Lo que sirve y lo que no

Otra cualidad humana es la fortaleza, oscilante o menguante según quién la posea, es así y se desgasta a medida que vamos rellenando los abismos que se interponen a nuestro paso con todo aquello que no tiene cabida en la belleza, a medida que vamos tapando esas grietas abiertas bajo nuestros pies con todo el escombro compuesto por los desechos acumulados por los impostores que, con sus falacias siempre suplantan, ante los ojos de los inocentes, las verdades que estorban y, una vez éstas bien disfrazadas, se sirven de ellas como cimiento para levantar desde ahí otras distintas. Mientras tanto, para eludir todo ello y, quizás no hacer frente a todo aquello que perturba nuestro espíritu, seguimos, por ejemplo, intentando descifrar desde lejanos tiempos aquello que forma parte de las armonías de las esferas, nacidas con la fuerza que contiene la eternidad para el gozo de todo aquél que sienta en un momento dado la necesidad de distanciarse del cuerpo y navegar sobre esas ondas marcadas, entre cada una de ellas, por intervalos que las separan entre si, perteneciente cada uno de ellos a un distinto segmento de esa eternidad que, una vez, en un tiempo remoto, anotamos los incrédulos para que así fuese y así se prolongase aún más esa perpetuidad y, al mismo tiempo brillase, también aún más, la belleza por encima de todo, dentro del mismo lugar en el que los latidos del corazón son semejantes al metrónomo que marca el ritmo del universo que habitamos y que alimenta la fortaleza. Quizás no hayas entendido nada de esto, no pretendas hacerlo porque solo es una invención, una forma más de poner énfasis en aqueĺlo que nunca tuvo interés para nadie. Pero, es la música que suena en el espacio, imperceptible por su lejanía y de fuerza latente como la verdad por descubrir y ocultada por aquellos.

Aquellos farsantes son los que dejaron de amar, ni siquiera a ellos mismos, miraron y desafiaron desde su infame talante al mundo como si la vida de los demás no tuviese importancia alguna, y, así, mancharon la razón humana llenándolo todo con sus propios excrementos. Por ello, por esa razón, el agua que moldea la tierra junto con el fuego, se enfurecieron, volvieron dejando atrás su mansedumbre y su calor, convirtiéndose en perniciosos meteoros para el hombre y, sobretodo, con la intención de perseguir a todos aquellos que sólo piensan en sí mismos creyendo que solamente existe una sabia verdad, la suya.
Pero, quizás, muchos no sepan que, más allá de lo puro y estrictamente científico con lo que guian sus vidas, sin darle importancia alguna a lo ilimitado que encierra en sí la imaginación, existe lo que los demás pensamos e imaginamos, las páginas de un extenso libro aún por escribir y en el que rasgar, una a una sobre ellas, todo aquello que el conocimiento adscrito y manejado por los poderes no alcanza a describir y enseñar porque no lleva consigo ningún beneficio económico. Existe en aquello que guarda relación con las numerosas semejanzas que, de alguna manera, guardamos con lo que contienen, de forma pura y genuina, los árboles, la hierba, la tierra, todo lo que nos hace y abona nuestra existencia, el espíritu que impulsa los actos humanos tras el contacto con lo intangible, con lo etéreo que diluye las sombras que dan cobijo a la esclavitud que padecemos, una realidad que convive con las raíces que se alzan hacia el horizonte dando lugar a hermosas ramas, enturbiada por el afán de lucro, iluminada por las luces del día y las sombras de la noche, realidad que escribe en el aire caligrafías que hablan de todo aquello que es esencial, que nos hace ser, poniendo de relieve que ese mismo conocimiento y la tecnología que lo acompaña, actúa bajo patrones comerciales que convierten en banalidad la existencia para, en su lugar, poner énfasis en sus propósitos manipuladores.

No hay belleza en todo aquello que no contenga la armonía, la visión del alma, el gozo que producen ciertas percepciones, sobre todo, ante la presencia de aquellos paraísos nacidos cuando se gestó la eternidad, los mismos que, ahora, quedan ocultos bajo nuestro sometimiento hacia una forma de vida inventada, tan bien hecha que casi no quedan rendijas para adivinar que hay tras de si y, si consigues escrutar entre sus hendiduras, podrás adivinar que hay otra vida en la que la subordinación y las jerarquías no tienen presencia y, al mismo tiempo ver otra y otras bellezas que se desvanecen y se ocultan para una distraida mayoría atiborrada de los enteógenos fabricados por el poder del capital para su dominio, una mayoría con la sangre impregnada de deslumbrantes pócimas elaboradas con el fin de infundir otra realidad capaz de solapar suplantando la que más afecta y debiera importar a esta emergente nueva humanidad. A partir de éste nuevo nacimiento, lo liviano debía ser nuestro tránsito hacia ese génesis, ligero como las aves que abren sus plumas desde el fondo del humbrío valle al que, en ese mismo instante en que despliegan su vuelo, no llegaron aún los rayos del sol y, agarradas a las corrientes aéreas, levantan allá su vuelo describiendo órbitas sin fin, dibujando espirales y dimensiones fractales que simulan el lugar desde donde se hizo nuestra conciencia existencia.
Y allí, la vista quedó muda, atrapada, absorviendo aquél nítido cosmos, viendo cómo hasta esos rincones del mundo se extienden los luminosos dedos del sol como raíces del universo incandescente hasta que tocan la tierra, se deshacen, se vuelven polvo y de nuevo fuego porque desde el primer dia que se conoce como tal, así ha sido y asi es. Unas veces su inmensa luz, su incandescencia son tu abrigo, tu hogar, otras, desaparece toda esa mansedumbre y se desata un enorme monstruo que traspasa el tiempo y hace que se desvanezca el espacio que te sustenta diluyendo todo el firmamento a su paso, es semejante a la Hidra de Lerma por sus innumerables brazos, algunos de ellos clavados en lo más profundo del inframundo, donde ya nadie sana los males y ni siquiera a los enfermos con amor, donde la belleza de la Naturaleza y la del ser humano es ya una insignificancia.

Siempre hemos vivido dependientes de la paradoja que encierra el fuego, de su carácter purificante, de su ímpetu destructivo, de su apariencia amable, de su espíritu regenerador. Hemos pasado horas seducidos por los olores de las ramas de pino, de las ascuas de roble y de encina, del pan tostado sobre sus brasas. Y hemos contado ascuas suspendidas en el aire como si fuesen estrellas en la noche, y confundido el crujir de alguna raíz en el fuego con la pisada de algún zorro en la misma noche. Hemos sentido escalofríos por la espalda mientras que de frente las llamas desilachan la noche. En esos instantes nuestra sincronicidad con la tierra es absoluta y, cuando actuamos sin tener en cuenta que nuestra forma de hacerlo es un resumen de lo aprendido hasta ese momento, nuestra armonía se deshace bajo la influencia del azar, de Tique que es quién decide la suerte de los mortales. Hay quienes tan sólo actúan repitiendo patrones aprendidos que usan como plantillas y modelos para ejecutar sus actos, sin tener en consideración que, como dice Rumi «Hay un sol dentro de cada persona». Ese sol es el fuego desde donde parte todo lo que somos, la herramienta que forja aquella fortaleza que aludía, el que confiere nuestro carácter azul, amarillo intenso, naranja, como las luces del ocaso o del amanecer, porque así somos, un constate amanecer y un hermoso ocaso y no una mera abstracción del destino.
Mientras anotaba estas líneas, en la habitación, la doscientos cinco, se me quedaron los pies fríos y se llenó la estancia insolitamente del olor que desprende el betún, y la primera imágen que llenó mi mente fue la de las pezuñas de Belcebú recién embetunadas, brillantes, con algunas ascuas convertidas en piedras preciosas incrustadas en sus negruzcas falanges. Caminando erguido sobre un suelo cubierto con las miles de monedas que Caronte fue acumulando desde quién sabe cuando, para embellecer con sus brillos el paso de sus ciclópeas pisadas. A cada paso, entre el crujir del metal, desde entre sus rendijas, iluminado por la luz del centro de la tierra, asciende el humo eterno, embaucador, de almizcle, que repta al mismo tiempo hacia todos los rincones de la habitación poniendo de manifiesto que es una de las sustancias indivisibles que componen el universo.

