Episodio de un navegante

Comenzó tímidamente a llover después de mucho tiempo y los operadores de las telefónicas rápidamente desde lugares remotos en países lejanos, se pusieron en marcha para hacer eco de tal hecho y traducir los datos de los satélites para ponerlos al servicio de la clientela. Esto forma parte de un sistema de bienestar al que llegamos con una mermada capacidad cognitiva en relación con nuestra comunicación con la naturaleza y la observación de la misma. Sería buen momento para comenzar un relato sobre ellos, pero claro, no sería una historia con un final donde la dignidad y la libertad triunfasen. La mayor parte de su vida transcurre de forma unidimensional en una reducida cabina acristalada, casi insonorizada, frente a un micrófono, rodeada de fotografías de sus seres más allegados, una maceta para regar diariamente, algún bloc de notas y los sueños esparcidos sobre la mesa, al igual que la mayor parte de aquellos que no pertenecen a la burquesia de este siglo. Espacios en los que el desarraigo y la soledad devastadora son el eje donde gira una humanidad libre de buscar su esencia pero, a la vez, prisionera, por un lado, de su propio descuido y el desinterés de ser dueño de su destino y, por otro, de la búsqueda diaria de sustento que al mismo tiempo implica deterioro físico y emocional. Bajo esas coordenadas todo sigue girando de forma que, por el materialismo que empuñan los actuales poderes y que contiene suficiente capacidad disuasoria, muchas de las cualidades innatas del ser son apartadas de esa rueda. A pesar de ello y entre ello surge hubris como un numinoso ente cargado de fetiches envueltos de papel de regalo donde, en su interior, se esconde otra realidad que, de la mano de numen, arrastra todo lo que encuentra a su paso. Pero hay algo que puede contra todo esto; la primera luz del día, los primeros rayos del sol de invierno que son el otro numen, el que marca el límite de la claridad entre los trazos que dibujan las ramas extendidas hacia los horizontes, imperceptible para muchos y esencial para otros. Imperceptible porque, con el rigor que se extiende por la piel de la tierra, el nuevo orden basado en teorías puramente mercantiles, impide ciertas percepciones vitales, y,  lo esencial reside ligado totalmente con la naturaleza en toda su pureza. El apartarse de ella implica aceptar aquellas reglas y al mismo tiempo una onerosa carga para la que el antídoto que lleva a la confluencia entre lo deseado y lo impuesto reside en el amor, los sueños, la música, la poesía, en definitiva, al intelecto creador. (¿Qué es un intelectual? Le preguntaron a Umberto Eco. «…Para mi, un intelectual es alguien que produce nuevos conocimientos haciendo uso de su creatividad. Un campesino, cuando comprende que un nuevo tipo de injerto puede producir una nueva clase de manzanas, está desarrollando una actividad intelectual, mientras que un Catedrático de Filosofía que se pasa la vida repitiendo una misma clase sobre Heidegger no tiene por qué ser un intelectual…»). La creatividad está asolada por la repetición masiva de cánones y estereotipos tejidos y difundidos en el sistema de informatización de la sociedad que funciona de forma similar a como Giacomo Rizzolatti definía el comportamiento de las neuronas espejo, un comportamiento imitativo, ahora, con poca empatía, lo que supone una  pérdida de aquella cualidad que queda aún mas arruinada cuando viene acompañada por el acoso doctrinal del que parte la «normalización», la clasificación asignando nombres a todo aquello que no lo tiene y que no lo necesita para asimilarla en los altavoces del poder y expandirla como la única verdad, como la única realidad existente. El poder no necesita empatía, sólo signos.

Existen otros tejidos donde se entrelazan símbolos distintos a la cotidianidad que nos arraigan a la tierra y que nos define, viajan en la galaxia de la memoria como un todo que nos hace ser. Son las sinfonías que trae el color y que la brisa y el viento derraman sobre nuestros oídos y ante nuestros ojos, son mensajes que pertenecen a la analogía, nuestra semejanza y nuestro diferente origen con todo aquello que brota de la naturaleza, la que es capaz de disuadirnos, con toda su belleza, de aquello que nace bajo la búsqueda desenfrenada del lucro y que abre camino hacia la pérdida de irreemplazables emociones; las que causan las aguas cuando se derraman como una lluvia de astros incandescentes desde los verticales riscos, las que quedan atrapadas cuando atraviesas las hermosas vastas soledades de la tierra. Son los sentidos de la naturaleza que gravitan desde siempre sobre nuestro minúsculo esquema cósmico sobre el que se asienta la vida.

Todo esto comenzó con aquellos operadores que no son más que una parte de una desoladora estrategia concebida para inseminarla en un erróneo bien común, en el que, las personas son meras figuras de barro que en el momento que se seca son reemplazadas, que acceden y aceptan las reglas por necesidades imperiosas, ya sea por carácter voluntario; por convicción o una ideología dominante, o, impuesto; por una necesidad vital. Tales circunstancias enriquecen exponencialmente y sin sentido alguno a una sola pequeña parte del tejido social que sin escrúpulo recogen su ganancia y miran hacia otro lado.

