Otra realidad.

Toda la poesía está en la Naturaleza, la trascendente y su opuesta, igualmente en su belleza y en su evolución eterna, en su acto desinteresado y en su racional forma de habitar. También en la mirada de quién la retiene y la traduce, en la que observa deteniéndose en cada rincón, en cada rama. Cada uno de sus dramas viene envuelto de perfumes y, también de descomposición, de minúsculos cerebros que alguna vez hicieron eco de su existencia y de pasados que construyeron futuros. La descomposición de las palabras y de la naturaleza trae consigo un alimento agridulce que contiene el pasado y el futuro y, quienes en ese cosmos son capaces de absorber tal belleza, de hablar de la verdadera historia y escribir versos al tras luz, son los árboles, los que retienen entre sus brazos a las aves y sus pensamientos, los que componen la música trazando en el aire ondas etéreas como el viento, los que nunca conocieron el progreso porque sus raices, bajo la fórmula mágica que contiene su clorofila, las extienden al ritmo que marcan los miles de años que componen su existencia mientras, vigilan las constelaciones desde un único lugar. Quien dijo que la magia no existe quizás nunca estuvo envuelto de tales sutilezas. A sus pies los hombres siempre decidieron desafortunadas batallas que marcaron el devenir de los siglos, se construyeron alianzas y se fijaron senderos, marcaron horizontes y continúan siendo veletas que orientan y señalan los caminos al igual que las estrellas.
Son los poseedores de la única realidad que permanece auténtica sobre las demás, porque, aquellas otras, son mecanismos de defensa y existen tantas como seres hay, adecuadas cada una de ellas a la percepción del entorno de cada sujeto, y por ende, sujetas a las consignas que cada civilización establece para su supervivencia, marcada ésta, por la fuerza del poder y del destino que éste escribe. Aquella única realidad siempre ha planeado sobre nuestra existencia, es pura, y de ella emana todo lo que somos, da forma a todo lo que nos rodea y a toda clase de pensamientos, da lugar a lo certero y a lo erróneo y se difunde desde los cinco elementos,  el agua, la tierra, el fuego, el aire y el éter. En ellos estamos desde siempre, sumergiendo ahí nuestras raíces desde donde luego brotaran las estructuras sinfónicas que transportan en su seno toda la belleza que contiene lo humano. Seguiremos siendo nómadas, viajeros de un destino por descubrir, organismos semejantes a los bosques, pero, enraizados en una naturaleza despechada por el acto insolente fruto de nuestra propia soberbia.

Más allá de toda aquella realidad, constante, latentemente existente desde, puede que incluso, antes de que existiese la memoria, nos ha hecho lo que somos y no existe más allá nada más, fuera de aquella todo es meramente subjetivo, el resultado de una forma de vida de la que, con el paso del tiempo, cada vez quedará menos constancia de su existencia y, de la que ni siquiera quedarán vestigios físicos diferentes a todo el «menaje» que nos acompaña y, en la que todo queda sumergido en un espacio virtual del que físicamente no habrá lugar alguno donde encontrar sus restos. Efímero es el destino, pero este nuestro, sin constancia de ello. Siempre ha estado sujeto al poder que es la herramienta más errónea del ser humano en la que reside la lucha estéril contra el resto y el abandono de uno mismo y que, se dirige al mismo tiempo hacia la incomprensión, que, a la vez, forma parte de nuestra inherencia, tal abandono es el germen con el que erigir en el poder a quién no tiene suficiente templanza y cordura para usarlo.»Faetón condujo su carruaje y cuando le invadió el pánico perdiendo el control de los caballos blancos que tiraban, subió tan alto que la tierra se enfrió. En su descenso se acerco tanto a la tierra que la vegetación se secó y ardió, así convirtió, sin querer, la mayor parte de África en desierto, la piel de los etíopes se quemó hasta volverse negra. Ante esto, Zeus indignado, con un rayo golpeó el carro para detenerlo y Faetón cayó al río Eridano donde se ahogó y se convirtió en cisne según Ovidio.»

Lo que aprendimos en el transcurso del tiempo hasta ahora, hoy, ya no es lo que era entonces, los nuevos avances y descubrimientos, las alteraciones buenas o malas de nuestros entornos naturales y artificiales, las nuevas condiciones ambientales, las distintas configuraciones del mundo que entonces no existían, hacen que todo aquello sólo sea una semilla que, vista desde la lejanía que marca el tiempo, la dota de inexactitud, al igual que nuestra forma de actuar, al igual que todo lo que ahora tenemos a nuestro alrededor, incluso en lo relativo al pensamiento, pues éste ha quedado basado y sujeto a una asumida distinta cosmovisión que ahora percibimos diariamente y que antes no existía. Lo que afecta a nuestra configuración desde la cual nace el pensamiento que nos hace seres racionales, formada durante milenios, pertenece ahora a una realidad que podría llamarse, sin entrar en un debate, como; verdadera, pero, sujeta a la influencia que ejerce sobre él todo aquello que forma parte de la actividad humana lejana a aquél origen en el que, entonces, la subsistencia no era algo heredable, ni por supuesto, algo atribuido al ser y fuera de formar parte de la vida, su ausencia en este mundo en el que ya no es necesaria porque nacemos provistos de todos los elementos necesarios para sobrevivir, desemboca en la pérdida de algunos sentidos, en especial, la orientación que se traduce en desorientación espacial, y por ende, del pensamiento que,  por tal motivo, va transformandose en algo débil y manipulable. La subsistencia esta poblada por el espíritu de supervivencia que a la vez, éste, lleva consigo toda una filosofía en cuyo interior se encierra todo un pensamiento y, ante la ausencia de tal espíritu, la razón a ido irremediablemente adaptándose a una nueva realidad de la que no es seguro que esté ligada al progreso o a la evolución o, por el contrario, a un error, si no que viene dada por el fruto de la libre elección,  y con ésta, la renuncia explicita a la posible emancipación de los pueblos, tras acogerse éstos, al abandono de seguir siendo seres inteligentes, superponiendose a ello una estricta comodidad que se instaló como una espiral en la mayoría de las sociedades bajo las directrices de un modelo especulativo con intereses lucrativos, sin que sus efectos devastadores, en ningún momento se hayan tenido en cuenta, o, si fuese al contrario, nunca le haya interesando a nadie.

El progreso avanza sin pensar que los recursos en que se basa no son infinitos, todo ello va acompañado de una sofisticada semiótica capaz de embaucar a los pueblos desprovistos intencionadamente de los recursos para hacerle frente y que, les imposibilita ver más allá. Aún, en este mundo tan distinto que, se deja vencer sin resistencia y que todo lo ensombrezca la banalidad, lo hace homogéneo. Y en él, se siguen sembrando, como en la Edad Media, el sentimiento patriótico acompañado de fanáticas consignas enardecidas con signos inflamados de entusiasmos sobrenaturales para que los ejércitos enarbolen sus banderas.

Quizás, a partir de ahora sea necesario una Involución del pensamiento que contamine la política y la económica, acompañado de otra forma de actuar racionalmente acorde con nuestro origen y con los espacios que habitamos y, así, poderse detener a contemplar el «komorebi» que, es la luz que se filtra entre las hojas de los árboles.

Involutional argonaut by Ramón Sánchez.

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