacer y estar después de pensar. Ahí termina el conocimiento y comienza la creencia.

Mientras la razón nos asista de nuevo, volveremos a uno de nuestros actos más antiguos; percutir los troncos huecos de los árboles y dejar que su eco se vaya diluyendo lentamente en el espacio, aguardando con los ojos cerrados para abrirlos cuando el eco haya desaparecido y, volver al golpear para que resuene otra vez más, y, así convertido ya en un latido más de la tierra, oirás que se aleja entre las hojas de los árboles, entre la brisa que rodea la luna, al compás de las ascuas que iluminan la noche y ascienden cabalgando tras el sonido hasta llegar a la ciudad de Uruk, hasta mezclarse con las aguas del Éufrates tras iluminar con sus destellos la Anatolia. A partir de ahí se fue construyendo la historia del mundo y los Poemas de Gilgamesh sin aún invasiones ni ruptura cultural. Escuchar esos ecos que se confunden con antiquísimas explosiones de lejanas estrellas pertenece a una extraña maravilla que, el tiempo acompañado de nuestro absurdo cotidiano quehacer, ha ido sepultando bajo el estruendo de los tambores de guerra y de la sin razón, por la invasión de los estados para construir otros en su lugar y hacerlos rebosar de incomprensibles signos y templos de consumo donde albergar decenas de miles de objetos que son el espejo donde se refleja nuestra realidad, el espacio donde brillan las virtudes más pobres de lo humano, donde adorar a los dioses para encontrar en ello la gloria, la inmortalidad y derrumbar a Humbaba. Antes de que todo esto siga ocurriendo deberíamos «viajar como hizo Gilgamesh a través de la oscuridad, por donde el Sol viaja cada noche y justo antes de que el Sol se lo encuentre, llegar al final. La tierra al final del túnel es un lugar maravilloso, lleno de árboles cuyas hojas son joyas»

Latidos by Ramón Sánchez.

En los yelmos

En ese espacio caminé sobre las hojas, recorriendo una distancia mullida pero imprecisa por sus diferentes tonalidades, a veces sobre el agua que corre entre los intersticios sonoros que forman su manto vegetal, sin pausa ni tregua alguna porque todo ello procede de algún otro orbe lejano y merece esa pulcritud y, caminé en una tierra en la que ella misma marcó hace ya sus límites entre la aspereza y la dulzura y que solo rebasa cuando la afrentamos. Tal ofensa ocurre porque puede ser que nunca adquirimos el conocimiento suficiente para entender que formamos parte del conjunto de todo lo existente, mas hay quienes se aferran a su ególatra existencia como alimento para sustentarse, sujetos a un sórdido discurso aprendido como un mantra que se repite y repite, son los usurpadores de la memoria colectiva que hacen suyo el pensamiento del que es la humanidad su única propietaria porque, el pensamiento surge de la macrocélula que compone lo humano y de la que todos formamos parte en un sólo conjunto que hace que, esa inteligencia, sea un bien común y una virtud humana, intangible, universal y a la vez única por ser sólo una compacta estructura, por eso, mi pensamiento no es mio porque forma parte de un mismo esqueleto. Así que, es ruin alimentar el ego como forma de dominación sobre los demás y, al mismo tiempo, de uno mismo, pretendiendo con la primera forma exaltar las cualidades y virtudes propias que uno cree tener imponiéndolas sobre las de los demás con la esperanza de ser único. En el fondo no es más que una forma más de abrirle espacio a esa presunción y dejar que domine haciéndose dueña de nuestro ser.

Los años te hacen ser extraño, a no entender porqué socializar si en ese proceso de aprendizaje no existe ningún elemento que añadir para integrar en la personalidad, ni influencia alguna que evite interponer muros alrededor de una sociocultura hecha de superfluas necesidades y banalidades, manipulada emocional y tecnológicamente, donde todo es envasado como otro mero objeto de consumo que en sí mismo nos transporta hacia un entorno perversamente subyugante e inhabitable, sobretodo para aquellos que son conscientes de ello o para quienes la vida transcurre sumerjida en la pobreza. En la reflexión que nos dejó Pericles a través de Tucídides en su discurso fúnebre tras la guerra de Atenas y Esparta, hace énfasis del valor y la libertad, ahora es posible darle otra lectura transcurrido el tiempo y darle un sentido más próximo a la sociedad actual, por lo que, desde otra visión queda reflejado de alguna manera el anterior relato y, dice así «Para un hombre que se precia a sí mismo, en efecto, padecer cobardemente la dominación es más penoso que, casi sin darse cuenta, morir animosamente y compartiendo una esperanza».

Mientras la vida se disuelve entre todos esos menesteres y los nuevos poetas buscan versos entre los entresijos del mundo, supimos que las nubes no son algo inofensivo, que no son endriagos dibujados en páginas azules de libros antiguos porque, anduvimos ligero delante de ellas, a veces sujetos a las plumas de las rapaces que, veloces, también surcaban el viento que les precedía mientras los truenos luchaban por tocar la tierra entre los ecos lejanos desde donde un día partieron, al inicio del mundo.
Siempre ellas han sabido del poder de su belleza y, carentes de egolatría alguna, la extendieron sobre la tierra sin panegírico alguno y sin pedir nada a cambio, sólo para que imaginásemos mirando al cielo. Son aire y viento, agua, sombras y luces, son la marmita donde los seres que las contemplan guardan sus deseos, son páginas escritas por la tierra, el refugio de los visionarios que de ellos es todo esto, magnitudes que parecen descansar e,  ingrávidas derraman y absorben las energias que componen el mundo.

Para conocer, (no en el sentido científico) y, apreciar la naturaleza no sólo hay que observarla, admirarla, olerla y oirla o, pasear bajo su protección, sino también percibirla sumergiendose en la intensidad que contiene sus embestidas que, forman ventiscas, lugares inhóspitos para la comodidad, los gélidos copos que traspasan la piel, la marmita de agua congelada, el viento desconsolado que busca abrir las cremalleras, las manos inservibles. Una vez dentro de ello, irremediablemente, se estimula nuestro antiguo espíritu de supervivencia, hoy tan oculto y frenado por nuestro desafortunado diálogo con la máquina. Allí, prevalece el verdadero sentir que proporciona la libertad y que deja apartado a un lado uno de los ejes de la filosofía que es la justicia poniendose en su lugar, al mismo tiempo queda anotada una página más en un diario icomprensible para otros donde dice; «Allá no existe la justicia que los hombres crearon para defenderse de si mismos. Solo existe el tiempo que derrumba y construye atalayas de roca y las enormes soledades con las que combatir las nuestras».

