La tercera oja.

Empezar es un verbo que lleva a olvidar. De cada estación parte un viaje en el que se inicia algo nuevo desde algún tumultuoso origen hacia la incertidumbre de lo desconocido que conduce al cosmos de las soledades. En la naturaleza las estaciones del año son algo así también, sus soledades transcurren sujetas al rigor del tiempo, es decir, a la magnitud subjetiva con que se mide, pasado, presente y futuro y a la estación climática que objetivamente transcurre de igual manera paralelamente. Entre ambas estaciones existe una sutil divergencia que progresivamente avanza a medida que la forma de vida sembrada sobre un estado de bienestar conformista, impreciso, continúa construyéndose sobre unos pilares arraigados en la materia finita extraída de la tierra. Una buena parte del mundo vive refugiado de los extremos climáticos en una burbuja de temperatura constante en cualquier época del año haga frío o calor, viajando física e inmaterialmente a bordo del confort físico y mental mientras que, la otra parte, no tiene tiempo ni motivos para plantearse algo que pueda distanciarles de lo estrictamente esencial y elemental para sobrevivir diariamente. Como consecuencia de esto y, durante el transcurso de ese viaje en el que se olvidó lo recorrido, entramos en la desnaturalización de la experiencia humana, en lo desvirtuado y desviado del origen que marcó un destino claro desde el que la existencia humana cobraria su sentido.

De esa base ignorada ya habló G. Gurdjieff que leyó a W. Whitman y que tradujeron el lenguaje del exterior a nuestro interior. Nos dijeron que la actitud de ser humano hacia cierto tipo de implicaciones mitológicas y espirituales se traducen en una variedad de rituales y tradiciones que, impresiona, y al mismo tiempo, engendra una sociedad nociva. Pero, saliendo de ahí puedes subirte a la cola del viento hacia las alturas, a lugares donde traducir las caligrafías arboreas, donde en otro tiempo hubo una dura vida en mágicos lugares que, la necesidad de necesitar lo que se hizo necesario, transformó en abandono. Allá, uno a uno, cada grafema de madera, de brotes recién nacidos, se superponen sobre el azul nítido, sobre la primera luz, anotando olorosas caligrafías que dibujan el origen de la belleza aún sin conquistar por el afán de lucro.

Nuestro núcleo está construido sobre la convergencia, en una única estación, de los caminos en los cuales discurren en ambos sentidos las estaciones que marca el tiempo, del antes más ancestral y del después más lejano que viajan en un circulo eterno, el ir al futuro y volver al presente, o, al contrario también y, aunque sea recorriendo la misma senda en ambos sentidos de ida y vuelta, nada será igual. Nuestra eternidad consiste en convertirnos en árboles que extiendan círculos de raíces entretejidas bajo la fértil tierra y entre todas las otras, al mismo tiempo que las hojas hablan entre si de los vientos y las brisas, del agua y el sol porque así es posible entender que nuestro espíritu colonizador y expansivo no tiene sentido si no se extiende y difunde sumergido en el mutualismo más considerado, es nuestro sino, así tambien somos plantas, verde hierba que flexíblemente combate las tormentas y las riadas, los vientos y las calimas, y se tumban al sol de abril, de agosto o de diciembre, desgranando los pensamientos uno a uno como si fuese una fotosíntesis cuántica capaz de convertir en realidad lo más cercano a nuestro propósito de existencia que, también, incluye el legado. Somos árboles que beben de las aguas donde brota la sabiduría y los ocultos designios que llevan a ella, a su descubrimiento vamos a bordo de naves que ruedan ruidosamente desde ésta estación ciclópea a la que se dirigen los caminos que partieron de aquellas otras como una red tejida por Aracne, la hija de Idmón de Colofón. Ahí es el punto de encuentro entre nuestra biología y el mismo sustantivo cosmopolita de la naturaleza capaz de esparcir sus distintas especies sobre la piel de la tierra. Difícil esto de comprender si sólo nos satisface momentáneamente aquello que carece de vida propia y que sólo representa gráficamente parte de una identidad alejada de la concepción más terrenal de lo humano. Mientras todo ello sucede en otra dimensión paralela, circulamos navegando en busca, siempre, de la libertad y, mientras hablábamos de ella, nos hicimos esclavos dependientes unos de otros y de la propia esclavitud -acomodada- en el sentido de todas sus acepciones del participio inexorablemente asumido, hasta que, volvamos a entender que los campos son nuestros, que la tierra dejó el alimento extendido sobre la faz de la tierra sin nombre.

Concentramos nuestra evolución y nuestro crecimiento en manos de aquellos que dejaron de abonar la tierra por pura comodidad, y que, crearon desde esa postura, herramientas para defenderse de las inclemencias naturales y de la errónea forma con la que se le fertiliza asumiendo que lo finito no existe. Quizás observaron ingenuamente demasiadas veces las incalculables e ilimitadas galaxias que giran sobre nuestros hombros y,  cuncluir así, que el fin sólo existe en la última página de imaginarios libros que soñaron leer alguna vez, que no es signo de lo humano y que el origen mágico de todas las tribus de la tierra será quien corrija, en caso de existir, los hipotéticos errores. Así se construyeron opulentas pirámides cubiertas de oro, se transformaron ingentes montañas de piedras en templos capaces de traducir los deseos  y los designios en rotundos ruegos a deidades mutantes en diferentes formas durante el transcurso de los siglos, se desviaron los cauces de los ríos, las selvas; campos de cultivo y los esclavos; mano de obra especializada. Pero, alguién se olvidó de quién piensa, a pesar de que el pensamiento consciente se ha convertido en un ente proscrito que, los futuros arqueólogos de lo humano indagaran, sigue existiendo y pertenece a la eternidad porque se transfiere incluso con la mirada, imperceptible para el poder, hercúleo por su resistencia, noble por su origen e indemne por las aguas donde bebe, porque le roza el viento en la cara, porque se le llenan de hielo las cejas y las pestañas cuando busca el horizonte entre la ventisca, capaz de dejarse caer y posarse ligero e incandescente como una pavesa sobre la piel. Es el explorador de los propósitos y de la finalidad y al mismo tiempo otra vez eterno. Tan ancestral que está enquistado, pero al mismo tiempo, olvidado. Sirviéndose de ésto, los entrenadores del desarrollo personal, manipulados sirvientes y engendrados por un sistema fracasado, aluden siempre al pensamiento de actitud positiva y resilente que,  paradójicamente, desemboca sobre el acatamiento y la obediencia de antagónicas normas sociales y culturales ya caducas e inservibles para los fines de la existencia en un nuevo mundo.

Another spring by Ramón Sánchez.

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