
Caminamos muchas veces bajo cielos plomizos, tan espesos que escondían tras de sí los millones de astros que, desde su lejana existencia y su silencioso vagar, han ido escribiendo y marcando las páginas de nuestros días. Cielos pesados de nubes corpóreas, cíclopes alados que transitan livianos como las aves, que van dejando a su paso el elixir olvidado, quizás desconocido para aquellos que nunca levantaron la mirada para observar los horizontes que se desvanecen donde se junta el cielo con la tierra. En aquellas páginas quedaron impresas miles de leyendas, historias llenas de mitologías y fábulas cuyo contenido era para hacernos navegar a bordo de la mansedumbre de un enorme rio que desemboca allá donde se construyen todas las realidades posibles, las que, alguna vez, también fueron soñadas bajo las impresionantes soledades que forman el cosmos incalculable que nos contiene y nos distingue de la máquina. A través de la piel absorbimos los frutos regados por las aguas que llegaron frescas del Atlántico, entre ellos, los rayos de sol que aún se filtran entre las nubes y el olor de la tierra, sobre ella sostuvimos entre los dedos las bellotas mojadas y los frutos de los escaramujos casi congelados por la gélida noche y, mucho más arriba, anduvimos en contra del viento, entre su aspereza, sobrecogidos por su silbido sincretico que rozaba veloź las rugosidades de la tierra helada, las hojas cubiertas de hielo, los enebros durmientes, y presos de los delirios de una nueva humanidad, nos desmarañabamos de la ventisca, mientras pensamos al mismo tiempo, no seguir siendo espigas mecidas por el viento que transporta el veneno que enmudece la libertad.
[ Cantorum – Penguin Café https://youtu.be/mRcceK-0G7w ]
Sobre las hojas del libro del conocimiento que contiene en su interior impreso la forma de combatir los actos y las palabras que esgrimen las otras estirpes que decía Tolkien y que habitaban las tierras de Annatar Gorthaur, navegamos como si fuese la alfombra de Tangu en busca de aquella nuestra otra parte de la que todos conocemos, de la que nadie sabe donde reside y, seguramente, ni de su existencia. En este grabitar, hay quienes pasaron sus páginas como si se tratase del manuscrito Voynich, como si fuese un acto épico acompañado de las mejores rapsodias del mundo, lo que constituye una prueba más de que nuestro paso por el mundo no es nada insustancial. En el fondo no son más que actos sujetos a la dictadura de la felicidad que la industria diseña para obviar lo que verdaderamente entraña convivir en sociedades en las que todo, e incluso, lo individual, se transforma en mercancía. Lo común, lo que nunca tuvo dueño, nuestro sustento, igualmente, se convierte también en mercancías que pasan a manos de quienes sin escrúpulo alguno se adueña de ello al mismo tiempo que se erigen como los poseedores de los antídotos con que curar nuestros males, que no son otros que los que ellos han creado con tal fin. Mejor entonces, no buscar la felicidad, si no, la belleza, todo aquello que compone nuestros actos más sinceros encaminados hacia lo exento de naturalezas artificiales donde encontrar de nuevo el placer de vivir.
[ Pause -Felt – Nils Frahm https://youtu.be/sL9Dl3PzqKc ]
Desde que dejamos de pisar tierra árida, húmeda o mojada tras días interminables de sol o de lluvia, nos acostumbramos a caminar sobre las losas de fisonomía amable que tapizan el manto pétreo que da forma a la tierra, el contacto con éste nos trasmite la seguridad de encontrarnos acogidos, abrazados a eso tan nuestro que nos alimenta, lo que genera todo lo perceptible y lo imperceptible, donde se acoge la vida y la muerte, donde el tiempo fija su residencia porque más allá deja de existir para tornarse en infinita eternidad y, cada vez que damos un paso sobre aquella lisa superficie que lo cubre, nos vamos adentrado en un mundo aséptico en el que todo es imprescidible menos el pensamiento, un mundo en el que los deseos se convierten en una terrible ficción como si de una eterna condena se tratase que, al mismo tiempo, se desliza sobre esos pavimentos bajo los que quedaron sepultadas historias que luego fueron contadas de forma distinta a como sucedieron en realidad y, se tradujeron a muchas de las lenguas que pueblan la tierra, aprovechando así que sus vestigios quedaron impregnados de cemento y asfalto, y que, de sus protagonistas ya no queda ninguno para contar la verdad, incluso, en lugares concretos, en los parajes donde después crecieron avenidas, en las esquinas donde habitaron los árboles, donde la magia dejó de existir y dió paso a realidades fundadas en el peor error humano, quedaron inscritos los nombres de los sátrapas que dieron a luz tales vilezas. Montaron enormes campamentos sobre las heces de los caballos y de los humanos desde donde partieron los cimientos hacia otra civilización y la hierba se volvió mustia, envenenada de mentiras atroces que justificaban embaucadoras guerras donde solo morían los que no debían morir. Entonces ya nadie pide nada para no tener que devolver nada, y, quién lo hace, es porque no tiene nada, porque tan sólo posee las soledades que nadie quiere compartir.