En esos yermos congelados, el viento, en su soplar acarrea consigo las palabras más antiguas; el si y el no, tan simples, tan lejanas y equidistantes al mismo tiempo, palabras con el poder de transportarnos hacia cualquier destino que nunca hubiésemos imaginado. Así mismo, capaces de inferir sobre nuestros actos y juzgarlos, abrir huecos, marcar distancias y lapsos, descansos y treguas, intervalos de tiempo ante las encrucijadas, así como, la elección de nuestro dulce o no paso por esta vida. Pero la pobre educación y cultura a la que hoy asistimos sólo da lugar a la obediencia y deja sin un espacio posible para la afirmación o negación que contienen aquellos adverbios, desapareciendo así la disyuntiva que nos hace pensar y reflexionar sobre lo trascendente del verdadero lugar que ocupamos en esta vida que transcurre cabalgando en un universo que nos acoge a velocidad inimaginable. De esta manera nos sumergimos en una vorágine en la que el viento sólo sopla en una sola dirección haciendo imposible cualquier decisión contraria. Pero, también hay que tener en cuenta que, el viento trae consigo el olvido, mientras que nos sacude con su furia desintegra en un lapso la memoria dejando un único pensamiento en el que el mundo interior y el exterior es el mismo, ensalzando a la vez el espíritu de supervivencia como un único destino. Ese viento no es el que suena entre las rendijas de las ventanas y que vemos en las películas o, el que nos arremete tras doblar una esquina de la calle, es el de la naturaleza viva, el que hace inhóspitas las tundras más hermosas, el que ruge porque así lo quiso, el que transporta a sus espaldas el tiempo y es capaz en un instante de detenerlo contigo en su interior. Es solo para los elegidos y para los visionarios, para el resto, es sólo eso, viento. Es la enorme magnitud que recorre palmo a palmo la tierra, que conoce todos sus rincones porque le atrae el silbido que resuena cuando se incrusta entre las grietas de las rocas, porque es otro dios que inventaron los hombres para rendirle pleitesía y calmar su furia

En su devenir existe un peligro y, es que, a fuerza de su prolongado rozar la piel se vuelve dura hasta llegar al corazón.  Entonces te vuelves el protagonista de un naufragio y comienzas a nadar sobre una enorme balsa, sobre un vasto océano, sin tierra a la vista, buscando agarrarte a los maderos que flotan sobre las aguas con la creencia de que te mantendrán a flote hasta encontrar una isla donde arribar. Pero, solo es una creencia, no hay isla alguna y el océano engulle todas las dudas sin dejar lugar a determinación alguna. Sin más conocimiento la creencia sobrevive, se hace misterio y, no es que sea más fácil creer que pensar, ambas cuestiones son como el «si» y el «no», sólo son viento que nos arrulla, sólo son hipótesis sobre el mundo que venimos construyendo, sólo son nuestro distante reflejo entre los demás. Sólo es un espacio inconcluso y ambiguo porque no sabemos nada del origen ni del final y nos mostramos por ello arrogantes. Sólo es una forma de dar sentido afirmativo o negativo a cuanto hacemos y acontece desde un punto de vista socialmente común sin tener en cuenta que pueda existir otro prisma en un modelo de sociedad distinta.

De camino by Ramón Sánchez

Otra observación.

[[ Sin origen: es una sensación que puede invadirte en un momento dado, puede ser sólo una onda sonora que navega en dirección hacia nuestra eterna búsqueda entre lo imposible tras examinar lo que el tiempo ya ocultó para siempre, sin dejar vestigio alguno, es nuestra osadía en un día cualquiera.

[ https://youtu.be/-ayTNkA4hV8?si=9AXaAyN3Lr6qCgwm ]]

Se acaba la mañana de sol de un gélido día de invierno, en ese instante fue un cálido refugio donde encontrar el recuerdo de una buena vida y, después, trás su paso, después de esconderse el sol detrás de los muros de los edificios, fue rehaciendose de nuevo el invierno para hacerse fuerte hasta dejar desnudos los tilos, de ramas negruzcas, dormidas e inertes, acostumbradas ya a esa desnudez, al igual que la que produce la excluyente forma que tiene de gobernar la humanidad, bajo las pautas de un mundo creado sin control en el que se hace desaparecer hasta las pasiones y, en ese devenir sólo nos queda buscar el abrigo y una sopa caliente, la calidez de un abrazo o solamente la motivadora candidez de una sola palabra. Mientras tanto, en ese trance, a medida que el sol se levanta, traza en el aire vaporosas nubes que desde la tierra ascienden desvaneciendose a medida que se alejan de ella, es su aliento, el aire inspirado, la respiración de la tierra, nuestro alimento deshonrado por la peor ignorancia que es la negación de saber lo que es, convertida hoy en una pasión y en un estandarte, en un signo más que define a una ciega civilización o, quizás otra pasiva y cómoda forma de entender el mundo que nos contiene, fruto de revoluciones apagadas por el interés de otros. Más allá, el resultado de una aparente comodidad que acoge en su malvada inocencia a los ingenuos pueblos.

Algunas veces, dejar penetrar en la piel esa calidez que entrega ese sol en la mañana de invierno resulta reconfortante, pero, cuando ocurre diariamente mientras duran esos fríos invernales, cuando muchos días debía estar oculto su calor por los rigores de la estación, se produce una desconcertante sensación para quienes sabemos que no debería ser así, no así para las nuevas generaciones que no han conocido otra cosa, para las que, tal hecho, entra dentro de su cotidiana normalidad que, no es inventada por ellos, si no el fruto de todas aquellas ciegas aptitudes que, han ido a esa «normalidad», dando forma partiendo desde creencias e ideologías en las que nunca fueron incluidos conceptos que tengan en cuenta lo limitado de los recursos naturales, la fragilidad de la biodiversidad, la escasez que produce la sobreesplotación de los bienes comunes y la fragilidad humana y, menos aún, que contenga referencias acerca de la suplantación de todo lo que alberga el espíritu humano por banalidades creadas para diluirlo entre destellos deslumbrantes, capaces de disuadir al individuo de ejercer su propia voluntad con plena libertad y al margen de los sistemas masivos de creencias. Esa normalidad deja al lado del olvido las enseñanzas que la ética, la filosofía y las humanidades que en general contienen junto con sus esencias puras sin tegiversaciones que guarden en si, disciplinas que para el mundo de la economía dominante no es de interés alguno porque de lo contrario jugarían en su contra. Y así, basado en esto se va construyendo un endiablado entramado semejante al «Erdstall» que como escondite oculto recorre los inframundos para no ver la luz que desprende lo hierático que da forma al espacio que gobierna todo, donde nace la gravedad que nos sujeta a la tierra.

En Göbekli Tepe se dice fue donde pudo nacer «la conciencia de lo sagrado», la nuestra, la de ésta civilización no tiene en cuenta nada de lo que se pueda considerar sagrado en ninguno de los sentidos, sólo el desmedido consumo puede estar incardinado en ello, manifestándose éste de forma violenta y corrosiva, consiguiendo mover a las gentes de un lado a otro del mundo sin sentido, convertidos en meros observadores seducidos por el sonido del rodar de las maletas y el de los cajeros automáticos, multitudes dirigidas por las agencias para masificar los santuarios donde se guarda la magia milenaria que los druidas de otros tiempos fueron guardando pacientemente, gentes convertidas en auténticas hordas ávidas de un gozo superfluo, desarraigadas de aquellas raíces que alimentaron el mundo cuando aún no existían nefastas creencias y los bosques cubrían la tierra, todo a cambiado desde entonces, mientras tanto, siguen las campanas de las iglesias repiqueteando llamando la atención o a sus fieles como cada domingo. Y, las nubes, pasajeras, con su agua contenida para vaciarla quién sabe donde, pasan, mientras la tierra se va secando bajo su paso y, entre medias se filtran los rayos de sol de la última hora de la tarde al mismo instante que asciende el olor a café que desprenden los locales cercanos, salpicados en su interior de sus gentes que conversan en una pasmosa armonía, y, al lado la paciente cola de la oficina de correos desde la que tras sus cristaleras se ve pasar el autobús con todas sus luces ya encendidas, mientras que, poco a poco, los luminosos de los comercios se van encendiendo y las planchas de los bares van tomando calor con el que se desprede el aceite pegado del mediodía, afuera comienzan a formarse largas colas de automóviles que van y viene en ese cosmos, bajo los árboles en fila, de hoja peremne, que adornan las aceras y que impiden el paso de los rayos de sol a los edificios colindantes cuando llega el invierno, una absoluta normalidad difícil de cambiar, arraigada a una conciencia que permite saber de nuestra existencia en esos instantes y que, tras esos estímulos, dan a luz una realidad común que mira hacía el lado opuesto de donde reside nuestra complejidad y, desde luego, todo ello de ninguna forma es parte del comienzo de una revolución.

