
Un olvido de quién concibió las siete plagas bíblicas fue no incluir en ellas una octava, la que alimenta el ego, la pedantería que, tan sólo es, la sinopsis de los individuos iluminados y afectados por ella. La erudición atrapada entre el polvo de viejos libros, de ideologías desfasadas y caducas, de creencias increibles. Decía Heráclito: «La mucha erudición no enseña a tener inteligencia». Se manifiesta, la pedantería, no la inteligencia, mediante la erudición que siempre es un algo incompleto, inexacto, fruto del pensamiento de otros que en muchas ocasiones ya quedaron obsoletos. Algo que nunca ha pretendido ni servido para romper las reglas, si no, para sorprender e impresionar a quienes se dejan por ello. Es un simil de los que viven a costa de los sueños de otros porque constituye su alimento cuando los atrapa. Es la soledad que intenta con ello captar la compañía. Ello existe porque vivimos en los tiempos en que la arrogancia humana cubre casi todo y, en atención a esto, surge como una búsqueda de reconocimiento social, una forma más de integración y, al mismo tiempo, el escondite de las carencias y los miedos, el lugar donde enterrar a la soledad, una aparente sabiduría atrapada. La sabiduria no se alcanza con aprenderse de memoria el conocimiento de otros para hacerlo propio, exhibirlo y construir con él una coraza para esconder tras ella las impurezas que nos asolan, los sedimentos que, entre otras cosas, dan forma a nuestro ser, tampoco es un lenguaje que se aprende para siempre porque el tiempo lo releva con lo que va descubriendo a su paso. La experiencia, el bagaje es lo que trae el verdadero conocimiento porque tiene un antes y un después, no contiene exactitud porque en él converge el pasado con sus olvidos y sus obstáculos, el futuro con sus interrogantes y la sabiduría.
Ahora nuestro conocimiento gira en torno a una ciencia tecnológica convertida en el gran heraldo que como un enorme ciclón nos envuelve y consigue aplazar para otra hipotética ocasión muchos de nuestros actos y pensamientos. Olvidamos así que, una parte de nuestro acervo siempre estuvo cercano a la contemplación, a esa vida que, sin prisa, se diluye entre los finos hilachos que forman las nubes que anotan todo lo que nos sucede, donde suena el tiempo describiendo la exacta continuidad que nos rodea. En esa continuidad hay instantes en los que, los penachos que dan forma a las nubes, se convierten en efimeras aéreas anotaciones que dan constancia y afirman que, nuestra existencia esta sujeta a su bello diálogo.
Así, Inducidos por las pantallas, nuestra desatención hacia la observación cobra más fuerza, se constituye como una pérdida de nuestro ser onírico, refuerza aún más la pérdida de las percepciones y emociones que nacen de ella. La observación del particular entorno de cada ser, pertenece a una sola realidad común, la cual, a su vez, se divide en diferentes para cada sujeto, acomodándose a cada cual y transformándose en una realidad distinta de aquella original. Sin embargo, la observación telemática pertenece al mundo irreal configurado como estimulante para obtener una cómoda distracción, un estado social, un ansiado nivel de confort (desacertado por ser inducido por el sistema) y, un opulento beneficio económico para quienes la crean. A partir de ella, de la observación electrónica, se generan también sueños, pero, enmarcados en una ficción lejana a aquel primer entorno que nos precede desde hace cientos de años y, crea una realidad común satisfactoria para todo aquél que decide dejar la voluntad a un lado y someterse a los caprichos de una tecnología dominada por el capital que maneja el poder, y que, consigue la procrastinación de nuestros actos y de nuestros verdaderos sueños, los que emergen desde la simple contemplación del hasta ahora eterno entorno donde nos arraigamos, el que nos acoge y ampara ante la vastitud del cosmos que nos rodea.
