Recolección

Es fácil desde este cómodo mundo censurar a las sociedades en las que vivimos, en su conjunto divididas por las líneas que marcan el norte y el sur y, terrible es transcribir frases alentadoras o, motivadoras quizás, recortadas de los libros que los eruditos dejaron escritos y, con ellas, utilizarlas para lavarse la conciencia ante los demás mientras se vive silenciosamente acomodado bajo las normas que rigen esas múltiples sociedades, basadas en la ley de la oferta y la demanda, en el producto interior bruto de los países, en la vida de consumo, en el desorbitado y despiadado crecimiento y en el poder, en definitiva, por valores impuestos en ésta era capitalista muy distintos de los que encierra el espíritu humano puro que nunca fue deshonrado por la sinrazón. Quizás aquél espíritu emergería de nuevo si el ser humano saliese de este falaz sistema, del propio egoísmo que ambas partes encierran y, por otro lado, se enseñase a dudar. Las normas al igual que la justicia fueron hechas por unos cuantos cuatreros para defenderse y las hemos ido aceptando porque sin ello no sabriamos vivir de otra forma, lo cual nos lleva a la conclusión de que vivimos bajo unas reglas que esclavizan a los pueblos. Pero aún hay quienes escriben, hablan, pintan y dibujan, hacen y anotan la música, las delicias que hacen la vida y, todos lo hacen para el alma, si no fuese así no tendría sentido, ellos son los espíritus libres, los demás, seguramente seamos parte de los restos o, de las impurezas o las limaduras que quedaron atrapadas por alguna razón en algún lejano rincón de este mundo después de una gran hecatombe que aniquiló la hipotética civilización que nos precedió y que, desconocemos porque no quedaron vestigios de ella. Los que sobrevivimos a aquella catástrofe hemos quedado rodeados de los petulantes, de los que se creen superiores a los demás, de los imbéciles, de los radicales que acumulan la riqueza para sí, de los que nunca escucharon el «suzukaze» al que llaman los japoneses como sonido del viento cuando pasa entre las ramas de los árboles, rodeados de los que nunca se fijaron hacia donde se inclinan las Araucarias, de los que derribaron los árboles que marcaban el punto exacto donde se encontraban los lugares mágicos para levantar en su lugar, enormes templos dedicados a emergentes deidades o, monstruosas estatuas de bronce o cubiertas de oro que representan a los nuevos profetas de las ideologías. Y, así, el vacío se hace enorme al igual que la angostura.

Desde entonces se desenvuelve todo bajo los efectos narcóticos que produce la fiebre del oro, bajo valores extraídos de la chistera de algún perverso mago que, con ello creó nuevos infiernos en los que a sus puertas sigue custodiandolas una criatura semejante a Caronte que exige el óbolo necesario para adentrarse en tan inhóspito lugar al que, cada ser que habita este mundo, contribuye diligente y amablemente engrosando así la fortuna de aquél. Alejados de todo ese mundo, de esa imperiosa realidad que no deja lugar a otra.

Como otra muchas veces anduvimos recogiendo las ramas secas, esas que muchas noches señalaron los caminos estelares que a otros les sirvieron de guía en la noche. Recogimos del suelo, de entre los guijarros mezclados con la hojarasca, las ramas que contuvieron alguna vez la seroja atrapada entre sus nudos, tras el viento, tras la ventisca, las cargamos una a una sobre la espalda y, en el camino pudieron ellas mismas contemplar la frondosidad que alguna vez tuvieron, el frescor que ellas mismas guardaron entre sus hojas las tardes de verano. Escucharon el sonido del viento cuando pasa entre ellas. Después, en agradecimiento, nos dieron calor en aquella gélida noche, salieron en busca de la ingravidez que permanece desde siempre en el firmamento y, quedaron suspendidas en forma de pavesas entre los fanales que como chispas incandescentes pueblan el espacio.

Le pusimos alas al pensamiento junto con las pavesas y, a continuación, observamos su ascenso liviano, vimos como se adentraba entre las energias que separan cada una de las esferas que pueblan el cosmos y pudimos adivinar que, cada uno de esos intervalos comparte semejanzas con la música y la matemática, vimos que la distancia entre dos planetas o dos estrellas y dos numeros es la misma que entre dos notas cualquiera de las que se compone la música y, comprobamos que el sonido que emite el cosmos que, es el que producen los astros cuando rozan con el polvo estelar, aún no está anotado en las tonalidades que dan forma a la música, seguramente, ese sonido, se encuentre oculto en alguna distancia exacta entre alguno de los semitonos que forman parte de todas las tonalidades o, quizás en todas porque es el todo, incluso, oímos que dentro de ellas está el sonido que emite el tacto, aunque el nuestro ahora es una mera pulsación.

