Otra observación.

[[ Sin origen: es una sensación que puede invadirte en un momento dado, puede ser sólo una onda sonora que navega en dirección hacia nuestra eterna búsqueda entre lo imposible tras examinar lo que el tiempo ya ocultó para siempre, sin dejar vestigio alguno, es nuestra osadía en un día cualquiera.

[ https://youtu.be/-ayTNkA4hV8?si=9AXaAyN3Lr6qCgwm ]]

Se acaba la mañana de sol de un gélido día de invierno, en ese instante fue un cálido refugio donde encontrar el recuerdo de una buena vida y, después, trás su paso, después de esconderse el sol detrás de los muros de los edificios, fue rehaciendose de nuevo el invierno para hacerse fuerte hasta dejar desnudos los tilos, de ramas negruzcas, dormidas e inertes, acostumbradas ya a esa desnudez, al igual que la que produce la excluyente forma que tiene de gobernar la humanidad, bajo las pautas de un mundo creado sin control en el que se hace desaparecer hasta las pasiones y, en ese devenir sólo nos queda buscar el abrigo y una sopa caliente, la calidez de un abrazo o solamente la motivadora candidez de una sola palabra. Mientras tanto, en ese trance, a medida que el sol se levanta, traza en el aire vaporosas nubes que desde la tierra ascienden desvaneciendose a medida que se alejan de ella, es su aliento, el aire inspirado, la respiración de la tierra, nuestro alimento deshonrado por la peor ignorancia que es la negación de saber lo que es, convertida hoy en una pasión y en un estandarte, en un signo más que define a una ciega civilización o, quizás otra pasiva y cómoda forma de entender el mundo que nos contiene, fruto de revoluciones apagadas por el interés de otros. Más allá, el resultado de una aparente comodidad que acoge en su malvada inocencia a los ingenuos pueblos.

Algunas veces, dejar penetrar en la piel esa calidez que entrega ese sol en la mañana de invierno resulta reconfortante, pero, cuando ocurre diariamente mientras duran esos fríos invernales, cuando muchos días debía estar oculto su calor por los rigores de la estación, se produce una desconcertante sensación para quienes sabemos que no debería ser así, no así para las nuevas generaciones que no han conocido otra cosa, para las que, tal hecho, entra dentro de su cotidiana normalidad que, no es inventada por ellos, si no el fruto de todas aquellas ciegas aptitudes que, han ido a esa «normalidad», dando forma partiendo desde creencias e ideologías en las que nunca fueron incluidos conceptos que tengan en cuenta lo limitado de los recursos naturales, la fragilidad de la biodiversidad, la escasez que produce la sobreesplotación de los bienes comunes y la fragilidad humana y, menos aún, que contenga referencias acerca de la suplantación de todo lo que alberga el espíritu humano por banalidades creadas para diluirlo entre destellos deslumbrantes, capaces de disuadir al individuo de ejercer su propia voluntad con plena libertad y al margen de los sistemas masivos de creencias. Esa normalidad deja al lado del olvido las enseñanzas que la ética, la filosofía y las humanidades que en general contienen junto con sus esencias puras sin tegiversaciones que guarden en si, disciplinas que para el mundo de la economía dominante no es de interés alguno porque de lo contrario jugarían en su contra. Y así, basado en esto se va construyendo un endiablado entramado semejante al «Erdstall» que como escondite oculto recorre los inframundos para no ver la luz que desprende lo hierático que da forma al espacio que gobierna todo, donde nace la gravedad que nos sujeta a la tierra.

