
Las caligrafías arbóreas aparecen en el preludio del invierno, cuando aún quedan suspendidas en las ramas algunas hojas a la espera de la lluvia que las derrame a los pies, serán parte del suelo fértil y las ramas desnudas partituras de la naturaleza. El ritmo lo pone la brisa o el viento que hace se batan unas con otras en una cálida percusión de madera.
Es la magia del bosque, por ella y allá aparecieron seres y criaturas mágicas, historias de encuentros sobrenaturales, vidas de leñadores y dríades que son reflejo de confianza en lo presente y en lo venidero y el sueño de los habitantes que veneran la tierra, aquellos que saludan al sol en la mañana y despiden con reverencias el día a la luz de la luna, druidas que sanan las pesadillas con pócimas que exhalan las plantas que contienen el elíxir del tiempo y que alimentan las raíces que excavan la tierra formando hechizadas cavernas.
En sus recónditos senderos y entre los helechos que dominaron la tierra desde hace miles de años, los musgos señalan el norte y hablan de viajeros que descansaron al calor de las brasas que les brindó los brazos secos de heridos árboles por tremendas tormentas, consultando allá el oráculo para continuar su camino siguiendo las constelaciones. En ese mismo lugar también se reunieron las aves para crear sinfonías que ahora navegan sobre las aguas de los deshielos y, se entablaron batallas entre sus habitantes de las que aún resuenan ecos de vida y muerte.
En medio, al filo de los acantilados donde se asoman las arriesgadas raíces y donde sus ramas parecen volar, los dragones y las águilas hablan de nosotros, sus estirpes siempre fueron libres, pero las nuestras sujetas a los designios de una civilización extenuada de luchar contra sí misma. A veces su silencio compuesto por el roce de las hojas, el ser único que es el agua y los silbidos del amanecer, esparcen una armonía tan prodigiosa que es capaz de embaucar la arrogancia humana y al mismo tiempo marca las estaciones para no confundirnos. Y ahí surge como un manantial la gran orquesta de los ciclos, los del color y los del sonido que se unen en ese cosmos sinestetico lleno de movimiento, de leyendas, de caligrafías extendidas por las ramas de los árboles con mensajes que debemos traducir y que tan solo, hoy, sus criaturas entienden.
Sus olores acogen todas las luces, el barro y la escarcha que huelen a invierno, el olor de los musgos y los verdes tréboles que caminan al compás de la fragancias que disuelven las aguas que surgen cristalinas de los manantiales, las cortezas y la Lavanda que crece en el claro y, cómo no, el otoño, el olor del otoño, el que transformó los aromas de la primavera en frutos escapados de la paleta de Van Gogh, Monet o Matisse. Allá son cristalinos sus olores al igual que el aire y el agua, olores de todos los colores y aún más intensos cuando los acompañan los trinos o los martillos de los pájaros sobre la madera y, a la noche, cuando ya se esfumó la amarilla mañana cansada del chirrido de las cigarras, en los veranos, se silencian, sólo el autillo, las lechuzas y los búhos ponen su luz con sus ojos brillantes y su refrescante sonido de tiempos remotos. Y huele a tiempos eternos, a tiempos que brillan por sí mismos, a fragancias de un tiempo casi olvidado.
Entonces viajé de nuevo, volví a aquel bancal tapizado de verde y rodeado de los robles que agitaban sus ramas saludando mi llegada. Al filo del barranco por el que trepaba una brisa disuelta entre el canto del río y el perfume de la roca húmeda, me detuve alrededor del círculo de piedras orientado al este para esperar la mañana, en la noche, ahí, fueron quemándose sus ramas secas esparcidas a sus pies, se levantaron otra vez las chispas de las brasas hacia el limpio firmamento y su calor me abrazó, me cobijó la tierra y me hice ser, dormí allá bajo esa intemperie recóndita sin miedo, sin pesadumbres, sin deseos porque allí estaba todo, incluso tú.
No era el reino de los cielos, ni tan siquiera una leyenda mágica, era y es la tierra, su música, su olor, su color, su frío, su magnitud, la incredulidad de no estar en ningún sitio y al mismo tiempo el arcano que el poder no quiere que encuentres. Pasaron las horas bajo los satélites que cruzaban veloces las órbitas de meteoritos que trazaban estelas silenciosas y se estrellaban contra las chispas que lanzaba el fuego al aire. Allí tanta belleza junta, tanto espacio para uno mismo, tanta riqueza en un sólo lugar y en un sólo instante. Ahora ya es un paraíso perdido atrapado para siempre en la memoria, donde el fuego, la noche, el frío, la escarcha y el amanecer era un todo ahora prohibido, vedado para protegerlo de nescientes muchedumbres perdidas del hábito de manejar el fuego y venerar la naturaleza, incluso el sentido de la orientación, de seres que, además, dejaron transformar la belleza por pobres simulaciones. Si te asomas al filo de aquél bancal puedes observar estas palabras y recorrerlo sobre los brillos de las lajas tras la lluvia, otear los barrancos como un águila, beber su savia y a la mañana temprano tostar el pan en las ascuas.
Después de todo eso, llenar el morral otra vez y descender de las alturas para volver a la civilización, se asemeja a una despedida, de alguna forma allá se convierte uno en un ser diferente que forma parte de una minoría deshojada, por otro lado, quizás, en un inadaptado en el seno de una sociedad plagada de incoherencias que se manifiestan al observar el mundo desde allá, casi todo parece incongruente, inaceptable que los valores de una sociedad civilizada sean puramente materiales, por ello crece la marginalidad.
Un simple instante tiene tanto valor que es imposible medirlo y se va acumulando junto con otros como piedras preciosas llenas de magia, cada vez que llueve o les acaricia el viento o se llenan de luz con el sol, se convierten en galaxias que puedes llevar en las manos. Qué mayor riqueza puede haber que habitar la tierra, sembrar su eternidad y recibir su luz, la misma que navegó durante milenios desde recónditos lugares del cosmos. Dejar que los brillos estelares nos atraviesen en silencio y dormir bajo su protección. Con las manos vacías llegamos y así debemos irnos, con miles de instantes navegando entre las sienes. Y, acá, partió de nuevo el buque sobre el espejo rosaceo del mar en calma hacia otro destino fijado por alguna necesidad, quizás es otra forma de huir hacia algún paraíso desconocido. Mientras, corre la brisa de la tarde bajo nubes púrpuras haciendo bailar las copas como siluetas móviles del horizonte.
Muy bonito 😍
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Muchas gracias Sr. Chogo, le deseo lo mejor para este año!
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