
Comenzaron a florecer los laureles de la plaza mientras que, a estas alturas de la estación, de los tilos aún penden las hojas que quedaron secas tras los meses de invierno, supongo que cuelgan por la falta de lluvia y viento. Al trasluz del primer sol de la mañana brillan, sobre sus troncos y sus ramas negruzcas, con un blanco pardo asidas a la espera de los nuevos brotes. En tiempos lejanos le llamaron philyra, nombre de la hija del océano convertida en tilo por Rea, seguramente sean descendientes de aquellas estirpes que los plantaron, los pobladores de la Belel el Nindiluz o de los que desde la Oróspeda viajaron hacia el suroeste en busca de la belleza. En su camino, Xolair se interpuso, sonrojada a la tarde y azul en la mañana, inaccesible entonces, enigmática y desconocida antes de que llegasen los emigrantes que huían de Damasco y que, a su regreso, convertidos ya en exploradores, pusieron en conocimiento las maravillas de las que allí fueron testigos.
Más tarde, sobre el 711, llegaron otros ejércitos enviados por el poder para hacerse con tales tesoros y convertirlos en símbolos de su influjo, entonces no era nada nuevo, otros antes hicieron igual y, quizás anteriormente se repitiese lo mismo pero en menor escala sin que de ello queden fieles vestigios o anotaciones. Hubo entonces un lapsus en el tiempo en que el acto de vivir, la vida y la muerte, se hallaba extendido sobre el manto de la pureza, la sombra quizás aún no se había adueñado de nadie, los demonios vivían en los lugares más profundos y desconocidos y, por ende, el desconocimiento era el único ser maligno, la luna y sus cambios de volumen y luz vistos desde la piel de la tierra, los rayos que se estrellan con ese sonido indescriptible y el fuego que desatan, las mareas que con sus fauces engullen los colosos cabos rocosos, la vastedad de la tierra y los precipicios que se intuyen en el horizonte, los eclipses y la oscuridad súbita. El opuesto al entonces desconocimiento sería la ingenuidad, condición que es la puerta que abre paso a las batallas, a las ideologías y creencias fabricadas y cosidas con hilo de oro sobre los estandartes que encabezan los ejércitos y las legiones de ilusos.
Los signos sagrados que aludían a los cinco elementos; Tierra, Agua, Fuego, Viento y Vacío que al mismo tiempo sobrevuelan sobre la quintaesencia o el éter, el Wu Xing, a lo largo del tiempo, y hasta nuestros días, todo el significado que encierran se ha ido transformado en logotipos comerciales dando forma a banderas e insignias que congregan multitudes aprovechando aquella ingenuidad.
Los que entienden esto, fueron engendrados por seres de otro linaje, también por el tiempo que, esencialmente, estuvo detenido, dormido, anclado en la roca de san Galgano que, Atenea, depositó a la espera de que sus descendientes encontrasen el tesoro del conocimiento y del saber, de una inteligencia capaz de engendrar una nueva cosmovisión opuesta a la que posee la arrogancia humana. Y quizás, los de Nabucodonosor llegaron muchos años antes, de Fenicia, de Tiro y Sidón y se llamaron Mauros, poblaron la costa y la de África, las ciudades Libias y Fenicias y las nombraron Mauritanias, Tingilania y Cesariense y fundaron Illipa y también cosieron con hilo de oro letanías en las banderas, y, en los muros enumeraron insistentemente el único nombre de su creador. Así los pueblos, ante esas grandezas cosmogonicas, se reunieron en torno suyo con la esperanza de obtener las mejores cosechas por el favor divino que se les prometió. Pero, entre ellos, hubo siempre alguién que no dejó de escuchar la lluvia cuando se desliza y cae sobre las lajas metamórficas donde las raíces de los enebros se atan para sostener el largo invierno, algunos de ellos serían, sin duda, naturales de la tierra que está en lo llano, entre los rios que llamaron Salón Darro y Singilo Genil asentados sobre una fértil vega plagada de frutales, de arboledas y frescuras regadas por las aguas de la Sierra mayor que descienden durante todo el año, donde beben las aves al compás de los cencerros del ganado.
Entonces las arquerías se convirtieron en ciudades que cercaron con muros y torres de argamasa y quedaron sujetos ahí los labradores, menos aquél. Él se detuvo contemplado la belleza con que los frutos iban transformándose exhibiendo colores que avisan que ya cruzaron sus fronteras, que llegaron a otra estación y que fueron dejando atrás la anterior, y, cómo la lluvia y el sol enaltecieron el significado de su existencia. Era igual que tú que comprendes todo eso a la perfección, una historia que Borges ya escribió sin intención alguna de que fuese también bordada con hilos de plata y oro, si no, para comprenderse, para discernir en los pensamientos que ocultó lo prohibido, lo que se escondió tras aquellos muros defensivos.