En Göbekli Tepe se dice fue donde pudo nacer «la conciencia de lo sagrado», la nuestra, la de ésta civilización no tiene en cuenta nada de lo que se pueda considerar sagrado en ninguno de los sentidos, sólo el desmedido consumo puede estar incardinado en ello, manifestándose éste de forma violenta y corrosiva, consiguiendo mover a las gentes de un lado a otro del mundo sin sentido, convertidos en meros observadores seducidos por el sonido del rodar de las maletas y el de los cajeros automáticos, multitudes dirigidas por las agencias para masificar los santuarios donde se guarda la magia milenaria que los druidas de otros tiempos fueron guardando pacientemente, gentes convertidas en auténticas hordas ávidas de un gozo superfluo, desarraigadas de aquellas raíces que alimentaron el mundo cuando aún no existían nefastas creencias y los bosques cubrían la tierra, todo a cambiado desde entonces, mientras tanto, siguen las campanas de las iglesias repiqueteando llamando la atención o a sus fieles como cada domingo. Y, las nubes, pasajeras, con su agua contenida para vaciarla quién sabe donde, pasan, mientras la tierra se va secando bajo su paso y, entre medias se filtran los rayos de sol de la última hora de la tarde al mismo instante que asciende el olor a café que desprenden los locales cercanos, salpicados en su interior de sus gentes que conversan en una pasmosa armonía, y, al lado la paciente cola de la oficina de correos desde la que tras sus cristaleras se ve pasar el autobús con todas sus luces ya encendidas, mientras que, poco a poco, los luminosos de los comercios se van encendiendo y las planchas de los bares van tomando calor con el que se desprede el aceite pegado del mediodía, afuera comienzan a formarse largas colas de automóviles que van y viene en ese cosmos, bajo los árboles en fila, de hoja peremne, que adornan las aceras y que impiden el paso de los rayos de sol a los edificios colindantes cuando llega el invierno, una absoluta normalidad difícil de cambiar, arraigada a una conciencia que permite saber de nuestra existencia en esos instantes y que, tras esos estímulos, dan a luz una realidad común que mira hacía el lado opuesto de donde reside nuestra complejidad y, desde luego, todo ello de ninguna forma es parte del comienzo de una revolución.

Existe aún una parte importante en nuestras civilizaciones que carece de una visión del futuro que se avecina o, más bien, de una ceguera que produce una falta de previsión para combatirlo, lo que conlleva la imposibilidad de adoptar las actitudes necesarias para cambiar ese destino, pero, es que, tampoco existe una visión clara del presente que vivimos y, cualquier cosa que salga de la impuesta normalidad se considera catastrófico sin pensar que, lo verdaderamente catastrófico, es la actualidad en la que se desenvuelve nuestra vida tignada de manipulaciones y desinformaciones. La mayor parte de los que gobiernan aún continúan anclados a los flujos que marcan las excluyentes economías globales e inmersos en la misma cotidiana costumbre de vivir que el resto. Pero, en el mismo mundo, aún sobreviven los seres que nunca quisieron tener nombre, que tejen conciencias formando redes en las que atrapan el sentido común, la ciencia y el espíritu humano, que alumbran la esperanza, que brillan como tú lo haces. Debíamos cambiar todos esos pensamientos positivos que circulan por todos sitios como mantras por una verdadera justicia social, porque de nada le sirven a la pobreza, porque está excluida de ellos y porque su esperanza se hunde cada día que amanece como la condena de las Danaides en el Averno bajo la mirada del resto de la sociedad que, asiste como espectador, ante una disparatada obra de teatro. Y esto ocurre cuando las opciones disponibles para salir de ahí están sujetas a los intereses de quienes ejercen los poderes, los que mantienen la ignorancia como arma para someter a los pueblos y, los que crean tal estado de confort que impide que germine cualquier revolución a pesar de tener el conocimiento de que ello ocurre.
Lo peor de todo esto es la forma insensata de actuar de manera codiciosa y ambiciosa con la que buena parte del mundo se mueve, aprovechándose de los recursos como si fuesen sólo suyos.
Y por si fuese poco, para eludir todo aquello que debería afectarnos y hacernos reflexionar sobre lo que quedó atrás sin vivirlo, creamos la sociedad de la inmediatez en la que lo inmediato es algo superfluo que, erróneamente, nos hace tener los pies en una tierra que no es nuestra, sucediendo las cosas a tal velocidad que es imposible contemplar nuestro alrededor, ni tan siquiera desgajar las percepciones en emociones, creando así las condiciones óptimas para no pensar en nada y, menos aún en más allá.

Es posible que donde las luces son algo más que un mero haz, algo más que un conjunto de partículas, se convierta en otra comovedora página de nuestra vida, marcada por el olor y el color que desprenden los reflejos púrpuras de una tarde, cuando asoman los primeros astros que son la guía de lo que un día soñamos, y, la hierba se tumbe con el roce de nuestra respiración, en ese preciso instante somos tierra, raíces que escriben con caligrafías aéreas versos en el aire que respiran las nubes, agua pura llena de destellos, es el momento en que se vuelven livianas las asperezas de la vida y todo cobra sentido como al principio de las cosas.

