Desapercibidos.

Nos pasa desapercibido el olor de la tierra salpicada de verdes, de oasis rocosos tapizados de musgos que filtran el agua hacia sonoros universos subterráneos, se nos pasa ver las sombras de los valles que dan forma a las inmensas lomas donde suenan las pisadas del ganado sobre los guijarros, se nos pasa fijar la vista en el azul tan sólo roto por las caligrafías que pintan las ramas. Se nos pasa contemplar el horizonte roto por las siluetas de las cumbres y adornado por el ascenso de las águilas suspendidas en corrientes que sólo ellas conocen. Se nos pasan las palabras esenciales. Se nos pasa escuchar el río y traducir aquello que sus aguas dicen. Se nos pasa observar cómo nacen las nuevas hojas desde la desnudez que dejó un invierno más. Se nos pasa escribir en el aire las letras arbóreas, las que nos sobreviven antes de que aprendiésemos a pensar.

La quintaesencia también radica en las enormes dimensiones que contienen las moles pétreas que dan forma a la tierra, que se alzan ante la sabiduría de los gigantes dendriformes que, como un ejercito, se agolpan acampados en masa a los pies de las cordilleras, en los rincones etéreos que dan sentido a todo lo que no lo tiene, a todo aquello que, escondido en la memoria, la carcoma, en forma de conocimiento social perfora. Decía Schopenhauer; «nuestro mundo no es más que una de las innumerables esferas que pueblan el espacio infinito y sobre el que se mueve una capa mohosa de seres que viven y conocen». Pero aún quedan vestigios de nuestra relación con la tierra que nada tienen que ver con los desproporcionados nexos que ahora nos sujetan a ella.

Somos el hombre árbol, un ideograma que representa la analogía con los árboles que nos acompañan, que muestran su belleza y su silencio tan solo roto cuando el viento o la brisa pasa entre sus ramas o entre sus hojas, silencio que es semejante al nuestro cuando callamos y decimos con él, es la belleza. Desde su afonía escriben versos con sus raíces aéreas sobre el horizonte describiendo el equilibrio que nos une desde donde un día partimos. En su inamovible antiguo mundo derraman sombras y luces sobre la tierra y, marcan el rumbo de los senderos en la noche y en el día mucho antes de que el hombre erigiese templos orientados a los puntos cardinales para sentirse amparados, todos esos árboles señalan el camino para llegar a las puertas estelares de Zogoth y a las ciudades escondidas que el tiempo sepultó, y sobrevivieron junto a respetuosas civilizaciones con las que engendraron sus hijos para extenderse y crear las selvas que hoy el hombre moderno esquilma. Siempre han vivido acostumbrados a la niebla y al frio, al sol desgarrador cuando llega, a ser refugio de otros, madriguera de los sueños y a no rendirse, a dar cobijo al pensamiento y a no obedecer. Su savia creó el mundo y de hierba que fueron, se transformaron en la insignia de la tierra, en el calor y la sombra y, son los poseedores del concepto de que no hay un mundo mejor, ni un mundo distinto, de que sólo existe un mundo que el hombre ocultó edificando sobre él templos, monolitos de granito con impresas escrituras misteriosas, enigmáticas y tapizadas de joyas y aceites y, elevó toda clase de estructuras megalíticas y teorías increibles que trascienden al reino de la naturaleza.

Su identidad está forjada por la firmeza de sus raíces, por la fortaleza de sus primeros brotes que al aire desafían a los vientos y se abren cada mañana buscando la primera luz, son ramas mirando al cielo y raíces recorriendo la tierra. Son quienes carecen de la ilusión como arma preciada para combatir la angostura con la que llegan algunos días porque, sus días son sólo uno, ese uno, es el tiempo, un único espacio que habita y que lo contiene todo. Son quienes esparcen sus siluetas al trasluz y quedan inmóviles ante la visión más hermosa de las estrellas que componen las galaxias cercanas a la antigua puerta del mundo.
En ese espacio, a sus pies está tendido un manto de historia, de misterios y enigmas que el tiempo ha ido dejando oculto, porque así es el tiempo, así son sus días.
Un espacio donde se alterna la calma y la tormenta como las de los hombres que los admiran porque, los otros sólo son eso, los que sólo componen la parte banal de la humanidad.

