
Fuimos a otear los horizontes donde viven las águilas y los seres mitológicos, a llenar las retinas de azul y, de nuevo, allí, miramos dentro y afuera mientras una minúscula galaxia se abría bajo los pies.
Fuera de esos lugares la manipulación de las necesidades por intereses creados es lo habitual y dentro, en el lugar que ocupan y donde llegan las percepciones que emergen bajo los pies al pisar la tundra crujiente de hielo, bajo ese cosmos y sobre el espejo azul de la tierra discernimos sobre lo que no nos rodea en la cotidianidad, como un eremita despojado de creencias vagamos por esos silencios eternos a la búsqueda de las soledades que fortalecen el ser, ese tan debilitado por aquellas necesidades que privan los pensamientos.
Allá nos convertimos en moradores de lo eterno donde lo fugaz es sólo nuestra vida y encontramos el silencio que lo contiene todo, incluso música que más tarde hurtará los pensamientos, y, nacieron allá músicos de palabras etéreas y sinfonías sigilosas que se adentran en los adentros donde se marginan las horas que nunca se persiguieron.
En la mañana puedes esperar los primeros rayos de sol, en el bosque sobre una roca o en un banco de la ciudad, en el seno de un invierno frío y seco, en un invierno inexacto de árboles desnudos donde la primera luz es un presagio más de aquello que se desea desde siempre y, su caricia, un lenguaje más para participar de nuevo en aquello que ésta civilización dejó a un lado, son palabras hechas tuyas también, palabras de aquellos que adoraban al sol porque es el inicio del día y quién alumbra las cosechas.
Y ahora, a la orilla del Marenostrum, enero emerge entre los restos del otoño mezclándose lo nuevo con lo viejo, una simbiosis sinestetica donde el color y el tiempo se hace uno solo. También brilla el gran astro que se tragó las nubes llenas de tormentas, de aguaceros tan necesarios para los tréboles que sin pensar y aprovechando la humedad que trepa desde la orilla vuelven como cada año a brotar, inmersos en una rueda hoy desconocida, donde el otoño es invierno y donde el invierno es otoño o primavera.
En la infancia, hace más de cuarenta años, la ciudad en enero se levantaba con charcos helados, el barro era duro y a la vez moldeable como la arcilla, se dejaba clavar la lima y marcar dibujos casi rupestres sobre sus espaldas. Quizás nuestra arrogancia espantó las nubes y apagó el brillo de las tormentas dejando en su lugar hermosos atardeceres de colores que hieren hasta las más imperturbables almas. Y así, seguimos sumergidos en la búsqueda de nuevos mundos en los que la contradicción no sea un muro más. Seguimos ascendiendo por empinados senderos entre inspiraciones que congelan la nariz y la garganta y pasos que sostienen el morral lleno de las migajas que quedaron, agua y una naranja, sólo para continuar siendo los que aún guardan esencias que sobrevivieron a los tiempos y que en esta época incierta de escasez de valores elementales son tan vitales para conservar lo que queda, y en ello, esparcir las semillas que los ejércitos dejaron abandonadas tras sus conquistas.
Son las tropas que se erigen como poseedoras de la única verdad nutrida de un pensamiento único y global encerrado entre las paredes del consumo sistemático y desproporcionado construido sobre la nueva filosofía patológica aún sin diagnóstico y que el propio poder exhibe en bandeja sobre la ficticia alfombra roja por la que caminamos. Ante esas tropas nos vamos haciendo sobrevivientes, y más aún, a la vista del metaverso que se avecina para infectarlo todo. Quizás ello sea el refugio de aquellos que ya no tienen nada, para los desposeídos de todo, los excluidos del mundo, incluso para los que ya existen sin pensamiento alguno porque les fué hurtado, para los que ingenuamente se convirtieron en clientes y entregaron su vida por ello. Y, una nueva razón entrará allá, nada parecida a la que nos guió de la mano del resto de seres que fueron y son testigos de nuestro paso.
