Una hoja

                De entre muros milenarios brota como siempre, sujeta a los ciclos que marcó el tiempo, sonora y refugio de los sentidos, la que continuamente nos acompaña. Es ella el origen, es el agua de Alhamar, el surtidor de la Cautiva, la que discurre en busca del Darro por la Aikibía. Quien la bebió en aquellos tiempos sabe que es efímera y que al mismo tiempo eterna, sujeta a un continuo renacer, que sus gotas saltan y, en un instante, vuelan hacia abajo a regar el oro. Lo efímero vive en cualquier instante, nos rodea y nos recuerda que también somos igual, perecederos.

                En aquellas soledades y en cualquier rincón donde la naturaleza es la única protagonista, donde el vertiginoso silencio es roto sólo por las aguas, por las aves y los céfiros y hasta por el rozar del sol con la tierra hacen que se disipen las desventuras corpóreas y mentales atrapadas durante días inciertos de tiempos remotos, de hoy y de los que vendrán. Si alguna vez has observado con detenimiento como caen las hojas, cómo los árboles desprenden el tiempo pasado creando bajo sus pies un lienzo fugaz de pinceladas marrones con todo su espectro desde colores primarios, esparciendo una luz que no existe, una longitud de onda que no existe, y, sin embargo, ellos pasan una página más como si del libro del tiempo se tratase, ahí has encontrado ese otro mundo, has visto pasar la lentitud y el ciclo del tiempo, te has perdido en el cosmos que nos abriga y te deshiciste de lo superficial, de aquello que se hizo ver como tangible y esencial y que tan sólo era un espejismo más de creación humana para darle sentido a una vida inventada. Ese discurso brota a partir de algo tan simple como la caída de una hoja que desde nuestra mirada parece intrascendente y tan bello desde la forma secreta de actuar y trasmitir de la naturaleza. Así el origen de los mejores frutos está impregnado de fugacidad y de generosidad, pero, guárdate de esa bondad que pide algo a cambio. En aquellos lugares, donde siempre caminamos, tan solo existe el renacer continuo, los ciclos de la luz y la generosidad que solo hay una, la magnanimidad que crea las estaciones una y otra vez, siempre adornadas de brillos celestes, desapercibida para los ojos de quienes no miran más allá entre soledades imposibles de llenar. Tus raíces son poderosas como las de ellos que se yerguen sobre la tierra flexibles como el bambú ante los azotes de la intemperie, sin que tengan necesidad de demostrar continuamente su valía, estando sólo ahí, dando hogar a otros seres, empapados de lluvia, de barro salpicado, del frescor que guarda la hierba y que se filtra por las heridas que dejó marcadas el tiempo. Por eso caminar no es sólo caminar, es cruzar las fronteras de los espacios incorpóreos que no están presentes en aquellos para los que la belleza es simplemente una percepción como otra cualquiera. Los pueblos se desintegran, pierden su idiosincrasia cuando esos lugares son abandonados y la desorientación se adueña de los sentidos y de la libertad, vivir orientado es quizás el mayor de los estímulos en todos los sentidos y para ello sólo hay que prestar atención a lo tangible que ofrece la naturaleza. Lo humano en muchas ocasiones olvida la similitud o la simetría que existe entre nuestros nobles actos y los de la naturaleza, olvida levantar la vista hacia los astros, las constelaciones, lo que nos circunda en la noche y señala los rumbos posibles, y, en la mañana, cuando la vereda la oculta la niebla o la nieve recién caída, los musgos adheridos a las cortezas de los árboles, las ramas que apuntan al este o al oeste, las hojas caídas o el verde brillante de primavera. Se olvida también de la música de las aves, del aletear del viento y de la emoción que produce todo esto. Y todo ello parece ser que ha quedado reservado a una estirpe de linajes ancestrales que aún combaten contra la actitud deshonrosa de una humanidad rendida ante otros placeres que buscan superar el límite de la naturaleza.

Sound trace – Ramón Sánchez [music video]

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