Asi pues, cuando cierras los ojos, bajo esa cortina que forman los párpados, en esa especie de ilusoria penumbra, ves que pasan, de un lado a otro, gigantes páginas de un enorme libro, hojas impresas con formas imaginarias hechas de sombras fugaces y luces de firmamentos perdidos u olvidados que llegan hasta ahí desde dimensiones ocultas, desde donde una vez pensamos que se originó todo, hasta lo no conocido, hasta el roce de los astros con el cosmos convertido en secretas armonías y, entre todas ellas, destaca la más asombrosa, la que existe entre el hombre y la naturaleza porque somos una parte de ésta, por eso es tan asombroso, por ello nadie puede adueñarse de nadie, ni tan siquiera de uno mismo, y, sin embargo, a pesar de tan enormes magnitudes que nos rodean y que habitamos, seguimos mendigando besos y abrazos, seguimos en el camino que lleva a la desconexión absoluta de la conciencia humana con la naturaleza en mayúscula, con la nuestra propia donde siempre a residido el amor también con mayúsculas y, al mismo tiempo y paradójicamente el convencimiento de que cada una de nuestras verdades y certezas son únicas e inamovibles. Seguimos en el indecente camino de eludir lo que el corazón quiso que en un momento hiciesemos y fuese realidad desde el instante que pensamos hacer algo útil, a cambio, nos sumerjimos en las frivolidades que nos ofrece el ciego mundo que habitamos y en que hemos llegado a convertirnos en meras mercancías.

Mientras eso ocurre, buceamos en la realidad que apaga todas las ilusiones, en ese trance, bajé al inframundo para ver quién era yo, cuando lo supe, fui al amparo de los castaños, con las retinas impregnadas de los últimos colores del otoño, caminé bajo su cosmos, a lomos de las luces que se filtran por entre las últimas hojas de aquellas ramas mientras descubría la fortuna que guarda en si tal hecho, tal momento, tal estadio de esta nuestra hermosa vida. Desde ahí, desde esos lugares apartados, pude ver la obstinada osadía del hombre que le conduce hacia lo más apartado de la naturaleza y, quizás, de la suya propia, pertinaz en la forma de tejer absurdas redes con las que atraparse a si mismo y considerarse, al mismo tiempo, como el invicto del universo mientras aplaude rítmicamente al compás de la Marcha Radetzky de Johann Strauss.

