
En nuestra cultura la admiración por todo aquello que forma parte del pasado, los vestigios de otras civilizaciones que quedan aún en pie y resisten al paso del tiempo, se ha convertido en un objeto más con el que obtener beneficios más que, considerarlo como restos vivos de una civilización o un baluarte tangible de la historia, un libro abierto donde en sus páginas quedó anclada la sabiduría de otros pueblos. Hemos conseguido transformar lo que generaciones han venerado en algo superfluo, en una mercancía sin sustancia, incluso, le hemos puesto precio a la belleza apoderandonos de todo lo que no nos pertenece para hacer con ello más provechosos nuestros beneficios materiales y, en algunos casos enriquecerse oscenamente con los bienes ajenos con el beneplácito de la mayoría silenciosa y obedientemente. Nadie entiende que, hasta nuestro propio pensamiento no nos pertenece, que nuestro pensamiento forma parte de ese enorme organismo que constituye la humanidad y que, aprovecharse de él para congregar fieles con los que lucrarse o adoctrinar a los pueblos para utilizarlos es otra de las actitudes más ruines que el ser humano enarbola bajo diferentes palios. Ante tal visión no es posible una rebelión.
La revolución que nos queda por hacer consiste en ensalzar la belleza en una diáspora que desprenda nuestras mezquindades y que vague y gire sin fin alrededor de nuestro universo, flotando sobre los aromas que desprende la tierra, los que inducen profundizar en el pensamiento.
La reflexión es enfrentarse a la duda mirando de frente a la realidad más próxima, la que nos rodea a diario, la que al mismo tiempo que la miramos se descompone en otra que es la que contiene nuestro espíritu, desgranar ambas estimula el pensamiento. En ese acto de cribar lo que nos rodea hasta acercarnos a lo esencial está la reflexión. En la duda que entraña, nos encontramos con una disyuntiva tras la percepción de ambas realidades con la cual surge la pregunta de si debíamos mantener su existencia o no y, a cambio, imponer lo que siempre hemos soñado, como si fuésemos seres de doble personalidad, la que ejerce el trabajo por la mañana sumida en un enloquecido devenir y la que sueña con lo que debería ser, lo que nos sitúa ante dos antagónicas realidades al mismo tiempo.
Pero, parece que no queda claro que la exclusión, la explotación y la pobreza e incluso la pérdida de dignidad que contiene la primera realidad es fruto de ella misma y que nos empeñamos en mantenerla y considerarla como la única existente, sin que dejemos darle alas a lo que nuestro espíritu contiene en esa segunda parte de nuestro ser.
Así surge el enfrentamiento entre el ser capitalista y el ser solidario que llevamos dentro, un enfrentamiento en el que la razón debería inclinarse hacia el desarrollo de las utopías. Podemos compararlo con las Araucarias, pues, nos inclinamos como ellas que lo hacen en el hemisferio norte hacia el sur y viceversa.
Nuestra civilización emana desde teorías ancladas en un mundo casi ancestral ya, parte desde dogmas capitalistas que tergiversan nuestro espíritu convirtiéndolo en un ser abominable capaz de dejar dormido a aquél otro ser solidario sin dejarle posibilidad de inclinarse hacia un distinto horizonte del que lo hace.
Nos hemos acostumbrado a reflexionar en términos económicos caracterizados por partir éstos de una ética y una moral sonrojante, pensamos con fríos cálculos sobre un camino que lleva hacia un destino inflexible marcado por una forma irreflexiva que permite asumir las diferentes creencias e ideologias creadas a propósito y que, indican la dirección a seguir como si no hubiese otro camino y, cuyo fin, es limitar las libertades incardinándolas en el sistema de oferta y demanda que abarca todo sin casi dejar espacio para salir de ahí, en definitiva, una civilización que basa su credo en una economía extendida bajo el yugo del capitalismo, cruel por la indiferencia con la que trata a la humanidad que rige, a todos los bienes que posee la tierra, a sus vegetales y sus minerales, a sus seres vivientes. Quizás, cuando dejen de existir la ideologias y las creencias que forman parte del sistema masivo de doctrinas y dogmas, encontremos nuestra madurez, ya no necesitaremos ondear banderas en los balcones de los edificios y prescindiremos de los sentimientos patrios como símbolo de reconocimiento personal, nos acercaremos entonces a las ficciones literarias mezcladas de leyendas y tradiciones como las que Homero dejó. Sólo hay que ser pobre para darse cuenta de esto.
