Respiraderos

Es somnoliento y gélido el invierno, pero por ello, no deja de tejer desde sus dormidas entrañas lo que después será, lo que tras su paso también seremos nosotros, es el disfraz del futuro aún dormido, en su interior no existe deliquio alguno, si no, una mirada capaz de navegar y alejarse hasta extenderse allá donde germinarán los pastos sobre los que correrán nitidas aguas a las que abrazarnos para seguir siendo. Siempre ha sido terco en su tarea, desprendiendo a la vez cierta nostalgia y fragilidad porque así es. Su camino es el nuestro también, tan necesario recorrerlo por ser una razón más, una verdad sin posibilidad de contradecirla, un destino único, inflexible, que abre paso a otra estación desconocida situada en el tránsito entre el Hiems y Perséfone, quizás una materialidad desapercibida que forma parte de un destino inamovible e ignorado por ello.

A medida que las sociedades avanzan, se convierten en enormes burbujas en las que, en su interior, anidan como objetivo para su existencia, dependencias que se convierten en vitales para obtener la comodidad quienes las habitamos, en ellas, las adversidades se establecen formando un doble enemigo; las que les afecta y posee la naturaleza por sí misma y, las que creamos para que subsista esa pompa. En ésta última, crecen las limitaciones que atentan contra las libertades que el tiempo hizo se hiciesen para formar parte de la inherencia humana y, ahora, esos límites, cumplen una función esencial para ese hábitat; el de reducir lo heterogéneo a un sólo pensamiento único universal y, poder así, seguir perpetuando al poder que luce desde su interior y escupe hacia afuera las más terribles de las soledades, no las soledades que elevan el alma y alimentan nuestros espíritus, si no, las que las destruyen, las que acaban con las pequeñas estancias donde guardamos los restos de nuestra libertad.

Y así, nos abrazamos a la modernidad, que quizás, pudo comenzar cuando el ingeniero griego Sóstrato de Cnido construyó el faro de Alejandría, encargado por la arrogancia del poder para eludir la fuerza de los mares y empequeñecer la valentía de los marineros, sin que entonces, Ptolomeo, cayese en la cuenta de que, la modernidad carece de aquella adversidad consustancial, que está llena de vacios y elude todo aquello que desde que conocemos acompañó siempre a la humanidad dejando en su lugar ficticios paraisos. Lo que hoy nos queda más parecido al paraiso, -que no es lo que nos enseñaron como tal-, son los habitáculos donde nos hacemos como somos, donde bebemos las contaminadas aguas como antidoto ante la impuesta resiliencia que nos ocupa el único tiempo que tenemos. Pero eso no es todo, a veces todos los sueños que soñaste se convierten en uno sólo, en una madeja que te contiene ingrávido, que rueda sobre el eter queriéndose deshilachar para expandirse como lo hizo el cosmos. En una espera constante que flota en los espacios aún vacíos donde se posa para hacerse fugaz, están nuestros días asaltados por la costumbre y la obediencia que ésta implica, sin revoluciones posibles que lo cambien todo porque ya fueron subastadas.

Haremos «coaching» como antiséptico y tendremos una mente flexible para seguir alimentando la distopia que nos engulle. Nada sirve si no eres dueño de tu tiempo y nada existe si no estás, salvo para el tiempo que carece de cordura y de pensamiento.

Mientras, los respiraderos de la tierra se abren bajo nuestros pies tras la lluvia, desde donde germina todo, las semillas y los restos, para luego hacerse visibles ante nuestros ojos a través de diminutos agujeros, pero, esto pasa desapercibido al igual que el sonido del buitre sobre la cabeza cuando se zabulle en el espacio. Nadie lo ha escuchado nunca mientras hacemos mundo, mientras nos sumergimos en ese quehacer con el rumbo fijo hacia el destino que otros trazaron y que nadie quiere ver. Ante esa incosnciencia nos antecede un espejismo que va abriendo camino a cada paso acompañado constantemente de nuestra propia crueldad con la que creamos las fantasías más imposibles para engañar a los demás, con las que dotamos de contenido las palabras que pertenecen a la basura que aviva los estercoleros del mundo, haciéndolo todo así sin fin. Lo verdaderamente duradero, sin embargo, sólo es un instante atrapado en el cosmos, transportado sobre las mismas ondas en las que sobrevuelan las águilas. Algo que se sostiene en el mismo alambre por el que transcurren nuestras vidas en el mundo externo y que dura hasta que cerramos los ojos para salir de ahí. A ese caos habría que añadir que «siempre» no existe ahora, que es el futuro que alguna vez se soñó y que, al mismo tiempo, pertenece a lo venidero y a lo que hace antiguo el pasado. Así, fluctuamos entre distintas dimensiones atrapadas dentro de una misma que nos llevan a sumergimos en las aguas de una semántica imposible, aún por diseñar, preguntándonos si nuestros actos fuesen otros, quizás más transcendentes, llegaríamos a retomar nuestro paralelismo con la naturaleza, a aceptar e impregnar nuestro quehacer con sus semejanzas, es la nobleza.

The passenger compartment by Ramón Sánchez

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