– Crónica inquietante, 7 de febrero, 2022, invierno incierto, las nieves no bajan de los 3.000 metros, quedaron colgadas allá, a pesar de ello exhiben su belleza, mientras, fuimos a descifrar los mensajes secretos de las caligrafías arbóreas.-

Ten en cuenta que esto sólo son unas líneas más de las muchas que han quedado impresas desde que comenzamos a imprimir trazos sobre la roca en las profundidades de la tierra amparados por la oscuridad allá encerrada. Las palabras, los lienzos y las sinfonías siempre emergieron de esas cavernas, de las hermosas soledades donde el sopor fantasea con la realidad, es el manatial de Castalia. Las aguas que descienden de ahí y también las que absorben las raíces del fresno Yggdrasil que sostienen los bancales donde anidan historias que el tiempo envejeció, donde fué creada la sabiduría, la inteligencia, la bondad y la maldad, los antagonismos que hacen que exista lo semejante. Lo que pertenece a la pureza como concepto al margen de la espiritualidad y lejos de las ideologías masivas, es quizás otra utopía residente en un cosmos contiguo, una cualidad escondida y que buscamos en lo más cercano que es la naturaleza, nuestras semejanzas con ella y asi beber de sus aguas como un antídoto que cura su pérdida y nos acerca a su reencuentro. Existen otras purezas; la de los metales, la racial que también reaparece en comunidades encerradas en emergentes fascismos, la virginidad, la espiritual…, pero no son estas el caso.
Podemos reflejarnos en ella, en la naturaleza también, buscarla en las aguas frescas y diáfanas, en los espacios limpios del afán de lucro, en aquello que aún conserva la ingenuidad y la dulzura, en la belleza; para encontrarlas – la pureza y la belleza – no es suficiente con sentarse y mirar imágenes una tras otra, hojear libros donde entre el color y el olor del papel aparezca y se hable de ella o, más sencillo aún, esperar a que llegue con el mando a distancia en la mano. Para su encuentro es necesario activar la voluntad, pero a pesar de ello, hay purezas y bellezas que siempre hemos soñado con alcanzar y que jamás llegaríamos a ellas, no basta sólo con la intención y el sueño de alcanzarlas, si no, con la disposición o el acto envuelto de ataraxia. En el medio de la naturaleza, para acceder a los «santuarios» que construimos a lo largo del tiempo mediante la inacción que ha abierto paso a este deterioro ambiental al que asistimos, donde residen ambos conceptos, es preciso recuperar el equilibrio entre lo emocional y lo físico y ser consciente además. La mayoría de las emociones, al margen de las que emanan de la comunicación con nuestros semejantes, llegan a través de entornos alejados de la connaturalidad de nuestro ser, podríamos definirlas como «emociones espectrales» y son fruto de las percepciones diarias tras el bombardeo continuo de cortas secuencias con mensajes encubiertos que lanzan los medios suscritos al sutil poder con el fin de atrapar, y, las que en el seno del hábitat urbano, donde nuestro deambular transcurre entre señales acústicas, luminosas y dispares situaciones que nos conducen e inducen hacia otras esferas en las que no existe la conciencia de identidad inscrita en lo más humano. Una vez, consciente y vencido esto, se rompe uno de los obstáculos que interrumpen el poder acceder a aquellos lugares con el máximo respeto, pero aún queda otra parte, quizás la más importante, lo físico, y esto es la capacidad que pueda tener o no el ser para adentrarse en los inhóspitos lugares donde se encuentran los últimos reductos de lo más bello de este planeta. Ante aquellas carencias se recurre a la nefasta construcción de medios artificiales para llegar al corazón de la tierra, el uso de esos artificios conlleva la profanación y la monetización de los templos que contienen y exhiben sin nada a cambio la pureza y la belleza y nos adentramos en el reino del absurdo. Hay una definición que dice; «El absurdo es el conflicto entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de ese sentido». Nuestro sentido de la belleza está sujeto a canones subjetivos que aplicamos tras la sensación que produce la observación que puede ser ilimitada, pero, para acercarnos físicamente a ella no se tiene en cuenta que existen unos límites. La tierra los tiene además de una infinita regeneración, en el momento que nuestra ilimitada creación los sobrepasa, su infinitud regeneradora desaparece, por eso, el equilibrio entre las emociones que manejan al pensamiento y los actos físicos guardan una relación holística. Así entramos en ese absurdo que por un lado ensalza los placeres de la naturaleza y por otro la destruye.
Es necesario traer la naturaleza a las urbes y no lo contrario, es imposible que todo el mundo pueda acceder a las montañas más bellas, a las selvas más profundas, a los mares más enigmáticos, precisamente por aquellas limitaciones físicas y mentales, quizás en futuras sociedades en las que la mentalidad sea suficientemente respetuosa con el medio y la actitud física suficientemente adaptada podrá acceder a esas lejanas purezas y bellezas con la suficiente pulcritud. Mientras tanto, en su búsqueda, creamos nuestras pequeñas obras a través del amor, las letras que de mil maneras la definen, la música que nos transporta hacia ella y las imágenes donde se refleja, sin límites.