El ser maduro debe actuar de forma integra, honesta y respetuosa consigo mismo y con el resto de seres pero, su existencia es escasa dado que casi todo está bajo un tupido velo o, envasado tras el precinto de la manipulación que una parte de la humanidad ejerce, utilizando y tegiversando el comportamiento, las emociones y las relaciones con los demás para beneficio de esos pocos, añadiendo a todo ello la extendida creencia de que el origen del hombre está literalmente en la encina y en la roca de Hesiodo.
Entendemos la vida como un acto pero no podemos entenderla sin que éste no exista. A todo acontecimiento le precede un acto de la forma que sea y, si esto es así, al igual que el contrario de la noche es el día o de la vida es la muerte, también puede suceder un acontecimiento sin acto que le preceda, así también es el espíritu que nace en un preciso instante al que no alcanzamos a conocer porque, hemos perdido la relación con el cosmos, con las estrellas y las constelaciones, con los planetas, con el movimiento de las galaxias, ya nadie mira al cielo en la noche y si lo hace no puede adivinar que hay más allá de las luces que alumbran las calles. Así la humanidad va derrotándose así misma a medida que avanza observando sólo su propio ombligo, asumiendo como cierta la mentira y como inevitable la desdicha de los demás. Hemos construido una civilización normalizada y sujeta a un sueño difícil de mantener y, paradójicamente, sin nada que pueda quedar como vestigio de nuestro paso salvo montañas de ladrillos.
Todo lo hemos llenado de víctimas del mercado infectadas por la propaganda, en poco tiempo seremos huesos fosilizados cubiertos de una pátina de tinta indeleble y envueltos en un, para entonces, plástico ya gelatinoso revuelto entre amasijos de hierro, alambre y petrificados ladrillos de barro, sin el olor de los tilos ni de los arrayanes, tendidos en el lecho de un arroyo seco que alguna vez discurrió con agua fresca corriendo sobre el oro escondido entre la tierra. Sin los mirlos que saludan la fresca mañana de julio o, del momentáneo silencio que presagia el calor que resistirá el bosque a medio día. Quizás lo único que resistirá el tiempo serán nuestras voces y la música que en extrañas ondas surcarán el espacio rozando las estrellas, imitando la geometría de la naturaleza de donde partieron, portando a lomos de los vientos estelares las semillas del padre de todos los arrayanes del mundo, su profundo aroma que residió tras las murallas y las altas torres, el que expandió su aroma al unísono con el glayar de los vencejos que vuelan rápido para beberse cada segundo que contiene el aire, el que cuando sopló el viento a su favor, supo que era hora de partir.
En este camino hemos olvidado preservar los entornos y las maravillas del mundo de la codicia, hemos olvidado oler el aíre fresco, escuchar el agua correr. Caminar sin sendero donde pisar, andar como lo hicieron nuestros ancestros sólo sobre los cascajales en los que se saluda uno a uno a todos los guijarros que salen al encuentro, conocidos y no conocidos. A cambio hemos contaminado hasta la vista, instalando pasarelas, vallas, monolitos que enturbian los paisajes primigenios y, hemos vaciado las ciudades para darle cabida a las tribus depredadoras, a los enjabres de seres procedentes de una civilización sin linaje y de pensamiento homogéneo que se distribuyen por el mundo a través de pestilentes aeronaves que espantan las aves y que empobrecen el aire por el que navegan, transportando seres que mañana habrán olvidado todas las historias que les contaron y, después seguirán pensado qué hacer con la suya propia, si pactar o no con su propio diablo.
