Siempre cuando caminas en las alturas lo haces recogido en tres dimensiones, una cuando observas las siluetas de los horizontes que fijan los puntos cardinales, otra cuando levantas la vista hacia el universo azul, y, la otra el inmenso espacio que se habre bajo los pies, si fijas ahí la mirada comprobaras que la tierra gira bajo la fuerza de tus pisadas. Mientras todo esto ocurre, la mente se vuelve a liberar. Llegan palabras sin querer a los labios y entre muchas de ellas; la solidaridad, su significado no sólo es una cuestión entre las personas, es extensiva hacia el resto de los seres y hacia los bienes que contiene la tierra in solidum de los pueblos y de la propia naturaleza que los contiene. Si la gestión y extracción de esos bienes se permite que esté sólo en manos de especuladores, es imposible que las sociedades vivan con plena libertad y que las culturas se desarrollen e interactúen de forma enriquecedora (no en el sentido material), los poderes hoy son totalmente intolerantes ante esto y luchan por la alienación de los pueblos. Unamuno decía: «La libertad no es un estado sino un proceso. Sólo el que sabe es libre. Sólo la cultura da libertad. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamientos. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura». Debemos seguir indignados como nos hizo ver Stéphane Hessel, esa indignación también es una arma casi apunto de evaporarse ante los destellos cegadores que han anidado en las sociedades deslumbradas por falsos profetas nacidos bajo contratos multimillonarios. No sólo se ha deteriorado la manera de interactuar entre las culturas a consecuencia de la invasión de un pensamiento único, si no que, además, las industrias que emergieron bajo ese pensamiento y en el marco de la globalización, invasoras también, deterioraron y continúan dañando nuestro medio ambiente, nuestra naturaleza, producen toda clase de enseres con materiales hoy imposibles de devolver a la naturaleza para su reutilización, se visten con piel de cordero y hoy de industria verde, de defensores de la naturaleza, y, encima, siembran el sentimiento de culpabilidad para que seamos nosotros quienes recojamos su basura aprovechándose de las necesidades de consumo que ellos mismos crearon premeditadamente, haciéndola llegar por medio de una publicidad violentamente engañosa. ¿Y porqué no interactúan hoy las culturas entre si como hasta hace poco entendíamos que era? Muy sencillo, se impuso una sola cultura para todo el mundo basada en un desmedido crecimiento sin límites, se impuso su predominio, pensamos que era buena y enriquecedora y la dejamos pasar y entrar en casa, pero, después, a la vista está, una cultura relacionada exclusivamente con el capital, negacionista en muchos casos y excluyente en la mayoría, fagocitadora y por lo tanto creadora de muchas miserias, una cultura que hace donativos para lavarse las manos y poder mirar hacia otro lado mientras mete la mano en las ricas tierras de los pobres y en los bolsillos de sus gentes. Son los mismos que patrocinan los acontecimientos que «debes» ver, escuchar y leer para que no mires ni prestes atención a quién se opone a ello, a los disidentes, y lo hacen con deslumbrante boato con ese fin, adueñándose y haciendo suyas la cultura y el arte y cualquier creación que pueda rivalizar con sus intereses. Son los mismos que invierten los ciclos de la naturaleza con toda clase de artificios mal aprovechando la tecnología y la ciencia sin límites y si tener en cuenta las posibles consecuencias. Pero en fin…
por fin llegó la lluvia tras meses de estío, nubes negras sobre el Sacromonte, más abajo los tilos, aún cargados de verde, hacen de paraguas y esperan el otoño pintando ya algunas hojas de ocres, los extranjeros se apresuran haciendo rodar sus maletas para subirse a los taxis que pacientemente les esperan, al mismo tiempo las pisadas de los neumáticos sobre el piso mojado en el que se reflejan las tenues luces de los automóviles se escuchan cansinas. Parece haber prisa, la lluvia hace que las gentes corran, pero debajo de los árboles no existe esa premura, basta con esperar que las gotas que caen sobre sus copas se deslicen entre hoja y hoja y te mojen levemente al unísono del romper contra las losas del pavimento. Es también la sinfonía de la naturaleza, el detenerse de la vida, el salir de la virtualidad y recorrer espacios eternos que siempre estuvieron ahí (sobre ellos construimos signos de otra civilización) Si esperas algo más, entre las mismas hojas, después del chaparrón, verás como se filtra la luz del sol y que cientos de espejos brillan sobre el verde formando otro diminuto cosmos, notarás que tu tiempo se detuvo y te sorprenderá que tu realidad se transformó diluyendo eso cotidiano que intenta disuadirte para que continúes sin tregua como argonauta de Argos. Incluso, si te abstraes por un momento en esos instantes, aquellos sonidos del rodar desaparecen y sólo queda el movimiento del agua, el rozar de las hojas entre ellas mismas y la brisa que acompaña la lluvia, y, quizás imaginar que en aquel lugar donde aguardas tu camino, por el siglo XI o XII se sentase a descansar algún hortelano a la orilla del Darro, en la misma orilla que tú, en ese momento el futuro de aquél personaje eres tú. Si eres capaz de diseñar ésto en tu mente, tu visión de este mundo abre una página más hacia otro futuro, comienzas a escribir un libro de la vida único difícil de encriptar en códigos binarios convirtiéndose en tu entropía creciente. No duró mucho y salió el sol entre las nubes. La tarde comenzó a brillar limpia y entre los Almeces las tórtolas, mirlos, herrerillos, el ruiseñor y alguna oropéndola ponen sus notas a la brisa que se vistió de lujo, la misma que abdujo a aquellos viajeros románticos del siglo XIX, Al-Sabika rodeada de las aves, el bosque y el agua, aún siguen ahí residiendo las Pegásides, las musas que trajeron la frases, las armonías y las ilustraciones de aquellos viajeros. Quizás esto sea una añoranza, pero se podría entender como una enseñanza que como todas son páginas donde se plasma la vida. La diferencia entre aquél antes y éste hoy reside en que, entonces se concebía la vida como un continuo aprendizaje, y, hoy como un extenso artículo de consumo, no es que haya cambiado la vida, si no que los parámetros y la cosmovisión que tenemos hoy son claramente prefabricados por los infames intereses del dinero. Aquellos seres mitológicos, aquellos lugares y aquellos viajeros quedaron en las páginas de los libros a expensas de que alguien los compre. Aún existen muchos lugares que exhalan por todos sus poros aquello que existió ahí, solo es necesario detenerse y abrir los sentidos para impregnarse de ello. Sólo pararse y pensar que en ese momento eres el futuro de aquello que hubo allí. Para ello hay que tomar el ritmo lento de la vida, tomar el pulso a cada latido.
Y, mientras tanto me pregunto donde estarán los faros que alumbran los caminos, en su lugar ahora hay fuegos artificiales, quizás se apagaron o alguien los cubrió con un espeso velo, o, más bien alguien los disfrazó para hacerlos suyos.