
Puede ser que hallamos perdido ya la destreza o el arte de saber contemplar la primera luz de la mañana cuando se incrusta, como una sutil veladura, sobre las fachadas o sobre las ramas de los árboles, a cambio, sustituimos esa pérdida fijándonos en las que, como meros símiles, lucen en las pantallas, nos fijamos en los recibos pendientes de pagar, en los precios de los alimentos y los combustibles, en las crecientes industrias, en los anuncios publicitarios, en los hábitos de los demás para hacerlos nuestros, en las creencias, en las desmedidas mentiras que sin escrúpulo alguno defeca en general la clase política y sus afines seguidores, en la pasividad de los otros sin tener en cuenta la nuestra, asistimos de forma contemplativa al deterioro de lo que alguna vez fue un sublime entorno, hacemos de todo ello una creencia apocalíptica de la que la única forma de escapar de ella es a través de la fe crédula y de la agnóstica. Y, con la esperanza de que esa fe destruya todo aquél mal, en esa espera, quedamos en un estado vegetativo, en el estado improductivo que la superstición causa para no abandonar la cruel comodidad que, paradójicamente, nos hace esclavos. Nunca aparecen en la pantallas los abarrotados estercoleros del mundo que desprenden los hedores a carne putrefacta, ni se menciona que los sumideros y los desagües de la tierra ya no dan a basto para evacuar tanta porquería. Estamos ante el primer segundo del eón antropocenico, quizás, en el primer minuto, ya nadie se acuerde de nada, ni tan siquiera queden vestigios para los arqueólogos y los historiadores, para entonces, todos los instintos ya habrán sido sometidos.
[Pieza n° 182 https://youtu.be/umkL077IZvU ]
Somos seres de costumbres, habitos que, con el tiempo, se van convirtiendo en leyes, vamos olvidando y dejando atrás las cosas que formaron parte de lo esencial con las que nos hicimos humanos, de la razonabilidad. Ahora en estos tiempos, usamos una razón que se convierte en una maligna maquinaria que consigue que la frivolidad humana ocupe el primer lugar. Una vez ahí, mientras el mundo ruge desesperado y sumido en un calentamiento sin precedentes, los noticieros abren sus páginas con sus estruendosas fanfarrias poniendo énfasis en las hazañas logradas por algún personaje de la élite que nunca hizo nada en favor de la humanidad, que sólo persiguió el éxito que engrandece la ambición y la codicia bajo las consignas del «crecimiento» y las teorías neoliberales que asolan a los pueblos. Dice Joaquin Araujo: «¿A qué llaman crecimiento los economistas y casi todos los demás? Crecimiento es sembrar en abril un grano de maíz y que una sola planta te regale MIL en septiembre.»
[Pieza n° 197 https://youtu.be/CjqDod0hjsk ]
Nuestra mermada capacidad de percepción y el conocimiento de nuestra actual realidad es un reflejo lejano a nuestro verdadero carácter, está basada en un mundo lleno de artificios que en nuestras sociedades se han ido introduciendo con toda crueldad, tomando como base teorías fundamentadas por el capital, el neoliberalismo y el poder que las ejecutan, teorías ideológicas elaboradas para introducirlas con mucha astucia en el pensamiento que, irá poco a poco, dando forma a la idiosincrasia y la manera de actuar de los pueblos, fabricadas así mismo de forma impositiva, como una trampa para ratones cuyo señuelo consiste en las instrucciones que llevan y que señalan el camino hacia callejones sin salida donde quedar atrapado y, sobre todo, como útiles herramientas para el propio beneficio de las élites dominantes y manipuladoras, pero, no para el inexcusable enriquecimiento de las culturas, además, esos fundamentos y la forma en que globalmente se extienden, se traducen a imperiosas necesidades que, con una afable apariencia, sustituyen a las más vitales, necesidades que antes no existian y que, hoy lo hacen sin dejar prácticamente espacio para que se consoliden otras opciones de más valor en las que quepa la colaboración, en las que el valor del dinero ocupe otro lugar distinto, en las que el reparto de la riqueza se rija por parámetros donde la dignidad y el bien común ocupen su verdadero lugar y destronen el que ocupa el dinero, lo que en ese caso, llevaría consigo un cambio ideológico capaz de robustecer las debilitadas libertades con las que nos desenvolvemos, pero, todo tiene su fin, la Naturaleza, en los últimos años muestra su disconformidad con toda esa forma negativa de regir y dominar el mundo. Así vivimos enrejados ante una situación de nihilismo pasivo en sociedades enfermas en las que caen y se desvaloran los valores universales, llena de incomprensibles axiomas que el dinero transforma en principios y que de nada sirven para enriquecer la moral o la ética colectiva y que dan lugar a la procreación de más y más seres destructivos y a la imposibilidad de vaciar las ciudades en las que crecen los soberbios malhechores y disminuyen el número de justos, donde nadie se fía de aquél con quién se junta, en las que sólo crece y se enriquece la avaricia y el número de mendigos.
[Pieza n° 247 https://youtu.be/m6-uYFIrje0 ]
El alarde de humanidad consiste en dejar al descubierto todos nuestros remotos rincones, consiste en abrir las puertas a esos profundos lugares desde donde brota la belleza que nos distingue y así, desde ese ejercicio, hacer de él otro destino. Existe un matiz en el destino común de la humanidad que no es desconocido pero si, a menudo, olvidado, es el viaje a Ítaca, quizás en la desmemoria porque dejamos de ser nómadas.
Pero, aún así, viajamos sin saberlo tripulando nuestra propia nave, a bordo de los sentidos que en un remoto tiempo despertaron. Desde entonces hicimos poemas al mar, a los campos y su floración, a sus frutos, pintamos el cardo de Sánchez Cotán, los claveles que adornaron las bailarinas de Apperley y los ángeles de Alonso Cano, los campos de trigo, el toro, el guerrero derribado, el caballo y la mujer y el niño, la dignidad de Millet y la batalla de Issos y las de Vrancx, la coherencia de Bansky, la fidelidad del perro Mastín, la sonrisa avara y pícara de los monarcas y el hombre moderno de Munch, adoramos el inodoro de Duchamp y buscamos una respuesta en la bola suspendida de Giacometti y, un porqué de la vaca amarilla de Franz Marc. Mientras tanto, mirando al cielo, fuimos contando una a una las nubes en forma de huevo que Kandinsky relató en sus poemas traduciendo al mismo tiempo la doble naturaleza del Angelus Novus de Paul Klee. Desde ahí, atravesaron entre el aire que contiene el cosmos de Calder, los cuerpos celestes que Pollock dejó impresos como alegoría del espacio que surcamos a bordo de nuestra pétrea y líquida nave. Y así somos, como el agua que contiene su propia voz, sus tonalidades y sus brillos, la pureza y la quintaesencia, la mansedumbre y la bravura, el espejo donde alguna vez quedó atrapado otro tiempo.
[Pieza n° 267 https://youtu.be/FzdicTPi19c ]