Ahora voy a desplegar las velas como enormes alas y sobre las espaldas cargaré la linyera, porque sé que es hora de partir, porque el viento sopla a mi favor, saldré en busca de los perfumes de la tierra, al cobijo de los árboles, de los nogales y los castaños centenarios para acompañarles cada día y cada noche al amparo de la bóveda que forma el cosmos sobre sus ramas. A raíz de este pensamiento decidimos ir a constatar la existencia de la leyenda que dice que sobre los filos del viento se puede caminar. Comprobamos que a veces el viento acaricia la tierra y mueve los pétalos de las flores que crecen entre los guijarros de lo más inhóspito de la tundra, por momentos azotada por fuertes rachas capaces de desnivelar nuestro paso alternando con suaves ráfagas que transportan olores milenarios, desconocidos para todos aquellos que, por una u otra circunstancia, perdieron el sentido de la orientación y dejaron, al mismo tiempo, de observar su entorno y de donde procede su alimento y menos aún profundizar en sus raíces e, incluso de observar y percibir sus propias entrañas para discernir sobre todo ello. Todos aquellos son gentes apartadas ya de la visión del cosmos y de la naturaleza que siempre fue de la mano acompañando a la humanidad, gentes que erigen templos a las mismas moscas que relató Neruda en su Canto General e hicieron y levantaron con ello una cultura de las moscas muy lejana a la Teogonía que traza la historia del mundo desde su creación, gentes que nunca supieron interpretar el significado de las palabras de Hesíodo a pesar de empuñar el estandarte de su sabiduría y publicar a los cuatro vientos el absurdo de su conocimiento que de nada les sirve porque son incapaces de aplicarlo a la cotidianidad de su vida.
En el seno de ésta civilización que ocupamos y que hemos construido a lo largo del tiempo, aún existe la verdadera autosuficiencia que sería la libertad en toda la extensión de la palabra porque, el ser libre no necesita nada de ésta civilización. Tan sólo necesita sumergirse en el ocio de la observación, en dejar que los olores de la naturaleza refresquen todos los sentidos y los pensamientos e, incluso, traigan otros nuevos como un soplo fresco en una tórrida tarde de verano cuando la canícula arrecia. Quizás no necesite saber nada más porque en ésta sociedad el conocimiento se ha convertido en un signo de distinción al igual que el cultivo de su opuesto que es la ignorancia. Ambas cuestiones sólo son una elevada sutil forma más de evadirse, de abstraerse del mundo que no nos gusta y, lo peor aún, de apartar hacia un lado nuestro verdadero ser para poner en su lugar a ese otro casi divino en la cúspide de la pirámide del universo. En esa tarea hemos olvidado una buena parte de las cosas esenciales para el hombre, dejando en su lugar una cómoda prisión sin vistas a más allá, sin olores ni fragancias que nos recuerden la tierra que pisamos.
Sin darnos cuenta hemos comenzado a escribir o más bien a redactar una nueva geografía sonora, es decir, de los sonidos del mundo, de la tierra, y para ello hemos dejado en la cúspide grabados el sonido de la cotidianidad, de la goma rodante sobre el asfalto y de las maletas rodantes, de las máquinas infernales escupiendo hollín al aire que respiramos, del crepitar de las llamas en los infiernos, del golpear de la cama sobre la pared colindante, del rozar de los vasos, los platos y los cubiertos sobre la encimera o en el seno bajo el grifo. En última instancia hemos dejado el roce de las hojas en el otoño o cuando acompañan a las cigarras durante la canicula mientras una extraña brisa intenta callarlas, el sonido del oleaje y el buen augurio del fuego de San Telmo, todo ello enmarcado con divagaciones teológicas. Primero llegó Prometeo que era considerado como el titán protector de la civilización humana, luego San Miguel Arcangel que con una sola espada libró a la humanidad de los infiernos, seguramente, para lavar las conciencias ante el legado que vamos a transmitir que es un auténtico fracaso y un fiel reflejo de la realidad que hemos inventado. En la misma pirámide desde su cima hasta su base dejamos envasados sus correspondientes olores, incluso los que la belleza contiene, todo revuelto con las mercancías y los enseres, con lo superfluo y lo inútil, con la arrogancia y la vanidad, con el sentido doctrinal del ser egocéntrico mientras que, como otras veces dijimos; «aplaudido ello por la masa rítmicamente al compás de la Marcha Radetzky de Johann Strauss».
