
Nos movemos en el arco de un círculo en cuyo centro gira la búsqueda del destino como fruto a recolectar, en esa órbita queda en olvido lo esencial; un segmento más de esa esfera que comienza con un brote y termina en una explosiva sucesión de estados, así lo traduce la naturaleza. Nuestro estado es el olvido permanente o, digamos, la renuncia a saber de lo que nos precedió, de lo que nos inyectó la savia para ser lo que somos y, así, continuar no sabiendo más de lo que ya sabemos, no porque quisiéramos quedar detenidos en ese otro circulo, sino porque alrededor de todo ello encontramos la capacidad para crear, para vivir diariamente con lo que hay, una realidad distinta para sumergirse en ella y, así, eludir o buscar de alguna manera la forma de evitar una confrontación con el poder que, en otro caso, llevaría a quedarse desposeídos y atrapados entre sus poderosas zarpas y apartados de la naturaleza, como buena parte de las tribus de esta tierra que así se encuentran ya, así es la dependencia, el dominio y la guerra. El poder no puede sobrevivir si el resto de la humanidad ya perdió su capacidad y su fortaleza suficiente para seguir tras sus consignas o, si por el contrario, se desvanece ante la indiferencia, lo que puede interpretarse como dos supuestos antagónicos.
Desde esta otra parte del mundo aún resulta relativamente fácil discernir sobre ello, pero aquella otra sólo tiene capacidad para buscar lo diaria y estrictamente esencial. Ante esta conjunción sólo queda la rebelión con todo, con los estamentos, los poderes y, hasta con uno mismo, detenerse, mirar a los horizontes más lejanos que nos preceden y anteceden y empezar.
Para comenzar un nuevo ideario, la oposición a las leyes del progreso hoy inmersas en una nueva crisis de conciencia, deberia de ir precedida de una razón actualizada que no entienda de la tendencia al perfeccionamiento del sujeto en la sociedad donde éste interviene y se desarrolla bajo conceptos que no tengan en cuenta toda la biología que da forma a su estructura humana. Nuestra civilización creyó tener el mundo en sus manos y no por experiencia propia, sino, por los cuentos de hadas y las doctrinas introducidas en la piel como sustento, como otra distinta y poderosa razón capaz de atraer sólo con fines de utilidad y beneficio para aquellos que verdaderamente creen ser seres mesiánicos y que se niegan a poner en entredicho el carácter supuestamente racional de las injustas leyes que regulan las sociedades, y que, para nada tienen en cuenta las que regulan la naturaleza, quizás sea porque olvidaron redactarlas. Tales doctrinas enfatizan lo más atractivo de lo ficticio y lo abstracto con razones oscuras e incluso sobrenaturales para ocultar la realidad que concierne a todos y provocar así esa otra distinta que es la individual que se vive en el siglo XXI, que, por otro lado, está sujeta a aquellos fines y por lo tanto es una realidad simbiótica colectiva, luego está la otra que es uno mismo. Así, para tales fines, resulta determinante provocar diferentes percepciones a las ya conocidas capaces de por si mismas reducir el conocimiento de cada persona y de su mundo circundante, así es la manipulación, una poderosa arma de distracción, que, para eludirla, basta con pensar que la libertad llega cuando no es necesario nada de lo irracional, pues, la libertad, está sujeta al estado de necesidad.
Realmente la necesidad humana es bien parecida a la del resto de seres. La mayor parte de los actos que realizamos tienen su origen desde esa necesidad pero, de forma más compleja, ya que partimos del pensamiento razonado que nos diferencia. Y así, con diversas disciplinas, casi todas relacionadas con las artes, desarrollamos nuestro ser y abonamos la diversidad. En ello hay algo molesto para los intereses de la otra civilización que paralelamente se desarrolla en vías de extinción, porque, la pluralidad, es algo difícil de gobernar y por ello despliega su poder para no ver disminuir su provecho ni su influencia, combatiendo, por un lado, la incredulidad de sus fieles con ideologías y creencias extemporáneas y, por otro lado, cohibir los intentos de emancipación de las sociedades con una semiótica muy avanzada.
El nuevo imaginario bebe de las aguas que empapan la única ideología que le acompaña en su camino hacia la plenitud de los océanos. Absolutamente terrenal y con la aquiescencia de la tierra navegamos con ella porque somos sus huéspedes sin derecho a transformar su voluntad. En sus espacios se escucha el croar de las ranas desde las charcas distantes y se ven las luces que se filtran al unísono entre las espigas, forman parte de lo inmaterial porque queda en la memoria como otro vestigio más del paso por la eternidad que nos envuelve. Las eternidades son los tiempos donde sobrevive la estela, como un resto fértil, que deja el tránsito y la transformación de lo corpóreo en signos latentes que indican los caminos que llevan a lo efimeramente finito y, en ella está todo.
La brisa que siempre existió y que se transforma en ventisca sobre las cumbres, en vientos que van horadando los gigantescos ventisqueros donde entra la luz y se hace líquido dorado cuando llega el ocaso, plateado como un firmamento terrestre en la mañana y que origina el color en forma de pétalos de origen incierto que permanecieron bajo las aguas del vasto océano de Tetis. En el nuevo imaginario sólo asisten las certezas y los frutos de la constancia, aquella eternidad que fue pasado y la venidera que reclama justicia social como la araucaria de Neruda, donde tendrán cabida las nieves que fundieron sobre los prados de la tundra y los torrentes bajo las cavidades congeladas en las que renace la sabiduría a la sombra del destino que marcaron los hombres, entre lo inhóspito que sobrevivió a los gélidos tiempos que guardaron atávicas semillas y las tormentas que simularon encarnizadas batallas envueltas de halos misteriosos flotando sobre nuestra débil corteza. Y en esa nueva cosmovisión desistimos de oír las campanas, las voces de los minaretes y los discursos de los púlpitos, y dejamos sonar los vientos al roce con los aerófonos tubos pétreos que forman las inmensas paredes rocosas de las montañas que son signos de nuestra inexactitud. Entonces emprendimos el vuelo sobre las nubes pétreas que vinieron de otro continente, las que se posaron sobre lo que emergió con toda su belleza del océano de Tetis y, quedaron congeladas como las pisadas y, los pies se volvieron nutriente barro naranja, polvo húmedo que vino desde el antecesor del Marenostrum que nos hizo tierra eterna donde guardar el secreto de nuestro vagar entre las inmensurables constelaciones, las que habitan en la mente y las que transportan el acto humano.
Descubrimos en los senderos que cirscunda la tundra y ascienden hacia las lineas divisorias de aguas donde aún perviven gigantes gendarmes pétreos, semejantes a los descritos en el cuaderno de bitácora de Don Alonso Quijano, incrustados en la tierra y que son vestigios de las gélidas fuerzas telúricas capaces de cuestionar la capacidad y la vanidad humana así como su presuntuosa forma de habitar. A su alrededor existen señales suficientes que indican que el conocimiento y la sabiduría no siempre van acompañados, lo que puede constatarse observando los efectos que producen los restos que dejamos a nuestro paso y, porque continuamos con los ilimitados propósitos de crecimiento basados en teorías difundidas por una civilización en la que la empatía fue conducida hacia lo material, mientras que, la dirigida hacia nosotros mismos, quedó cubierta bajo una veladura que esconde las imperfecciones y, la afinidad, compasión y comprensión con la naturaleza.
Ahora es el tiempo de dejarse embaucar por la luz que se desliza sobre la cola de las nubes de J. Constable, de beber en los reflejos húmedos a bordo de la barca de Monet o en el azul y amarillo de Franz Marc, no por sus telas que quedaron colgadas en las paredes, si no, por los lugares donde existe y desde donde se concibió esa belleza tan terrenal. Por la luz que salió a nuestro encuentro desde extraordinarias distancias para hacer germinar lo impensable, un designio escrito antes de que existiese el tiempo, portador de una única voluntad forjada entre los elementos químicos y minerales de origen lejano y que a nuestros pies es servida desde el orbe que los contuvo, un viaje sin puerto porque pertenece a la eternidad que aún nadie pudo contener en ningún lugar porque es el poder, la que rige el tiempo, es Eón.
Es el tiempo de zarpar sobre ondas oscilantes que transmitan y transporten la luz que lleva consigo el curso favorable de las cosas, el calor que construye las masas arbóreas y vegetales y las otras formas de energía que transportan el vagar del pensamiento. Tiempo de abonar los yermos parajes que quedaron dolidos cuando los habitamos y ya no nos sirvieron más y la exigua mentalidad que levanta fronteras y que viaja sobre una alfombra mágica a la que cosieron en cada una de sus esquinas la alas de Hermes y en uno de sus bordes la cola de Uróboro. Abono somos, poseedores de esa finalidad a la que no hay costumbre de llegar porque nuestros cielos se llenaron de aquellas alfombras cargadas y repletas de otras usanzas embadurnadas con doradas incrustaciones que dibujan destellantes símbolos semejantes a otros de la antigüedad, y que, fueron igualmente adorados porque siempre existió la creencia en la verdad que otros empuñan y la duda que paralelamente la acompaña, suficiente para inclinarse hacia convicciones atractivas por la pompa que exudan y que ciega a las multitudes, o, quizás, por la conveniencia de recibir algo a cambio en forma de artificiosas necesidades con la añadidura de promesas subjetivas con el único fin de lograr sus objetivos o deseos, o, en otro caso, de limosnas que cumplen la función de lavar la conciencia. Desde entonces se hizo necesaria la búsqueda de libertad sólo por tener una necesidad. Y no fué el azar quién lanzó tal propósito, si no, la obsesión por contradecir los actos de la naturaleza sin ni siquiera traducir sus lenguajes. Resulta sorprendentemente malvado cómo los que se asientan ante tan extensos espejismos puedan convertirlos en realidad ante los ojos ingenuos de los pueblos e influir en su destino introduciéndose en las culturas, transformándolo todo, inclusive la vida natural con insensatos fines para apoderarse de lo común y lucrarse de ello obscenamente.
Y así, a pesar de manejar la mayor tecnología con la que nunca se hubiera soñado, seguimos sumidos en una ignorancia de las mismas proporciones, ausentes de los dramáticos cambios sociales y climáticos que comienzan a despuntar sin que ello tenga influencia alguna en nuestra vida diaria, sin pensar que pueda tenerla sobre nuestro destino como individuos y como civilización, pero, en parte, ello no es reprochable a la sociedad en general, si no, a quienes ocultan una realidad que afecta al todo el mundo por intereses, principalmente, económicos que derivan en políticos, lo que da lugar, como maniobra disuasiva, a poner en práctica el «panem et circenses» donde en su escenario se extienden los hilos que mueven a títeres que llevan a cabo y construyen verosímiles debates sociales en los que se entrecruzan, entre banalidades que generan réditos, teorías, creencias, pensamientos e ideologías que nada tienen que ver con aquella dramática realidad escondida, y que, sólo sirven como distracción, disuasión y manipulación de los pueblos para impedir que salga a la luz todo aquello que pueda perjudicar a aquellos sutiles intereses, y ello, en connivencia con los portavoces de la información que contribuyen así al pago de su óbolo con el que se les permite existir. A tenor de ello, se podría decir que, al parecer, toda esa realidad sólo se crea por quién la observa y si no es percibida por una mayoría no existe, como si entrásemos en un bucle cuántico. Con la naturaleza ocurre un tanto igual, en las grandes urbes donde se amontonan miles de seres, la naturaleza ha quedado reducida a espacios muy concretos, por lo que, las percepciones que emanan de ella casi son nulas, inobservables e inexistentes, lo cual incide negativamente en la naturaleza humana donde residen los sentidos, tal ausencia es el caldo de cultivo con el que crear un universo paralelo donde se construyan nuevos paradigmas para una emergente civilización carente de sentido en la que la vida no pueda evolucionar sobre la base de la naturaleza, de la vida ineludible que da origen a la existencia del universo, de lo infinito dentro del infinito.