Ante esa trivialidad, a veces quisiera ser una roca asida a una gran atalaya, observando desde ahí las nubes, dejando pasar la belleza hasta las entrañas de las grietas donde, la nieve del invierno se incrusta, donde los sonidos vocales de las aves anidan, donde resuenan cuando se derraman las aguas valle abajo y, contemplar desde ahí hasta los paisajes de Nashtifan con sus molinos milenarios de madera y caña y, allá, dejar que cada noche cada una de las estrellas del firmamento aterricen sobre mi cabeza. Y, así, permanecer en equilibrio mientras las ventoleras giran alrededor silbando con insistencia los cantos que una vez rodearon el Zigurat de Ur cuando Nanna, hijo de Enlil dios del viento y el cielo, sostuvo que no los habia más antiguos en la tierra salvo, los vientos que aprendieron a serlo cuando el génesis del cosmos aún no existía.
Ahora, en la tierra, desde aquella roca se divisan los palacios y las casas nazaríes de la Alhambra, los árboles desnudos que dejan ver sus altas torres y sus fachadas, incluso hasta allá, llega el perfume del arrayan humedecido por las aguas del Darro aún plagado de los destellos del oro sumergido bajo sus aguas. Hasta allá llega el olor de antiguos perfumes que se derraman desde las ventanas de la Torre de los Picos, de la Torre del Cadí, de la Torre de la Cautiva, de la Torre de las Infantas, de la Torre del Cabo de la Carrera y hasta de la Torre del Agua, rodeadas del olor de las huertas, de los frutales, del barro de los senderos y el polvo ocre de los caminos que otros anduvieron, los mismos que dejaron tales vestigios como prueba de su existencia o, como demostración de poseer la eternidad, el conocimiento de su alma y la osadía de pertenecer a otra dimensión donde, el saber no sólo está en el conocimiento de todas las artes que el hombre ha ido creando hasta hoy, si no, en comprender lo que concierne al cultivo o no de la empatía, a la compresión de los estados animicos, a la hermenéutica, las actitudes y virtudes metafísicas que caracterizan a cada individuo, en la sana y fructífera relación con los semejantes incluso con la Naturaleza, en la afectividad que nos impulsa a ser, todo lo cual, tiene su sentido y su finalidad, mientras que, el sólo saber carente de ese conocimiento es una disciplina más como tantas que, sólo otorga a quién la posee una pérfida posición social y una contribución más a la áspera humanidad que tiene su origen en tal vaga actitud. Los que sostienen esto son los mismos que compran personas para amarlas, para llenar su vacía existencia y sus carencias. Son los que sólo escriben versos de amor carnal para satisfacerse a si mismos, los olvidados de sí y, por ende, su creatividad y fantasía se resumen a citar todo aquello que bajo los efluvios de alguna clase de narcótico quedó grabado en su memoria durante el transcurso de sus días. Realmente vivimos en sociedades narcotizadas poderosamente por una manipulación sin precedentes, siempre, de alguna forma la hubo, pero, no tan voraz como en estos tiempos.

A la vista está que el ser humano viene evolucionando en un sentido opuesto al que por naturaleza debía ser, es decir, vamos adentrándonos en un mundo artificial, humano porque proviene de nuestras acciones, pero, por otro lado inhumano porque en ese trayecto olvidamos nuestra raíz y nos situamos distantes y ante un punto de partida que no guarda analogía ni relación alguna con nuestros orígenes. Nuestra época es radicalmente bien distinta a las otras anteriores lógicamente, no en el plano humano y en lo relativo a la búsqueda de la identidad que nos caracteriza, de la verdad que nos salve de todo y de nuestra posición en el universo, esa búsqueda es algo inherente y no ha cambiado. En la era del capitalismo los valores que rigen nuestra búsqueda son distintos, impuestos por una forma de vida nacida en un espacio de tiempo muy corto e, introducidos en las sociedades por un sistema cada vez más lejano y apartado de la Naturaleza, ocultando con una especie de conjuro aquellos otros valores que daban sentido a la vida, ahora basados en un banal atractivo que nos conduce a buscarlos en la superficie que lleva en si el consumo y lo que éste implica y genera. Las cosas que ya nos atraen son distintas, nadie piensa ahora como entonces lo hizo Sócrates cuando aludía a que, «el conocimiento y autodominio habrían de permitir restaurar la relación entre el ser humano y la naturaleza». Si hablamos del conocimiento de todo lo que nos rodea, nos afecta y, por lo tanto, condiciona nuestros actos, nos encontramos ante la posibilidad de conocernos mejor y, así determinar si nuestra actitud encaja dentro de las reglas que rigen la justicia y el bien. Pero, nadie desde nuestra aséptica vida se atrevería a enjuiciar de nuevo lo que antes no era justo y ahora si o, viceversa, y menos aún evidenciar lo que el bien antes era considerado o los argumentos con que ahora el bien se sostiene, porque, no existe bien sin justicia, cada ojo mira de forma diferente y, más aún ante los nuevos símbolos que desplazan al sol, a la luna, al fuego, al agua, al vuelo de las aves y que, con una vaporosa ignominia consigue que desobedezcamos las reglas por las que los hombres han venerado la naturaleza, apartando a un lado la gratitud que es la forma de expresar nuestro bien hacer y estar después de pensar. Ahí termina el conocimiento y comienza la creencia.

Mientras la razón nos asista de nuevo, volveremos a uno de nuestros actos más antiguos; percutir los troncos huecos de los árboles y dejar que su eco se vaya diluyendo lentamente en el espacio, aguardando con los ojos cerrados para abrirlos cuando el eco haya desaparecido y, volver al golpear para que resuene otra vez más, y, así convertido ya en un latido más de la tierra, oirás que se aleja entre las hojas de los árboles, entre la brisa que rodea la luna, al compás de las ascuas que iluminan la noche y ascienden cabalgando tras el sonido hasta llegar a la ciudad de Uruk, hasta mezclarse con las aguas del Éufrates tras iluminar con sus destellos la Anatolia. A partir de ahí se fue construyendo la historia del mundo y los Poemas de Gilgamesh sin aún invasiones ni ruptura cultural. Escuchar esos ecos que se confunden con antiquísimas explosiones de lejanas estrellas pertenece a una extraña maravilla que, el tiempo acompañado de nuestro absurdo cotidiano quehacer, ha ido sepultando bajo el estruendo de los tambores de guerra y de la sin razón, por la invasión de los estados para construir otros en su lugar y hacerlos rebosar de incomprensibles signos y templos de consumo donde albergar decenas de miles de objetos que son el espejo donde se refleja nuestra realidad, el espacio donde brillan las virtudes más pobres de lo humano, donde adorar a los dioses para encontrar en ello la gloria, la inmortalidad y derrumbar a Humbaba. Antes de que todo esto siga ocurriendo deberíamos «viajar como hizo Gilgamesh a través de la oscuridad, por donde el Sol viaja cada noche y justo antes de que el Sol se lo encuentre, llegar al final. La tierra al final del túnel es un lugar maravilloso, lleno de árboles cuyas hojas son joyas»

Latidos by Ramón Sánchez.

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