Existe aún una parte importante en nuestras civilizaciones que carece de una visión del futuro que se avecina o, más bien, de una ceguera que produce una falta de previsión para combatirlo, lo que conlleva la imposibilidad de adoptar las actitudes necesarias para cambiar ese destino, pero, es que, tampoco existe una visión clara del presente que vivimos y, cualquier cosa que salga de la impuesta normalidad se considera catastrófico sin pensar que, lo verdaderamente catastrófico, es la actualidad en la que se desenvuelve nuestra vida tignada de manipulaciones y desinformaciones. La mayor parte de los que gobiernan aún continúan anclados a los flujos que marcan las excluyentes economías globales e inmersos en la misma cotidiana costumbre de vivir que el resto. Pero, en el mismo mundo, aún sobreviven los seres que nunca quisieron tener nombre, que tejen conciencias formando redes en las que atrapan el sentido común, la ciencia y el espíritu humano, que alumbran la esperanza, que brillan como tú lo haces. Debíamos cambiar todos esos pensamientos positivos que circulan por todos sitios como mantras por una verdadera justicia social, porque de nada le sirven a la pobreza, porque está excluida de ellos y porque su esperanza se hunde cada día que amanece como la condena de las Danaides en el Averno bajo la mirada del resto de la sociedad que, asiste como espectador, ante una disparatada obra de teatro. Y esto ocurre cuando las opciones disponibles para salir de ahí están sujetas a los intereses de quienes ejercen los poderes, los que mantienen la ignorancia como arma para someter a los pueblos y, los que crean tal estado de confort que impide que germine cualquier revolución a pesar de tener el conocimiento de que ello ocurre.
Lo peor de todo esto es la forma insensata de actuar de manera codiciosa y ambiciosa con la que buena parte del mundo se mueve, aprovechándose de los recursos como si fuesen sólo suyos.
Y por si fuese poco, para eludir todo aquello que debería afectarnos y hacernos reflexionar sobre lo que quedó atrás sin vivirlo, creamos la sociedad de la inmediatez en la que lo inmediato es algo superfluo que, erróneamente, nos hace tener los pies en una tierra que no es nuestra, sucediendo las cosas a tal velocidad que es imposible contemplar nuestro alrededor, ni tan siquiera desgajar las percepciones en emociones, creando así las condiciones óptimas para no pensar en nada y, menos aún en más allá.

Es posible que donde las luces son algo más que un mero haz, algo más que un conjunto de partículas, se convierta en otra comovedora página de nuestra vida, marcada por el olor y el color que desprenden los reflejos púrpuras de una tarde, cuando asoman los primeros astros que son la guía de lo que un día soñamos, y, la hierba se tumbe con el roce de nuestra respiración, en ese preciso instante somos tierra, raíces que escriben con caligrafías aéreas versos en el aire que respiran las nubes, agua pura llena de destellos, es el momento en que se vuelven livianas las asperezas de la vida y todo cobra sentido como al principio de las cosas.

No hace falta establecer un nuevo orden a este presente sin fuerzas, si no más bien, recuperar todo aquello que la civilización que se hizo pudiente, la que le puso precio a todo, nos arrebató y, en su lugar, dejó una devastadora comodidad que nos abraza y nos atrapa de tal forma que nos sitúa a las puertas de, incluso, hasta perder la habilidad de andar, algo que resulta un tanto pretencioso pero, no alejado de la realidad. En esa misma comodidad vamos perdiendo la maravillosa costumbre de abrazarnos y, en su lugar, hemos dejado un emotivo «emoticono» con el que nuestras capacidades sociales y las sensaciones que éstas producen se reducen inexorablemente a una mueca. Así mismo, para continuar inmersos en ese confort, hemos salvado las distancias a base de códigos binarios pero, aún no hemos conseguido hacerlo de forma real, de manera que ello no suponga un deterioro del entorno que habitamos. Vivimos apartados unos de otros por imposición social, por la necesidad de mantenerse a flote en un sistema de vida impuesto que nadie eligió y, en él, con la forma física que tenemos de acortar ese distanciamiento que nos separa de los demás para encontrarnos, vamos dejando una huella que marca un camino imposible de mantener mucho tiempo más porque, nuestros recursos no son ilimitados, pero, nos hemos acostumbrado a que esto sean sólo palabras más bien o más mal expresadas, a fin de cuentas, todo esto que vivimos y padecemos no es más que la consecuencia del desmesurado egoismo que forma parte de nuestro común y habitual proceder, acoplado a la personalidad de las sociedades modernas y perfectamente identificable, pero que, resulta de difícil reconocimiento por parte de cada sujeto.
En el caso contrario, cuando el individuo está libre de esas ataduras, da pie a la posibilidad de edificar ciudades en el más allá que, es el lugar, hoy desconocido, donde el hombre convive, principalmente, en armonía consigo mismo y con toda la naturaleza que le da la vida, donde no hay un factor que impida adentrarse en la búsqueda de la perfección, donde es posible disponerse a observar y, al mismo tiempo, desprender el orden del caos como si se tratase de un aparente universo en el que, una vez dentro, poder descifrar los misterios que contiene ese cosmos y las leyes que rigen los cuerpos celestes que giran en su interior para hacerlas nuestras y vibrar como ellos, ahí vive y así es la creatividad y la imaginación que nos fue desvalijada, y que, los futuros juglares, con la mejor de las sinonimias cantarán, recitarán a base de relatos llenos de analepsis que muchos no llegarán nunca a comprender o, incluso bailarán ebrios del gozo que trae consigo el estar al amparo de la magia, mientras, otros crean eternas mitologías para entender y darle sentido a la vida que nunca llegaron a comprender, pero, como ya evolucionaron algo más, seguramente lo hagan de una forma asombrosamente asertiva porque, quizás, hayan encontrado la libertad para entonces, inducidos por las gentes que siempre dejaron abiertas de par en par las puertas de sus casas, quizás para ese momento ya se hayan apartado de las sombras que embadurnan el presente con discursos y acciones incoherentes, quizás también se hayan alejado de todo aquello que hoy nos une y, serán gentes como el barro más oloroso que jamás pise, forjado de olorosas flores de jazmín o, algo parecido a los jazmines enredados con el galán del patio del abuelo, barro mullido de fresca hierba de la que nadie sabe su procedencia e, iluminado a primera hora por el primer y único sol que nos acompañó siempre, barro dúctil con el que moldear mundos nuevos al antojo de los pueblos. Vamos a volver allá donde el viento también escribe palabras que, las hojas impregnadas ya de sus pigmentos ocres, dibujan mientras lentamente caen, pero, en su caída no se percatan de los miles de ángeles apocalípticos que van rodeando al hombre para librarlo de sus miserias con sus alas abiertas como las aves y sus brazos extendidos dirigiendo su propia gran orquesta.
No vayas a creer todo esto antes de conocer tu propia verdad, si es que existe, y al demonio que también habita junto con ella, arduo trabajo porque, nadie sabe si en realidad es real. Ocurre ésto sólo cuando acabas de ver un escaparate lleno de plantas de plástico iluminadas por la fría luz blanca del neón, luego, con ese sin sabor, con esa fría sensación, paras a tomar un café para reconfortar el ánimo y, después, para seguir en la misma línea, escuchas la música que hace el Primo Silas con su guitarra capaz de cruzar cualquier espacio sin alterarlo, entonces, te paras a recoger todas las palabras que quedaron tendidas sobre la acera, aún huérfanas y deseosas de salir de ahí, y las juntas todas para decir lo que nunca dijiste y que el tiempo fue dejando impresas en la memoria como una reminiscencia desde donde partir de nuevo hacia algunos de los lugares, a los que, los profetas designaron como sagrados y el odio del hombre dejó en ruinas, supongo que, con la intención de reconstruirlas para luego más tarde darles el valor que merece el pasado o, en el peor de los casos, hacer de ellas otro suntuoso negocio, pero ello, hoy es una incógnita como la que encierra el misterio de qué pasó con la antigua Poros.

