
Cada río tiene su propio lenguaje, su manera de expresarse, cada uno es reconocible por su sonido, por las vegas que riega, por su mansedumbre o su bravura, por su forma de moldear los riscos y por su olor. Aquí, cerca de este, habitan los naranjos, los granados, algún tejo, chopos, castaños de indias, saúcos, almeces, plátanos de sombra, acacias, avellanos, arces y laureles. Beben del agua que trajo desde el río del oro Muhammad I, sultán y fundador de la dinastía Nazarí que, habitó estas tierras atraído, quizás, por el brillo y la magia de sus aguas. Las almacenó en albercones donde crecieron los nenufares traídos desde Asia y, los rodeó de altas murallas y defensivas torres para resguardarlos de la codicia de algún otro sultán y, mantenerlos a salvo como si se tratasen de un tesoro. Desde esa fortaleza, construida sobre una colina roja extendida sobre la tierra como un lingote de oro, pudo oler el aroma que hasta allí llegaba y que desprenden, allá abajo, los tilos crecidos en las orillas arenosas del río. Pero, seguramente nunca tuvo en consideración que todo aquél paraiso era fruto de la generosidad del agua y del sudor de los esclavos, fruto de una errónea interpretación de lo que nos acontece, de lo que la Naturaleza pretende que traduzcamos, de lo que dejamos escrito a través de los textos a lo largo de los siglos, desde que aprendimos a expresarnos.
En las decoraciones caligráficas de escrituras cursivas y cúficas que cubrían muchas de las estancias que guardaban tras de si aquellos muros, se podía leer «sólo Dios es vencedor» lo cual se puede interpretar haciendo varias lecturas porque tal expresión, no sólo posee un sentido religioso si no, también, un sentido existencialista marcado por una realidad anterior al pensamiento o, un sentido que forma parte de otra visión cosmogónica teniendo en cuenta que, entre aquellas gentes había magníficos astrónomos y, quizás mejores pensadores que hoy en dia. Es vencedor en el sentido teológico porque gracias a su divinidad y la motivación que esas palabras suponían para las tropas, era posible conseguír la victoria bajo su protección y a la cabeza de los ejércitos pero, por otro lado diríamos que; «es vencedor» porque, es el causante en el sentido figurativo, es el organismo sujeto a la eternidad por las leyes de una quimica, una física y unas matemáticas desconocidas. Irremediablemente en nuestro universo todo siempre tiene un final y, en nuestro caso, esa causa final, sería nuestra propia muerte vinculada a esa figura de naturaleza extraordinaria, incognoscible, no teológica y que dicta las leyes, quizás metafísica por pertenecer a la causa primera de todo lo existente, de lo intangible y de todo aquello que desconocemos porque nos supera en el tiempo al que, no está sujeta. Por lo que respecta al universo que nos engloba, quién sabe de su fin o de su vencedor, tan sólo queda esperar que llegue la noche.
Aquellos muros, sus altas torres descansan sobre el sudor de aquellos que no tuvieron más fortuna que la de moldear las piedras, arrancarlas de la tierra y unirlas unas con otras con argamasa. El tiempo ha ido borrando la huella de sus padecimientos que quedaron a los pies de esas murallas pero no el olvido, expropiados, quizás, de su tierra y de su hacer cotidiano y dedicados sólo a la obediencia impuesta por el monarca como único sentido de sus vidas, no en vano, a cambio, quedó la belleza que con sus manos construyeron. Aún continúan regados por las mismas aguas de entonces, los arrayanes, los rosales y los castaños, a las que también acuden la Curruca, Petirrojos, Jilgueros y Mirlos cada mañana donde mojan sus plumas. Son las mismas aguas que brotan de sus fuentes, las que llenan las albercas donde nadan los lirios y las ninfas de agua ante la mirada de los sapos. Todo forma parte de la música que inspiró tal oasis.
A orillas de la corriente la brisa es la respiración del agua, la exhalación que mueve las hojas de los helechos y los culantrillos. Es un acto de la naturaleza, es una conjunción de la física y la química que nos hace orbitar entre un preeminente cálculo matemático, nuestra mirada y nuestra piel y, como cada acto que es, va precedido de un espíritu que nunca fue descrito y al que, sólo conocen aquellos que dejaron refrescar el sudor por la brisa atestada de húmedas particulas e ignotas fragancias, conocido también por los que toman su descanso a la sombra de los alisos, junto al agua que corre ligera pero sin prisa porque, ha de humedecer el resto de las raíces y brillar más que el oro para que los vencejos, con su vuelo rasante, planeen ligeros sobre ellas, es su inspiración y lo que les hace volar alto.
Al anochecer, cuando abres de par en par el balcón entra el olor de la noche, las fragancias que destilaron durante la mañana los tilos de verdes hojas nuevas recien florecidos y los rosales cercanos a las torres, donde florece la sinestesia del olor y el color. Son los aromas que desde un lejano tiempo inspiraron a las aves para levantar su vuelo. El único lugar del cosmos donde se abre la ventana en la que la cautiva soñaba con mojar sus pies en las cristalinas aguas que abajo corren, ligeras, como si tuviesen prisa para desenterrar el oro dormido en su lecho, ligeras como su murmullo que hace eco en los huecos donde parecen estrellarse los vencejos buscando los misterios que, allá, entre las piedras y la argamasa se esconden. Y, a la noche, todo ello se levanta en el aire impregnando cada partícula que contiene de ese olor que nunca pierde la memoria.