De otra forma y atendiendo al espíritu colectivo, universal, nuestra conciencia se desarrolla vagando en el seno de uno de los muchos piélagos que componen el universo, en el que, una súbita incosnciencia se apodera y nos aparta de aquél espíritu volviendonos ajenos y aún más lejanos de lo latente, nos hace incapaces de adentrarnos en lo aparentemente inactivo que en el fondo de nuestra existencia se guarda para revitalizarlo, y así andamos, arrastrados por una vorágine que nos disuade de la comprensión que puede llevarnos a entender que somos la semilla que, contiene a la vez, el comienzo y el resultado, así mismo, toda esa incapacidad, viene aderezada por la visión anacrónica del mundo que posee la civilización occidental, exenta de propósitos capaces de desenterrar y reactivar las cualidades más humanas que han ido quedando atrás, incluso nuestra aptitud sublimatoria y la de tratar al hombre como hombre y no como una mera cosa.
Cuesta trabajo creer que todo ésto que nos viene sucediendo, tan rápido, en un espacio de tiempo tan corto dentro de este vasto universo que habitamos desde hace unos miles de años, sea un signo más de una civilización avanzada tecnológicamente y carente de reflexión, en la que el espíritu que definía Hegel también sea convertido impunemente en una mercancía más.
Hemos cambiado el canto de los mirlos a primera hora de la mañana por el tintinear de la campana del metropolitano y su eco entre los edificios sin balcones, nos hemos acostumbrado en invierno a ver las hojas del pasado otoño aún prendidas de las ramas de los árboles, secas sin lluvia y sin viento. Pero esto tan solo es mi visión del mundo entre otras muchas. En otros mundos, en los de aquellos que nunca observaron el lento caminar de las nubes, ni sintieron en sus entrañas las benditas soledades, las cosas son diferentes a este mi destino. En este sino, aún se posan, de vez en cuando, sobre las extensas terrazas de los bloques, solitarias gaviotas, desterradas de su colonia y, sobre los respiraderos que giran sin cesar al ritmo de los vientos, descansan erguidas y lanzan al viento sus letanias, sus maullidos y sus lamentos mientras la brisa mueve los flecos de los toldos y las gentes quedan absortas ante la caverna de Platón, inmersas en su mundo inidimensional, en un bucle de dimensión temporal con la vista fija en la pantalla desde donde sale una voz que dice:«He asaltado naves en llamas más allá de Orión. He visto brillar los rayos C junto a las Puertas de Tanhauser. Todo eso se perderá como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. En el eco de los portales resuena tal voz reproducida al unísono sin cesar por sus habitantes, repitiendolo una vez y otra como si se tratase de una profunda oración laica y sanadora que lleve a romper la relación de lo humano con el tiempo. De esta forma se van construyendo los diferentes mundos que dan forma a nuestro cosmos, a veces humano y a veces inhumano. Cargados de carencias y sobredosis al mismo tiempo, de rincones apartados donde se guardan los miedos y las terribles soledades bajo el manto de fútiles apariencias junto con el cultivo de la ignorancia de uno mismo, con límites a la libertad y rincones de inducida felicidad.
Por ello, hasta ahora, desde tiempos remotos, venimos transformando el mundo libre en un espacio de reclusión, sujetos a los avatares que el consumo impone de forma despiadada, dejando en el olvido o, quizas, renunciando pasivamente a todo lo que nos es esencial, ello es humano, pero, incomprensible y habrá que preguntarse, hasta que punto absolutamente todo lo que nos rodea es humano o, por el contrario, si una parte de ello es fruto de nuestra relación con lo artificial, consistente en transformar lo real y mostrar lo que no es para reemplazarlo por lo que es, construyendo así una nueva realidad que habrá que comprender. De esta forma entramos a formar parte del mundo complejo, un mundo nuevo en el que lo artificial forma parte de lo humano porque está creado por la mano del hombre, requiriendo ello, para entender esa complejidad, de un espacio común aún inédito de convivencia, responsabilidad y comprensión, en el que trazar nuevos caminos que conduzcan hacia la recuperación de las libertades, la justicia social y el optimismo. No hay ninguna razón que impida ello, la única que lo impide no es una razón, sino una complaciente ceguera.

De otra forma, a base de aforismos, los expertos en desmontar los puntos de vista ajenos hacen que la complejidad en la que se debate nuestra existencia sea una simplicidad, obviando que, la naturaleza humana es compleja y está compuesta también, además de la capacidad de razonar, de la naturaleza subjetiva que conduce a la representación de la realidad que cada sujeto aprecia sin obedecer a ninguna razón y, sujeta exclusivamente a las emociones que producen lo que percibimos, subjetividad con la cual, éste, desarrolla y cultiva su innata imaginación y la creatividad que ésta genera desde un único punto de vista personal que, en algún caso, puede ser coincidente, es una capacidad con la que se recibe la multitud de percepciones que emite constantemente todo lo que nos rodea y, seguidamente, transformar esas formas diseñadas por el sistema en el que nos acostumbramos a vivir y dispersas por el complejo mundo, para después ser interpretadas y plasmadas bajo un lenguaje distinto al común, al que todos conocemos y usamos, cuyo resultado final es la sensación, sea cual sea. Es ahí otro de los lugares donde lo humano se enciende incandescente como un astro que sirve de guía, de brújula que marca el sendero que iniciamos desde nuestro origen, hasta, quizás, el momento en que perdamos la habilidad de representarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, porque nuestras cualidades, las que han ido dando forma a lo que somos hasta ahora, inevitablemente se van transfomando en aptitudes diseñadas por un sistema de vida en el que lo primordial no es el espíritu innato del hombre, si no la disponibilidad del ser para quienes crearon en su beneficio este mundo del cual, las sociedades aprenden docilmente ser siervos del poder, sin siquiera preguntarse el porqué se sigue sujeto a ideologías extenuadas que nos sumergen en una sociedad en que la inmediatez, la insensatez, la banalidad y la estupidez constituyen su principal esencia.

Sin origen by Ramón Sánchez.

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