Nunca interesó al poder el desafío, no con armas, si no con pensamientos contrarios que le hicieran sombra, ocultando, por ello, toda la belleza contraria. Les llamaron los conquistadores de la dorada paz y edificaron un castillo fuerte sobre un cerro al que llamaron Hizna Román que quiere decir el Castillo del Granado, allí, con extraordinaria belleza dibujaron sobre los muros geométricas figuras con grafemas de escayola que aludían sólo al creador de sus vidas, al conquistador de sus pensamientos y que guardaron tras los muros de argamasa defendidos por altas torres y fosos. Quizás lo hicieran para defender su contenido de la vorágine de otros pueblos porque llegaron a la conclusión de que la belleza se defiende hasta la muerte, todo ello en un inmenso jeroglífico filosófico con la amenaza de tomar las armas. Pero, es contraria a la realidad, el poder se nutre, además, del arte, de la creación de otros para transformarla en mensajes que contengan sus intereses con fines disuasorios, de dirigir o de mandar.
Así, cada una una de las distintas realidades, se desarrollan y se expanden sobre si mismas, creando una nueva en un eterno bucle que constantemente va traduciendo la cosmovisión milenaria en lemas y consignas capaces de provocar y crear en las poblaciones la docilidad suficiente para, con ellas, recaudar así de las servidumbres toda clase de bienes que suplan a los diezmos. Mientras todo eso sucedía y va sucediendo, aquél, subió allá desde donde pudo ver como las gentes que vinieron de África poblaron aquél llano situado bajo el barrio del Cenete y de la parte de la vega hasta la plaza Nueva donde están aquellos tilos que dije, pero allá, donde también dije, desde las laderas paleozoicas descarnadas por la intemperie, cubiertas de nieves que fueron eternas, su visión se desvió hacia los rincones entre las lajas que pueblan Hofarat Gihema que quiere decir valle del Infierno, y los bloques errantes entre los que la vida se abre paso en un hábitat hostil para el ser humano y, donde desde una pureza extrema, brota y rebrota también a lomos de un circulo eterno otra vida desconocida para aquellos pobladores.
Su pensamiento voló sobre las pavesas que la brisa levantaba de la hoguera que le abrazaba a la intemperie en la fría noche, mientras, los astros se confundían con la espuma de las aguas que corrían cercanas y, que, rio abajo llegan cerca donde residen los habitantes de Mauror, los del barrio de los Aguadores, donde vivían hombres pobres que llevaban a vender el agua a la ciudad. Él encontró allí los aromas de las riveras, de las fuentes que resurgen al borde de los caminos, al margen de las acequias donde bañan sus pies nogales, robles y encinas que traspasaron el tiempo, hasta que la arrogancia, altivez y soberbia creó de ellos esencias que fueron vendidas a los que compraron el agua a los de Mauror, creyendo, así, en un nuevo descubrimiento. Ajeno a los tráfagos de las multitudes aisladas tras bellísimas torres que escondían tras sus muros, frutales, plantas aromáticas y olores desconocidos llegados desde oriente, seguramente para distraer aquellas fatigas de sus pobladores, se anegó su pensamiento con aquellas otras esencias que se iban adhiriendo a la piel, allí, en Hofarat Gihema es donde pudo desprenderse de su ego, que herido, lo abandonó y voló para unirse junto con el de aquellos otros seres y que, al juntarse con ellos, se hizo aún más grande, engendrandose así un enorme animal alado que exhalaba fuego de sus fauces y emitía rugidos magmáticos y que a su paso los iba confinando uno a uno en pequeñas estancias con ventana y balcón poblado de geranios, con un mueble aparador presidido por el gran hermano y ante el florero de claveles que adorna la mesa central. Así pues, él buscó las aguas cristalinas, frías, llenas de burbujas como perlas transparentes que adornan aquél silencio sobrecogedor, roto por el zumbido de algún insecto y las esquilas del ganado.
Mientras, en éste y en ese camino, me sorprendió las ondas de Aphex Twin Syro con su «Aisatsana [102], me volví a diluir en aquellos silencios, buscándole, y allá, sobre las escarpadas rocas depositadas por antiguos cíclopes de fuerzas inconmensurables, capaces de sostener las ventiscas, de derribar muros, de embaucar con los pensamientos obscenos que como una pasta viscosa nos rodean, estaba aquél, allá, viendo, oliendo y oyendo, sin arrendarse de sus orígenes, con las agujas de la hierba secreta que sólo conocen los que cruzaron fronteras prohibidas entre los dedos de los pies, con el crujir de los hielos que se desgajan de la tierra llenos de viento y de silencios rotos, de la ausencia que atrae una nueva vida, dedicó su escaso tiempo a observar y discernir, a sentir todo lo que la rugosidad y los márgenes de los caminos trasmitía y, a ascender por empinados corredores de hielo donde nada existe para aquellos que no ven más allá. El reino del silencio lo atrapó porque, cuando se detiene la brisa y la fría temperatura se conserva estable, mientras que, las aves están en otros quehaceres propios de sus alcurnias, sólo suenan los latidos, la respiración, solo uno entre azul, blanco y marrón rojizo, lo más cercano a la nada, a aquello que lo contiene todo y nada a la vez, a ti, a mi también porque somos un conglomerado de cosmos y paja.
Nota: las referencias geográficas e históricas constan literalmente en la edición de la biblioteca virtual universal de la Historia de la Rebelión y Castigo de los moriscos del Reino de Granada por Luis de Mármol y Carvajal.