No podemos creer que la riqueza reside solo en lo espiritual y en la felicidad como intentan convencer algunos movimientos o  ideologías, es cierto que en tales sustantivos la hay, pero, mientras nos distraemos buscándola, a nuestras espaldas, se derriten las nieves eternas, se llenan los campos de glifosatos y las industrias nos cargan con el sentimiento de culpabilidad mientras siguen proyectando al aire elementos insustentables, crean intereses que se convierten en doctrinas, en el eslogan de un perfeccionado orden al que tan sólo, para salir de él, queda abierta la puerta de la resiliencia. Tampoco en la acumulación de bienes materiales subyugados por el éxito social se encuentra la riqueza, es más bien una actitud consecuente con los actos y el pensamiento. Si éste último viene de la mano de la naturaleza nuestros actos serán enriquecedores y tal compromiso trae consigo la dignidad y la libertad.
Somos un elemento más de una aún desconocida creación, artífices, al mismo tiempo, de otras muchas creaciones que no dejan de ser neologismos inspirados en nuestras mismas fuentes y a la vez; irrepetibles, de la misma manera creamos el bien y el mal, pero, la naturaleza que nos rodea, que nos cobija y nos alimenta ya lo creó todo antes, incluso las divinidades a las que le asignamos los mejores tronos. Hades, Agathos Daimon o la diosa Fortuna. Luego llegó Jung que destapó el mal. Ya lo sabemos todo y no sabemos nada, o como dijo Shakespeare: «sabemos lo que somos, pero aún no sabemos lo que podemos llegar a ser». Y ahora me diluyo entre los espacios de Lab’s Cloud con El Despertar de Joel, Profondita – Dracarys en Psylen, Lambert Ringlage – Sun, Alveol – Oblivion en Darkdeep75, Eternell – Embrace (Waking Music) en Eternell, Yahgan – Alone in Unknown Lands en Cosmic Soundwaves, Proton Electron de Carbon Based Lifeforms, Schiller – Nachtflug – Night Flight en EccentricCar, Bleu de Worakls, Unravelling de Harry Escott, Nothing it can de Helios, Back Inside de Gulan, Star Glider de GMO y Dense, Grassland Blues de Black Hill y Cousin Silas, Bruno Sanfilippo, Stephan Mocco, Kai Engel o Philip Wesley. Mientras suenan, aún mis pies siguen, después de décadas, crujiendo sobre la helada tundra plagada de enebros milenarios sepultados por el invierno, donde bajo su manto guardan un aroma de tiempo semejante al del incienso que vaga por nuestros recuerdos. A la vez de esas sinfonías crujen también los chasquidos de las hojas secas y el rozar de la hierba escarchada y, suenan Alfred Schnittke y después Henryk Görecki y La Rêveuse de Marin Marais que son naves que transportan en su interior galaxias enteras hacia otros cosmos.

Aún ningún dogma nos prohibió discernir y al mismo tiempo percibir y sentir profundamente aquello que llega a nuestros oídos, a nuestra vista, a nuestros hemisferios, ni escribir palabras que dinamiten el sistema ni destruyan las promesas políticas que nunca se cumplen, y, sin embargo, ante lo anterior, enmudecemos y cerramos puertas y ventanas y en la penumbra prendemos velas a las divinidades de latón o madera bellamente policromadas y embadurnadas del olíbano ese que encierra misterios, para que nos concedan los favores que no son más que nuestras quimeras. Y paradójicamente, por otro lado, seguimos persiguiendo la libertad y la «riqueza» mientras sucumbimos bajo estaciones inexactas que anuncian una pobre existencia común.

Existe un pequeño círculo donde habitamos diariamente, sin empañar, en un axioma permanente, de olas de espuma que se filtran en la tierra dejando en la superficie todos los restos de tormentas que acabaron en naufragios. Un pequeño círculo donde podemos amar todo aquello que engrandece y eterniza la fugaz existencia en el que nada se desperdicia, ni tan siquiera el aire respirado en los empinados senderos que discurren hacia las cimas, siguiendo el olor, el discurrir del agua que baja sorteando los acantilados del Cenozoico. En tan pequeño lugar giran iluminados astros que en su órbita dibujan frases que siempre nos rondaron en los entresijos de la memoria y que al mismo tiempo definen y señalan los horizontes a los que un día fijamos la vista.

Asi que, no intentes entender la demencia que no conduce a la paz, la que desarraiga los sentidos, el interés humano, la que crea los desiertos, sólo vemos que ya no llueve como antes lo hacia, a raíz de ello las carencias se multiplican y la perfección que reinaba se desequilibra, la compasión y la bondad se suplen por otros conceptos creados y difundidos para el fácil manejo de las sociedades ya carentes de idiosincrasia, semejantes entre si, a las que les fueron conquistadas sus tradiciones, sus culturas y hasta sus creencias por vanales conceptos fabricados con tal fin. Aquella carencia, la de la lluvia, la que nos fué hurtada, aquella que nos mojaba en la infancia, la que levantaba la mañana con el olor de la leña del pan, esa carencia y otras nos aleja, nos distancia de la luz que se filtra en la mañana temprana entre el Praná que queda suspendido mezclado con el vapor vital que exhala la tierra húmeda.

Travel by Ramón Sánchez

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