Entre nuestras distracciones, cada vez nos olvidamos más de la observación que es una capacidad que nos sirve para, por ejemplo, encontrar las sinfonías que trae el color y que la brisa y el viento derraman sobre nuestros oídos y ante nuestros ojos que, en definitiva, son mensajes que pertenecen a la analogía, a nuestra semejanza y al mismo tiempo, a nuestro diferente origen relacionado con todo aquello que brota de la naturaleza, tal observación, así, se transforma en el espejo en el que nos reflejamos, por lo tanto, observar es verse.

En ese escenario, mientras se observa irrumpe en ocasiones el recuerdo que «llega, destruye y se va», como dijo Carlos Faraco. A veces son dolorosos, los que se reciben agradables llegan frescos, pero los dolorosos devastadores. Adentrarse en el dolor como lo hizo Henryk Górecki, es adentrarse en las profundidades humanas, en la pérdida de aquello que jamás volverá y que, por ende, se torna doloroso, nada es para siempre desde luego, pero, cuando se produce antes de lo esperado es cuando surge. Crear una armonía que lo refleje es sentirlo, recrear el dolor tras su sentimiento o durante su transcurso, o, más que recrearlo, transmitirlo, se consigue porque ya hubo una relación con él y se ha comprendido, de igual manera si es el ajeno y, al hacerlo, al vivirlo, se produce una relación con el binomio de la dulzura y la inocencia, similar a ello es la otra cara del agua que es el fuego, así es el dolor y la dulzura, como el agua y el fuego. Ojalá la clase dominante pensase de otra forma y entendiese ésto, pero, como dijo Nietzsch les es más útil ser las «manos invisibles que son las que peor nos doblan y maltratan».  Aún, ante ello, podemos encontrar refugio bajo los Almendros florecidos que vigilan las águilas desde las alturas o, bajo aquellos que sujetan sus pétalos para que los aleteos de las aves no los desgarren y, podemos intuir mientras caminamos sobre la sombra de sus alas el amparo que se vislumbra desde su lejana presencia y, descubrir que no somos ni más ni menos, que sólo somos y que, aquél dolor se diluye bajo ese dulce abrigo. Esto sólo es otro camino que no está sujeto a imposición alguna y que, por el contrario se encuentra sujeto a una de tantas elecciones, pero, muchas veces es mejor no saber nada, es abrumador disponer de tantísima información de la que la mayor parte no nos interesa para nada en absoluto, además de que no es relevante para llevar a cabo el acto diario de supervivencia lejano a la banalidad, está ahí, a nuestro alcance pero, con el sólo propósito de distraernos de nuestra ancestral búsqueda de libertad. Esto implica además, la pérdida de inherentes cualidades humanas, la observación a la que le acompaña el sonido es una de ellas. Ahora, ver y escuchar la lluvia por ejemplo, es un acto que subyace tras los cristales de las brillantes e impolutas pantallas construidas con el mineral arrebatado a la tierra para erigir con ello un nuevo signo de civilización, brillante por sus destellos pero no por su forma de pensar y actuar en la mayoría de los casos, usado por una generalidad para mantenerse en la ignorancia y malgastar la vida en los escondrijos de los demás y en todo lo superfluo que embadurna los días que no es poco, como si se tratase de un reducto rodeado de un parapeto lo suficientemente firme para no ver más allá y, contener la atención solamente en esa clase de superficie en la que la catástrofe queda oculta y, así pues, desterrar la posibilidad de reordenar el entorno. De esta forma nos hacemos parte de la naturaleza inanimada. Alguien dijo; «Los seres humanos y otras criaturas vivientes son capaces de reordenar su entorno después de una catástrofe. La naturaleza inanimada (sin seres vivientes) no es capaz de enfrentarse y retardar el proceso entrópico». Pero, aún así, casi nadie piensa ni aplica la máxima que aduce al conocimiento que existe tras esas fronteras y que se resume en pocas palabras: Saber lo que sabemos y saber que no sabemos lo que no sabemos: eso es el conocimiento»

Entre luces – Pieza n° 102 by Ramón Sánchez

Lo que sirve y lo que no

Otra cualidad humana es la fortaleza, oscilante o menguante según quién la posea, es así y se desgasta a medida que vamos rellenando los abismos que se interponen a nuestro paso con todo aquello que no tiene cabida en la belleza, a medida que vamos tapando esas grietas abiertas bajo nuestros pies con todo el escombro compuesto por los desechos acumulados por los impostores que, con sus falacias siempre suplantan, ante los ojos de los inocentes, las verdades que estorban y, una vez éstas bien disfrazadas, se sirven de ellas como cimiento para levantar desde ahí otras distintas. Mientras tanto, para eludir todo ello y, quizás no hacer frente a todo aquello que perturba nuestro espíritu, seguimos, por ejemplo, intentando descifrar desde lejanos tiempos aquello que forma parte de las armonías de las esferas, nacidas con la fuerza que contiene la eternidad para el gozo de todo aquél que sienta en un momento dado la necesidad de distanciarse del cuerpo y navegar sobre esas ondas marcadas, entre cada una de ellas, por intervalos que las separan entre si, perteneciente cada uno de ellos a un distinto segmento de esa eternidad que, una vez, en un tiempo remoto, anotamos los incrédulos para que así fuese y así se prolongase aún más esa perpetuidad y, al mismo tiempo brillase, también aún más, la belleza por encima de todo, dentro del mismo lugar en el que los latidos del corazón son semejantes al metrónomo que marca el ritmo del universo que habitamos y que alimenta la fortaleza. Quizás no hayas entendido nada de esto, no pretendas hacerlo porque solo es una invención, una forma más de poner énfasis en aqueĺlo que nunca tuvo interés para nadie. Pero, es la música que suena en el espacio, imperceptible por su lejanía y de fuerza latente como la verdad por descubrir y ocultada por aquellos.

Aquellos farsantes son los que dejaron de amar, ni siquiera a ellos mismos, miraron y desafiaron desde su infame talante al mundo como si la vida de los demás no tuviese importancia alguna, y, así, mancharon la razón humana llenándolo todo con sus propios excrementos. Por ello, por esa razón, el agua que moldea la tierra junto con el fuego, se enfurecieron, volvieron dejando atrás su mansedumbre y su calor, convirtiéndose en perniciosos meteoros para el hombre y, sobretodo, con la intención de perseguir a todos aquellos que sólo piensan en sí mismos creyendo que solamente existe una sabia verdad, la suya.
Pero, quizás, muchos no sepan que, más allá de lo puro y estrictamente científico con lo que guian sus vidas, sin darle importancia alguna a lo ilimitado que encierra en sí la imaginación, existe lo que los demás pensamos e imaginamos, las páginas de un extenso libro aún por escribir y en el que rasgar, una a una sobre ellas, todo aquello que el conocimiento adscrito y manejado por los poderes no alcanza a describir y enseñar porque no lleva consigo ningún beneficio económico. Existe en aquello que guarda relación con las numerosas semejanzas que, de alguna manera, guardamos con lo que contienen, de forma pura y genuina, los árboles, la hierba, la tierra, todo lo que nos hace y abona nuestra existencia, el espíritu que impulsa los actos humanos tras el contacto con lo intangible, con lo etéreo que diluye las sombras que dan cobijo a la esclavitud que padecemos, una realidad que convive con las raíces que se alzan hacia el horizonte dando lugar a hermosas ramas, enturbiada por el afán de lucro, iluminada por las luces del día y las sombras de la noche, realidad que escribe en el aire caligrafías que hablan de todo aquello que es esencial, que nos hace ser, poniendo de relieve que ese mismo conocimiento y la tecnología que lo acompaña, actúa bajo patrones comerciales que convierten en banalidad la existencia para, en su lugar, poner énfasis en sus propósitos manipuladores.

No hay belleza en todo aquello que no contenga la armonía, la visión del alma, el gozo que producen ciertas percepciones, sobre todo, ante la presencia de aquellos paraísos nacidos cuando se gestó la eternidad, los mismos que, ahora, quedan ocultos bajo nuestro sometimiento hacia una forma de vida inventada, tan bien hecha que casi no quedan rendijas para adivinar que hay tras de si y, si consigues escrutar entre sus hendiduras, podrás adivinar que hay otra vida en la que la subordinación y las jerarquías no tienen presencia y, al mismo tiempo ver otra y otras bellezas que se desvanecen y se ocultan para una distraida mayoría atiborrada de los enteógenos fabricados por el poder del capital para su dominio, una mayoría con la sangre impregnada de deslumbrantes pócimas elaboradas con el fin de infundir otra realidad capaz de solapar suplantando la que más afecta y debiera importar a esta emergente nueva humanidad. A partir de éste nuevo nacimiento, lo liviano debía ser nuestro tránsito hacia ese génesis, ligero como las aves que abren sus plumas desde el fondo del humbrío valle al que, en ese mismo instante en que despliegan su vuelo, no llegaron aún los rayos del sol y, agarradas a las corrientes aéreas, levantan allá su vuelo describiendo órbitas sin fin, dibujando espirales y dimensiones fractales que simulan el lugar desde donde se hizo nuestra conciencia existencia.
Y allí, la vista quedó muda, atrapada, absorviendo aquél nítido cosmos, viendo cómo hasta esos rincones del mundo se extienden los luminosos dedos del sol como raíces del universo incandescente hasta que tocan la tierra, se deshacen, se vuelven polvo y de nuevo fuego porque desde el primer dia que se conoce como tal, así ha sido y asi es. Unas veces su inmensa luz, su incandescencia son tu abrigo, tu hogar, otras, desaparece toda esa mansedumbre y se desata un enorme monstruo que traspasa el tiempo y hace que se desvanezca el espacio que te sustenta diluyendo todo el firmamento a su paso, es semejante a la Hidra de Lerma por sus innumerables brazos, algunos de ellos clavados en lo más profundo del inframundo, donde ya nadie sana los males y ni siquiera a los enfermos con amor, donde la belleza de la Naturaleza y la del ser humano es ya una insignificancia.

Siempre hemos vivido dependientes de la paradoja que encierra el fuego, de su carácter purificante, de su ímpetu destructivo, de su apariencia amable, de su espíritu regenerador. Hemos pasado horas seducidos por los olores de las ramas de pino, de las ascuas de roble y de encina, del pan tostado sobre sus brasas. Y hemos contado ascuas suspendidas en el aire como si fuesen estrellas en la noche, y confundido el crujir de alguna raíz en el fuego con la pisada de algún zorro en la misma noche. Hemos sentido escalofríos por la espalda mientras que de frente las llamas desilachan la noche. En esos instantes nuestra sincronicidad con la tierra es absoluta y, cuando actuamos sin tener en cuenta que nuestra forma de hacerlo es un resumen de lo aprendido hasta ese momento, nuestra armonía se deshace bajo la influencia del azar, de Tique que es quién decide la suerte de los mortales. Hay quienes tan sólo actúan repitiendo patrones aprendidos que usan como plantillas y modelos para ejecutar sus actos, sin tener en consideración que, como dice Rumi «Hay un sol dentro de cada persona». Ese sol es el fuego desde donde parte todo lo que somos, la herramienta que forja aquella fortaleza que aludía, el que confiere nuestro carácter azul, amarillo intenso, naranja, como las luces del ocaso o del amanecer, porque así somos, un constate amanecer y un hermoso ocaso y no una mera abstracción del destino.
Mientras anotaba estas líneas, en la habitación, la doscientos cinco, se me quedaron los pies fríos y se llenó la estancia insolitamente del olor que desprende el betún, y la primera imágen que llenó mi mente fue la de las pezuñas de Belcebú recién embetunadas, brillantes, con algunas ascuas convertidas en piedras preciosas incrustadas en sus negruzcas falanges. Caminando erguido sobre un suelo cubierto con las miles de monedas que Caronte fue acumulando desde quién sabe cuando, para embellecer con sus brillos el paso de sus ciclópeas pisadas. A cada paso, entre el crujir del metal, desde entre sus rendijas, iluminado por la luz del centro de la tierra, asciende el humo eterno, embaucador, de almizcle, que repta al mismo tiempo hacia todos los rincones de la habitación poniendo de manifiesto que es una de las sustancias indivisibles que componen el universo.

Asi pues, cuando cierras los ojos, bajo esa cortina que forman los párpados, en esa especie de ilusoria penumbra, ves que pasan, de un lado a otro, gigantes páginas de un enorme libro, hojas impresas con formas imaginarias hechas de sombras fugaces y luces de firmamentos perdidos u olvidados que llegan hasta ahí desde dimensiones ocultas, desde donde una vez pensamos que se originó todo, hasta lo no conocido, hasta el roce de los astros con el cosmos convertido en secretas armonías y, entre todas ellas, destaca la más asombrosa, la que existe entre el hombre y la naturaleza porque somos una parte de ésta, por eso es tan asombroso, por ello nadie puede adueñarse de nadie, ni tan siquiera de uno mismo, y, sin embargo, a pesar de tan enormes magnitudes que nos rodean y que habitamos, seguimos mendigando besos y abrazos, seguimos en el camino que lleva a la desconexión absoluta de la conciencia humana con la naturaleza en mayúscula, con la nuestra propia donde siempre a residido el amor también con mayúsculas y, al mismo tiempo y paradójicamente el convencimiento de que cada una de nuestras verdades y certezas son únicas e inamovibles. Seguimos en el indecente camino de eludir lo que el corazón quiso que en un momento hiciesemos y fuese realidad desde el instante que pensamos hacer algo útil, a cambio, nos sumerjimos en las frivolidades que nos ofrece el ciego mundo que habitamos y en que hemos llegado a convertirnos en meras mercancías.

Mientras eso ocurre, buceamos en la realidad que apaga todas las ilusiones, en ese trance, bajé al inframundo para ver quién era yo, cuando lo supe, fui al amparo de los castaños, con las retinas impregnadas de los últimos colores del otoño, caminé bajo su cosmos, a lomos de las luces que se filtran por entre las últimas hojas de aquellas ramas mientras descubría la fortuna que guarda en si tal hecho, tal momento, tal estadio de esta nuestra hermosa vida. Desde ahí, desde esos lugares apartados, pude ver la obstinada osadía del hombre que le conduce hacia lo más apartado de la naturaleza y, quizás, de la suya propia, pertinaz en la forma de tejer absurdas redes con las que atraparse a si mismo y considerarse, al mismo tiempo, como el invicto del universo mientras aplaude rítmicamente al compás de la Marcha Radetzky de Johann Strauss.

De otra forma y atendiendo al espíritu colectivo, universal, nuestra conciencia se desarrolla vagando en el seno de uno de los muchos piélagos que componen el universo, en el que, una súbita incosnciencia se apodera y nos aparta de aquél espíritu volviendonos ajenos y aún más lejanos de lo latente, nos hace incapaces de adentrarnos en lo aparentemente inactivo que en el fondo de nuestra existencia se guarda para revitalizarlo, y así andamos, arrastrados por una vorágine que nos disuade de la comprensión que puede llevarnos a entender que somos la semilla que, contiene a la vez, el comienzo y el resultado, así mismo, toda esa incapacidad, viene aderezada por la visión anacrónica del mundo que posee la civilización occidental, exenta de propósitos capaces de desenterrar y reactivar las cualidades más humanas que han ido quedando atrás, incluso nuestra aptitud sublimatoria y la de tratar al hombre como hombre y no como una mera cosa.
Cuesta trabajo creer que todo ésto que nos viene sucediendo, tan rápido, en un espacio de tiempo tan corto dentro de este vasto universo que habitamos desde hace unos miles de años, sea un signo más de una civilización avanzada tecnológicamente y carente de reflexión, en la que el espíritu que definía Hegel también sea convertido impunemente en una mercancía más.
Hemos cambiado el canto de los mirlos a primera hora de la mañana por el tintinear de la campana del metropolitano y su eco entre los edificios sin balcones, nos hemos acostumbrado en invierno a ver las hojas del pasado otoño aún prendidas de las ramas de los árboles, secas sin lluvia y sin viento. Pero esto tan solo es mi visión del mundo entre otras muchas. En otros mundos, en los de aquellos que nunca observaron el lento caminar de las nubes, ni sintieron en sus entrañas las benditas soledades, las cosas son diferentes a este mi destino. En este sino, aún se posan, de vez en cuando, sobre las extensas terrazas de los bloques, solitarias gaviotas, desterradas de su colonia y, sobre los respiraderos que giran sin cesar al ritmo de los vientos, descansan erguidas y lanzan al viento sus letanias, sus maullidos y sus lamentos mientras la brisa mueve los flecos de los toldos y las gentes quedan absortas ante la caverna de Platón, inmersas en su mundo inidimensional, en un bucle de dimensión temporal con la vista fija en la pantalla desde donde sale una voz que dice:«He asaltado naves en llamas más allá de Orión. He visto brillar los rayos C junto a las Puertas de Tanhauser. Todo eso se perderá como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. En el eco de los portales resuena tal voz reproducida al unísono sin cesar por sus habitantes, repitiendolo una vez y otra como si se tratase de una profunda oración laica y sanadora que lleve a romper la relación de lo humano con el tiempo. De esta forma se van construyendo los diferentes mundos que dan forma a nuestro cosmos, a veces humano y a veces inhumano. Cargados de carencias y sobredosis al mismo tiempo, de rincones apartados donde se guardan los miedos y las terribles soledades bajo el manto de fútiles apariencias junto con el cultivo de la ignorancia de uno mismo, con límites a la libertad y rincones de inducida felicidad.
Por ello, hasta ahora, desde tiempos remotos, venimos transformando el mundo libre en un espacio de reclusión, sujetos a los avatares que el consumo impone de forma despiadada, dejando en el olvido o, quizas, renunciando pasivamente a todo lo que nos es esencial, ello es humano, pero, incomprensible y habrá que preguntarse, hasta que punto absolutamente todo lo que nos rodea es humano o, por el contrario, si una parte de ello es fruto de nuestra relación con lo artificial, consistente en transformar lo real y mostrar lo que no es para reemplazarlo por lo que es, construyendo así una nueva realidad que habrá que comprender. De esta forma entramos a formar parte del mundo complejo, un mundo nuevo en el que lo artificial forma parte de lo humano porque está creado por la mano del hombre, requiriendo ello, para entender esa complejidad, de un espacio común aún inédito de convivencia, responsabilidad y comprensión, en el que trazar nuevos caminos que conduzcan hacia la recuperación de las libertades, la justicia social y el optimismo. No hay ninguna razón que impida ello, la única que lo impide no es una razón, sino una complaciente ceguera.

De otra forma, a base de aforismos, los expertos en desmontar los puntos de vista ajenos hacen que la complejidad en la que se debate nuestra existencia sea una simplicidad, obviando que, la naturaleza humana es compleja y está compuesta también, además de la capacidad de razonar, de la naturaleza subjetiva que conduce a la representación de la realidad que cada sujeto aprecia sin obedecer a ninguna razón y, sujeta exclusivamente a las emociones que producen lo que percibimos, subjetividad con la cual, éste, desarrolla y cultiva su innata imaginación y la creatividad que ésta genera desde un único punto de vista personal que, en algún caso, puede ser coincidente, es una capacidad con la que se recibe la multitud de percepciones que emite constantemente todo lo que nos rodea y, seguidamente, transformar esas formas diseñadas por el sistema en el que nos acostumbramos a vivir y dispersas por el complejo mundo, para después ser interpretadas y plasmadas bajo un lenguaje distinto al común, al que todos conocemos y usamos, cuyo resultado final es la sensación, sea cual sea. Es ahí otro de los lugares donde lo humano se enciende incandescente como un astro que sirve de guía, de brújula que marca el sendero que iniciamos desde nuestro origen, hasta, quizás, el momento en que perdamos la habilidad de representarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, porque nuestras cualidades, las que han ido dando forma a lo que somos hasta ahora, inevitablemente se van transfomando en aptitudes diseñadas por un sistema de vida en el que lo primordial no es el espíritu innato del hombre, si no la disponibilidad del ser para quienes crearon en su beneficio este mundo del cual, las sociedades aprenden docilmente ser siervos del poder, sin siquiera preguntarse el porqué se sigue sujeto a ideologías extenuadas que nos sumergen en una sociedad en que la inmediatez, la insensatez, la banalidad y la estupidez constituyen su principal esencia.

Sin origen by Ramón Sánchez.

Olvidos

Un olvido de quién concibió las siete plagas bíblicas fue no incluir en ellas una octava, la que alimenta el ego, la pedantería que, tan sólo es, la sinopsis de los individuos iluminados y afectados por ella. La erudición atrapada entre el polvo de viejos libros, de ideologías desfasadas y caducas, de creencias increibles. Decía Heráclito: «La mucha erudición no enseña a tener inteligencia». Se manifiesta, la pedantería, no la inteligencia, mediante la erudición que siempre es un algo incompleto, inexacto, fruto del pensamiento de otros que en muchas ocasiones ya quedaron obsoletos. Algo que nunca ha pretendido ni servido para romper las reglas, si no, para sorprender e impresionar a quienes se dejan por ello. Es un simil de los que viven a costa de los sueños de otros porque constituye su alimento cuando los atrapa. Es la soledad que intenta con ello captar la compañía. Ello existe porque vivimos en los tiempos en que la arrogancia humana cubre casi todo y, en atención a esto, surge como una  búsqueda de reconocimiento social, una forma más de integración y, al mismo tiempo, el escondite de las carencias y los miedos, el lugar donde enterrar a la soledad, una aparente sabiduría atrapada. La sabiduria no se alcanza con aprenderse de memoria el conocimiento de otros para hacerlo propio, exhibirlo y construir con él una coraza para esconder tras ella las impurezas que nos asolan, los sedimentos que, entre otras cosas, dan forma a nuestro ser, tampoco es un lenguaje que se aprende para siempre porque el tiempo lo releva con lo que va descubriendo a su paso. La experiencia, el bagaje es lo que trae el verdadero conocimiento porque tiene un antes y un después, no contiene exactitud porque en él converge el pasado con sus olvidos y sus obstáculos, el futuro con sus interrogantes y la sabiduría.

Ahora nuestro conocimiento gira en torno a una ciencia tecnológica convertida en el gran heraldo que como un enorme ciclón nos envuelve y consigue aplazar para otra hipotética ocasión muchos de nuestros actos y pensamientos. Olvidamos así que, una parte de nuestro acervo siempre estuvo cercano a la contemplación, a esa vida que, sin prisa, se diluye entre los finos hilachos que forman las nubes que anotan todo lo que nos sucede, donde suena el tiempo describiendo la exacta continuidad que nos rodea. En esa continuidad hay instantes en los que, los penachos que dan forma a las nubes, se convierten en efimeras aéreas anotaciones que dan constancia y afirman que, nuestra existencia esta sujeta a su bello diálogo.

Así, Inducidos por las pantallas, nuestra desatención hacia la observación cobra más fuerza, se constituye como una pérdida de nuestro ser onírico, refuerza aún más la pérdida de las percepciones y emociones que nacen de ella. La observación del particular entorno de cada ser, pertenece a una sola realidad común, la cual, a su vez, se divide en diferentes para cada sujeto, acomodándose a cada cual y transformándose en una realidad distinta de aquella original. Sin embargo, la observación telemática pertenece al mundo irreal configurado como estimulante para obtener una cómoda distracción, un estado social, un ansiado nivel de confort (desacertado por ser inducido por el sistema) y, un opulento beneficio económico para quienes la crean. A partir de ella, de la observación electrónica, se generan también sueños, pero, enmarcados en una ficción lejana a aquel primer entorno que nos precede desde hace cientos de años y, crea una realidad común satisfactoria para todo aquél que decide dejar la voluntad a un lado y someterse a los caprichos de una tecnología dominada por el capital que maneja el poder, y que, consigue la procrastinación de nuestros actos y de nuestros verdaderos sueños, los que emergen desde la simple contemplación del hasta ahora eterno entorno donde nos arraigamos, el que nos acoge y ampara ante la vastitud del cosmos que nos rodea.

La contemplación es la nula actividad física, el placer de sentir la magnitud de la mente y la tierra, es la música del viento cuando roza las nubes o los átomos que pueblan nuestro espacio mas cercano, el lugar donde se disipa la podredumbre que nos asola, el espacio desde donde se identifica lo bueno y lo malo, la vida y la muerte, es el tránsito donde lo humano se convierte en más humano, un espacio vacío que, a cada segundo cambia de lugar y de origen, a veces es tan incomprensible como el hombre mismo, pero, es pura, no contiene pompa ni es pretenciosa ni engreida, sólo es. En la contemplación no caben ni las creencias ni las ideologías porque en su pureza guarda todo el conocimiento y la sabiduría que jamás lleguemos a alcanzar nunca. Es profunda y en sus entrañas está todo, el sueño de Einstein, lo no descubierto, todo aquello que a lo largo de toda una vida no llegaríamos a comprender.

Podemos observar nuestro círculo más cercano en el que, ahora, en este tiempo tan incierto para quienes han desarrollado la habilidad de la observación, con la cual es posible apreciar de forma tajante de qué manera lo terrestre asi como lo ultraterreste en riesgo sufre al igual y al mismo tiempo que el observador que aún conserva la empatía que siempre acompañó a lo humano desde su origen. Se observa igualmente que, las injerencias sobre él, sobre esos espacios, nacidas desde y para nuestra cómoda civilización nada le ayuda, es algo sencillo de comprender, pero, el quehacer cotidiano, parece ser el principal impedimento para detenerse, observar y comprender. Puede que nunca ninguno de esos seres escuchase cómo la Calandria imita a la Alondra y menos aún intentase medir la distancia que separa los astros que pueblan el cosmos. Ni siquiera alguna vez finguieron ser viento y, aún menos lo desearon, quizás pensaron que la observación pertenece a alguna teoría pseudocientifica con tintes de conspiración que, los fabricantes de sueños y recuerdos, graban sobre la eternidad pétrea que pisamos, y que, seguramente, lo hagan influenciados por la poderosa Mnemósine, madre de las musas quién, en algún momento de sus pensamientos siderales, pudo concebir la idea de que las estrellas y el cerebro humano trabajan a razón de la misma frecuencia.

En la observación reside la reflexión y, en ella, la posibilidad de romper la asíntota que nos separa del equilibrio de Gaia que, de forma convincente muestra una realidad latente, actuando de forma distinta a como lo vino haciendo desde tiempos remotos y que, ahora, afecta a toda la biodiversidad que nos mantiene con vida, haciendo, de tal modo, énfasis en su disconformidad con nuestro trato hacia ella. Seguimos distanciados de aquello que siempre ha sido parte del alimento ingerido por lo humano y, sujetos a otra realidad, también humana, pero infundida por un sistema ciertamente fracasado, inhumano, que sólo busca una relación con
el dinero y el poder como recompensa por el éxito logrado tras la pérfida competencia que ata a los pueblos. En ellos, en los pueblos que dan forma a toda una civilización, anida una violencia incomprensible, se trata de los que fueron educados bajo el paradigma de la paz y la no violencia, se alistan para formar parte de los ejércitos construidos para eternizar esa otra subyugante realidad, marcando así, un rastro que otros seguiran y sin tener en cuenta que existe la posibilidad de desertar. Bajo esta circunstancia, la empatía que es algo residente en nuestro ser, tan manipulable como el ser mismo, se precipita hacia una negligente maniobra concebida para ocultarla por quienes manejan los hilos del mundo.

La casa sobre nada – Pieza n` 271 by Ramón Sánchez.

