Teoría de una infamia

El estado natural del ser humano debía de ser el de felicidad o lo más parecido a ella. En el nuevo orden de cosas que hasta hoy hemos ido creado parece imposible mantener ese estado que debía ser espontáneo. Las cosas hoy son distintas a todo aquello por lo que se rige lo que genera vida, lo que nos hace ser, el conglomerado que da forma a lo humano puro y sin manipulación de ninguna clase, lo humano que describió Margaret Mead, ahora distante del entorno que nos vió nacer, no exento aquél de dificiles incidentes y vicisitudes al mismo tiempo, muy diferente de lo que hoy perseguimos porque, tal orden origina esclavitud, dependencia e infelicidad y señala hacia un horizonte desconocido y, posiblemente, devastador social y climaticamente, sirviéndose el propio sistema de tales sometimientos y cautiverios para sostenerse, para seguir sembrando con ello la servidumbre hacia él. No existe en este nuevo orden una verdadera simbiosis con la que establecer una correspondencia entre el sujeto y lo que le rodea porque, el sistema que rige nuestra vida está cargado de sutiles dependencias sociales, políticas e ideológicas, incluso de emergentes culturas dañinas. Para que todas éstas sigan subsistiendo y den forma y moldeen al distraído pensamiento, paradójicamente, surgen atractivas teorías encaminadas a dirigir y congregar a los fieles servidores captados desde su distracción y alrededor de la búsqueda de algo con lo que sentirse cómodo como es la felicidad, basándose para ello en otro concepto de características similares que termina desembocando en una momentánea felicidad insatisfactoria a la que le acompaña la función de encubrir a la verdadera, a la que brota de forma espontánea, tomando para ello como base todo aquello creado bajo fines lucrativos y meramente productivos y que produce satisfacción y sensaciones similares a la de aquella felicidad. Ello se genera en el seno de nuestras sociedades, en las que para su existencia, crece de forma exponencial el afán de posesión de bienes materiales y las sensaciones que estos momentáneamente nos producen a lo que se acompaña, un pensamiento premeditado que disuelve hasta los entornos en los que tales sociedades combaten las soledades que producen las insatisfacciones. De tal manera que, todo ello, sepulta y deja en el olvido una buena parte de nuestra sabiduría, de la que nos hace ser y nos distingue.

Tenemos algo semejante a lo que contienen de forma pura y genuina los árboles cuyas raíces se levantan hacia el horizonte escribiendo en el aire las caligrafías que hablan de ella, que construyen la música que gravita alrededor de las esferas del cosmos en armonía con los átomos, las moléculas y los cristales que forman el polvo de las galaxias. Y, navegamos rozando los miles de soles que continúan danzando inmersos en una secuencia similar a la que un día Fibonacci tradujo y describió, al son de estructuras armónicas aún no descubiertas que navegan iluminadas por gigantescas estrellas recién nacidas, ávidas de mostrar su belleza y su poder y, al mismo tiempo, ensimismadas por la música del universo.

Y allá, sobre nuestras cabezas, gigantes alados van descascarillando el mundo y convirtiendo los restos en más y más espacio, surcando el cosmos a bordo de colosales cortezas que desprenden el fuego que Hefesto quiso poseer. Ante tales magnitudes, asombrosamente, concebimos la idea de abrir un agujero para llegar a él y vaciar todo ello en las entrañas del Averno, por donde las aves jamás cruzarán,  y, así, poner de manifiesto la habilidad para manejar y ejercer el poder que cada hombre posee pertrechado de afiladas espadas forjadas por Völundr padre de Durandarte, con filos capaces de segar cosechas enteras para apoderarse del grano y guardarlo en enormes templos erigidos para satisfacer la ira de Heracles y, la que pueda contener, en algún momento, quién gobierna los rayos, las águilas, los toros y los robles e, intentar apoderarse de los cuerpos celestes que creó Artemisa.

[ Richter – Dream 1 (Before the Wind Blows it all away) – https://youtu.be/gYQfsGYI1Y4 ]

De aquellos de los que siempre hablaron los poetas como los causantes de muchos males, de los portadores de la avaricia, de aquél al que Jheronimus van Aken le dió muerte, de aquellos infames, de sus manos trajeron los Cíclopes para que levantaran murallas y, con ellas, ensombrecer el firmamento, empequeñecer al resto de la humanidad y silenciar el canto de los astros cuando rozan el espacio en su girar. Quizás desde entonces comenzó a germinar lo que después, entre el Tigris y el Eufrates, dejó escrito sobre un cono de arcilla Urukagina, Ensi de Lagash, gobernante de la ciudad que lleva su apellido, para así, iniciar un nefasto sistema del que aprender que hasta hoy llega y, con el que la humanidad empezase entonces a creer en la libertad.

