
Como especie, en su conjunto, somos un cúmulo de naturalezas distintas y complementarias, cada único ser lo es también individualmente y dentro del mismo espacio que comparte a la vez con el resto, cada pensamiento de cada uno de nosotros una amalgama por influjo de las anteriores y del espacio físico que ocupamos, por lo tanto, el pensamiento, es un bien común transferible y no impositivo. Ello constituye la diversidad capaz de expandirse y de reproducirse en una perfecta simbiosis que crea vida y parte desde una partícula elemental. Nuestra presencia global en el hábitat natural está marcada por las sensaciones que nos produce éste y, nuestro razonamiento ante ello es lo que nos hace ser y el cajón donde recoger las respuestas a nuestras preguntas. Si bien, ante esta obviedad, nuestra propia intervención sobre nosotros mismos como grupo o individualmente, sirviéndonos de cualquier tipo de poder para imponer pensamientos, ideologías, sistemas o formas de vida, propaganda para hacer enemigos, así como, la creación de herramientas destructivas, desvirtúa sensiblemente aquél principio desde donde nace todo y la tendencia a buscar respuestas en la naturaleza que es la base primordial de nuestra existencia. Todo este conglomerado forma parte, evidentemente, de la diversidad inherente de lo humano. El poder, el saber y la libertad de elección son, entonces, los vértices de un triángulo que contiene en su interior el conocimiento y la información, ambas, en buena parte de su extensión y contenido se traducen y dispensan a través del arte en su más amplia extensión, extrapolando con éste sensaciones hacia diferentes disciplinas capaces de elaborar un discurso sin equívocos donde encontrar motivos y respuestas suficientes con las que ignorar los contenidos que provocan nuestro distanciamiento y que los sistemas imperativos extienden. Nuestras naturalezas son el pensamiento, el acto, los sentidos y el sentimiento, producto de una química que se desarrolla biológicamente a través de nuestros componentes orgánicos con los cuales tenemos capacidad suficiente de transformar la materia física y la impalpable. A nuestros actos le precede la razón abastecida por el pensamiento que bebe en las aguas de la naturaleza que, con su elocuencia, desde siempre, ha sido capaz de capturar la atención y disuadirnos de ánimos extrínsecos que conducen al epicentro de lo material que nunca llega a satisfacer cuando se le presta desmedida atención, y aún más, cuando esto está avocado a la deshumanización que provocamos en nuestra contra, los actos se vuelven violentos y crean desamparo y distanciamiento, incluso de uno mismo. Siempre hay quiénes también transforman esa naturaleza para su beneficio, recogiendo el arte, que también es un bien común, envuelven con él sus mensajes, patrocinan sus macabros eventos y venden lo prohibido; el bien común. Este acto que, es un hecho, genera la disputa entre los que aún conservan su naturaleza y los que fueron transformados por sí mismos bajo la influencia y el dominio de la «autoridad». ¿Y qué es la autoridad? pues el ente ideológico, económico, político y religioso que en antiguas civilizaciones gobernaba los pueblos.
Nosotros ya somos otra distinta civilización emergente, nacida desde la profusa información que nos brindó la tecnología y las revoluciones silenciosas, los dominios que sólo entienden los libertadores de si mismos, los que redujeron las distancias y han puesto ante nuestra vista todo el conocimiento y el saber de aquellos que nunca se conformaron con lo peligroso y ominosamente correcto. Sorteamos, en nuestro viaje, los peligros de la desinformación gracias al discernimiento, a la capacidad y, voluntad también, de confrontar el mal. Las civilizaciones renacen tras las hecatombes, nuestra catástrofe es la injerencia de la desinformación y nuestra propia ignorancia de la cotidianeidad que lleva a sus víctimas al cadalso para su sacrificio ante los que empuñan una confusa verdad dañina, ante los que, en oscuras mazmorras, encierran a los Arcontes para que no juzguen las injusticas que se producen en nuestro plano material. Quizás actuamos y asistimos, silenciosamente asombrados, al nacimiento de ese otro futuro sembrado sigilosamente con paciencia para no despertar a ese monstruo que quiere invadirnos creyendo que somos infelices e ingenuos, futuro en el que ya sabemos que otro mundo es posible sin distancias sociales y sin banderas que pongan fronteras a las culturas y a los pueblos, un espacio en el que se supla el anticuado y anacrónico sentido patriótico por el humano, por el pensamiento moderno amparado por el sentido común que aún sobrevive en este nuevo siglo y, sobretodo, el ejercicio del pensamiento con el que se construyan los nuevos imaginarios que definan los espacios de convivencia y la calidad de vida de las nuevas generaciones. Así es posible empezar de nuevo tomando como base aquella hecatombe para distanciarse de esa mendaz globalización y reducirnos a lo que contiene el recinto local, la cercania de la naturaleza, las gentes y todos los seres que la poblamos, reduciendo así los intereses creados por las élites del poder y menguando de ésta manera tan opulentos y desmedidos beneficios con los cuales tiranizan a sus propios pueblos
