Lo tangible que se esfuma.

«Inmolamos al tercer mundo en aras de nuestra prosperidad y a las generaciones venideras a cambio de unos pocos bienes de consumo» -Jerry Fyerkenstad-

Los secretos que se guardan al amparo de los vientos, de las mareas, de las penumbras, escondidos bajo las raíces de los sobrevivientes que los hombres consideraron sagrados, los animales, las montañas, los árboles, el árbol de Hermes consagrado a Saturno, son vestigios de otro tiempo que sólo descubrirán aquellos que por » voluntad propia» se adueñen de sí y descubran que ellos mismos pueden desterrarse del sistema y proscribirse de su uso. Es una utopía predecible y realizable que anida allá, en el lugar de la consciencia dormida que forma parte de otra realidad en la que convergen sueños o añoranzas, actos futuros que fabrica el pensamiento y la certeza de que otro mundo es posible y que lleva a un comportamiento distinto al que nos conduce un sistema silencioso y poderoso encerrado en si mismo, en un circulo donde predominan teorías extemporáneas basadas en la competencia, el éxito y el enriquecimiento y que, de ninguna forma, tienen en cuenta el medio donde sobrevivimos diariamente impulsandonos casi exclusivamente a sobrevivir reduciendo las cualidades afectivas relacionadas con el medio natural.

El ser moderno posee un carácter global de pensamiento al que la diversidad de las culturas se acogen dejando a un lado sus propias identidades, desgastadas por la influencia de estímulos mercantilistas y de las silenciosas directrices que, por si mismas, ya que son asumidas voluntariamente, se abren paso entre la dificultad de poder decidir libremente y la imposición de normas afines a las oligarquías y contrarias a los pueblos, lo que trae consigo una interminable diáspora que gira y gira en busca de un lugar habitable que contenga el orgullo y la dignidad sin que estén sepultadas por aquellos intereses. Para llegar y entender esto, basta con analizar con atención y establecer nuestras propias semejanzas con la naturaleza y al mismo tiempo nuestras diferencias con aquello.

Una parte de la actual pérdida de libertad reside en la necesidad, para poder «existir», de acceder a las infraestructuras del sistema de forma casi obligada y en la mayoría de los casos, a través de las creadas por la tecnología del poder financiero y especulador, ante la tolerancia del político y que sólo beneficia a los gigantes tecnológicos, haciéndole sombra al resto de las opciones donde participa de forma activa y presencial la persona con el contacto físico y visual, con la empatía y la bondad que no tienen las máquinas, ambas alternativas están disponibles bajo la libre elección, pero,  entre un pobre abanico de posibilidades que se ofrecen como muestra y defensa de las libertades.

De la misma forma actúa el poder político y de creencias masivas que aglutinan a los seres en nuevas tribus bajo conceptos empíricos basados en espectrales textos apócrifos. Al aceptar esos condicionamientos se abren las puertas para la gestación de un modelo de sociedad basado en una fría y calculadora tecnología en la que el ser se sustenta sobre valores que el futuro determinará, pero, bien distintos a los consustanciales. Por ello, quizás, los visionarios de la antigua Grecia, no le asignaron a la diosa Eleuteria templo ni culto, en palabras de Eric Fromm; “El hombre actual vive bajo la ilusión de saber lo que quiere, en realidad, desea únicamente lo que se supone socialmente que debe desear”. Es claro que nuestra forma de actuar se dirige siempre hacia donde el pensamiento pone sus horizontes, pero también lo es la forma con que somos persuadidos con la finalidad de acomodarnos a intereses masivos que den frutos mercantiles, aprovechándose para ello, de la falta de atención de una sociedad tecnológicamente seducida con contenidos banales y triviales y, hasta diría «tremendamente infantiles» que el sistema de transmisión de imágenes pone al alcance de cualquiera, para una sociedad supuestamente madura, no ayudan de ninguna de las maneras a activar el discernimiento.