[ Acid – Michael Brook – https://youtu.be/4T_mKbdX3ec ]

Durante el transcurso de tales hechos, los pueblos que habitaban la tierra, se reunían entonces en la noche alrededor del fuego, al calor de una pureza hoy ya desconocida desde la que seguían con la mirada el ascenso de las pavesas que desprendían las ascuas hacia el firmamento hasta confundirse con los astros incandescentes sostenidos por hilos invisibles. Sus conversaciones versaban sobre el canto de las aves, las luces púrpuras del ocaso, sobre el frescor bajo los árboles que bañan sus raíces en la húmeda tierra, sobre las huellas de los ungulados impresas en el barro que termina adentrándose en las orillas de los rios. Hablaron entonces sobre el olor de los tilos en primavera y el de la tierra recien mojada tras la lluvia, en un ancestral rito del que ya casi no quedan vestigios de su existencia, tan sólo las marcas sobre superficies pétreas donde, dejaron estampados los signos de su lenguaje, conteniendo en ellos, mensajes para la humanidad venidera, las incógnitas que surgen antes de la muerte, la eclíptica para la siembra y las armonías que escriben a su paso los ganados. Pasaron noches enteras poniendo nombre a cada una de las estrellas para luego nombrarlas antes del alba, para surcar los mares bajo su amparo y encontrar algún camino perdido. Sembraron el conticinio de enigmáticas percusiones impulsadas por la energia de la Luna llena, por los influjos que se adentran en la órbita de la tierra en plena conexión con su girar. Quizás, desde aquél entonces, los poderes que gobiernan a su antojo la vida de los pueblos, aún dormían esperando brotar y captar únicamente la atención hacia ellos como el ojo de Sauron.

[ Man O To – Narcisse – Cafe de Anatolia – Sun – https://youtu.be/peiallgBeZU ]

A nuestro alrededor la belleza del mundo físico hace de este una sola realidad para habitarla, pertenece a los minúsculos espacios y a las grandezas donde las hermosas soledades giran con un único sentido, sin artificio posible que las deformen, por lo que, en ello no existe el pensamiento económico que nos aturde y, allá todo se desenvuelve bajo las Leyes básicas de la naturaleza sin rodeos. Sin embargo, nuestro espíritu transformador boga hacia un cambio en el que las cosmovisiones más arraigadas no trascienden a la unicidad desde donde parte la sabiduría, alimentada esta, por el descubrimiento, sino, hacia un mundo impasible e ingrávido, hacia una transformación donde todo lo más transcendente se disuelve para dar a luz otra visión diferente en el universo del que formamos parte y que nos rodea, pero sin caer en la cuenta de que, nos sostenemos sobre un alambre por el que deambulamos entre un mundo para adentrarnos en otro sin aún haber desgastado las zapatillas, presos de los sobornos al Oráculo y, sin que la incertidumbre que da paso a lo nuevo nos condicione. Así consentimos que anide en la civilización una ciega ignorancia que favorece a los constructores de nuevos idearios no exentos de picaresca, carentes de honestidad y que perjudica a la claridad de la mente.

[ In this Way – Jacob LaValle –
https://youtu.be/vGwYXYAfjx4 ]

Pero, aunque la arrogancia que nos asedia constantemente cuando pensamos en la exclusividad de nuestra existencia y permanencia en el vasto cosmos, cuando las creencias vertidas en los libros apócrifos como algo absoluto que la fe de unos cuantos guardan como tesoros en los que se detalla nuestro supuesto nacimiento, aún seguimos siendo y perteneciendo a otra absoluta circunstancia sin quizás saberlo con certeza, pues de lo contrarío nada hubiera quedado impreso, seguimos sujetos al fruto de una aún incomprensible inteligencia que continúa, desde quién sabe cuando, alumbrando los guijarros que cubren el manto pétreo que pisamos, a las corrientes oceánicas que magnetizan las nubes que luego esparcen sus partículas convertidas en agua sobre los campos que impregnan nuestros sentidos de todo aquello que su olor transporta, refrescando la remota memoria que comenzó a navegar dibujando una elipse cuyo final es el principio. Un inicio casi olvidado por el paso del tiempo que, guarda en su existencia, los secretos y el antídoto contra la mediocridades que asumimos en el transcurso de nuestras vidas.

