Allá, el viento.

Allá el viento sopla para impedir banalizar la montaña. Es el espíritu que marca los límites, la voz que intenta alejar de sus entrañas a los que nuncan saben que hacen ahí. En un sólo instante, las alturas, se convierten en los lugares más inhóspitos, y a pesar de ello, nos adentramos en ellas, igual que en los pensamientos desapacibles, nos adentramos y navegamos. Ante ellos; el viento y esos pensamientos; nos resguardamos, huimos al abrigo de un abrazo o de una roca,  creamos así una forma más de continuar uniendo o sincronizando nuestra esencia con aquello que guarda relación directa con la tierra sin otra interferencia que pueda desvincularnos de la libertad, de una razón de ser, la lucha por ello y por el dominio de uno mismo, un ejercicio donde el límite de lo corpóreo y de lo incorpóreo puede llegar y asomarse a los vacíos insondables de la existencia, a lugares donde el poder no quiere que llegues. Ese viento cuando se derrama sobre la piel descubierta, cuando impide dar un paso más y se adentra acompañado de los cristales helados entre las rendijas de la ropa, deja una cicatriz que siempre permanecerá. Navegar sobre sus alas extendiendo los brazos es un paso más para salir en busca de voluntad capaz de deshacer la banalidad. Los que conocen las alturas siempre viajan en contra de los torrentes eludiendo los miles de signos que los impostores botan como buques insignias sobre sus aguas, ahora turbias, antes de nosotros cristalinas, ahora confusas. Nuestra pérdida de arraigo a la naturaleza nos lleva a lugares remotos donde aún perdura la pureza porque la nuestra quedó atrapada en las bodegas, a bordo de aquellos navíos y, decidimos no crear nada más semejante a esos limpios santuarios. Vimos salir el sol desde un agujero cavado en la nieve, ahí permanecimos toda la noche, a la gélida interperie, mirando al cielo tumbados boca arriba mientras se congelaba el agua del bote y las ráfagas de viento nos llenaban de estrellas de simetría hexagonal por encima de la ropa y sobre los helados pómulos de la cara que asomaban fuera. Ahí dejamos de oir las palabras que todos quieren escuchar, entramos en un diálogo que sería indescifrable para aquellos navegantes de los torrentes que perdieron el rumbo de sus propios botes. Bajo las constelaciones encontramos apartados rincones de la mente pura donde se debatía sobre la existencia, apartados de los fenómenos materiales que satisfacen  un modo de vivir y que no es otra cosa que lo que abduce e induce por y para una vida prefabricada, ahora insostenible, devoradora de lo ancestralmente primordial. Quizás buscábamos la vida de nuestro principio o un origen que nos diera unas pautas para continuar y, seguramente lo encontramos porque nuestra visión, en aquel momento y en adelante, de la vida real e incluso de la artificial o virtual es bien distinta a la que se impone mediante engañosos discursos y por las desdichadas leyes de esta época. («¿Por qué me interrogas sobre mi origen? Las generaciones de los hombres son como las de las hojas. El viento esparce las hojas por el suelo, pero el fecundo bosque da nacimiento a otras, y así vuelve la primavera; de igual modo la raza humana nace y pasa» -Iliada, Canto 7)
Surgió allá la esperada luz del amanecer, fría, muy fría, azul; nota Si (B) según Alexander Scriabin, y fué sonrojadose, anaranjado (do -C- y sol -G-) hasta llegar al blanco gélido, al que lo contiene todo. Entre ese murmullo de luz y color, del sonido cuando crujen los pies sobre la nieve dura, de búsqueda de calor, murmuró, ronroneando el agua que hervía tras derretir nieve para hacer una cálida infusión, para calentar las manos y el aliento, de nuevo abrimos camino hacia las afiladas crestas. La roca y el hielo, un debate más de días marcados en la memoria, un debate sobre la belleza de la existencia. Mientras caminas, ese rítmico crujir de las pisadas se asemeja a un mantra que sobrevivió a los tiempos, que cruzó continentes, es la interfaz entre la tierra y el ser, y, así, por un tiempo navegamos hacia otro, inmersos en una nave que había zarpado sobre los secretos de aquella humanidad de la que hoy somos su futuro. ¿Qué pensarían hoy de nosotros aquellos seres que también cruzaron cordilleras heladas? También les invadió el viento, también les cayeron desde las nubes mágicos cristales, también fueron capaces de impregnar la tierra de una sabiduría innata, también lloraron ante la belleza, también pensaron que se les escapaba de las manos. Pero no me hagas mucho caso, esto no es más que un relato mágico, es una traducción de la sensación que produce sentir el viento caminando sobre una tundra meridional a tres mil metros. Son palabras que el viento también se llevará, son sólo signos codificados que algún algoritmo con vida propia ocultará. Mientras balbuceaba estas palabras, ocultaba a los pies de los jóvenes frutales el estiércol de las gallinas y, encontré los restos del otoño que va avanzando paso a paso abonando la tierra y, las primeras luces y brotes de un invierno, tardío e inexacto en el sur, apareció un trozo de la hoja de un libro y pensé, y, me dije; son los restos de una civilización, quizás ese sea otro aviso.

Don’t look at Sauron

2 Comentarios

  1. Avatar de Chogo Chogo dice:

    Precioso y preciso, enhorabuena

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario