
El hombre para defender sus intereses dictó las Leyes, bueno, realmente fue una pequeña parte de la humanidad, los pueblos consintieron que las hubiera porque entonces su visión cosmogónica no iba más allá de la tierra que labraban.. Leyeron el génesis y no se dieron cuenta del error, si en el sentido teológico tuviésemos la misma imagen y semejanza que el supuesto creador alude, el principio de proporcionabilidad que citan las leyes no existiría, siendo esto último también un error de los legisladores. La proporción que esgrime la ley se mide respecto de las capacidades, sobre todo económicas, que posee cada sujeto, lo que indica que existe una limitación de la libertad porque ésta queda sujeta a esa capacidad exigua o abundante según cada ser y no a la naturaleza de cada individuo y el lugar en el mundo que ocupa. Esa capacidad viene relacionada intrinsecamente con la forma de extraer y apropiarse de los bienes comunes que la tierra posee para nuestra supervivencia en ella. Mas rico es, en esta era del capitalismo, quién más se aprovecha de esos bienes. Así que, la igualdad y la equidad que acompañan a la proporcionabilidad son meras quimeras de este mundo que existen solo para pensarlas pero inalcanzables pues, son fruto de la propaganda y de una manipulación sin precedentes al igual que la máxima que dice: «el trabajo dignifica», no hay nada más indigno que en un trabajo mal remunerado y con pocos derechos.
Sin embargo, hay quienes se mantienen férreos a la creencia de que tales cuestiones son válidas porque mantienen el mundo tal y como es, y les sirven para defender los intereses que su cómoda ficticia vida les dota. Mientras tanto pasan la vida corrigiendo los errores de los demás sin ver los suyos y, para evitar reflejarse en ello, husmean en la historia intentando averiguar qué fué antes, si el huevo o la gallina, descifrando a su manera las moralejas que contienen las fábulas relatadas por una complaciente y acomodada burguesía que arrasa con todo lo que no le pertenece, sin importarle un ápice lo sensibles que son los bienes comunes de la naturaleza a nuestro paso. Para ellos nunca ha existido el anhelo de un mundo mejor pues en el que habitan tienen todo lo que necesitan para alimentar su ego y mantener eso que llaman mundo.
Vivimos en una irreflexiva era en la que nada se tiene en cuenta salvo lo relativo a lo material que es lo que empuja a esta civilización para mantener sus sueños, sin darnos cuenta que a veces los sueños de unos son la pesadilla de otros.
Muy llamativo de esta sociedad es la manera con la que se obtiene provecho de los demás mediante una encubierta nueva forma de esclavitud en la que se puede observar que, lo mismo de esclavos son los que se aprovechan del resto de siervos a través de una absurda lucha, a veces tiránica y otras sangrienta, para conseguir poseer lo que nadie posee. Mientras sucede esa lucha hay otros que aún sacan más beneficio de ello además de fomentarla, en definitiva, todo está incardinado en una forma de esclavitud que rige el mundo y que consiste en quedar sujetos en su seno ante una forma de vida desprovista de las características más humanas que van siendo poco a poco mecanizadas para ocupar un lugar privilegiado en la escala de valores, proveyendo dicho lugar de sólo deseos materiales como si fuese una nueva sustancia.
Así, rodeada toda esa calamidad de una guerra continua entre la información y la desinformación perfectamente diseñada que, entraña otra cualidad más del hombre moderno, convirtiendolo en un pasivo observador que se alimenta de esa carnaza con la que siente la satisfacción que ilumina sus días.
Sin explorar el porqué, el hombre siempre tiende a caminar hacia el oeste o, sobre la superficie blanca de la nieve, bajo una espesa niebla a caminar describiendo un círculo por tener más fuerza en la pierna derecha si es diestro, asi mismo nos inclinamos sin oponer resistencia y tendemos a creer todo aquello que nos relatan como si fuese cierto sin serlo y, hacemos mitos de los hombres opacos y oscuros y a los seres de luz los abandonamos a su suerte. La observación de todo aquello que nos rodea y de lo que nos contiene como seres casi está mecanizada y convertida en un espejismo en el que parece que nos reflejamos y que, cuando se le presta atención ya ha desaparecido como una especie de fugaz maligno espíritu. Tras ello se esconde el empleo de la robótica como herramienta disuasoria de las emociones que provocan las verdaderas percepciones a lo largo de nuestros dias. Un invento más de la humanidad para ejercer el poder de unos sobre otros, capaz de solapar y tergiversar la verdadera realidad extendiéndola en un segundo plano, entendiéndose ésta como la que enmascara el primer plano que guarda la realidad que nos afecta y no alcanzamos a ver o, en otro caso, a comprender. Terrible es vivir como lo hemos hecho hasta ahora, buceando diariamente bajo una realidad inventada intentando descifrar los símbolos que la reprentan, trabajando para los demás y para aquellos que en nombre de la libertad se enriquecen oscenamente, convierten la belleza en otra mercancía más y arruinan la tierra haciendo política con ello.
Abandonamos nuestra intuición de la cual parten muchas certezas, incluso la verdad subversiva que le hace frente a la verdad ilusoria y, nos quedamos a cambio con las mentiras que nos sirven en bandejas de oro que son los cortafuegos de las revoluciones. No existen verdades absolutas en nuestro pensamiento pero, existen las que son capaces de cambiar nuestro destino para bien o para mal, según la elección que hagamos de ellas. Cada cual elige pero, a veces las alternativas están sujetas a una especie de catálogo en el que se relacionan las opciones disponibles que las sociedades, desde su pobre visión del mundo, ponen a disposición para la «libre» elección, de las que, en ocasiones, resulta algo así como ponerse a descifrar el Manuscrito Voynic.
Así, conocer el pasado implica ponerle riendas al futuro. El pasado más inmediato es el que hemos vivido, es la fuente de la sabiduría de cada ser. El más lejano es sólo una interpretación de quién, de alguna forma u otra, lo transcribió para que cruzase la barrera del tiempo. Pero, hay algo cierto en el mundo que desde un lejano tiempo, sin historia quizás y desde su existencia viene sucediendo; los árboles siguen orientándose y a su vez nos proporcionan tal sentido de orientación, lo hacen mostrando su cara más húmeda hacia el norte, algo ya casi olvidado para el hombre porque la tecnología suplantó tal sensibilidad. Ellos no escriben historia alguna, sólo existen y esparcen sus semillas como forma de supervivencia, filtran a través de sus hojas los rayos de sol, contienen la luz y el color, bajo su sabiduría siempre han dado cobijo a los pueblos y alojamiento a otros seres, no hacen historia, viven cada segundo de un tiempo que no les importa nada.
Debería haber grandes bosques alrededor de las cuidades capaces de absorber a toda esa inconsciente humanidad que pulula por el mundo en busca de alguna sensación que le abstraiga de su cotidianidad como si fuese una nueva diáspora, en los que corra el agua y puedan ver en ella reflejados sus rostros, donde el aire sea otro distinto al de todos los días. Y, así, entre ambas cosas, puedan purificar y dignificar su espíritu y por un momento ser ecúmene y alguien diferente a lo que la sociedad impone que sea. Sería el modo de abandonar para siempre los pensamientos y actos inocuos que las sociedades persiguen y reemplazarlo todo por la revolución que cada ser contiene dormida en su interior. No todos, vivimos en una civilización llena de seres vacíos que, encima de ser semejantes a un botijo seco desprecian a cualquier otro que sea distinto a ellos. Utilizan lo que saben para despreciar a los demás como un acto reflejo para no enfrentarse a ese vacío en el que están atrapados. Somos seres de luz porque vivimos de ella, del color que impregna todas las estaciones del año y la música que ello genera porque, el aire roza con todo y con nosotros que estamos ahí, con la luz que absorbemos, con las partículas que nos atraviesan y su sonido, en un acontecimiento sinestésico. Los seres de luz son aquellos que conservan la capacidad de observar, de ver cómo se filtra la luz entre las hojas y se derrama limpia sobre el suelo donde de nuevo comienzan a crecer los acantos, protegidos por el intenso aroma del arrayán. No es algo baladí, si no, otra de las grandes magnitudes que pueblan la tierra, oculta para aquellos seres que se esconden de todo en sus rincones oscuros pasando polvorientas páginas en busca de una razón que le de sentido a su pobre existencia.
Deberíamos imponernos parar por unos instantes; recorrer nuestras diminutas soledades, mirar al cielo e intentar contar cada una de las estrellas que lo pueblan en ese momento. En ese mismo acto dejar de mirar a uno mismo y sentirse parte del todo, de aquello que nos rodea mientras el tiempo se detiene y llena con tal magnitud los vacíos que los días han ido horadando bajo la piel. De eso trata la verdadera virtud de la humildad que no lleva implícita la sumisión. Entre unos y otros hemos construido un mundo en el que el sometimiento y el acatamiento de las reglas son el eje que pone límite a la libertad que queda enmarcada como una mera apariencia y que los integrados en el sistema acogen con una cortés obediencia, sólo para defender su posición o su estado social, importándole poco la huella de sus desechos que tras de si van dejando. Seguramente no tengan una clara imágen de si mismos y menos aún del mundo que les rodea y que, a la vez, les sustenta. Es la paradoja de la humanidad que se ama y desprecia al mismo tiempo.
Quaerendo venti by Ramón Sánchez.