[ Shed -Kiasmos https://youtu.be/Uxn99RCMB2s ]
[ Near Light – Ólafur Arnalds https://youtu.be/0kYc55bXJFI ]
Asi se escribe el destino, sin quererlo, arrastrado por una vorágine de la que nadie sabe donde desemboca, algo que nada tiene que ver con los remolinos impetuosos que acompañan las tormentas rebosantes de la furiosa magnitud desde donde, clavan con sus rayos, los designios que viajan entre sus nubes vertiginosas en el corazón de los robles, conviertiendolos así en el heraldo del poder purificador. Porque el destino es así, impredecible, catártico, puro porque filtra lo que creamos indestructible haciéndolo camino, enorme porque asalta las murallas desvaneciendo los sueños que se asoman a la realidad que resurge tras haberse disuelto. No es más que otra parte oculta tras los destellos que desprenden los reflejos de las luces sobre el pavimento mojado tras la lluvia, donde se reflejan las luces que salen de las ventanas habitadas, de las farolas que siempre miran hacia el firmamento donde sus semejantes brillan. Etéreo y devastador al mismo tiempo que insodable, el que extiende el manto helado sobre las cumbres que marcan los horizontes donde siempre nos refugiamos a soñar, con el que construimos nuestra personal naturaleza, aquél que se asienta en las encrucijadas sin alimento alguno sólo esperando. Y así se va levantando, página a página, el mundo que alcanzamos a conocer y el desconocido al que no llegaremos, con sus brumas espesas alicatadas por el silencio de la primera hora diurna en las que las aves aún duermen en el regazo del último céfiro mientras a sus espaldas se cierne la incertidumbre. Así nos hacemos como uno mismo, como algo irrepetibe, como debemos ser, con el destino acuestas intentando relegarlo hacia otro estrato donde deje de existir para entonces poder orientar nuestro navío hacia el puerto soñado.
[ Black Notes – Nils Frahm https://youtu.be/ayjV-mUnMgY ]
Viajeros seguimos siendo, embadurnados del polvo, untados del barro asentado en los senderos que conducen hacia el lugar en el que reinan extraorinarios seres llegados desde donde nadie nunca pudo arribar, partieron y pusieron rumbo hacia acá desde sus nidos milenarios concebidos con el primer vegetal que engendró la tierra, desde remotos lugares sin fortalezas que derribar, nos observaron y desde allá planearon livianos portando a sus espaldas las vasijas que contenían las aguas más puras, las que dejaron caer sobre la plaza que preside Neptuno, sobre los sufridos campos por el implacable estío, y bebieron de ellas nuestras aves, y quedó suspendida, blanca sobre las ramas, adherida a las cortezas que miran al Norte, a los refugios de las comadrejas, recogiendo en su seno los brillos de los astros que confunden a las luciérnagas. Revivieron el barro dormido y dejaron que corriese lentamente sobre sus lomos las aguas y los olores húmedos y barranco abajo, tras atravesar los regueros congelados, se hicieron río con aromas de madreselvas, de hiedras mojadas, de aire fresco encajonado entre los ricos, entre el primer sonido que existió, salpicados por las comunidades de los robles, los arces y los castaños. Así todo se fundió en un único ser que nos hizo ser, así quedaron unas cuantas páginas impresas sólo en la efímera memoria que también nos contiene, sin tinta ni señales de su presencia física, amarrada al olvido que un día vendrá lleno de todo lo imposible de olvidar y, sin aviso, se haga con ellas, con las hojas que ruedan y ruedan salpicadas de todos los rocíos que amamos, que quedaron brillando en las retinas, así somos, una esfera ingrávida hecha agua y memoria.
Cabecera: Drive – Lapiz sobre papel, 21 x 29,7 cm – A4 – 85 g/m2.
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