Mientras, los ingeniosos algoritmos traducen su lenguaje binario en una frase que no es la coloquial; «si quieres arroz, toma dos tazas», cuando en realidad debía ser al contrario, «si ya conoces esto, toma esto otro que no conoces». Ante tanto contrasentido encontraremos caminando la exactitud, la magnitud y el equilibrio que emana de la tierra, los primeros brotes tras el invierno que los humanos traducimos en liricos poemas, las escarpadas rocas que forman inmensas paredes salpicadas de neveros, colgados en esas latitudes pétreas donde custodian el agua que, mientras duermen, anotan en extrañas partituras su canto, el sonido que más tarde atraerá las raíces, las aves, el sonido que impregnará de savia las semillas y correrá torrente abajo formando espumas que a cada salto atrapan los  granos de oxígeno y pequeñas partículas estelares donde el quinto satélite se asoma cada noche.

También existe, cuando la tierra se humedece, se empapa y el sol temprano se asienta sobre ella, la quinta esencia; la cosmología terrenal que se desgaja y asciende como éter sagrado, como un nuevo ser capaz de engendrar más vida, el quinto elemento indescifrable, el más fugaz, el que la sequía teme.

Y, vuelan las aguas y se posan sobre los nuevos brotes que asoman al mundo con la misma esperanza que impregna lo humano, se convierten en visionarios que predicen el equinoccio sobre la elipse que dibuja la órbita donde viven, la misma que la nuestra. Entre tanto, nos asomamos al mundo desde las pantallas que son reflejo de nuestra ínfima realidad, en ese momento el pensamiento se abre paso entre esos vastos vacíos que nada tienen que ver con las hermosas soledades, entramos en las inmensidades de lo desconocido que alguna vez quisimos alcanzar y enmudecemos buscando en ello una catarsis que se acomode como un guante. La rapidez con que surgen ante los sentidos tantisimos mensajes y comunicaciones que, quizás no tengan nada que ver con el sentido de nuestra vida y nuestra realidad, nos engulle en un silencio desintegrador en el que corren cientos de pensamientos y ninguno a la vez, convirtiéndose, al mismo tiempo, lo heterogéneo de nuestro alrededor en homogéneo, alejándonos y deshaciéndonos del hipervolumen multidimensional que nos engloba hasta uno sentirse lejano a la hierba como símbolo de naturaleza; el otro ser conviviente desde tiempos remotos y que para no olvidar, Teofrasto, dejó plasmado en sus tratados. Setenta mil años nos separan y seguimos siendo hierba, la clorofila y la hemoglobina son nuestras semejanzas, evolucionamos con ella. Entonces, déjate que te cultive el sol y beberás la tierra, así haremos revoluciones, Fukuoka comenzó la suya con una brizna de paja renunciando a una cultura que, desde su propio análisis, resulta ser dañina y enfermiza, al igual que nuestra enfermedad social contaminada e infectada de virus malignos que contienen en su interior mensajes binarios, algorítmicos y genéticos que se despliegan a capricho de sus creadores y que inducen mendazmente para navegar hasta la constelación de Aries en la nave de Jason para ocupar un asiento junto al trono de Yolco.

En el transcurso de ese viaje habremos perdido la huella que deja en nuestra memoria el olor del azhar y el canto de la tierra. El rastro de nuestras pisadas se habrá difuminado como todo lo impreso y tangible. Tangibles lo son las generaciones de Gutenberg, Goldmark, Matisse o Picasso incluso Banksy, los legados de la Alhambra, de Ibn Al Jatib, los nenúfares, el olor del Jazmín del abuelo y las aguas del Genil que eternamente se derraman, desde los borregiles que cirscundan su nacimiento, con cantos palpables que quedarán acuñados en la memoria de cualquiera que camine con rumbo distinto. Todo lo contrario de aquello que pertenece a lo tangible es lo que brota de los coexistentes de Zuckerberg; lo intangible; la ausencia del olor y el tacto, el roce de los pies con las piedras talladas por el tiempo, humedecidas por el agua, tapizadas del líquen de los esquistos.

