Acentos.

Nacimos pobres y, ricos de injusticias, lo que acentúa aún más el tiempo de escasez al que nos dirigimos, y que, por otro lado, incide sobre el equilibrio perjudicialmente, activando mucho más allá el significado que contiene el interés.
Tras ese interés, florecen en todas las culturas desorientados activistas de mil clases e ideologías que pretenden salvar a la humanidad exhibiendo panfletos llenos de conjeturas basadas en incoherentes relatos, escritos bajo los efectos de alguna pócima elaborada por algún grupo de poder con el fin de hechizar a cualquiera que se detenga a leerlos. Y, así es porque, el poder siempre ha tenido sus sirvientes y a los escribas que van dejando constancia de ello hasta hoy, un rastro convertido en un signo más de la arrogancia y la decadencia de una civilización escrita por ellos mismos.

Hubo y hay gentes que nunca tuvieron una ventana diferente a la que por primera vez se asomaron en su vida, quizás por el infortunio que les tocó heredar o por el desinterés o la indiferencia. Asomarse a otra ventana distinta que enmarca otros horizontes, es un acto de pasión precedido de voluntad y del valor y la energía que acarrea esa pasión. Asomarse a las benditas soledades donde reside el alma, es la ventana etérea desde donde aflora lo más cercano, lo más terrenal, la cuna de lo humano, de lo exacto y de lo inexacto, del orden distinto al que las mayorías rehúyen,  es la corteza desde la cual contemplar el «praná» que exhala la tierra, el alimento y el aire que en muchas ocasiones es tan escaso. Es un exquisito interior anclado en una efímera eternidad que despliega sus raíces bajo nuestros pies. Otro distinto discurso alejado de los obscenos circuitos masivos en los que la inteligencia y la razón son reducidas a meros productos exhibidos bajo etiquetas mercantiles.

Así, nuestros argumentos y la demostración de los mismo son otros, son opuestos a aquella reducida inteligencia, digo nosotros, no porque en ello se encierre algún tipo de exclusión racial, ideológica, política o religiosa, sino porque la razón que se esgrime en ellos pertenece a las estirpes más puras que sobreviven de todo aquello, que nunca se dejaron engañar y, las que aducen pruebas suficientes en apoyo de si mismas con su simple actitud ante todo lo que acontece. Son las que siempre negaron que existiese indicio alguno de salud por estar bien adaptado a una sociedad enferma. Y, en ellas también habitan las tormentas y la tierra mojada, la tierra que aún no tiene impreso su nombre científico, la tierra húmeda que reverdece, la que sostiene las raíces y la que empuja los frutos, la mano amiga, la que resiste a la traición del hombre.

Existe en estos suburbios del mundo donde habitamos, el azar que cubre con su manto la justicia, y también la remota posibilidad de hallarla. Quizás nunca existió y fué una palabra inventada. O quizás apareció cuando quienes se apoderaron de los bienes terrenales fueron importunados por sus verdaderos herederos. Por ello, muchas historias fueron suplantadas por otras distintas, superpuestas con un sagaz velo capaz de ocultar las imperfecciones que sus artífices entendieron que existian en ellas y, así, protegerse y poder reclamar todo aquello que en su ley dejaron escrito los autores que fueron designados para ello.

Los aires y los vientos obedecen a sus propias leyes, al igual que las tormentas y los amaneceres que son seres que pertenecen a lo extraordinario, lo mismo son las aguas que atrapan los reflejos de aquellos y, al igual que las raíces que se hunden en la tierra fértil presumiendo de su vieja eminente sabiduría, la que concentra abrazada toda la eternidad que contiene el poder, la que esgrime con la paciencia de los siglos la lucha contra la ciega autoridad humana.
La mayoría de los libros sagrados que esa autoridad fue dejando a nuestro paso, no hablan de ello, sólo relatan multitud de recetas imprecisas que sólo sirven para sanar una imperfección que creyeron encontrar, pero, que no existe, en ellos también sobran alusiones a una precaria justicia nacida, según sus páginas, en algún recondito lugar desconocido del espacio, y que, es empuñada por alguien que guarda las armas con las que algún día ejecutar a aquellos que desobedecieron sus preceptos y reglas marcadas para dirigir y manejar a los pueblos y a los ejércitos y a sanar las almas apresadas por acogerse a razones distintas de las que contienen sus hojas. De ahí, de todo ello surgen las semejanzas entre el mito y la profecía, y poco a poco su transformación avanza, el mito se idolatra y la profecía se convierte en inhumanos algoritmos capaces de sedar el pensamiento y crear en él una historia diferente, jamás escrita, poderosa como un encantamiento que convierte las percepciones en signos latentes donde dirigir nuestras naves para arribar. De esta forma, el capitalismo imperante, hace hueco y crea una dependencia absoluta, una necesidad de serle fiel servidor hasta el punto de dirigir cada uno de nuestros actos hacia sus fines más perversos e infiltrarse en su seno con total obediencia, asumiendo la esclavitud que ésta lleva consigo.

Aún poseemos a nuestro alcance los argumentos que confluyen con los mismos que posee de manera inherente la naturaleza y, aunque siguen pasando desapercibidos, ya que buena parte de nuestros intereses están sujetos a los que las sociedades en las que vivimos van marcando, están siempre presentes, están en nuestro interior, en nuestra parte más profunda, en esa parte olvidada y que es sorbida como un jugo exprimido por una forma de vida fabricada para hacerse con ellos. Poseemos el alma racional que hace distinto a cada sujeto y también la diversidad que no está sujeta a todo lo homogéneo con lo que la industria seduce a buena parte de la humanidad, (o, se deja seducir), y a pesar de ello, transcurren nuestros días sumergidos en aquellos relatos que en nada se asemejan a la realidad, haciéndonos serviles a un mundo inventado en el cual sólo existen nobles y plebeyos, malos y buenos, ricos y pobres, adecentado con las especias con las que retransmiten incansablemente las cadenas haciendo real aquello que crearon para que existiese. Nos queda también, dentro de cada uno de nosotros, el diálogo con la incertidumbre que forma parte de esa abrumadora realidad que vive agazapada tras de cada individuo donde, inexorablemente, reside nuestra verdadera forma de ser que, por imperativo social,  queda en un último plano.
Y, así, sin sentidos que nos acompañen, vamos con la mirada fija en un sólo horizonte, distraídos de lo esencial, envueltos por una aislante tela mágica cubierta de trampantojos que ilustran todo un universo fingido falazmente, haciéndonos cada vez más espectadores de la caverna de Platón.

Crouching reality by Ramón Sánchez.

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