
En ese espacio caminé sobre las hojas, recorriendo una distancia mullida pero imprecisa por sus diferentes tonalidades, a veces sobre el agua que corre entre los intersticios sonoros que forman su manto vegetal, sin pausa ni tregua alguna porque todo ello procede de algún otro orbe lejano y merece esa pulcritud y, caminé en una tierra en la que ella misma marcó hace ya sus límites entre la aspereza y la dulzura y que solo rebasa cuando la afrentamos. Tal ofensa ocurre porque puede ser que nunca adquirimos el conocimiento suficiente para entender que formamos parte del conjunto de todo lo existente, mas hay quienes se aferran a su ególatra existencia como alimento para sustentarse, sujetos a un sórdido discurso aprendido como un mantra que se repite y repite, son los usurpadores de la memoria colectiva que hacen suyo el pensamiento del que es la humanidad su única propietaria porque, el pensamiento surge de la macrocélula que compone lo humano y de la que todos formamos parte en un sólo conjunto que hace que, esa inteligencia, sea un bien común y una virtud humana, intangible, universal y a la vez única por ser sólo una compacta estructura, por eso, mi pensamiento no es mio porque forma parte de un mismo esqueleto. Así que, es ruin alimentar el ego como forma de dominación sobre los demás y, al mismo tiempo, de uno mismo, pretendiendo con la primera forma exaltar las cualidades y virtudes propias que uno cree tener imponiéndolas sobre las de los demás con la esperanza de ser único. En el fondo no es más que una forma más de abrirle espacio a esa presunción y dejar que domine haciéndose dueña de nuestro ser.
Los años te hacen ser extraño, a no entender porqué socializar si en ese proceso de aprendizaje no existe ningún elemento que añadir para integrar en la personalidad, ni influencia alguna que evite interponer muros alrededor de una sociocultura hecha de superfluas necesidades y banalidades, manipulada emocional y tecnológicamente, donde todo es envasado como otro mero objeto de consumo que en sí mismo nos transporta hacia un entorno perversamente subyugante e inhabitable, sobretodo para aquellos que son conscientes de ello o para quienes la vida transcurre sumerjida en la pobreza. En la reflexión que nos dejó Pericles a través de Tucídides en su discurso fúnebre tras la guerra de Atenas y Esparta, hace énfasis del valor y la libertad, ahora es posible darle otra lectura transcurrido el tiempo y darle un sentido más próximo a la sociedad actual, por lo que, desde otra visión queda reflejado de alguna manera el anterior relato y, dice así «Para un hombre que se precia a sí mismo, en efecto, padecer cobardemente la dominación es más penoso que, casi sin darse cuenta, morir animosamente y compartiendo una esperanza».
Mientras la vida se disuelve entre todos esos menesteres y los nuevos poetas buscan versos entre los entresijos del mundo, supimos que las nubes no son algo inofensivo, que no son endriagos dibujados en páginas azules de libros antiguos porque, anduvimos ligero delante de ellas, a veces sujetos a las plumas de las rapaces que, veloces, también surcaban el viento que les precedía mientras los truenos luchaban por tocar la tierra entre los ecos lejanos desde donde un día partieron, al inicio del mundo.
Siempre ellas han sabido del poder de su belleza y, carentes de egolatría alguna, la extendieron sobre la tierra sin panegírico alguno y sin pedir nada a cambio, sólo para que imaginásemos mirando al cielo. Son aire y viento, agua, sombras y luces, son la marmita donde los seres que las contemplan guardan sus deseos, son páginas escritas por la tierra, el refugio de los visionarios que de ellos es todo esto, magnitudes que parecen descansar e, ingrávidas derraman y absorben las energias que componen el mundo.