Es imposible configurar en una sola dimensión una correlación y engalabernar ambos adjetivos (tangible e intangible) habrá que seguir existiendo en el ciclo del primero para integrar lo que somos en el mundo, en su órbita, donde la casualidad a veces pasa por la misma estación, y, después plasmarlo en el segundo como una posterior anotación de nuestro paso, y así es porque la primera quedará estampada en la memoria adornada de aquellos olores que bailan sobre las copas de las riberas sonando entre las ramas y ascendiendo desde las raíces hasta las nubes que adornan el cosmos diurno. Entonces te querré más aún y tus brillos serán los fanales que cuelgan en los océanos, las oraciones al viento de los cinco colores; azul (cielo – espacio), blanco (agua), rojo (fuego), verde (aire y viento), amarillo (tierra) que el sonido del viento hará ondear y navegar como una sonda orbital alrededor de los deseos, enfatizando los hechos, rindiéndose en las sábanas. Entonces aquellos secretos serán desvelados nuevamente en las páginas de los códices desde donde salgan a la luz los relatos de nuestras vidas y las imágenes de todo aquello que nos acompañó, escritas y descritas por la savia nueva de los que nunca se apartaron de la naturaleza, serán escritos por ti que volviste de ese destierro que impuso el tirano y el cacique y de los que dejaste impresos, en ellos, en esos extraños libros, sus injustos argumentos con la imagen de sus rollizas y rosadas caras, serán otros volúmenes plúmbeos a los que el sistema también condenará por sus ideas fabricadas para la ruina del capitalismo, los enterrarán y volverán a aparecer en Valparaiso junto con los huesos del último Papa.

Así quedará para siempre en «el diario del programador supremo» en las páginas que nadie quiso leer como una profunda espina enquistada en lo más hondo a la espera de que los arqueólogos de lo real y de lo digital desentierren el secreto de cómo y porqué llegó a esas profundas entrañas. Del mismo modo, esta página se convierte en un relato mágico que cruza las fronteras de lo que se puede tocar o no, de lo que es y lo que no, una evidencia de que ambos horizontes son uno solo, el presagio de la desertización mental de una sociedad que saca a la calle, para invocar la lluvia, los santos de palo inmóviles ante el sonido de la desgarradora saeta que, suspendida sobre el humo del incienso, rebota entre las paredes de la estrecha calle, en un ritual ancestral lleno de sentimientos de culpabilidad contagiados e infectados por las estructuras de un sistema imperativo que son traducidos en llantos y flagelaciones.

Nuestra opción reside en la elección, en la libre revolución que transgreda todos los símbolos que no representen nada de lo que esté incluido en la coherencia de la naturaleza, en lo innatamente humano tanto material como inmaterial, en nuestra verdadera versatilidad como seres creadores de espacios de convivencia donde todas las tribus existan bajo sus culturas libres de ser elegidas.

Y ahora me diluyo entre los sonidos de All the Unknown de Grandbrothers, Ambre de Nils Frahm y And I Love Her de Brad Mehldau, mientras, llueve y asciende el olor a mojado, de las hojas resbalan las gotas que viajaron desde quién sabe donde y desde que época hasta romper sobre el barro que las acoge, húmedo, versátil también como tú, mezcla de roca y agua que ya tradujo Zygmunt Bauman en su modernidad liquida, presente desde la infancia al igual que las hojas, que el filodendro de la abuela y que las escarchas que encogían los pies al caminar temprano bajo los robles, bajo los pinos que rodean el barracón cercano al Barranco del Aceral, y así, mientras llueve, se van desgajando de la memoria los pasos en tu compañía sobre los riscos helados, la búsqueda del camino más seguro y corto para huir de la ventisca, de su insistente sonido de gotas heladas que ocultan el valle y las cumbres y que tan sólo dejan verte los pies, es el lugar donde escuchar el logos de la naturaleza y no los discursos que se basan en apariencias, según Heráclito.

Y, las alas de los árboles se despliegan tras el aguacero, con el viento que lo transporta va levantando una a una las hojas caídas de las encinas que te vieron pasar a su lado mil veces por allí,  y por allí saludaste a Anaké escondida en el universo que Cronos creo para ella. Mil veces navegando, navegaremos bajo la sombra de las ramas en el estío de la mano del agua de la acequia, bajo los rayos que se filtran entre las ya desnudas del dormido invierno, recogiendo las hojas secas que el poniente arrinconó junto al corral de las gallinas que huelen a humo seco, a hogar de una estación que nuevamente se desvanece en su círculo mágico y eterno. Tuvimos la osadía de transformarlo cambiando las corrientes oceánicas bajo pensamientos infundados, ajustados al interés opuesto del que la naturaleza que nos acoge.

Blessed loneliness by Ramón Sánchez

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