Observamos las ramas de los árboles que dibujan en el aire las sinfonías que trae el viento atrayendo a todos los seres que componen las antiguas y las nuevas mitologías, aprenderemos de la sabiduría del lenguaje de los pájaros, las aves gigantes, las de fuego y las protectoras, las del bosque sagrado de Dodoma que ascendieron, según el oráculo, hasta aquellas cumbres inaccesibles y lejanas, donde un día pusimos la mirada y desde donde Ícaro cayó.
Y, mientras este pensamiento se va diluyendo, en la puerta, en la silla de anea con la espalda apoyada sobre las piedras amontonadas de siglos pasados y la mirada puesta en el horizonte incandescente, la leña cruje despojándose de su olor de antaño, esperamos la lluvia. A lo lejos se diluyen las nubes con el humo de la chimenea al mismo tiempo que las voces de las ramas cantan canciones que sólo conocen los depositarios del saber sagrado y profano, ante los valles, donde crecen las hermosas eternas soledades que atesoran el tiempo para siempre. A fondo el río, la espuma de plata que dirían los poetas, se estrella en cada recodo con los sedimentos pétreos del tiempo, adornada su ribera del otoño ya dormido en un sueño en el que fluye la sinfonía sincrética, con aves que baten las alas mientras silban, con hojas secas que arrastra la brisa en el suelo y en las ramas desnudas. Su olor asciende fresco rozando los cascajales que duermen bajo los escarpados tajos hasta llegar a los cinco cedros; los guardianes de la planicie y que un día lo fueron de nuestros sueños que dormían a sus pies, allí, viviamos de vez en cuando, sobre el verde del suelo al calor de las ascuas y a su cobijo, con la única prisa de abrigarse a la caída del sol, sin sueño porque en la noche había que contar los astros y bajar a la escondida fuente para, desde allí, mirar la confluencia de los ríos a la luz de la luna. Ahí bajamos a por agua, con el tonel de madera enganchado en un palo seco sobre los hombros, cuesta arriba mirando los pasos y las cumbres heladas, sin gobierno ni nadie que dirija nuestros actos, y, ascendíamos con la lumbre cálida y las patatas recién sacadas de la tierra en el pensamiento, con la charla fresca y el vino de la tierra esperando en un hogar recóndito donde el sonido de los cascos de los caballos sobre las lajas y las pezuñas de las vacas rebotaban en el eco del valle mezclado con el bramar de las aguas lejanas. Desde la primera vez que aquello ocurrió no dejé nunca ninguna mañana de mirar las nubes por si acaso hubiera despertado allí, y si no es así, los pies me llevan hasta todas las músicas posibles que describen los espacios donde la memoria guarda los secretos de Afrodita. No es un cuento, ni tampoco mi panegírico, es un encuentro contigo, es una señal extendida en un pergamino que flota en el interior de una botella a la deriva en un cosmos paralelo.

Ahora miré el almanaque, quedó atrapado en la hoja inerte de un mes de junio, y pensé que; ya es hora de cambiar todas las festividades que venimos celebrando desde antaño por otras bien distintas; a las que el sutil y rancio poder no llegue.