Cuando se filtran los primeros rayos de sol entre las ramas producen incandescencias en las hojas que roza, en los más cercanos a las murallas se refleja sobre el verde nuevo el dorado de sus muros y, abajo, en el remanso brillan los reflejos aéreos de las torres que se alzan a lo largo de su ribera y, quién dice que no es oro.
Al filo de las magnitudes orbitamos sin descanso mientras se sucede el día a la noche, en un confín inexplorado donde todo vibra en secuencias armónicas cuyo origen está en la eternidad que nos precede y que, se producen con el roce de los astros con el polvo estelar, concentrados en su propio ritmo que se desenvuelve en cadencias imperfectas, sin fin ni término conocido, suspendidas en ondas armónicas semejantes a las que exhalan los aromas de la tierra, al igual que la mezcla del olor de la rosa y el tilo estimulados por los brillos anaranjados de las murallas que los rodean.
Así van los días, entre «el verde del prado para la escritura y el negro de la reluciente rueda de plegaria» que diría Byung-Chul Han. El dorado de las torres y las murallas de la Sabika, las teclas negras y blancas que traducen los pensamientos sobre el enjambre de una partida de ajedrez en la que nunca se sabe quién ganará, si ellos o yo, aunque siempre suelen dominar las emociones ante la razón. Las armonías que dictan esas emociones cuyas ondas, viajan como un eco permanente por el espacio, van en busca de algún lugar donde hacerse eterno remolino y orbitar alrededor del universo al que el hombre dotó de mente, se van convirtiendo así en una tonalidad sin dueño y nunca escrita.
Tan solo los seres necesarios tienen oídos para esto. Por eso no dejes de brillar como una estrella. No debes entrar nunca en la Derinkuyu que Jenofonte menciona donde habitantes de Anatolia vivían bajo tierra y, pensar a cambio que, pasamos por la vida labrando y sembrando para un futuro, que en ese quehacer dejamos pasar los días más hermosos sin casi prestarle atención, debería ser el viaje a Ítaca de Kaváfis. Nunca pensamos que la vida es ese trayecto. Piensa «memento mori» recuerda que morirás. Piensa a cambio que olvidamos hacer las oportunas reverencias cuando caminamos bajo el amparo de los árboles que son seres que viven cada segundo de su existencia, motivados por los profundos aromas que desprende el arrayan a sus pies, los que filtran entre sus hojas las primeras luces del día, los que dan su desinteresada sombra a los acantos que, exuberantes, florecen cada primavera y pueblan el bosque.
Nos empeñamos en seguir sin dar la importancia que realmente tiene e ignorar todo aquello que la Naturaleza desinteresadamente da, con lo que construye el mundo por si misma sin que nuestras presencia sea necesaria para ella. Ello, con la creencia de nuesrro origen divino lo cual nos lleva a pensar que; «las personas son el valor más importante de nuestra organización» sin tener en cuenta que somos naturaleza, un organismo en simbiosis que, curiosamente, se convierte en depredador de si mismo. Nos desarrollamos aferrados a nuestra propia creación, a nuestro inane cosmos, que, entre otras cosas, consiste en la extracción de los bienes comunes de la naturaleza para convertirlos en bienes de consumo como resultado final y, a la vez, en armas para luchar contra nosotros mismos, ello no deja de ser una actitud ancestral pero extemporánea y, cuando disponemos de todo ese armamento y de todos esos bienes, llegamos a la conclusión de que eso es el estado de bienestar. Nunca nos hemos parado a pensar que, ésta, nuestra forma de actuar y de llevar la vida, ahora, podríamos considerarla errónea, siglos atrás puede que tuviese sentido al no conocer las limitaciones de nuestro planeta entonces, pero ahora, cobra otro sentido que va enlazado directamente con nuestro ser más profundo y con la arraigada creencia de nuestra posición casi divina en el universo. Mirarse a uno mismo y descubrir que lo que hemos entendido hasta ahora como esencial no lo es, es un acto del ser humilde, del ser pensante y de la razón que éste lleva en sí. En las sociedades de consumo donde nos desarrollamos, la importancia de la naturaleza y del espíritu que ésta contiene e impulsa a la persona/sujeto pasa a un plano inferior rebasado por unos bienes que sólo sirven para clasificar los diferentes estratos sociales sin darle ninguna importancia a la procedencia de los mismos lo cual, pone de relieve el declive que asiste a esta civilización de actitud egoísta como principal valor.
La naturaleza humana se va transformando con el paso del tiempo y a medida que nos distanciamos de la Naturaleza, de la idea de Heráclito sobre ella, de Physis. Las cualidades esenciales que nos distinguen, ahora, parecen estar poseídas por un espíritu que esgrime un velo lo suficientemente espeso como para no dejar ver nuestras sombras, esas que alguna vez hizo alusión Jung. Cuando, en nuestras soledades, corremos hacia un lado esa cortina y nos encontramos con ellas, preferimos seguir soñando con pertenecer a una jerarquía del universo que, realmente no existe pero, la inventamos y adoptamos haciendo de ello una realidad que nos convierte en seres cercanos a una divinidad subjetiva, inamovible incluso por la ralentización de las corriente oceánicas, una realidad lanzada desde los altavoces mediáticos que escupen los sistemas de propaganda desde la antigüedad hasta ahora y, de esa forma, sortear así el encuentro con nuestra verdad, esa que siempre anda escondida. Así, despojado nuestro espíritu de aquella naturaleza, también de la empatía que lo personifica, que nos ha caracterizado y que es el primer signo humano, nos lleva hacia una espuria versión humana en la que, seguimos firmemente las teorías de los filodoxos para hacer de ello nuestro camino y, peor aún, sin haber físicamente caminado nunca porque tras los pasos está el pensamiento.