Inevitable

Los sobrevivientes de Ananké guardan semejanzas con nosotros, lo hacen también bajo lo inevitable, inspirando lo ominoso que trae el destino para transformarlo en la nobleza y generosidad que siempre nos hizo ser, ello lo da la tierra. Muchos hechos inevitables, los que la naturaleza engendra,  se desgastan por nuestro paso y van extinguiéndose con el del tiempo, son vitales para comprendernos y entender todo lo que nos engloba, lo inexorable nos acompaña desde que nacimos o desde que la memoria de lo humano existe. A pesar de ello, creamos situaciones o acontecimientos inevitables que los sustituyen y asi prescindir de aquellos, sólo por arrogancia, por poder, por dominación, que también el tiempo sepultará, pero nadie más que el tiempo. Inevitables son las tormentas que, con esta sequía, llevamos meses sin ellas, las riadas que ensanchan sus cauces y que riegan las fértiles vegas aún sin conquistar, también es querer en todas sus formas. Caminar también lo es, de ello no puedes desprenderte y, si lo haces, ya no habrá nuevos horizontes que divisar, ni rocas que sirvan de balcón a los vacíos donde, imaginar,  indagar en tus profundidades y seguir las estelas que dejaron los movimientos telúricos para comprender el hoy.

La nueva vida comienza cuando te desprendes de tus hojas, las que sombrearon y refrescaron la rivera de la acequia que llevó la savia a los rincones de tu huerto donde crecen las esperanzas que sembraste. Eso es lo inevitable que creamos, sin arrogancia, sin poder, sin dominar. También lo es cuando desciendes de las gélidas alturas y mojas los pies casi tullidos en los arroyos del valle, sería eludible si no hubieses alcanzado aquellas alturas, pero, quisimos atravesar las cordilleras para ver qué había al otro lado, recoger las fragancias de sus caminos y contemplarlas a todas horas, anotar la posición de los astros y dialogar con las aves nocturnas que conocen los secretos de los tiempos y las pócimas que curan los despropósitos. En la talega echamos el pan, el fiambre y el vino y cruzamos territorios deshabitados donde la ignorancia jamás pudo entrar, andamos y buscamos los enigmas de lo eterno, los mensajes de las rocas y las voces que aún rebotan en sus ecos, donde las palabras de confianza que sembraron esperanza se rozan entre el vergel de lo humano, las ramas y los musgos que tapizan sombríos rincones en los que, cuando se inundan de la luz solar, se vuelven verdes incandescentes. Es inevitable la intrascendencia de la que habla una inmensa humanidad que despojada del sentido de compasión vaga por allí, por allí donde el agua ya no corre, donde las orillas ya no existen, donde el resto de los seres que habitaban allí, ya no están.

Después de unas horas de paso pausado, lento entre pausa y pausa, arriba del todo, casi llegando, respiramos sobre otra roca amiga asomada al oeste, siempre mirando hacia allá, sobre ella la vista puesta en las copas de las encinas y los pinos, siguiendo las huellas que dejó el peso de la nieve sobre las ramas y las que dejaron los moriscos que en contingentes de prisioneros galeotes, por allá, cruzaron hacia la costa a las galeras para cumplir sus condenas impuestas por autos de fe del tribunal inquisitorial. Y, al emprender de nuevo la marcha, ascendiendo por la empinada vereda, podíamos desenterrar los níscalos con la inevitable respiración que iba descubriendo una a una las acículas que aún guardan su resina. Evitar que todo eso suceda, ni siquiera aquellos que habitan hasta en los más recónditos lugares de sus laderas, tendrían esa inclinación porque, es puro, forma parte del ciclo de la eternidad, al igual que tú, inevitablemente sin limites dentro de una órbita alrededor de la belleza como centro de búsqueda de otra parte integrante de lo esencial y que lo contiene todo, incluso, el alegato contra la violencia que nos separa, violencia capaz de detener y desterrar la bondad para que ella sólo exista.

Los seres vivientes que forman parte de las otras tribus de la naturaleza, a excepción de las humanas, se reúnen alrededor de la inevitable adaptación, al ambiente y al entorno donde crecieron y donde habitan, con absoluta integración entre la diversidad que compone esa urbe vegetal y les hace ser, sin señales ni ideologías que las congreguen, sólo la sabia supervivencia que culmina en frutos. Toda una latente enseñanza a nuestro alcance, a nuestro alrededor, y nos obstinamos en mirar hacia otro lado. Nos enseñaron lo contrario; reunirse en torno a creencias de toda índole y que para sobrevivir con lo esencial y todo lo que ésto encierra consigo, tendríamos que asumir un éxodo inevitable, abandonar las fértiles tierras como si de un destierro se tratase y acomodarse en regiones de desconocidos idiomas y culturas, opuestas, en ocasiones, al sentir de cada uno, y así, abonar una globalización inventada donde se erigen símbolos de poder en forma de extravagantes urbes de hierro y cemento, de artificios que, paradójicamente, intentan imitar a la naturaleza.