[Her & the Sea – CLANN –
https://youtu.be/09R4LQb71wg ]

Así nos convertirnos en una expectante parte más de ciclos que se superponen unos sobre otros deshaciendose estos durante su camino de todo lo inservible, bastándole para ello tan solo de la pureza para trazar su propia hipérbole fijando un inicio y un destino siempre distintos. A pesar de disponer de aquél espíritu transformador y, al mismo tiempo, creador, nos encaminamos en busca de aquello que se esconde tras horizontes que, finalmente, resultan ser espejismos que la propia soberbia humana dibuja como si se tratase de alimento esencial o de un nuevo culto encaminado a sostener una raíz pagana e inestable, de naturaleza mística alineada a todo aquello que alteró el orden natural de las cosas. Por ello, ya no se consideran sabias a las personas que hablan con el fuego, ni se tiene en cuenta a los ermitaños que lanzan sus mensajes encriptados en botellas de vidrio en las que se contuvo el vino que pisaron sus pies y que detuvo la furia de Polifemo.

Partimos de los actos y los hechos que siempre han pertenecido y establecido un idéntico principio, el inicio de la misma senda que en algún momento concebimos como lecho para nuestro viaje y por la que continuamos obstinados, sin tener en cuenta aquel espíritu transformador y, en manada, sobre ella, nos adentramos con la inocencia de estar en el camino adecuado, sin tampoco tener en cuenta lo que la historia o el pasado conocido pueda enseñarnos, ensimismados por el contínuo arrullo de las tórtolas y sin adivinar qué se esconde tras las cortinas de humo que encierran y asedian a la realidad, a aquello que luego se llamó libertad, porque, antes de ello no existían dependencias ni subordinación hacia estas, (después fueron protegidas y defendidas ambas por los aguijones de los látigos y el dolor y el hedor de su poder), ni tan siquiera, entonces, se había alumbrado el afán de lucro ni la ignominia para conseguirlo, no se hablaba de ella, de la libertad, tan sólo se contaban estrellas y se dibujaban parábolas y trayectorias, se llenaban las mesas de los cafés de transcripciones que bordeando las manchas transparentes sobre el papel simulaban galácticos océanos, dimensiones desconocidas tras nubes de gas, de mares hechos de polvo cósmico, de pensamientos oceánicos gravitando entre las redes que forman nuestros átomos, todo ello bajo la búsqueda del conocimiento.

Ante esas turbulencias sin certezas me resguardo del aguacero, bajo las esencias que desprenden los árboles donde la lluvia finalmente se tiende, donde nacieron las esencias, los perfumes que dan forma a la tierra, las palabras hechas de fragancias, la elegancia característica de todo lo humano, la creencia de no creer, la ignorancia hacia aquellos que prohíben acercarse a todo aquello que ellos mismos arrebataron de la tierra e hicieron sólo suyo protegiéndolo con primitivos e infames algoritmos. Quizás así tuvo su comienzo el asedio a la vida y, como defensa de tal sitio, dieron a luz seres mitológicos que escribieron describiendo entonces cómo caería sobre nosotros la maldad de los dioses y el infortunio que estos traerían, dibujando sobre extensos textos donde se hacian constar las reglas, los cadalsos y las monedas necesarias para calmar la ira de Caronte.

Todo aquello emergió bajo milenarios seres vegetales que poblaban la tierra y que, desde su alumbramiento, siempre estuvieron oteando los cielos levantando sus ramas hacía las alturas donde brillan las nebulosas y vuelan los cometas, agujereando las nubes para ver qué hay tras ellas, anotando con leñosos trazos, tan sólo legibles para los visionarios y los habitantes de los bosques, los enigmas que guarda el futuro, lo que después será la reinserción social de quienes quedaron cegados por los seductores resplandores que, como fuegos de artificio, lanzan al aíre los insensibles diseñadores del nuevo mundo. Quedaron en el olvido, aún hasta hoy, el olor de las hojas recién humedecidas por la lluvia y las palabras de las aves que atravesaron los océanos a bordo de líneas celestiales sobre las que quedaron impresos los logogramas y las estructuras armónicas de las estirpes fieles a la tierra y, hubo quién intersectó esas lineas formadas por ondas sonoras para construir con ellas la belleza que traspasa hasta el alma (y que se expande como lo hicieron los contingentes de naves de los Aqueos hacia Troya), sobre tablillas Micénicas o de Pilos que contuvieron ochenta y ocho símbolos al igual que las teclas de Gottfried Silbermann. Todo obedeciendo al espíritu luminiscente que la tierra labra sobre lo humano y que es capaz de revertir el destino hacia otro distinto.

Holes in the Ketles by Ramón Sánchez

Deja un comentario