Habitamos en una era de espacios repletos de soledades que trae consigo el tiempo que se devora a sí mismo, que nos arrebata los días con una incesante e insistente actividad y ajetreo que nos incomunica de nuestro ser, corremos en una deriva de monótona supervivencia que, no es más que, la necesidad de necesitar lo que se convirtió en necesario, y, en esa elocuente enloquecida búsqueda nos ensimismamos y abrazamos a otra distinta razón que sólo es un imperfecto pretexto para cumplir lo exigido por el modelo demagógico de sociedad que elegimos libremente, que, convierte todo lo que toca en meras mercancías de distintos géneros y que, exclusivamente, su fin es acumulador de riqueza y excluyente de lo que no obedece a su fin. Esas soledades nada tienen que ver con las que nos hacen viajar a nuestro cosmos interno donde se encuentra la realidad que nos empuja hacia lo más vital y nos distingue del resto de seres, un área desde donde fluye el conocimiento (entendimiento, inteligencia, razón natural) que aquél otro modelo, sin abonar empatía alguna, oculta para sí y así continuar su subsistencia obviandolo para que nada influya en su devastadora presencia y su influencia no se desgaste.
Pero de aquellas estirpes nacen otras realidades, a través de su arte en todas sus facetas y, el arte de vivir en el que están incluidos todos los actos que acentúan la existencia racional en la cual se unifica el ser con su entorno natural, capaz de desenmascarar aquella otra realidad manipuladora, sin monetizarlo como si fuese una espuria mercancía, a través de los sentidos, que son, los que perciben los estímulos y que traducen en sensaciones que perduran para siempre en la memoria, y que, al mismo tiempo pueden transformar, sanar el error humano, lo erróneamente aprendido en afortunados beneficios para todas las comunidades. Pero para ello, abrir nuevos senderos es acogerse a la existencia de lo más simple y comprender su lenguaje para entender su mensaje, a su admiración, a su escucha, a lo más cercano, a la lluvia, a las hojas, a la hierba, a la mañana de sol, a ti y a mi, lejos de los predominantes poderes, quizás como una abstracción y mirar hacia el lado opuesto de donde están anclados los caminos que recorren los imperios de la sinrazón, quizás si se quedan solos ya no tendrán a nadie que mandar, quizás será un éxodo masivo que lleve a la soledad a los tiranos. Un cambio de paradigmas y criterios es necesario si de verdad pensamos que nuestra vida es inteligente, solo un paso, la vida habita en la frontera entre el orden y el caos.
Nuestro modo antrópico de pensar y de actuar está sujeto a la observación, hemos llegado a concebir que el mayor objeto físico que conocemos es el universo a través de la observación del comportamiento de las ínfimas particulas. La biología de nuestro pensamiento parte también de ese minúsculo espacio hasta llegar a esa opulencia tan suntuosa que se asienta ahora y desde siempre en todas las civilizaciones, enquistada, sin ni siquiera aparente evolución hacia los estratos más cercanos al orden natural, pero, a pesar de todo ese conocimiento, lo único que transformamos ha sido la naturaleza en nuestra contra, quizás porque somos proclives a la manipulación y lo único que nos interesa es tener la nevera llena. Esto no es más que un truismo para unos y un desconocimiento para otros muchos. Si fuese al contrario, nuestras leyendas hablarían de cuando llovió agua y tierra, de cuando pasaron nubes viajeras de barro, de otro continente, sin fronteras, con el sólo propósito de alimentar lo desnutrido que dejamos a nuestro paso. En todas las leyendas que leímos y, las que vimos sobre la lucha del bien y el mal, siempre venció el bien porque se supo comprender el mal. Y los nuevos linajes hablarán de la roca inerte y silenciosa, de las cicatrices que dejaron los tiempos sobre ellas, de lo aprendido oteando los horizontes desde esas atalayas ancladas en el mar de tierra, de las nubes que quisieron ocultarlas y de las aguas que pacientemente fueron disolviendolas. Y redescubrir cómo de nuevo las semillas brotaron, agradecidas por el sol y el agua, teñidas del color extraido de la tierra dormido a los pies de Deméter, congeladas de invierno y, destilaron el eter aletargado en esencias originarias.