Con la música pasa algo igual. Existe la música que se escucha con el corazón y la que se escucha con la cabeza. Luego está aquello que se considera música y que manejan las corporaciones y la industria de la información para situarla en la cúspide de la pirámide que acompaña a todos aquellos enseres inertes colocados ahí también que, no son más que otro signo que refleja la decadencia de una civilización. Algo que no contiene ni mente ni corazón, sólo impulsos repetitivos capaces de manipular y orientar a los pueblos en alguna dirección concreta. De las dos primeras formas, la segunda es la que intenta descifrar cada acorde, cada nota y cada ritmo para, poco a poco, transmitirlo al corazón o reescribirla en otro sentido. La primera es la que emana de la naturaleza, del canto sinuoso de los ríos y de las caricias que las aves hacen al viento o a la brisa. La que surge desde los sueños, la que nos hace por un momento libres, la que guía la reflexión y asienta el pensamiento. Existen tonalidades que ascienden hacia el firmamento y nos llevan de la mano para explorar y abrir las puertas a las percepciones que suscita la visión del cosmos despertando también una inquietud por el orígen de todo, que profundizan al mismo tiempo en nuestras raíces y despiertan las actitudes dormidas por el paso del tiempo y el prometeico devenir cotidiano. Esto no es algo nuevo, ya pensábamos en ello cuando escuchábamos detenidamente el sonido de Pink Floyd, de King Crimson o de Tangerine Dream bajo la bóveda celeste de los cielos de verano en aquellas alturas, donde se podían contar las estrellas una a una y describir la nitidez del firmamento. Seguramente Pitágoras lo hizo numerosas veces y pudo desarrollar su teoría de que «el universo está gobernado según proporciones numéricas armoniosas» en sus relatos sobre «la armonía de la esferas». Ahora, entre la contaminación lumínica que impide ver con claridad el cosmos y este mundo tan docilmente confundido, parece imposible detenerse en esa cuestión. Pero, nosotros aún vemos estrellas que nacieron, quizás, antes de que existiese el tiempo, muchas de ellas ya no están y seguimos viéndolas, igual que algunas de ellas a nosotros, lo que, produce una gran sensación de soledad, pensar que mucho de lo que vemos ahora en el universo ya aconteció, se esfumó en otro tiempo desconocido, no lineal, quizás un tiempo tridimensional y, lo que acaba de suceder ahora mismo, quizás nunca lo veamos.
Visto así, el universo que conocemos es un símil de nuestros árboles genealógicos o viceversa y, el que no conocemos, seguramente resida estático, sin tiempo porque siempre estuvo ahí, en algún lugar desde donde abraza a todo el resto del cosmos para sostenerlo.
No hagas caso a esto, es pura fantasía, no soy astrónomo ni siquiera aficionado, sólo de vez en cuando miro al cielo. Durante años muchas noches han transcurrido explorando el cielo, contando las estrellas fugaces que lo surcaban a velocidades increíbles. A veces las chispas incandescentes de la pequeña hoguera, en su ascenso liviano hacia la noche, se confundían con los astros lejanos. Los autillos y las aves nocturnas ponían el eco a aquellos fugaces bólidos. Mas arriba, sobre los tres mil metros, el silencio tan sólo roto por la brisa que se incrusta entre las grietas de las rocas, impregnaba aquellos lugares del misterio que el hombre siempre ha intentado desvelar. Aún así, muchos han dedicado su vida a escribir panegíricos de si mismos o de las frivolidades y vanalidades que componen la vida de consumo, haciendo de ello épicos relatos que nunca servirán para cambiar el mundo pero, que con el tiempo formarán parte del resto de los incomprensibles vestigios que esta civilización va dejando a su paso.
Estamos asistiendo a una humanidad ontologicamente extraviada que diviniza y levanta altares a todo tipo de productos y enseres incluso a la ciencia más avanzada y al mismo tiempo deshonra a la naturaleza de donde provienen, como si todo tuviese su orígen divino en aquel bíblico maná que relata el libro del Éxodo.
Habenas in posterum by Ramón Sánchez.