Desmemoria.

Nos empeñamos en actúar desde que nacemos reproduciendo modales y formas aprendidas, las mismas que otras generaciones ya adquirieron y, a su vez, transmitieron y fijaron en la memoria desde aquél entonces para con sus descendientes, de tal manera que, las propias, las de cada cual, las que se adquieren o alcanzan a lo largo del transcurso de la vida para definirse, al final quedan suplantadas por aquellas, quedan como meras anécdotas induviduales que, en otro caso, podrian, poco a poco llegar a formar parte de si como algo nuevo que pueda transmitirse y servir de cambio de paradigma a las siguientes generaciones. Si nuestra naturaleza fuese contraria a como es y, nuestra capacidad de engendrar nuevos seres sucediese en las últimas instancias de nuestra vida, esa transmisión sería posible, pero no es así, procreamos en edades tempranas, sin aún haber adquirido el suficiente conocimiento transmisible que sirva como punto desde donde partan futuras generaciones y, seguimos obstinados en aquello que nos enseñaron sin dejar del todo que lo nuevo se sobreponga y que sirva para eludir todo aquél dañino aprendizaje que, de alguna manera, fue inculcado sin maldad, una herencia siguiendo cánones y valores que desde su incicio han estado siempre caminando hasta llegar a formar parte del fracaso de toda una civilización que llega hasta el limite de cohartar las libertades y, no porque eso nuevo no tenga fuerza, si no porque aquellas primeras formas, están construidas sobre una poderosa visión de una realidad errónea, desde mi punto de vista, por constituirse a base de relatos infantiles, sin evidencias y con los argumentos de una autoridad impositiva.

Cuando por circunstancias extrinsecas que inciden en el subjetivo mundo interior de las personas, motivado esto por las percepciones que no son comunes por cuanto que no son accesibles a la mayoría, se produce un cierto avance que influye en el mundo físico del sujeto acercándolo a una visión cosmogónica más amplia y, por ende, extensiva al resto del mundo que habitamos. Esas emociones no son las que precisamente, ahora en este siglo, nos rodean, en otro caso, de ser así, serían determinantes para ordenar nuestro sino o nuestro destino y establecer un nuevo inicio desde donde comenzar a construir otra humanidad más cercana a su propia idiosincrasia.

Así, cada conciencia crea una realidad en su mundo físico y, al mismo tiempo, es capaz de crear distintas realidades dependientes de las percepciones a las que cada individuo esté sometido en un momento dado, paralelamente, las realidades que la conciencia crea desde el mundo interior obedecen sobre todo a la influencia del mundo subjetivo.
Bajo todas esas influencias, dejó de interesarnos el relinchar de los cabaĺlos cuando acercan su enorme hocico perforado por su profunda nariz desde la que resoplan sobre la hierba anidada en la tierra y, observan su propio vaho y escuchan el rozar de su exhalación sobre la hierba mientras piensan que quieren ser unicornios, sucedió allá, donde los vapores impregnados del olor quieto y tendido sobre los encames que las cabras labran encima de la tierra, en pequeñas hoyas orientadas a la salida del sol y al resguardo de los vientos, allá son los lugares donde habitan los seres que no sostienen ni están sujetos a ninguna teoría que los haga cómplices de algo o que coaccione su propia libertad. Bajo la atenta mirada de algún zorro que los vigila escondido tras la esquina de algún errante bloque pétreo, anclado en la tierra desde la última convulsión del mundo, piensan que saben que muchos hombres dicen las cosas que realmente no sienten, poseídos por un diablo egocéntrico que nunca escuchó el suave batir de las alas del quebrantahuesos, ni vió, ni se fijó en el color blanco de sus plumas sujetas en su cabellera como una isla en el océano, convertidas en tonos naranjas cuando se levanta el sol y las grajas saludan al nuevo día. No saben que pronto llegará la lluvia que se hará nieve, convertirá aquello en inhóspitas y gélidas tundras y tendrán que marchar siguiendo el camino de la belleza.

Allá, el estío, siempre marca su tiempo mientras pasea sobre los colores aceitunados que salpican los pastos que la primavera ha ido tejiendo y extendiendo sobre los guijarros que dieron forma a las atalayas que contuvieron el empuje de antiguos glaciares y, camina sobre los regueros de las aguas que corren desde los acantilados que aún guardan a la sombra los hielos que fueron, alguna vez, eternos, cerca de las trincheras que los hombres construyeron para defenderse de sí mismos va a lomos de la música de su cálido viento, del roce del agua con la tierra, descubriendo las armonías que pronto crearán otra estación, sin tener en cuenta a las personas que compran a otras para satisfacer su orgulloso ego, pero, ésto ya no le interesa a nadie.

Aún así, siguen en la noche centelleando desde el lejano cosmos los mismos astros con los que otros orientaron y alumbraron su camino y despejaron a través de ellos la incertidumbre desgajándola con la más pura visión epistemológica de lo que va aconteciendo sin ambages, pero, nuestra imaginación y el pensamiento que la acompaña, desde entonces hasta hoy, se ha ido transformando caminando persiguiendo una forma de estar presente en este mundo que, se reduce a, sólo actuar bajo los fundamentos que exigen las reducidas reglas de la fútil tecnología que manejan los poderes ocultos, construida bajo sus normas que sólo impulsan la vanidad como forma de inspiración para esa existencia de los individuos a cambio de los rendimientos económicos de unos y otros y, con el poder de extinguir la complejidad y la diversidad.

Quién se sobrecogió alguna vez ante la magnitud que encierra la naturaleza en todas sus formas, no puede entender esos sucesos. Las auténticas emociones no son las que se producen como efecto de lo que el sistema arroja envuelto con su embaucadora característica sutileza, son, ni más ni menos, las que siempre nos han llegado desde registros ancestrales que aún perviven en nuestra memoria. Lo que alberga la vida y la muerte, las que se originan cuando abrazas la tierra. Hay un sinfín de emociones que son meros productos sometidas a la oferta y demanda, que se compran y se venden como satisfactorias mercancías que unos construyen y otros destruyen, al igual que las teorías, lo mismo que las ideologías y las creencias y la desobediencia y la rebelión. Mientras ello ocurre, los irreales mundos mágicos proliferan y los verdaderos sucumben al igual que los jardines de Babilonia.

Colisiones – Pieza n° 692 by Ramón Sánchez

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