Inevitablemente tenemos, también, un parecido a la lluvia, abonamos territorios estériles cuando lanzamos al viento palabras que desprenden aromas a hierba seca mojada, con nuestras palabras, con ellas, asidos a ellas transformamos tormentas y calmas que, en estructuras mágicas, llegan a vibrar entre lejanas órbitas que rebotan entre un astro y otro hasta perderse en la lejanía del cosmos, llegan a inmiscuirse en el eco de los valles, y, cuando las aprendes, te adentras en la confabulación de la naturaleza, a lomos de las nubes que llevan sus marmitas llenas hacia otro hogar, puedes ver al mismo tiempo los frutos de la tierra junto a un invierno incierto y en las puertas de una nueva estación. Y así, hasta que los pensamientos se ensanchen en avenidas impetuosas donde quepa todo aquello que quedó atrás porque pasó desapercibido, aquello que entonces no le dimos importancia y que ahora descubrimos que realmente la tiene. Lo inevitable que pretendemos evitar circula silenciosamente a nuestro alrededor y a bordo de las naves que recorren la pétrea piel de la tierra, sobre todo en ti que eres su argonauta, también en el avatar subyacente anidado en nuestra piel capaz de transformarlo todo en beneficio de lo evitable. Quizás llegamos al punto de que ya nada importa, tan solo esquilmar para sobrevivir, sí, es duro; que ya casi nada importe; es dificil escribirlo, hasta las palabras se resisten y las letras se niegan a ello, es como si lo inevitable careciese de valor porque sobre ello se interpone el acto de la locura colectiva de eludirlo, pero no lo creas, no lo idolatres con panfletos ideológicos, bíblicos o coránicos, hinduistas o sin denominación, fascistas, comunistas o incluso anarquistas o de la ciencia inexacta que se reproduce infinitamente con genes mecánicos ante nuestra mirada.

Y, allá en los horizontes Solaris se viste de púrpura todas las tardes y lo inevitable es contemplarlo en la pantalla traicionando la lealtad a los principios racionales y haciendo existente la irrealidad que se asienta como una nueva sombra. Así pues, definir el contenido abstracto de conceptos basados en la ilusión de la libre elección ya lo hizo Jackson Pollok o Kandinski, creer o no creer, lo que tú percibes y lo que a mi me llega, ver o no ver lo impreso en esos lienzos y traducirlo, así es la naturaleza ante nuestros ojos, olvidada en el reino de lo evitable y presente en el de lo inevitable.
Ahora, inevitablemente, me diluyo entre las ondas de; Fjärsing –Appel A La Vie, Viken Arman con su Believe (con Jo.Ke), Christian Löffler y Parra for Cuva en Pigment, Olafur Arnalds, Nils Frahm con More o con Says y Madis con Moondust.

Mientras suenan, me sumerjo en el acto sagrado de inquirir sobre los sentidos que afirman reconocer la existencia de lo efímeramente inevitable que nos rodea y nos alimenta, lo sobrecogedor que encierran las nubes de mil formas coloreadas por la luz solar, el seguir con la vista el vuelo de las hojas secas y escuchar sus cantos al golpear el suelo, esas pequeñas magnitudes que atrapan la atención de los sentidos que son desconocidas para aquellos que decidieron no leer los trazos de Pollok o de Kandinski o de otros muchos más, o no ver en las sonoras estelas los dibujos ancestrales que los ríos van marcando en sus cauces sin que dejen entrar en ellos el sonido de poemas desoladores, rodeado de los grafemas arbóreos que sinuosamente dibujan al trasluz del cielo azul las ramas y que encierran mensajes que las aves traducen en melodías. En esas soledades, al abrigo de las rocas que cuelgan en perfecto equilibrio en los filos de la tundra y de los troncos incrustados y abrazados a su oceánico pasado escrito sobre su piel en arrugas que la luz va descubriendo como caligrafías pétreas, se disuelven todos los pensamientos en una respiración de agradecimiento que es el acto más puro que puede generar lo humano.

Let´s read the green by Ramón Sánchez

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