Así también, comienza a invadir todos los espacios una devastadora ignorancia escondida entre mensajes de códigos secretos disfrazados con intereses para la dominación y, que a pesar de ellas (la ignorancia y la dominación), seas feliz, ese es el mensaje del amo. Como seres conscientes que somos siempre andamos en el camino de la búsqueda, de encontrar sentido a los actos y a los mecanismos que nos llevan a realizarlos, pero, nos encontramos en nuestro deambular cotidiano rodeados continuamente de las mismas percepciones que se repiten obsesivamente una y otra vez al doblar cada esquina todos los dias, los mismos neones y los mismos reclamos publicitarios que únicamente cambian con la luz del día o la noche, y que, a pesar de que transcurren por ellos las estaciones de año, siguen siendo los mismos signos, inertes, siguen estando ahí de igual manera, muchas de esas percepciones llegan de forma violenta por imposición de este brutal capitalismo en el que estamos inmersos, el que sólo trae consigo la ruptura y el distanciamiento entre la persona y la naturaleza en todos los sentidos para asi ser más fácil gobernable, y asi, los deseos y los fines por y con los que vivimos son los que marcan esas señales doblegando de esa forma el pensamiento que tras milenios dió lugar a una cosmovisión que sirvió como vehículo para la simbiosis y la vida en común, y ahora, así, las tribus y los pueblos, prisioneros de aquellos sustantivos inician un viaje hacia un universo donde la subsistencia se convierte en una agotadora lucha por obtener los preciados bienes que aquél poder creó.
Por eso mis pies me llevan donde siempre me llevaron, donde descubrir los engaños que traen consigo muchos días disfrazados con aquellos mensajes encriptados, donde apreciar con todos los sentidos el aire que se respira y corre limpio y cristalino es fundamental, donde todos los aromas que traen las distintas estaciones, donde amarte también, donde el frío o el calor se derraman sobre congeladas aguas o entre riveras frondosas de cantos que saltan de rama en rama entre las hojas. Muchas veces seguimos las pisadas blancas de los ungulados hasta perderse entre los riscos helados, rastreamos entre la niebla las enormes rocas ancladas sobre el hielo como buques escorados que sirven de señales que orientan el camino y, ascendimos por corredores helados casi verticales que morian arriba en la cumbre donde el sol congelado, envuelto por un hálito de gotas suspendidas en el aire, reflejaban el firmamento de la tierra, allá corrió en nuestra busca el abrazo de la llegada, el que reciben los viajeros tras su largo viaje. Y me siguen llevando donde la luna se mutiplica sobre los cristales de geometría hexagonal en millones de lunas congeladas bajo los pies, y que, con cada respiración se desvanecen tras la neblina que exhala la garganta en la noche glacial. De pronto bajas la vista a los pies y ves que caminas sobre un manto de estrellas y constelaciones y que la respiración va cargada de pensamientos ajenos a este mundo que habitas, donde aún el ideal caballeresco que indicaba el poder del espíritu sobre la materia existe y que Parsifal todavía persigue.
A menudo abstraerse del mundo oscuro que nos rodea es difícil porque, es un poderoso imán que nos atrae o nos envuelve con sus fauces abiertas de par en par, nos embebe, es un lugar donde no se encuentra alojada la realidad de la existencia que, con obsesiva insistencia, se busca en lo irreal que se esconde tras las pantallas en un sin fin de muestras que aluden a nuestro paso por cualquier lugar y, que sirve de constancia como un axioma permanente pero que sólo es un conjunto de códigos binarios en un espacio finito. En aquellos otros lugares, cientos de veces ascendimos sorteando la rugosidad de la tierra, las inclemencias del tiempo, e, incluso las del espacio-tiempo en el que recuerdos asombrosos, en esa misma combinación de factores y circunstancias, vagaban por la memoria ante tales rigores, superponiendose sobre los que nacen de la subsistencia en momentos tan vitales, y así llegamos donde la finitud no existe y donde reside Niflheim que es el reino del frío, el hielo y la oscuridad, la materia fría, un ser cosmogónico al que la humanidad siempre se enfrentó y al mismo tiempo veneró, y hoy, el estado de bienestar lo transformó en consignas para las divisas y los créditos. Puedes creerlo al igual que las elipses de las órbitas donde giran los astros, al igual que la redondez de la tierra y la planicie de los mares desde la orilla.