Masanobu Fukuoka nos dijo: ‘No sólo sus ojos están nublados y su mente en desorden, su cuerpo ha perdido también la forma natural de un bebé recién nacido y se ha deformado. Sin saber qué tipo de comida, casa y trabajo es bueno para él, anda a la deriva completamente confundido. En consecuencia, el Hombre se ha convertido en un animal desequilibrado, imperfecto y antinatural en mente y cuerpo.»

Cuatro piezas

Puede ser que hallamos perdido ya la destreza o el arte de saber contemplar la primera luz de la mañana cuando se incrusta, como una sutil veladura, sobre las fachadas o sobre las ramas de los árboles, a cambio, sustituimos esa pérdida fijándonos en las que, como meros símiles, lucen en las pantallas, nos fijamos en los recibos pendientes de pagar, en los precios de los alimentos y los combustibles, en las crecientes industrias, en los anuncios publicitarios, en los hábitos de los demás para hacerlos nuestros, en las creencias, en las desmedidas mentiras que sin escrúpulo alguno defeca en general la clase política y sus afines seguidores, en la pasividad de los otros sin tener en cuenta la nuestra, asistimos de forma contemplativa al deterioro de lo que alguna vez fue un sublime entorno, hacemos de todo ello una creencia apocalíptica de la que la única forma de escapar de ella es a través de la fe crédula y de la agnóstica. Y, con la esperanza de que esa fe destruya todo aquél mal, en esa espera, quedamos en un estado vegetativo, en el estado improductivo que la superstición causa para no abandonar la cruel comodidad que, paradójicamente, nos hace esclavos. Nunca aparecen en la pantallas los abarrotados estercoleros del mundo que desprenden los hedores a carne putrefacta, ni se menciona que los sumideros y los desagües de la tierra ya no dan a basto para evacuar tanta porquería. Estamos ante el primer segundo del eón antropocenico, quizás, en el primer minuto, ya nadie se acuerde de nada, ni tan siquiera queden vestigios para los arqueólogos y los historiadores, para entonces, todos los instintos ya habrán sido sometidos.

[Pieza n° 182 https://youtu.be/umkL077IZvU ]

Somos seres de costumbres, habitos que, con el tiempo, se van convirtiendo en leyes, vamos olvidando y dejando atrás las cosas que formaron parte de lo esencial con las que nos hicimos humanos, de la razonabilidad. Ahora en estos tiempos, usamos una razón que se convierte en una maligna maquinaria que consigue que la frivolidad humana ocupe el primer lugar. Una vez ahí, mientras el mundo ruge desesperado y sumido en un calentamiento sin precedentes, los noticieros abren sus páginas con sus estruendosas fanfarrias poniendo énfasis en las hazañas logradas por algún personaje de la élite que nunca hizo nada en favor de la humanidad, que sólo persiguió el éxito que engrandece la ambición y la codicia bajo las consignas del «crecimiento» y las teorías neoliberales que asolan a los pueblos. Dice Joaquin Araujo: «¿A qué llaman crecimiento los economistas y casi todos los demás? Crecimiento es sembrar en abril un grano de maíz y que una sola planta te regale MIL en septiembre.»

[Pieza n° 197 https://youtu.be/CjqDod0hjsk ]

Nuestra mermada capacidad de percepción y el conocimiento de nuestra actual realidad es un reflejo lejano a nuestro verdadero carácter, está basada en un mundo lleno de artificios que en nuestras sociedades se han ido introduciendo con toda crueldad, tomando como base teorías fundamentadas por el capital, el neoliberalismo y el poder que las ejecutan, teorías ideológicas elaboradas para introducirlas con mucha astucia en el pensamiento que, irá poco a poco, dando forma a la idiosincrasia y la manera de actuar de los pueblos, fabricadas así mismo de forma impositiva, como una trampa para ratones cuyo señuelo consiste en las instrucciones que llevan y que señalan el camino hacia callejones sin salida donde quedar atrapado y, sobre todo, como útiles herramientas para el propio beneficio de las élites dominantes y manipuladoras, pero, no para el inexcusable enriquecimiento de las culturas, además, esos fundamentos y la forma en que globalmente se extienden, se traducen a imperiosas necesidades que, con una afable apariencia, sustituyen a las más vitales, necesidades que antes no existian y que, hoy lo hacen sin dejar prácticamente espacio para que se consoliden otras opciones de más valor en las que quepa la colaboración, en las que el valor del dinero ocupe otro lugar distinto, en las que el reparto de la riqueza se rija por parámetros donde la dignidad y el bien común ocupen su verdadero lugar y destronen el que ocupa el dinero, lo que en ese caso, llevaría consigo un cambio ideológico capaz de robustecer las debilitadas libertades con las que nos desenvolvemos, pero, todo tiene su fin, la Naturaleza, en los últimos años muestra su disconformidad con toda esa forma negativa de regir y dominar el mundo. Así vivimos enrejados ante una situación de nihilismo pasivo en sociedades enfermas en las que caen y se desvaloran los valores universales, llena de incomprensibles axiomas que el dinero transforma en principios y que de nada sirven para enriquecer la moral o la ética colectiva y que dan lugar a la procreación de más y más seres destructivos y a la imposibilidad de vaciar las ciudades en las que crecen los soberbios malhechores y disminuyen el número de justos, donde nadie se fía de aquél con quién se junta, en las que sólo crece y se enriquece la avaricia y el número de mendigos.

[Pieza n° 247 https://youtu.be/m6-uYFIrje0 ]

El alarde de humanidad consiste en dejar al descubierto todos nuestros remotos rincones, consiste en abrir las puertas a esos profundos lugares desde donde brota la belleza que nos distingue y así, desde ese ejercicio, hacer de él otro destino. Existe un matiz en el destino común de la humanidad que no es desconocido pero si, a menudo, olvidado, es el viaje a Ítaca, quizás en la desmemoria porque dejamos de ser nómadas.
Pero, aún así, viajamos sin saberlo tripulando nuestra propia nave, a bordo de los sentidos que en un remoto tiempo despertaron. Desde entonces hicimos poemas al mar, a los campos y su floración, a sus frutos, pintamos el cardo de Sánchez Cotán, los claveles que adornaron las bailarinas de Apperley y los ángeles de Alonso Cano, los campos de trigo, el toro, el guerrero derribado, el caballo y la mujer y el niño, la dignidad de Millet y la batalla de Issos y las de Vrancx, la coherencia de Bansky, la fidelidad del perro Mastín, la sonrisa avara y pícara de los monarcas y el hombre moderno de Munch, adoramos el inodoro de Duchamp y buscamos una respuesta en la bola suspendida de Giacometti y, un porqué de la vaca amarilla de Franz Marc. Mientras tanto, mirando al cielo, fuimos contando una a una las nubes en forma de huevo que Kandinsky relató en sus poemas traduciendo al mismo tiempo la doble naturaleza del Angelus Novus de Paul Klee. Desde ahí, atravesaron entre el aire que contiene el cosmos de Calder, los cuerpos celestes que Pollock dejó impresos como alegoría del espacio que surcamos a bordo de nuestra pétrea y líquida nave. Y así somos, como el agua que contiene su propia voz, sus tonalidades y sus brillos, la pureza y la quintaesencia, la mansedumbre y la bravura, el espejo donde alguna vez quedó atrapado otro tiempo.

[Pieza n° 267 https://youtu.be/FzdicTPi19c ]