Más allá, llegué a mi propio infierno donde vi mis males y mis virtudes, donde mi débil espíritu manipulable se enfrenta al espíritu indomable que los hombres han creado para dominar su propia esclavitud, en vano siempre he intentado salir de ahí aplicando todo el conocimiento que encontré en el camino y que la humanidad extendió sobre la tierra mientras, en los ecos de esas vastedades subterráneas resonaban las palabras de Marco Aurelio que rebotaban una vez y otra entre las paredes hasta quedar sobre ellas inscritas en caligrafías cursivas y cúficas como salidas de la pluma de Ibn Zamrak en las que repetidamente e insistentemente decia; «Pronto habrás olvidado todo; Pronto todo te habrá olvidado a ti». Entonces pensé, con mi patria a cuestas, sin banderas de ninguna clase, sin nada que defender salvo a uno mismo, salir hacia un exilio siguiendo las palabras de Terry Eagleton: con «esperanza sin optimismo y con alegría sin autoengaño», imitando al espíritu superior que busca la soledad según Schopenhauer.

En ese camino encontré que nuestra dialéctica se ha convertido, en la mayoría de los casos, en un diálogo impreciso tras la interpretación de los diversos signos y emoticonos que nos rodean, fluyendo así una nueva cosmogonía, una nueva praxis que nos lleva a establecer un nuevo paradigma mientras que, una emergente y espuria inteligencia artificial toma el relevo a la humanidad y se integra en las economías, en las ideologías y hasta en las creencias de los pueblos para mercantilizarlos al precio más barato, sobrealimentando una crisis ambiental, de biodiversidad, social, de pensamiento sobre todo y relegando a un lado los valores inmanentes del ser humano. La creatividad y la experimentación es la base de todo conocimiento, sin ello vamos camino de convertirnos en otra clase de producto, a convertirnos en lo que podría llamar como «la enorme tristeza que embarga lo que nos hace ser humanos».

Desconectados de la verdadera realidad que contiene el todo, de la mente del universo que concibieron los filósofos herméticos y, sujetos a otra distinta realidad, humana también, pero, tan infecciosa que, adulterada y artificial se propaga en forma de bien de consumo dejándonos ciegos, de espaldas a los acuciantes cambios de nuestro entorno de los que somos cómplices, de nuestro medio y, hasta de nosotros mismos y de las futuras generaciones, situándonos frente a un camino marcado por quien sabe quién, quizás desde tiempos de Constantino, que se dirige hacia un destino marcado por un inmaduro y obsceno proceso de crecimiento que ha ido, pacientemente, generación tras generación, engarzandose en las profundidades de un modelo de vida en el que, la injerencia y la participación en ella de las ramas mas intolerantes, fanáticas y sectarias de las religiones y las ideologías que se asientan en las sociedades, más, la desidia humana, cambian la idiosincrasia y el destino de la humanidad, sumándose a esta enorme ola las doctrinas que encierran la vida de consumo capaces de convertir todo lo innecesario en necesario, empeñandose en cambiar forzosamente el destino del hombre siguiendo el viejo error de considerarse como ser superior.

La órbita de los astros y sus giros pertenecen al génesis de una vida superior nacida de una inteligencia que nos es desconocida y que puede que no lleguemos a comprender nunca, pero, en su esencia, esa armonía entre órbitas y giros son también un acto propio de la vida al que estamos sujetos, por lo tanto, poseen un espíritu cosmogónico aunque, desconocido. Sargón, Zecharia Sitchin, los Neter y los que sueñan ver de nuevo a Nibiru, son los que conocen de todo eso, nosotros ya lo hemos olvidado y los que nos antecederan nunca lo tendrán en cuenta. Hay una razón que impide sea esto de otra forma porque, hay quienes se empeñan en desviar el destino del hombre desde su condición de seres superiores, son los mismos que mezclan la teología con la filosofía, los que deifican la mente del todo y las fuerzas del universo aún desconociendo las leyes que rigen el origen de la naturaleza y que nuestra ciencia sigue buscando. Por eso erigen toda clase de templos desde donde se desprenden aromáticos perfumes de incienso, mirra, miel, vino, ciprés, uvas frescas, azafrán, enebro, cardamomo e incienso, de tan poderosas fragancias que cualquiera que se deje cautivar por ellas se olvida tanto de sí mismo que, cuando se despierta y se alcanza de nuevo ya será otro. En ese camino vamos perdiendo la sensibilidad que nos hace ser y, vamos adquiriendo otra distinta dominada por la que el sistema considera adecuada para permanecer en él, claro, partiendo de la base de que, la realidad es todo lo que es sensible a nuestros sentidos. No es muy difícil entender que cualquier sistema es capaz de crear todo aquello que pueda producir satisfacción ofreciendo para ello «bienes» ilusorios lo suficientemente atractivos para que el sujeto se deje cautivar y desarrolle una sensibilidad hacia ellos, creándose así otra realidad más fácil de manipular.

Habitáculo by Ramón Sánchez

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