Admirados por los símbolos de una nueva semiótica desintegradora olvidamos los que marcan los ciclos y nos arraigan a la tierra, la desconexión de lo esencial viene dada por ello. El admirar el ocaso, los brotes de las semillas o la maduración de los frutos es su antítesis, la de un paraíso perdido, la de un lugar sobrecogedor donde se guarda el pasado, el tiempo que vivieron otros hoy oculto para muchos seres bajo esa desintegradora conciencia que pone precio a todo y donde la mera apariencia es sobrevalorada.
Cuando llegas a un collado los límites del horizonte se abren a la vista y al otearlo escuchando el silencio abres la puerta del futuro, entonces eres el futuro y eres quién lo crea. Ante lo sobrecogedor de ese paisaje se detienen, sin lugar a dudas, las pisadas a la vista de esa magnitud que atraviesa nuestros poros dejando de ser una mera percepción y transformandose en el lenguaje más antiguo.
Sabes que la tierra habla y espera que converses con ella y, en su espera expande toda su belleza y obsequia con sus mejores frutos. Los poderes saben que esto es un entretenimiento, desviar la atención de sus arengas, que estas palabras son la heterodoxia de los convictos de este sistema y las ocultaran haciéndolas propias tergiversando su contenido para que sigas en el mismo camino.
La conciencia moderna dejó hace tiempo de conmoverse ante los sonidos de la mañana temprana, cuando huele a hojas secas humedecidas por la noche y cuando el silencio es roto por el rozar sobre ellas de la brisa y el canto de las aves que las arrullan. Ellas les cantan, y, también a los árboles que extienden su ramas hercúleas señalando el este. Dejó de conmover el olor del rio, su continuo latir porque otros signos marcaron una dimensión distintamente opuesta, sin olores y de señales ficticias, de signos embaucadores que intentan imitar aquella belleza.
Seguramente sabrás que los ejércitos del poder los integran seres con dos vidas paralelas, la primera es en la que se les concede la fortuna para apreciar la belleza que nos rodea. La segunda es en la que empuñan las armas con la que castigan a sus vecinos para el beneficio de aquellos. Mientras todo esto sucede se van encadenando una tras otra estas letras, estas palabras sin sentido para muchos, y, suena; «Prologue» de la Danza Macabra de Zbigniew Preisner. Asi, una vez en el interior de esas estructuras armónicas navegas en ese otro cosmos de la consciencia regado de fantasías que surcan el aire que llega desde las pétreas alturas. Luego, al compás del acordeón que suena en la plaza, ves de nuevo caer las hojas como presagio de otro nuevo inicio y vuelas allá, donde la gélida brisa se adentra en tus entrañas planeando sólo sobre los designios de la subsistencia mas antigua, donde sobrevivir a la intemperie es la única voluntad. Ahí no hay nada más, sólo una bendita soledad que disuelve todo lo inservible, la pesada carga que va amontonandose en el zaguán para dejarla ir y que la claridad se asiente en todos los rincones. Asi es la claridad, un espacio sin enturbiar, lo más terrenal, que es; preguntarle a los astros, saludar a las mareas y extender la cosecha bajo la luna, orientarse en la niebla y batir las alas para ver más allá, que no te impongan falsos horizontes ni falsas batallas.
Ya perdimos el contacto y la habilidad de manejar el fuego del hogar y por ende a nosotros mismos, ahora huimos en busca de quimeras que llamamos bienestar basado en la abundancia y no la abundancia de la naturaleza si no la de los nuevos valores procedentes del comercio globalizado, de la inteligencia artificial dominada por incomprensibles algoritmos y del sueño de acumular lo ajeno.
Ahora puedes asomarte a la ventana y ver el mar, sus continuos cambios a merced de los vientos, la forma en que predice el tiempo al igual que las nubes que con sus formas gigantescas presagian también la lluvia, el frío, las tormentas. Asi son los días y así queda la vida incrustada en la memoria. En ocasiones puedes subir a lomos de los rayos de sol que entran por la ventana y llegar a aquellos espacios incorpóreos donde alguna vez ya estuviste, o, a aquellas alturas desde donde se ve otro mundo muy diferente al que nos contaron, son los refugios donde anida la verdadera soledad para protegerse del aislamiento que crea la propia humanidad.
Vivimos rodeados de simbolos que inducen hacia hábitos deshumanizadores, y hoy ya, extemporáneos para una inmensa mayoría, entonces deberíamos prestar más atención hacia otros más terrenales. El apartarse de todo ello nos lleva al abandono de lo más humano que es el pensamiento, sin él navegamos a la deriva recogiendo sólo los vientos que hacen soplar los desdichados que pretenden tener el mundo en sus manos, así todo se convierte en un olvido fugaz para dejar en su lugar lo material creado a propósito para evadir todo aquello que solo sirve para complacer de forma material abriendo camino a una perenne esperanza, de anhelos imposibles pero que se han de perseguir para dar sentido a los dias. (Erich Fromm en «La paradoja de la Esperanza» desarrolla ese concepto de esperanza).
La calma, la espera, también es fugaz, en el pensamiento sólo se asienta la fugacidad. El observar el viento con el lento movimiento de las nubes parece ser hoy en día un privilegio, fugaz también y al mismo tiempo, vehículo etéreo que lleva a los confines del interior donde desgranar una a una cada percepción de las miles que cada día nos llegan, distinguiendo así, en un monólogo interno, lo valioso de lo insignificante y vulgar, y, en ese instante ese acto deja de ser fugaz y pasa a ser parte de la razón que es una de las esencias fundamentales de lo humano. Asi, lo más humano, lo que más abunda en él es lo intangible y sin embargo nos obstinamos en perseguir todo aquello material que produce fácilmente placer, de este modo el no pensar se ha convertido en una cualidad más que nos distingue del resto de los seres. Realmente pensamos, pero no en lo más esencial que es en nosotros mismos y lo que extrinsecamente nos afecta para poder interactuar libremente sin interferencias, si no que contrariamente lo hacemos subyugados materialmente a valores puramente comerciales, anacrónicos para los tiempos que vivimos y radicalmente opuestos a los que nos brinda la naturaleza que es la esencia de todo.
Ahora detente y observa cómo la última luz se desliza trasmitiendo calma, con lentitud, se adentra hasta los últimos rincones de las enredaderas afirmando que ha llegado a otra estación. Necesitamos naturaleza para llegar a la nuestra, que además, también está compuesta de sedimentos «épicos» que son esos residuos de la parte sempiterna que nos precede, nos rodea y a la que seguimos perteneciendo y aferrados, los que han quedando para siempre marcando los senderos que recorrimos y los que por si mismos abren paso a los próximos, esos residuos son poesías que se extienden como una alfombra que forma parte de la base desde la cual se levanta la construcción del ser. Pero esto no es más que una forma distinta de definir los recuerdos o, lo que va quedando de nosotros, otra de las materias con la que nos construimos, y, al mismo tiempo, afirmar que sirven para algo, que ellos mismos abren camino a un todo. Puedes llegar a este pensamiento sólo observando las caligrafías arbóreas que aparecen como siluetas que forman las ramas desnudas de los árboles en el horizonte al contraluz de alguna hora de la mañana o de la tarde.