Para conocer, (no en el sentido científico) y, apreciar la naturaleza no sólo hay que observarla, admirarla, olerla y oirla o, pasear bajo su protección, sino también percibirla sumergiendose en la intensidad que contiene sus embestidas que, forman ventiscas, lugares inhóspitos para la comodidad, los gélidos copos que traspasan la piel, la marmita de agua congelada, el viento desconsolado que busca abrir las cremalleras, las manos inservibles. Una vez dentro de ello, irremediablemente, se estimula nuestro antiguo espíritu de supervivencia, hoy tan oculto y frenado por nuestro desafortunado diálogo con la máquina. Allí, prevalece el verdadero sentir que proporciona la libertad y que deja apartado a un lado uno de los ejes de la filosofía que es la justicia poniendose en su lugar, al mismo tiempo queda anotada una página más en un diario icomprensible para otros donde dice; «Allá no existe la justicia que los hombres crearon para defenderse de si mismos. Solo existe el tiempo que derrumba y construye atalayas de roca y las enormes soledades con las que combatir las nuestras».
En esos yermos congelados, el viento, en su soplar acarrea consigo las palabras más antiguas; el si y el no, tan simples, tan lejanas y equidistantes al mismo tiempo, palabras con el poder de transportarnos hacia cualquier destino que nunca hubiésemos imaginado. Así mismo, capaces de inferir sobre nuestros actos y juzgarlos, abrir huecos, marcar distancias y lapsos, descansos y treguas, intervalos de tiempo ante las encrucijadas, así como, la elección de nuestro dulce o no paso por esta vida. Pero la pobre educación y cultura a la que hoy asistimos sólo da lugar a la obediencia y deja sin un espacio posible para la afirmación o negación que contienen aquellos adverbios, desapareciendo así la disyuntiva que nos hace pensar y reflexionar sobre lo trascendente del verdadero lugar que ocupamos en esta vida que transcurre cabalgando en un universo que nos acoge a velocidad inimaginable. De esta manera nos sumergimos en una vorágine en la que el viento sólo sopla en una sola dirección haciendo imposible cualquier decisión contraria. Pero, también hay que tener en cuenta que, el viento trae consigo el olvido, mientras que nos sacude con su furia desintegra en un lapso la memoria dejando un único pensamiento en el que el mundo interior y el exterior es el mismo, ensalzando a la vez el espíritu de supervivencia como un único destino. Ese viento no es el que suena entre las rendijas de las ventanas y que vemos en las películas o, el que nos arremete tras doblar una esquina de la calle, es el de la naturaleza viva, el que hace inhóspitas las tundras más hermosas, el que ruge porque así lo quiso, el que transporta a sus espaldas el tiempo y es capaz en un instante de detenerlo contigo en su interior. Es solo para los elegidos y para los visionarios, para el resto, es sólo eso, viento. Es la enorme magnitud que recorre palmo a palmo la tierra, que conoce todos sus rincones porque le atrae el silbido que resuena cuando se incrusta entre las grietas de las rocas, porque es otro dios que inventaron los hombres para rendirle pleitesía y calmar su furia
En su devenir existe un peligro y, es que, a fuerza de su prolongado rozar la piel se vuelve dura hasta llegar al corazón. Entonces te vuelves el protagonista de un naufragio y comienzas a nadar sobre una enorme balsa, sobre un vasto océano, sin tierra a la vista, buscando agarrarte a los maderos que flotan sobre las aguas con la creencia de que te mantendrán a flote hasta encontrar una isla donde arribar. Pero, solo es una creencia, no hay isla alguna y el océano engulle todas las dudas sin dejar lugar a determinación alguna. Sin más conocimiento la creencia sobrevive, se hace misterio y, no es que sea más fácil creer que pensar, ambas cuestiones son como el «si» y el «no», sólo son viento que nos arrulla, sólo son hipótesis sobre el mundo que venimos construyendo, sólo son nuestro distante reflejo entre los demás. Sólo es un espacio inconcluso y ambiguo porque no sabemos nada del origen ni del final y nos mostramos por ello arrogantes. Sólo es una forma de dar sentido afirmativo o negativo a cuanto hacemos y acontece desde un punto de vista socialmente común sin tener en cuenta que pueda existir otro prisma en un modelo de sociedad distinta.