A single instant
Al abrigo de una roca, bajo sus entrañas, nos refugiamos de una tormenta, sus ecos rebotaban entre sus pliegues, sus aristas y sus grietas. Aquella roca asomaba como una visera a la intemperie, allá donde los vientos formaban círculos de agua iluminada por los relámpagos. Sus ecos, a la vez, retumbaban al estrellarse con los abismos y la noche agrandaba más aún aquella magnitud. Aislados del enorme mundo en un minúsculo rincón rodeado de riscos y paredes casi inaccesibles, de un horizonte vertical. Descubrimos que sólo hay una vida y que está en las manos de cada cual. Que los designios fueron marcados por uno mismo y que, lo ajeno, el poder y las sombras pertenecen a otro mundo. Que; allá son insignificantes las palabras que salen de los telediarios. Allá prendieron dos tonalidades; la blanca luz y el sonido hercúleo que la acompañaba, un todo capaz de recoger en un sólo instante los límites de lo humano. Desciframos otros códigos; los que marcan el tiempo de la existencia y los que llevan a la base donde se asienta el pensamiento y la forma de actuar. Y hoy, los escombros y los residuos que han quedado tras todo lo que se construyó, sepultaron esa sólida base. Allá amaneció, lo vimos a través de los reflejos púrpura sobre las aguas cristalinas de la laguna, las verticales paredes quedaron tendidas en sus nítidas aguas como dentro de un espejo y al tocarlas con la punta de los dedos se desvanecían como si de un sueño se tratase, las feroces nubes también, la fina hierba de los prados que rodean alquel enorme cristal, se levantaron buscando el sol, su luz y calor y su verde se transformó en una sonatina, (Clementi – Sonatina Op. 36 No. 3 in C Mayor).

Desde aquí, desde estas encrucijadas marcadas por el tiempo, al borde de mar, acogiendo los vientos entre las palmas de las manos para lanzarlos sobre las olas y levantar sus crestas convirtiendolas en cumbres heladas y, cuando rompen en miles de cristales me sumerjo en ellas con el tiempo en los bolsillos. ¿alguna vez lo pudiste guardar? Mientras todo se sonroja, las nubes se confunden en las alturas con las nieves, allá no tienes nada, cuando no tienes nada, nada temes, sólo miras el azul, cómo se convierte en blanco mientras suben por los valles las eternas nubes, las que ya llovieron al principio del todo.

También estamos en ellas, también somos un principio, como el abono. Hay otro alimento esencial; mirar en diciembre al sudoeste, allí se deshilachan las nubes y marcan lineas púrpuras que señalan pasadizos secretos para viajar a Ítaca, serás el argonauta, serás el pasajero del viento y el abono de los que te preceden. A la noche mirar hacia el este, donde vive Orion, el amante de la diosa del amanecer, rodeado de cristales colgantes como fanales que iluminan el mar, incrustados en la bóveda que puedes abarcar con una sola mano. Así de simple es el mundo y tan complejo que ya no podemos datar las faenas agrícolas.

Seguimos sobrecogidos ante los muros a la vista infranqueables, marcados por corredores helados que descienden desde sus cumbres a sus pies como llagas, vestigios pétreos de las tremendas luchas entre las fuerzas de la tierra extendidos sobre la piel que nos acoge. Su belleza, y a la vez, lo enigmático que encierran, supone un poderoso imán capaz de atraer los pensamientos más profundos que nos acompañan desde que somos para que circulen entre el color azul del aire helado. Ante ello marcamos senderos hacia su encuentro, y como kavafis relata, no para llegar a su cúspide, si no, para sumergirse en todo lo que les rodea y les hace grandioso.

Volvimos, tras cruzar senderos helados, al abrigo de las ramas, hacia los refugios donde converge la sabiduría y la esencia que nos engloba sobre raices cubiertas por el tiempo y extendido sobre ellas como una alfombra de miles de hojas que amortiguan el paso de los pensamientos de lo consustancial que emerge de un sistema apartado de la naturaleza. Sobrevivimos todos los dias marcados por un poder ciego que intenta disover y disuadirte de todo ello y, sin embargo, cuando las nubes se desploman sobre las calles vemos un signo más que apunta hacia otro destino.