Me rodearon las chovas sobre mi cabeza, jugaban con el aire allá, al borde de los acantilados, sobre los riscos, anotando con el crocitar que emiten desde su pico rojo intenso las notas que la brisa no contiene, negras notas suspendidas sobre los pastizales que tapizan antiguos glaciares, asustadas quizás por la cercanía de las garras de algún águila que las vigila o, motivadas por el continuo tintinear del alambre que forman los campanillos pendientes del cuello de las ovejas, las que bañan sus balidos en las gélidas aguas nacidas en el pasado invierno, las que ahora riegan los pastos y abonan la tierra, en bandada van llenando el horizonte con sus siluetas aladas, entrecortando los antiguos ecos que, aún, desde entonces, resuenan, remolcados por el cierzo que refresca los musgos, las alas de los insectos estupefactos por el brote del hielo fósil, adagio convertido en agua milenaria. Ahí, los tímidos ungulados que nunca conocieron humano alguno, se acercan y mojan sus barbas en el tiempo que una vez quedó sepultado, beben cuando aflora fresco, cuando aún flotan los témpanos, al unísono de los aleteos que entre las verticales paredes pétreas se incrustan en sus grietas, donde la luz naranja resbala, donde la incandescencia de los astros se asoma cada noche. A veces pienso, como es posible que, tanta belleza escondida, ignorada e ingenua, dueña de si misma, donde los únicos seres extraños somos nosotros, sea manchada y deshonrada con la espada y el simple epítome de nuestra desmesurada soberbia que hace de ello la existencia de muchos seres. La mansedumbre y la confianza reina en esas bandadas de aves y en aquellos lugares, debía ser otro ejemplo con el que aprender a fíarse de aquéllos con quiénes nos juntamos. Desde aquella atalaya, cerca de sus nidos, con más de cien metros de vacío bajo los pies, se ven aún correr las mermadas aguas que, en esas latitudes, marcan el final del verano. Se distinguen con claridad, desde allá, los brillos y los reflejos que desprenden las lajas que salpican como diminutas estrellas terrestres los verdes y amarillos borreguiles y, los que las recién nacidas aguas desprenden cuando la primera luz de la mañana se posa sobre ellas. Alrededor de todo aquello, el silencio, tan solo roto por la tenue brisa del estío, el esquileo del ganado, los entonados graznidos de las chovas, el discurrir de las aguas, lo inhóspito que en esa hora temprana se vuelve placentero, va construyendo su propio espacio en el que da cabida a toda la posible existencia.