Espejo del silencio.

Los silencios son la lluvia, las secas grietas sobre la piel de la tierra, el paso de los días con sigilo. Dias en los que el polvo se hizo barro y el barro polvo que dejó sus semillas y ascendió agarrado al viento. Fuimos silencio antes de que existiese, antes de que la música sonara en las atmósferas ingravidas con el rozar de los astros en el cosmos, entre gigantescos destellos que se suceden desde entonces desvaneciéndose en las ciclópeas fauces del indomable universo y que, iluminan los restos de polvo arcaico con el que se construyen las galaxias y el silencio. La tierra brillante del espacio que, son los restos de colisiones estelares, dejaron su trayectoria, cayeron y atravesaron la seca copa del sombrero tejido con juncos del Niger para posarse sobre las cejas, sobre la piel que, al mismo tiempo, dejó que se sumergiesen bajo la epidermis junto con los mensajes que llevaban consigo, mientras,  aguardaba en silencio tendido en la noche fria sobre el verde de la tierra rebrotado tras el invierno, y, bajo la luz cenital con los ojos bien abiertos contaba destellos. Unas horas antes, los muros verticales raspados por los hielos que alguna vez contuvieron, se tiñeron de sonrojadas luces que construían sombras rectilíneas y sinuosas que iban dibujando vasares colgados del vacío, cavidades donde se introducían las vocalizaciones penetrantes y metálicas de las chovas con su «quiak, quiak»,  que recorrían todos los huecos de las vertiginosas paredes y viajaban después sobre el lomo del eco hasta hacerse silencio. Al mismo tiempo, las aguas que brotan entre la tierra y el hielo casi eterno, sacaban de las profundidades los arcanos que guardaron antiguas generaciones bajo las rocas prehistóricas, de ahí brotaban nítidas aguas que rompían el silencio, o, mejor dicho, hacían que el silencio existiese.

Desde allá, regaron nuestras raíces para que brotásemos siguiendo la finalidad que erigió una progenie procedente de los linajes más auténticos que jamás se dejó seducir por el orgullo de pertenecer a ésta nueva civilización que se abre camino desde fundamentalismos materiales que intentan revelar una verdad genuina. G. I. Gurdjieff relató que: «La cultura contemporánea requiere autómatas. Una cosa es muy cierta, la esclavitud del hombre crece y aumenta. El hombre se ha convertido en un esclavo voluntario que ya no necesita cadenas. Él comienza a encariñarse con su esclavitud y hasta a estar orgulloso de ello; esto es lo más terrible que puede sucederle a un hombre «. El relato diario que mantiene la naturaleza es el punto de inflexión desde donde partir para construir nuevas estructuras con las que concebir una nueva proyección global carente de contrasentidos, que tenga como fin la reinserción del sujeto en la naturaleza de donde procedía. Quizás nadie de las últimas generaciones obtuvo la oportunidad de transcribir, de escuchar o de observar aquél relato, de notar el flujo y el influjo que se esconde tras las fortalezas que guardan la belleza, aquél silencio que se filtró bajo la tierra, que regó silenciosamente los árboles que se alinean al borde del camino que todas las mañanas recorre. Y puede que, ni siquiera, se pregunte porqué sus hojas, en señal de un generoso agradecimiento del que nunca se sabrá su origen, sombrean el pavimento esparciendo por ende su frescura.
Hay quienes que, como una plaga, infectados de soberbia son incapaces de comprender y traducir los mensajes que la belleza transmite, y, sólo ven en ella un producto fácil de explotar y reproducir agregándole sofisticadas pócimas para su sólo beneficio.

Aquellos silencios envuelven la inmensa grandeza donde se construye la morada de un origen que transporta una finalidad, devanan la biología que se manifiesta al servicio de la materia que sirve de conexión con todo aquello que forma parte de la vida. Desde esos lugares fluye la esencia del pensamiento que, como las espigas del cereal, se ondula al viento sin desarraigarse, como la resiliencia del bambú y, crece, brota y descubre lo que siempre pareció inerte y que ya no lo es, el silencio que compone el sustrato donde enraizarse, donde nace el murmullo de las aves, el canto de las aguas, las partituras que la hojarasca deja extendidas sobre la tierra y los silbidos del viento, lo que hace que el silencio exista. En esa dirección es posible disociar lo que el materialismo neoliberal creó artificiosamente como atractivo para las percepciones y cohesionar lo que captan nuestros sentidos fuera de aquellas. Son dos direcciones opuestas, como el bien y el mal, pero con la diferencia de que para que exista una no es necesaria la otra, entre esos caminos nos vamos disolviendo, quizás por ello Walt Whitman nos dejó impreso que; «Si usted quiere saber donde está su corazón, mire donde va su mente cuando pasea». En el silencio de los pasos está todo, la respiración que se agita pidiendo descanso y reposo sobre alguna muda roca asomada en el filo de algún abismo, desde donde, sondear las luces silenciosas que rozan las copas de las arboledas y las aristas rocosas y, dejarse entrar en el vórtice de las esencias que Anaximandro descifró y describió en su libro, y, allá diluirse entre lo indefinido y lo infinito del ápeiron que desde su seno engendró el cosmos.

Dejamos de seguir nuestros propios pasos deslumbrados por aquello que no fuimos capaces de cosechar, puede que fuese un olvido seducidos por una materia silenciosa, inerte y desnutrida, imposible de que pueda evocar algo distinto de lo que nos mueve hacia un destino marcado por la indiferencia hacia lo más esencial. La materia integradora que se construyó como fundamental, contiene el suficiente tósigo capaz de transformar la razón en un sangrante y convincente discurso persuasivo, inyectado para la desintegración de los pueblos y obstaculizar su emancipación. Vivimos bajo un envoltorio que cada vez es más impermeable, fabricado con recortes de antiguos discursos que, mezclados entre si, adquieren un nuevo sentido suficientemente convincente como para no descubrir el atadijo, lo cual, niega la existencia bajo un orden de cosas ajeno a todo aquello que verdaderamente debería darle sentido a la realidad como seres procedentes de una ciencia exacta. Por ende, toda aquella cubierta pertenece a la inexactitud fabricada por una humanidad carente de muchos sentidos y emociones que viene provocado por el distanciamiento con la naturaleza, y, ahí comienza el nacimiento de una nueva civilización, la génesis de algo incierto, la página más que C. Darwin olvidó anotar en su diario de la evolución porque en ella no incluyó, en el seno de la selección natural, la artificial, la de los códigos binarios capaces de dar instrucciones genéticas. Asi entonces, la conducta del sujeto, impulsada por la revolución tecnológica, está sujeta a los avatares que este hecho consigue transformar y lucir en el escenario con nuevos «totems» que aluden al poder origen de todo ello. Una nueva ideología avanza debatiéndose entre el estado natural de las cosas y el futuro incierto artificial, o, quizás una extraña simbiosis entre ambas en la que la naturaleza sea sólo un santuario reservado para una élite silenciosamente emergente, desconectada de la realidad en el interior de una burbuja.

Como pueblo global somos los creadores de nuestros propios designios, la rebelión individual comienza cuando el pensamiento y el acto se sienten y mantienen colapsados, entonces no habrá juez que condene a quién incendió al poder, a quién derribó las murallas que sostienen la desigualdad.

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