La contemplación es la nula actividad física, el placer de sentir la magnitud de la mente y la tierra, es la música del viento cuando roza las nubes o los átomos que pueblan nuestro espacio mas cercano, el lugar donde se disipa la podredumbre que nos asola, el espacio desde donde se identifica lo bueno y lo malo, la vida y la muerte, es el tránsito donde lo humano se convierte en más humano, un espacio vacío que, a cada segundo cambia de lugar y de origen, a veces es tan incomprensible como el hombre mismo, pero, es pura, no contiene pompa ni es pretenciosa ni engreida, sólo es. En la contemplación no caben ni las creencias ni las ideologías porque en su pureza guarda todo el conocimiento y la sabiduría que jamás lleguemos a alcanzar nunca. Es profunda y en sus entrañas está todo, el sueño de Einstein, lo no descubierto, todo aquello que a lo largo de toda una vida no llegaríamos a comprender.
Podemos observar nuestro círculo más cercano en el que, ahora, en este tiempo tan incierto para quienes han desarrollado la habilidad de la observación, con la cual es posible apreciar de forma tajante de qué manera lo terrestre asi como lo ultraterreste en riesgo sufre al igual y al mismo tiempo que el observador que aún conserva la empatía que siempre acompañó a lo humano desde su origen. Se observa igualmente que, las injerencias sobre él, sobre esos espacios, nacidas desde y para nuestra cómoda civilización nada le ayuda, es algo sencillo de comprender, pero, el quehacer cotidiano, parece ser el principal impedimento para detenerse, observar y comprender. Puede que nunca ninguno de esos seres escuchase cómo la Calandria imita a la Alondra y menos aún intentase medir la distancia que separa los astros que pueblan el cosmos. Ni siquiera alguna vez finguieron ser viento y, aún menos lo desearon, quizás pensaron que la observación pertenece a alguna teoría pseudocientifica con tintes de conspiración que, los fabricantes de sueños y recuerdos, graban sobre la eternidad pétrea que pisamos, y que, seguramente, lo hagan influenciados por la poderosa Mnemósine, madre de las musas quién, en algún momento de sus pensamientos siderales, pudo concebir la idea de que las estrellas y el cerebro humano trabajan a razón de la misma frecuencia.
En la observación reside la reflexión y, en ella, la posibilidad de romper la asíntota que nos separa del equilibrio de Gaia que, de forma convincente muestra una realidad latente, actuando de forma distinta a como lo vino haciendo desde tiempos remotos y que, ahora, afecta a toda la biodiversidad que nos mantiene con vida, haciendo, de tal modo, énfasis en su disconformidad con nuestro trato hacia ella. Seguimos distanciados de aquello que siempre ha sido parte del alimento ingerido por lo humano y, sujetos a otra realidad, también humana, pero infundida por un sistema ciertamente fracasado, inhumano, que sólo busca una relación con
el dinero y el poder como recompensa por el éxito logrado tras la pérfida competencia que ata a los pueblos. En ellos, en los pueblos que dan forma a toda una civilización, anida una violencia incomprensible, se trata de los que fueron educados bajo el paradigma de la paz y la no violencia, se alistan para formar parte de los ejércitos construidos para eternizar esa otra subyugante realidad, marcando así, un rastro que otros seguiran y sin tener en cuenta que existe la posibilidad de desertar. Bajo esta circunstancia, la empatía que es algo residente en nuestro ser, tan manipulable como el ser mismo, se precipita hacia una negligente maniobra concebida para ocultarla por quienes manejan los hilos del mundo.
Masanobu Fukuoka nos dijo: ‘No sólo sus ojos están nublados y su mente en desorden, su cuerpo ha perdido también la forma natural de un bebé recién nacido y se ha deformado. Sin saber qué tipo de comida, casa y trabajo es bueno para él, anda a la deriva completamente confundido. En consecuencia, el Hombre se ha convertido en un animal desequilibrado, imperfecto y antinatural en mente y cuerpo.»