No hace falta establecer un nuevo orden a este presente sin fuerzas, si no más bien, recuperar todo aquello que la civilización que se hizo pudiente, la que le puso precio a todo, nos arrebató y, en su lugar, dejó una devastadora comodidad que nos abraza y nos atrapa de tal forma que nos sitúa a las puertas de, incluso, hasta perder la habilidad de andar, algo que resulta un tanto pretencioso pero, no alejado de la realidad. En esa misma comodidad vamos perdiendo la maravillosa costumbre de abrazarnos y, en su lugar, hemos dejado un emotivo «emoticono» con el que nuestras capacidades sociales y las sensaciones que éstas producen se reducen inexorablemente a una mueca. Así mismo, para continuar inmersos en ese confort, hemos salvado las distancias a base de códigos binarios pero, aún no hemos conseguido hacerlo de forma real, de manera que ello no suponga un deterioro del entorno que habitamos. Vivimos apartados unos de otros por imposición social, por la necesidad de mantenerse a flote en un sistema de vida impuesto que nadie eligió y, en él, con la forma física que tenemos de acortar ese distanciamiento que nos separa de los demás para encontrarnos, vamos dejando una huella que marca un camino imposible de mantener mucho tiempo más porque, nuestros recursos no son ilimitados, pero, nos hemos acostumbrado a que esto sean sólo palabras más bien o más mal expresadas, a fin de cuentas, todo esto que vivimos y padecemos no es más que la consecuencia del desmesurado egoismo que forma parte de nuestro común y habitual proceder, acoplado a la personalidad de las sociedades modernas y perfectamente identificable, pero que, resulta de difícil reconocimiento por parte de cada sujeto.
En el caso contrario, cuando el individuo está libre de esas ataduras, da pie a la posibilidad de edificar ciudades en el más allá que, es el lugar, hoy desconocido, donde el hombre convive, principalmente, en armonía consigo mismo y con toda la naturaleza que le da la vida, donde no hay un factor que impida adentrarse en la búsqueda de la perfección, donde es posible disponerse a observar y, al mismo tiempo, desprender el orden del caos como si se tratase de un aparente universo en el que, una vez dentro, poder descifrar los misterios que contiene ese cosmos y las leyes que rigen los cuerpos celestes que giran en su interior para hacerlas nuestras y vibrar como ellos, ahí vive y así es la creatividad y la imaginación que nos fue desvalijada, y que, los futuros juglares, con la mejor de las sinonimias cantarán, recitarán a base de relatos llenos de analepsis que muchos no llegarán nunca a comprender o, incluso bailarán ebrios del gozo que trae consigo el estar al amparo de la magia, mientras, otros crean eternas mitologías para entender y darle sentido a la vida que nunca llegaron a comprender, pero, como ya evolucionaron algo más, seguramente lo hagan de una forma asombrosamente asertiva porque, quizás, hayan encontrado la libertad para entonces, inducidos por las gentes que siempre dejaron abiertas de par en par las puertas de sus casas, quizás para ese momento ya se hayan apartado de las sombras que embadurnan el presente con discursos y acciones incoherentes, quizás también se hayan alejado de todo aquello que hoy nos une y, serán gentes como el barro más oloroso que jamás pise, forjado de olorosas flores de jazmín o, algo parecido a los jazmines enredados con el galán del patio del abuelo, barro mullido de fresca hierba de la que nadie sabe su procedencia e, iluminado a primera hora por el primer y único sol que nos acompañó siempre, barro dúctil con el que moldear mundos nuevos al antojo de los pueblos. Vamos a volver allá donde el viento también escribe palabras que, las hojas impregnadas ya de sus pigmentos ocres, dibujan mientras lentamente caen, pero, en su caída no se percatan de los miles de ángeles apocalípticos que van rodeando al hombre para librarlo de sus miserias con sus alas abiertas como las aves y sus brazos extendidos dirigiendo su propia gran orquesta.
No vayas a creer todo esto antes de conocer tu propia verdad, si es que existe, y al demonio que también habita junto con ella, arduo trabajo porque, nadie sabe si en realidad es real. Ocurre ésto sólo cuando acabas de ver un escaparate lleno de plantas de plástico iluminadas por la fría luz blanca del neón, luego, con ese sin sabor, con esa fría sensación, paras a tomar un café para reconfortar el ánimo y, después, para seguir en la misma línea, escuchas la música que hace el Primo Silas con su guitarra capaz de cruzar cualquier espacio sin alterarlo, entonces, te paras a recoger todas las palabras que quedaron tendidas sobre la acera, aún huérfanas y deseosas de salir de ahí, y las juntas todas para decir lo que nunca dijiste y que el tiempo fue dejando impresas en la memoria como una reminiscencia desde donde partir de nuevo hacia algunos de los lugares, a los que, los profetas designaron como sagrados y el odio del hombre dejó en ruinas, supongo que, con la intención de reconstruirlas para luego más tarde darles el valor que merece el pasado o, en el peor de los casos, hacer de ellas otro suntuoso negocio, pero ello, hoy es una incógnita como la que encierra el misterio de qué pasó con la antigua Poros.

Entre nuestras distracciones, cada vez nos olvidamos más de la observación que es una capacidad que nos sirve para, por ejemplo, encontrar las sinfonías que trae el color y que la brisa y el viento derraman sobre nuestros oídos y ante nuestros ojos que, en definitiva, son mensajes que pertenecen a la analogía, a nuestra semejanza y al mismo tiempo, a nuestro diferente origen relacionado con todo aquello que brota de la naturaleza, tal observación, así, se transforma en el espejo en el que nos reflejamos, por lo tanto, observar es verse.

En ese escenario, mientras se observa irrumpe en ocasiones el recuerdo que «llega, destruye y se va», como dijo Carlos Faraco. A veces son dolorosos, los que se reciben agradables llegan frescos, pero los dolorosos devastadores. Adentrarse en el dolor como lo hizo Henryk Górecki, es adentrarse en las profundidades humanas, en la pérdida de aquello que jamás volverá y que, por ende, se torna doloroso, nada es para siempre desde luego, pero, cuando se produce antes de lo esperado es cuando surge. Crear una armonía que lo refleje es sentirlo, recrear el dolor tras su sentimiento o durante su transcurso, o, más que recrearlo, transmitirlo, se consigue porque ya hubo una relación con él y se ha comprendido, de igual manera si es el ajeno y, al hacerlo, al vivirlo, se produce una relación con el binomio de la dulzura y la inocencia, similar a ello es la otra cara del agua que es el fuego, así es el dolor y la dulzura, como el agua y el fuego. Ojalá la clase dominante pensase de otra forma y entendiese ésto, pero, como dijo Nietzsch les es más útil ser las «manos invisibles que son las que peor nos doblan y maltratan».  Aún, ante ello, podemos encontrar refugio bajo los Almendros florecidos que vigilan las águilas desde las alturas o, bajo aquellos que sujetan sus pétalos para que los aleteos de las aves no los desgarren y, podemos intuir mientras caminamos sobre la sombra de sus alas el amparo que se vislumbra desde su lejana presencia y, descubrir que no somos ni más ni menos, que sólo somos y que, aquél dolor se diluye bajo ese dulce abrigo. Esto sólo es otro camino que no está sujeto a imposición alguna y que, por el contrario se encuentra sujeto a una de tantas elecciones, pero, muchas veces es mejor no saber nada, es abrumador disponer de tantísima información de la que la mayor parte no nos interesa para nada en absoluto, además de que no es relevante para llevar a cabo el acto diario de supervivencia lejano a la banalidad, está ahí, a nuestro alcance pero, con el sólo propósito de distraernos de nuestra ancestral búsqueda de libertad. Esto implica además, la pérdida de inherentes cualidades humanas, la observación a la que le acompaña el sonido es una de ellas. Ahora, ver y escuchar la lluvia por ejemplo, es un acto que subyace tras los cristales de las brillantes e impolutas pantallas construidas con el mineral arrebatado a la tierra para erigir con ello un nuevo signo de civilización, brillante por sus destellos pero no por su forma de pensar y actuar en la mayoría de los casos, usado por una generalidad para mantenerse en la ignorancia y malgastar la vida en los escondrijos de los demás y en todo lo superfluo que embadurna los días que no es poco, como si se tratase de un reducto rodeado de un parapeto lo suficientemente firme para no ver más allá y, contener la atención solamente en esa clase de superficie en la que la catástrofe queda oculta y, así pues, desterrar la posibilidad de reordenar el entorno. De esta forma nos hacemos parte de la naturaleza inanimada. Alguien dijo; «Los seres humanos y otras criaturas vivientes son capaces de reordenar su entorno después de una catástrofe. La naturaleza inanimada (sin seres vivientes) no es capaz de enfrentarse y retardar el proceso entrópico». Pero, aún así, casi nadie piensa ni aplica la máxima que aduce al conocimiento que existe tras esas fronteras y que se resume en pocas palabras: Saber lo que sabemos y saber que no sabemos lo que no sabemos: eso es el conocimiento»

Entre luces – Pieza n° 102 by Ramón Sánchez

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